Eco Diario de la Palabra
 

TUITEROS A LOS 70


El año pasado me llamó una asociación pequeñita de cristianos, todos de edad avanzada, con una intensa sensibilidad y experiencia social y eclesial. Políticos, teólogos, religiosos, abogados…  Andaban preocupados porque, con las charlas que dan de vez en cuando -con un fuerte componente de reforma eclesial- alcanzan una difusión muy corta de sus convicciones. Se animaron a elaborar una lista de correo, en la que publicaban regularmente reflexiones propias y ajenas. Pero la lista seguía quedándoles corta. Necesitaban llegar a más gente. Por qué pensaban que hay mucha gente en los márgenes, descartada, y sin voz. Ellos querían ser su altavoz. 

Pensando que internet podía ser un aliado para su misión, me pidieron consejo para mejorar sus posibilidades de difusión. Y durante casi un año he ejercido de modesto barquero iniciático en el océano de las redes digitales, comenzado la aventura por Twitter. 

Ya en la primera “clase” me pareció estar viviendo la versión andaluza de Cocoon, aquella peli sobre un grupo de ancianos que recobran las energías de la juventud tras un accidental encuentro con extraterrestres. Unas fuerzas, un ánimo, una ganas de aprender que ya quisieran para sí algunos adolescentes. Con la diferencia de que este espíritu de fuego, este vigor y ganas de hacer un mundo mejor no les viene de ningún marciano, sino de la fidelidad al Evangelio  y de la irresistible fuerza del Espíritu. Soñadores incansables. 

El papa Francisco le decía a los jóvenes el año pasado en una vigilia de oración como preparación para la Jornada Mundial de la Juventud 

“Escucha al anciano. Habla, pregúntale cosas. Haz que ellos sueñen y sírvete de esos sueños para ir adelante, para profetizar y para hacer concreta aquella profecía” 

Estos hombres y mujeres son cristianos viejos en el más noble sentido de la palabra. Gente enamorada, atrapada por la Buena Noticia, llena de sueños como decía el profeta Joel. Sueños que reflejan el gran sueño de Dios sobre nosotros.  

En la peli, esa “nueva juventud” es pasajera y, después de un tiempo, desaparece. En mis amigos, creo que el fuego permanecerá hasta el últimos de sus días.  Dios me permita seguir soñando como estos digital dreamers cuando mi barba termine de hacerse blanca (ya poco le queda).