Eco Diario de la Palabra
 

VOCARE: UN ITINERARIO PARA GENERAR CULTURA VOCACIONAL

Vivir la vida sin vocación, sin sentido vocacional, es como hacer un viaje sin objetivo alguno, sin horizonte ni deseo de llegada, sin elegir si te vas a alojar en hoteles de cinco estrellas o vas a dormir al rocío de la noche, sin la ilusión de llegar a un lugar o simplemente caminar sin rumbo. Viajar, viajas… pero ¡te pierdes tantas cosas! 

Considerar la propia vida como vocación es la apertura a nuestras inquietudes, deseos y aspiraciones más profundas; a Dios y a los otros. Es superar una visión superficial de la persona, apreciando la capacidad de trascendernos, de ir más allá de nosotros mismos, de situarnos ante Dios como quien actúa en nosotros y nos impulsa hacia delante. Es saberse creado para algo único, para algo grande y misterioso que se me da como don y sólo yo puedo donar de nuevo al mundo. Es dar un valor infinito a cada persona y a su modo particular de ser ella misma para los demás. 

Así se presenta este itinerario, con el objetivo de generar cultura vocacional entre los niños y adolescentes (desde Infantil hasta bachiller o equivalente) y los adultos que acompañan y/o educan (pastoralistas, tutores…). Es un material elaborado hace unos años en la pastoral de las Misioneras Claretianas que ahora compartimos para cualquier grupo, colegio, parroquia o diócesis donde pueda ayudar.  

Está pensado para llevarlo a cabo durante 3 años consecutivos, con dos momentos al año (en este caso, se hace coincidir con octubre y enero, fechas carismáticas relacionadas con los Fundadores y que cada cual podrá adaptar a su realidad). 

Después, vendrá el momento de discernir y elegir un modo concreto de vida, pero siempre después de haber saboreado y gustado el saberse llamado, deseado, convocado como alguien único. 

Sin más pretensión, ofrecemos este itinerario abierto a todo y a todos. Si algo de aquí te sirve, ¡compártelo! Si algo podemos hacer entre todos para recuperar “la vocación” como el modo más bello de vivir la vida que cada cual elige, ¡estupendo!  

 

Aquí tienes una relación de los materiales para que puedas moverte por ellos: 

  • VOCARE, ¿qué es? (pdf). Se presenta el material completo, el sentido de este trabajo y el proceso que sigue el itinerario para las diversas edades y etapas. 
  • VOCARE (video, mp4). Para presentar y motivar el inicio del VOCARE: “eres único”. 

 

CARPETAS POR ENTREGAS: 

 

Únicos

fichas de trabajo

oraciones desde Primaria

 

 

 

 

Shh!

fichas de trabajo

materiales para la actividad:

vídeos · anexo tarjetas-marcas

 

 

 

Dale la vuelta

fichas de trabajo

materiales para las actividades:

imagen · cartel concurso · cartel subasta · cartel taller · música y vídeos

concurso creativo- carteles:

desigualdad, exclusión, guerra, hambre, injusticia, poder, venganza

 

Planeta libre

fichas de trabajo

imagen

 

 

 

 

No abrir

fichas de trabajo 

imagen

materiales para la actividad:

sonidos

pegatina, pegatina azul, pomo puerta

 

Sientes

fichas de trabajo

imagen: gusto, oído, olfato, tacto, vista

materiales para la actividad:

sonidos: borracho, gritando ídolo, mujer gritando, mujer risita, pasos, patio de colegio, respiración fuerte, silbando

carteles: banner limón, carteles instagram, carteles sálvame, carteles vans

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YO SOY TU BUEN PASTOR

Yo soy tu buen Pastor: ¿qué te puede faltar?  

En verdes praderas te hago recostar, 

allí donde puedes vivir con calma 

aunque sigas teniendo cansancios y agobios 

porque conmigo todo es más llevadero y suave. 

 

Te conduzco hacia fuentes tranquilas donde reparo tus fuerzas. 

Hago brotar en tu corazón esa fuente que soy Yo mismo 

Y que, si tú quieres, no te dejará vivir seco y paralizado. 

 

Yo soy tu buen Pastor: ¿qué te puede faltar?  

Te guío por el sendero justo por honor a mi nombre, 

¿pues si Dios no te cuida en la vida, quién lo hará? 

