Eco Diario de la Palabra
 

LA VOCACIÓN NO SE TIENE. SE SUEÑA. SE ES.

Igual la palabra vocación no se entiende bien, ha perdido sentido fuera de círculos demasiado “restringidos” y no te dice nada. ¿Y si te digo que es eso que eres tú, tu yo más hondo, tu sueño y tu raíz?

“La vocación no se tiene, se es. La vocación es algo que te constituye, que te define en tu identidad, que se convierte en parte de uno mismo. La vocación, no la vocación en general sino mi vocación particular, en un sentido muy verdadero es mi vida. Y la causa es muy simple. No tengo vocación, sino, soy vocación. Lo que me define sobre todas las cosas es que soy “un llamado”. No se trata de algo que tengo, que brota de mí, o que he conseguido. Alguien me ha llamado y esa llamada me funda en lo que soy, me define e interpreta mi libertad para solicitar de mí una respuesta, que a su vez también se convierte en algo que me constituye. La vocación es, necesariamente, una realidad dinámica, se va construyendo día a día. Nunca está terminada. Dura tanto como la propia vida” (Nurya Martínez Gayol).

Por eso te invitamos a escuchar a personas muy distintas (con diversas vocaciones concretas) en esta semana. Si nos ayuda a vivir con sentido, a vivir de pie, a seguir soñando y luchando por ser la mejor versión de nosotros mismos, ¡objetivo cumplido!

Si no crees en los sueños que cambian la vida, no lo veas.

Si no crees que los sueños pueden ayudarte a vivir #depie, no lo veas.

Si no crees que Dios te sueña contigo y juntos vais trazando quien quieres ser, no lo veas.

Te invitamos a “asomarte” a estas vidas, a estos testimonios, a estos sueños. Y, sobre todo, te invitamos a responder también tú a estas mismas preguntas. ¿Por qué no? ¡Soñemos!

¡¡HA RESUCITADO!! La resurrección de lo verdaderamente humano

Estamos en la cincuentena pascual, cincuenta días para poder entender y «gustar internamente» el gran grito de júbilo de la Vigilia Pascual: ¡¡HA RESUCITADO!! Pero ¿cómo anunciar con alegría la Resurrección de Jesús en medio de un mundo repleto de muertes? 

Demasiadas «malas noticias»… ¿Cómo de grande es esa «buena noticia» del evangelio que nos dice que «la muerte no tiene la última palabra»? ¿Tan grande como para conseguir que mi mirada hacia el mundo en el que me toca vivir sea positiva, esperanzada, amable? ¿Tan grande como para hacerme capaz de «creer contra toda esperanza»?

Esa Buena Noticia que de parte de Dios nos trajo Jesús a Él le costó la vida. Esa es la cuestión. Anunciar la Vida, trabajar por la Vida, cuidar la Vida, cargar y en-cargarse de la Vida en la vida de cada día, en la vida concreta de cada uno/a MOLESTA, ayer, hoy y, quizá, siempre.

Si algo pone ante nuestros ojos el recorrido de los textos evangélicos de la Semana Santa es el poder atroz del mal y la absoluta vulnerabilidad del Bien. La contundencia destructora de lo egoico y la mansedumbre silenciosa de lo Esencial. Me explico: es lo que siempre hemos dicho todos, que el mal «hace mucho ruido» y al bien no se le oye, pero en la vida de Jesús y de todos quienes han secundado el brillo de la Luz que nos habita, esa Luz, esa Bondad que somos sí hace ruido, hace ruido molesto en el oído de los que no quieren ver, ni oír, ni que les molesten. El Bien es un chirrido insoportable en los oídos de los poderes de este mundo. Por eso, en cada cultura, en cada época, se calla la boca al limpio, al bondadoso, cuidado: no al tonto/a que ni se entera y es un/a «bueno/ bobalicón/na». Quien molesta es la persona que dejándose traspasar por la Bondad, Belleza y Verdad que nos habita, lo anuncia y al hacerlo denuncia toda injusticia o perversión de lo genuinamente humano. Los místicos, los santos, los profetas y visionarios, quien no puede callar ante lo torcido e injusto, molestan siempre a quien está instalado en el poder, sea éste del tipo que sea.

Sin embargo, quien se deja penetrar por la fuerza renovadora de Espíritu, lejos de pretender destruir, anhela re-construir, tender puentes, aunar fuerzas, crear una mesa compartida en la que todos y todas tengan su lugar. La” marca” de quien viene “de parte de Dios” es la misericordia, el amor a todos y todas, la acogida universal; la denuncia del pecado, sí, pero la misericordIa hacia el pecador.

Afirmar que Cristo ha resucitado no es decir que ya todo está bien, no es esperar cruzados de brazos la llegada de la Jerusalén Celestial, sino anunciarlo en medio del diario y generalizado pisoteo de los derechos humanos. No podemos ser ingenuos, la Humanidad sufre y Dios con ella. Tú y yo, nosotros cristianos ¿qué gestos concretos haremos que anuncien la resurrección de lo verdaderamente humano?

 

Alegría habitada

Paseo por tu jardín, a la hora en que sopla la brisa.
Huele a pan, a marisma y a cera.
Desnudo, desanudado, desdibujado mi nombre en tu orilla.

No más temor
Sólo temblor,
por despertar preñado de ti.

Y dices: sé yo.
Y soy tú.
Y ves que es bueno.

Descanso bendecido en el milagro.
Ya estoy en casa.

#PASCUA: #VIVIRDEPIE

Dice Pedro Casaldáliga que para un creyente solo hay dos opciones: vivir vivos o resucitados. La muerte no es una opción. Y parece verdad.

Dicho de otra forma, para el ser humano solo hay una opción de vivir: de pie. De