Aunque camines por cañadas oscuras, 

te encuentres enredado en asuntos poco claros 

o en situaciones dolorosas,  

nada temas, te lo repito, ¡yo voy contigo! 

mi vara y mi cayado te sosiegan. 

 

Yo soy tu buen Pastor: ¿qué te puede faltar?  

Te preparo una mesa frente a tus enemigos,  

Frente a los que murmuran contra ti, 

Y frente a quienes te envidian o te quieren mal. 

Pero sobre frente a tus mayores enemigos:  

tu soberbia, tu tristeza, tu desesperanza… 

 

Y en la mesa contigo, te ungiré la cabeza con perfume, como un rey; 

Para que nunca olvides lo valioso que eres, 

la preciosa vocación a la que eres llamado desde siempre 

y así rebose tu copa de alegría,  

llena siempre de esperanza, de fe y de amor.  

 

Yo soy tu buen Pastor: ¿qué te puede faltar?  

No tengas miedo: mi bondad y lealtad te acompañarán siempre. 

Todos los días, hasta el fin del mundo.  

Habitarás en mi casa para siempre porque Yo habito en ti, si tú quieres. 

Yo soy tu casa, tu pan y tu sal, si tú quieres. 

Tú eres mi casa, mi pan y mi sal, si tú quieres. 

Junto al Padre y al Espíritu, haremos morada en ti 

Seguiré dando por ti mi vida y seguiré invitándote a que tú la des 

sin medida, con toda la pasión que tu corazón sea capaz de amar y desear. 

LA IRA · VIRTUDES CAPITALES II

¿Qué tiene que contarnos nuestra pequeña bestia interior? 

 

La ira es una de las emociones más comunes y una de las consideradas “negativas” por la sensación de malestar que nos produce. Según su intensidad, la reconocemos como enfado, cólera, rabia… pero en todos los casos nos mueve a soltar esa pequeña bestia que llevamos dentro para atacar. Y cuando la contenemos, se nos escapa y ataca no sólo al que o lo que ha desatado nuestra ira, sino al primero que se nos pone por delante. Es curioso que siendo una emoción que nace en nosotros ante la injusticia, la frustración, las limitaciones…nos conduce a nosotros mismos a comportarnos de manera injusta o que resulte frustrante o limitante para los otros. Y es que la ira, llama a la ira. 

Además nos separa del resto ya que al atacar nosotros, los que tenemos cerca, que también están vivos, se defienden o se alejan. 

Así de entrada, no parece que nos sirva para mucho más que para desahogarnos (que tampoco está mal), o para hacernos sentir culpables por haber dicho o hecho algo que no deseábamos o que no pensábamos. A veces incluso generamos sin darnos cuenta situaciones incómodas o violentas que traen serias consecuencias. 

Sin embargo, si miramos cuáles son los motivos que nos llevan a enfadarnos tanto, podremos descubrir en nosotros rasgos que nos permitirán conocernos mejor y hacer que ese sentimiento de ira sea más fácilmente gestionable y que su utilidad vaya más allá de la defensa de lo que consideramos fundamental en un momento dado. 

Prestando atención, podemos ver que lo que desencadena en nosotros la ira tiene que ver con que las cosas no ocurran como esperábamos, con que no recibamos lo que creemos merecer, con que alguien nos toque en nuestros valores fundamentales, con nuestras limitaciones o con nuestras debilidades. Entonces, ¿qué dice mi ira de mí?. Comparto contigo lo que a mí me pasa que me lleva a dar rienda suelta a mi bestia interior y lo que ello me indica: 

 

  • Los demás no actúan como yo espero A mí esto me ocurre, por ejemplo, cuando grito a mis hijos (sí, soy de esas, aunque estoy en ello…). Veo que me enfurezco cuando no hacen lo que les digo, o de la manera que quiero o en el momento que yo elijo, ¡o todo a la vez!. Y si no ocurre así, suelto a la bestia. Y a partir de aquí puedo hacerme diferentes preguntas, ¿realmente es tan importante lo que les estoy pidiendo? ¿realmente es necesario que lo hagan de manera inmediata? ¿tiene que ser de esa manera?. ¿les he hecho saber lo que espero? Muchas veces hacer este ejercicio me ayuda a relativizar la gran mayoría de las cosas a las que doy demasiada importancia de manera cotidiana. Y en caso de que sea necesario que ocurra como yo digo, ¿lo voy a conseguir de esta manera? ¿qué les estoy enseñando con mi ira? A lo mejor a ti te ocurre también con tus hijos o con el jefe, con el profesor, con el entrenador o con quien sea que esperes que se comporte de determinada forma. 

 

  •  Creo que merezco un trato diferente al que recibo: Cuando alguien se dirige a mí de una manera despectiva, o con un tono de voz que considero inadecuado o realiza sobre mí un comentario que me parece inoportuno. Este trato me produce indignación, frustración. Pero, si soy yo la que sabe que soy merecedora de respeto, de cariño, de delicadeza ¿Qué es lo que dispara en mí esos sentimientos? ¿de verdad creo que merezco ser bien tratada? Entonces ¿qué me enfada tanto? ¿no será que espero del otro un trato del que no acabo creerme merecedora y veo confirmadas mis sospechas de que no soy digna de tal trato? Por ejemplo, si estando a mitad de embarazo alguien me decía “¡Madre mía, cómo estás ya con todo lo que te falta!”, o a los meses de dar a luz “¿de cuánto estás ya?” (comentarios bastante frecuentes), no me queda más remedio que admitir que la rabia que desataba a mi pequeña bestia salía a la luz porque estos eran los mismos comentarios y en el mismo tono que yo me hacía a mí misma. Entonces ¿qué trato creo realmente que merezco?  

 

  •  Algún hecho me resulta intolerable, indignante, injusto…: Si observo que se hacen diferencias injustificadas entre personas de manera que uno sale perjudicado, ver que se puede morir simplemente de sed, que se me acuse de algo que no he hecho, que se me responsabilice de algo de lo que no me considero responsable…. Cuando esto ocurre es porque está atentando contra mis valores fundamentales, que mi vara de medir está siendo quebrada… Entonces puedo analizar cuáles son los valores que están fundamentando mi vida, simplemente para tomar conciencia de ellos y cuidarlos; y elegir defenderlos sin atentar contra ellos (¡a veces nos da por defender la paz a palos!). O puedo aprovechar para revisarlos y caer en la cuenta de que tengo algún valor apolillado. A mí me ocurrió con el concepto de verdad; durante una época de mi vida llevaba la verdad como una lanza arrojadiza, que utilizaba muchas veces sin necesidad de que nadie me preguntara o siendo esa verdad innecesaria, inútil. Con el tiempo he redefinido mi valor de verdad y he preferido emplearlo como una herramienta para crecer, para ayudar, para dar luz… en lugar de como un arma. 

 

  • No estoy consiguiendo un objetivo determinado: Esto nos puede ocurrir haciendo cosas tan tontas como intentar abrir un bote de conservas o más relevantes como intentar aprobar un examen, dejar de fumar, emprender un proyecto… Lo bueno de dar rienda suelta a la bestia en estos casos es que nos empuja y nos da un bonus de fuerza para perseverar. Pero además nos da pistas: qué es tan importante en mi objetivo que me produce tanta rabia no conseguirlo?¿qué me estoy diciendo al no conseguirlo? (¿que soy una inútil, que no valgo para nada? ¿o simplemente que tengo que intentarlo de otra manera?¿quizá simplemente necesito pedir ayuda?¿qué me impide pedirla?) 

 Me parece que en general la mayoría de situaciones que desatan nuestra ira se relacionan con estos cuatro casos, y como ves dicen tanto, tanto de nosotros que sería una pena no escuchar lo que nos dice nuestra pequeña bestia cuando la soltamos. Siempre tendrá algo importante que decirnos, y nos dará una oportunidad para elegir qué queremos hacer a partir de ahora. 

Y a ti ¿qué te cuenta de ti tu minibestia? ¿la alimentas más de lo necesario? ¿en qué casos la sueltas?  

ACEDÍA: parte 2 · TERAPIA

En la última entrega vimos los síntomas de esta enfermedad, algunas de las causas, así como sus consecuencias en el ámbito corporal, psíquico y espiritual. Gabriel Bunge la define así: “La acedía… estimula simultánea y permanentemente los dos poderes irracionales del alma: la concupiscencia y la violencia. Por eso es una mezcla de concupiscencia frustrada y agresividad… Descontenta del hoy, desea el mañana; se orienta hacia atrás y hacia delante… A causa de su duración, adopta una forma de depresión espiritual que, en los peores casos, aboca al suicidio, último y desesperado intento de evasión”, Akedia (1997).   

Ahora vamos a concluir con la terapia de la acedía. El primer paso es reconocer que se tiene esta enfermedad, porque produce tal oscuridad en nuestras tramas personales que no somos conscientes de su presencia, sino que nos habituamos a vivir con este parásito espiritual que nos va debilitando poco a poco, e incluso lo consideramos como algo “natural”, pasos hacia la madurez. 

En segundo lugar, no se debe hacer caso a las numerosas excusas que nos propone para vivir “en paz”, como merecido descanso por las luchas anteriores, mostrándonos que nuestros objetivos son irrealizables (utópicos), que mejor es disfrutar lo que nos queda de vida con los pequeños placeres, cuando no proponiendo fantasías adolescentes de recuperar los “años perdidos”. 

En tercer lugar, como la acedía es una enfermedad espiritual, no se puede buscar el remedio en los demás o en el cambio de lugar o estado, sino en nuestro yo más profundo. Esto no quita la conveniencia de acudir a personas experimentadas en esas lides, para que nos ayuden a discernir, pero siempre es la propia persona la que tiene que enfrentarse consigo misma. 

En cuarto lugar, la lucha contra esta enfermedad es laboriosa y puede llevar mucho tiempo (años incluso), por lo que hay que pertrecharse de una larga carga de paciencia y perseverancia, hasta tal punto que podemos decir que la cura de la acedía tiene como remedio principal el ajo y agua (apócope de a jod… y agua…..). Pero de una forma muy particular, porque ni se pueden aceptar las órdenes de la acedía ni oponerse radicalmente a ella, porque el voluntarismo engorda la pasión y el propio sujeto no está en condiciones de esta lucha. 

En el fondo se trata de una resistencia “pacífica”, de ocupación de posiciones, no de grandes batallas: perseverar en los proyectos personales y comunitarios (“aunque sea de noche”); pulir nuestras opciones de vida con las dificultades que vamos encontrando y dejarnos llevar por las invitaciones del Espíritu. 

Algunos remedios auxiliares son el recuerdo de los momentos de gracia y alegría profunda que hemos recibido en nuestra historia, la lectura y meditación de la Escritura (hay incluso algunos pasajes especialmente pertinentes para esta enfermedad, Evagrio Póntico los puso en su Antirretikós), la oración y trabajos que nos obliguen a la asiduidad, la presencia y la acción, como bien expresa este apotegma:  

“Un monje fue preso de la acedía. Pero encontró unas pequeñas palmas, las cortó y al día siguiente se puso a hacer con ellas una estera. Al sentir hambre se dijo: ‘Ya quedan pocas palmas, las terminaré de tejer y entones comeré’. Al terminar dijo: ‘Leeré un poco y luego comeré’. Y cuando terminó la lectura pensó: ‘Recitaré algunos salmos y después comeré’. Así, poco a poco, con ayuda de Dios… adquirió seguridad para vencer los malos pensamientos”, Sentencias de los Padres del desierto VII,28. 

En cualquier caso, la lucha contra la acedía supone un momento clave en nuestro recorrido creyente, marca un antes y un después (aunque la mayoría de las personas nos quedamos estancadas y no vamos más allá por culpa de la acedía), nos ayuda a descubrir nuestros propios límites y se adquiere una paz y gozo interior duraderos. THE END. 

MORIR PARA DAR VIDA

DISCÍPULOS DEL QUE MUERE PARA DAR VIDA 

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere… (Jn 12, 24) 

El mundo entero dictó sentencia cuando Eichmann fue condenado a la horca por crímenes contra la humanidad.  Fue uno de los responsables directos del genocidio nazi y, sin embargo, no sentía remordimiento. Sólo cumplía responsablemente con su trabajo. Padre de cinco hijos, trató de asegurar el bien y la prosperidad de los suyos.  No pensó más allá y “tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana”, como explicó Hanna Arendt en “La banalidad del mal”. 

Nacen héroes a veces que escapan a tal banalidad y se zambullen en la realidad que habitan. Recientemente hemos oído la noticia de un bombero, Ignacio Roblesii, que  durante un servicio de vigilancia de un barco de mercancía se atrevió a preguntar qué era aquello que con su trabajo estaba protegiendo. Al saber que se trataba de bombas vendidas a Arabia Saudí, Ignacio recordó las imágenes de la guerra que esa potencia libra en su país vecino, Yemen. No tardó ni un minuto en decidir no colaborar con la masacre que se está cobrando la vida de miles de personas. Alegó objeción de conciencia y abandonó su puesto. 

Le abrieron un expediente que podría suponer la suspensión de empleo y sueldo durante un tiempo de entre tres y seis años y, desde entonces, su vida se volvió un infierno, como él mismo asegura. Ha perdido peso, dinero, sueño y tiempo para estar con su mujer y sus hijos, pero no querría haber actuado de otro modo. Eligió perder para que otros vivan, asumir un dolor en carne propia para no ser cómplice del sufrimiento de tantos.   

En un mundo globalizado, cada minúscula acción nuestra repercute directamente en la existencia de muchos, los de cerca y los de lejos: el coltán de nuestros dispositivos electrónicos, la ropa que compramos en grandes multinacionales, los alimentos que consumimos,  las empresas en las que trabajamos, las noticias que no leemos, la sutil indiferencia cotidiana…   

 Abrir la conciencia a lo profundo de nuestros actos y hacernos responsables de ellos implicará, seguro, algunas renuncias. Pero de éstas, misteriosamente, germinará un amor nuevo, más pleno, más amplio y humano. Se dilatará la vida, pues “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”. Seremos así discípulos de Aquel que muere para dar Vida; y donde Él esté, estaremos también nosotros, humildes servidores suyos, liberados ya de la banalidad.   

LA FALSA DICOTOMÍA “SER ESENCIAL-YO EXISTENCIAL”  

He aquí el “drama” humano o quizá la gran oportunidad de la vida humana. La mayoría de nosotros/as pasamos más de la mitad de nuestras vidas identificándonos casi al cien por cien con todo lo que se sitúa en la esfera del Yo existencial: árbol genealógico, herencia emocional familiar, tipo de educación, estudios, trabajo, cargos, pareja, comunidad o soltería, bienes materiales o falta de ellos, temperamento, etc. Es el “yo tengo”, “yo hago” que se resume tantas veces en “yo soy quien hace o tiene esto o aquello”. 

Una vez que sentimos que hemos adquirido las “destrezas” necesarias para movernos en el mundo, llega la tentación de detener la búsqueda, de quedarnos, volviendo al ejemplo de los girasoles, orientados hacia un “falso levante”: el del bienestar económico, o determinados logros sociales o el éxito de proyectos emprendidos o simplemente, cierta estabilidad en los ámbitos laborales y emocionales. Mientras, la Luz brilla, pero nosotros/as no podemos verla contentándonos con su reflejo en los demás, en las cosas… Una vaga insatisfacción comienza a rondarnos: algo nos intenta hablar, pero nos cuesta escuchar y, si lo hacemos, sentimos el vértigo de la potencia del Ser que nos llama a ir más allá, a salir de la cueva y ver la Realidad, como en el mito de Platón, en definitiva: la voz del Ser que nos llama a no detenernos en un falso paraíso.  

Sin embargo, no es raro que muchas personas sientan esa llamada interior a “algo más” como una molestia o como algo fuera de lugar. Se experimenta entonces una falsa tensión entre la esfera del Yo existencial y la del Ser esencial que nos parecen antagónicos: o el uno o el otro. Vamos entrando en la convicción de que vivir una espiritualidad profunda, vivir conectados a nuestros ser interior, a nuestro Ser Esencial nos apartará de nuestros logros o de nuestra familia, en definitiva, nos llevará a hacer “cosas raras”. De ahí la creencia de que caminar firmemente por la senda interior es patrimonio de pocas personas, de algunos “locos/as” o, depende de cómo se mire de algunos/a “privilegiados/as”.  

A este respecto dice K.G. Dürckheim en su libro Experimentar la trascendencia: 

El conocimiento y la integración de la tensión entre el Yo profano y el Ser esencial constituyen el tema fundamental de la existencia humana. Para resolver esta oposición es necesario, ciertamente, que ésta se haga evidente.  

Las experiencias por la cuales el Ser esencial penetra en la conciencia del hombre don de naturaleza muy diversa: entre el imperceptible toque del Ser, leve como un soplo y lleno de esa cualidad de lo divino que suele escapársele a quien no está revenido, y la poderosa irrupción de la trascendencia que libera instantáneamente al hombre de la cautividad de su Yo existencial, existen innumerables formas y grados de profundidad de contactos y experiencias del Ser.  

Muchas más personas de las que suponemos tienen la experiencia de esa cualidad de lo divino que invade de improviso todas sus vivencias y atrae su atención. Cuando, por obra de la gracia, tienen la fortuna de prestarle atención e interesarse en ella, una nueva vida puede comenzar o, al menos, puede despertarse en ellos una nostalgia que brinda una nueva orientación a su búsqueda del sentido de la vida.  

No siempre hay, en el inicio de una vida iniciática, una experiencia importante del Ser que transforme la existencia de manera espectacular. Además de la experiencia fulminante que arroja una nueva luz sobre la existencia, es posible una lenta emergencia al otro nivel producida por sucesivas experiencias menores. Pero, incluso en este caso, se trata de un salto y es necesario que el hombre adquiera conciencia de su nuevo estado. Muchos hombres han alcanzado este nivel, pero lo ignoran y, al ignorarlo, su conciencia continúa prisionera de su antiguo modo de ver y del antiguo orden de cosas, por lo que la nueva vida que se abre ante ellos permanece estéril. (…) El primer ejercicio de quien se interna en el camino es desarrollar el órgano que permite estar atento a los sucesos, considerar seriamente lo divino – signo eterno de la presencia tangible de lo “completamente otro” – y aceptarlo como algo real. Esta cualidad de lo divino, destinataria de las imágenes y conceptos transmitidos por las religiones – a los que legitima –, es más importante que el contenido de las religiones. 

Entre aquello que podemos denominar nuestro Ser esencial y lo que podemos denominar nuestro Yo existencial es normal que exista cierta tensión, una tensión que nos permite “afinarnos”. Como en el caso de las cuerdas de una guitarra, nuestra persona, en todas sus dimensiones, precisa de un exacto punto de afinación para emitir ese sonido particular que cada uno/a de nosotros puede ofrecer a la creación entera. Nuestra “música y armonía personal” podríamos decir. Por ello, percibir esa tensión, que en quien camina firme y convencido por las sendas del Ser, se va haciendo más y más sutil y a la vez más aguda, es algo normal. Pero no quiere decir que cada uno de esos ámbitos sean opuestos o incluso enemigos el uno del otro, al contrario, se trata de que el Ser esencialen palabras de Enrique M. Lozano, tome forma en mi vida y a través de mí, según mi modo individual de percibir el mundo. En otros términos, ¿Cómo voy a percibir el mundo en su verdad profunda, para luego estructurar mi vida y ese mundo conforme a esa verdad?  

LA ENVIDIA · VIRTUDES CAPITALES I

Dichosos los envidiosos porque podrán reconocer el norte. 

La envidia es el sentimiento que surge en mí al pensar que yo me merezco eso que otro ha conseguido, el deseo de poseer lo que él posee ya sean cosas, aptitudes, talentos… y a veces, cuando le damos rienda suelta, incluso el deseo de que el otro no lo tenga: “si yo no lo tengo, tú tampoco, porque no puedo soportar que tú estés siendo capaz y yo no”. Si en este momento yo fuera capaz de pararme a investigar y detectar lo que me está faltando para conseguir eso que anhelo, mi rabiosa envidia podría transformarse rápidamente en una serena hoja de ruta. 

Para mayor gloria es uno de los 7 pecados capitales. De forma que admitir que siento envidia es un combo maravilloso de vergüenza y culpa con el pecado como guinda; no hay manera de quedar bien con nadie siendo un envidioso. Un desastre, vamos. ¡Como para confesar que siento envidia! Menos mal, que hemos encontrado una vía de escape para reconocer con mayor ligereza que la sentimos: añadir la socorrida coletilla de “pero de la buena, ¿eh?”. Porque si siento envidia, pero es de la buena, está claro que mala no puede ser. 

Quizá si recordáramos que todos somos imperfectos y que las emociones no son más que reacciones involuntarias (de las que por supuesto podemos hacernos cargo para gestionarlas), nos sería más fácil aceptar sin culpa nuestros sentimientos. 

Más allá de que no queramos reconocer que sentimos envidia por todo lo negativo que le hemos atribuido,  es un sentimiento que además nos hace sentir pequeños, inferiores. Porque para mí lo bueno sería lo que tiene el otro que yo no estoy siendo capaz de alcanzar y entonces además de envidia, siento impotencia, vergüenza… Reconocer que siento envidia se convierte en reconocer que estoy siendo menos, que estoy siendo incapaz; ya son palabras mayores porque ponemos en juego nuestro amor propio, nuestro ego y nuestro orgullo. Y si no somos capaces de ver más allá, puede resultar un duro trance. De hecho, por este motivo, la envidia es uno de los sentimientos que como reacción natural nos hace retroceder y menguar. 

Con todo esto, y simplemente desde mi experiencia, os invito a pensar ¿qué me dice mi envidia de mí? A mí me da muchas pistas: 

  • Preferiría estar donde el otro está en lugar de donde estoy: La envidia que me da esa casa, ese trabajo, ese viaje, ese tiempo libre…me indica que me gustaría hacer un cambio de vida, de lugar, de profesión… Cuando la envidia es de la que llamamos “sana” entiendo que el coste que tiene ese cambio no me compensa, porque siento envidia, pero no me hace retroceder, ni desear que el otro no disfrute de lo que tiene. Si soy capaz de reconocer que esa envidia no es tan sana, estoy recibiendo una señal muy luminosa, un toque de atención: alta probabilidad de estar donde no quiero o como no quiero o con quien no quiero. Y si soy capaz de profundizar, seguramente esto no será nada nuevo, ya lo habré pensado antes y me resulta incluso lógico que la situación del otro me dé envidia. 

 

  •  Me encantaría ser capaz de hacer algo que el otro está pudiendo hacer: La envidia que me da ver que otro tiene el valor para hacer algo que a mí me aterra, la capacidad de desprenderse de algo que a mí me pesa tanto pero soy incapaz de soltar…me da una pista de que me gustaría transformar algo de quien estoy siendo; mi envidia me está diciendo que necesito desarrollar alguna capacidad nueva que estoy necesitando para estar más completo, más feliz. Y si lo pienso con calma seré capaz de descubrir qué es eso que desearía estar siendo y, más aún, qué necesito hacer para conseguirlo. Incluso si viéndolo así consigo cambiar esa envidia por sorpresa, por ilusión, por un sereno deseo, lo que estoy envidiando me puede resultar inspirador y revelador. Mirar el camino que ese otro ha recorrido, puede ser una revelación de algo que a mí también me podría servir, una inspiración. 

 

  • Me gustaría sentir lo que el otro está sintiendo: Esa envidia que nace al ver al otro pleno de felicidad, o profundamente enamorado o simplemente sereno, tranquilo, en paz.  El estado de ánimo del otro, su manera de reaccionar, me gustarían para mí porque él está teniendo lo que a mí me está faltando. Quizá estoy demasiado estresado, o pasando demasiado tiempo con personas a las que realmente no quiero, o atravesando una época en la que me cuesta gestionar mis emociones, o desarrollando alguna actividad que pone en juego mis valores… Cada uno, si lo piensa, puede saber “qué está teniendo el otro que yo no, que hace que él esté pleno mientras yo no”. 

En fin, analizando en cada situación de qué estamos sintiendo envidia, podríamos conocer mucho de nosotros. El juego consiste simplemente en aceptar quién estoy siendo y lo que estoy sintiendo para poder amarlo y caminar hacia el cambio que me gustaría realizar. En este caso la envidia puede ser una gran brújula como ves. 

 ¿Juegas? ¿Qué te dicen de ti tus envidias? ¿A qué lugar señala tu envidia hacia el que te gustaría dar el próximo paso?  

LA LLAMADA (la película)

Fue como cuando estás dormido y, sin darte cuenta, te caes de la cama. Nos sentamos a ver esta película en familia con muchas expectativas y debo deciros que las ha superado con creces. La llamada es una película transgresora, moderna y, por qué no decirlo, hasta kafkiana y surrealista. El que quiera encontrarle defectos, como la verosimilitud con la vida de un campamento parroquial, la verdadera realidad de las religiosas de hoy en día o alguna que otra escena disonante, pues claro, la encontrará. Sin embargo, es asombrosamente gratificante encontrar una película española tratando a la Iglesia con bastante respeto y, para más inri, tratando el tema de la vocación. Todavía estoy alucinando, y con nominaciones a Goyas y todo. De locos y sumamente arriesgada para sus directores. 

El tema de La llamada es la vocación. La vocación a todo, a lo que estamos llamados cada uno de nosotros según nuestra realidad o condición, pero, sobre todas las cosas, la vocación de encontrarse con Dios. Y este es el punto interesante de la película, porque el Dios que se le aparece a María, una de las adolescentes protagonistas, nada tiene que ver con la imagen tradicional que tenemos de Él, sino con la que puede tener un joven de hoy en día. Y la respuesta a esa llamada que espera Dios, tampoco coincide con aquel Magnificat mariano al que nos tiene acostumbrados la Iglesia. No, la respuesta es sui generis, al estilo de lo que esperaría una joven del siglo XXI, desde lo que cada uno es, con el lenguaje que domina y desde su pobre o rica realidad. 

Creo la Nueva Evangelización pasa por ficciones como esta, con buen sentido del humor, algo disparatadas, pero respetuosas, llenas de sentido y eficaces a la hora de llegar a los más jóvenes. Sé que a algunos les espantará, pero a la mayoría, no. La llamada, entre otras cosas, plantea el dilema existente en la Iglesia, un dilema de lenguaje y formas. El Dios de María y Susana, con apenas 17 años, no entiende el lenguaje decimonónico y ancestral con el que se transmite el Evangelio a veces. El Dios de María y Susana enamora, convence y llama, y se viste a su manera y sabe escuchar a su manera.  

Digo yo, como decía Jesús en la parábola: vino viejo, pero en odres nuevos. Pero ¡cómo cuesta! ¿Verdad? 

EX MEMORIA SPES

       “En realidad, la memoria lo es todo, porque es aquello que me constituye, aquello por lo cual yo soy yo, la trama que unifica mi vida y le da consistencia. La memoria no es un reservorio, es la médula espinal del alma. Yo soy mi memoria” (10[1])

Quizá valoramos poco la importancia de hacer memoria, de vivir haciendo memoria de lo vivido. Quizá vivimos en un momento donde se relativiza tanto el futuro que sobredimensionamos el presente. Quizá nos pasa esto justo por lo mismo: porque hemos abandonado la memoria (no el pasado) y nos vence el desánimo (la desconfianza hacia el futuro). Por eso quiero romper una lanza a favor de la memoria activa y esperanzada, lúcida y realista y por eso creativa y fiel. Una memoria que nos hace personas consistentes, personas con alma. ¿Hay algo mejor que nos distinga de una piedra, una estatua, un árbol?

       “De la memoria nacerá la esperanza. «Ex memoria spes». Sólo podemos construir sobre los cimientos de la memoria. ¿Y si el pasado ha sido demasiado decepcionante, si no hay en él nada firme sobre lo cual edificar? Imagino un náufrago rescatando de las aguas algunas tablas de su barca deshecha para armar con ellas una frágil cabaña. Toda esperanza se apoya en la memoria (11).

Sí, cuando nos parece que sólo querríamos salir corriendo de nuestro pasado más inmediato y nos negamos a hacer memoria, entonces también somos llamados a permanecer. Porque sólo así podremos seguir viviendo con esperanza. Lo peor para un náufrago no es haber naufragado, sino haber renunciado a los pedazos de tablas que le rodean, aunque sólo sea para construir una frágil cabaña.

En estos días, las Misioneras Claretianas celebramos 150 años de la comunidad de Reus, tercera casa de la Orden y lugar donde reposan los restos de Mª Antonia París. Encuentra tu propia razón para homenajear tus raíces, ricas o pobres. Son las tuyas. Sin ellas, créeme, no eres tú. Vivirás sin alma.

[1] Los números remiten todos a las páginas de José Mª Cabodevila, La memoria es un árbol. Raíces, ramas, frutos y pájaros de la memoria cristiana (Paulinas: Madrid, 1993)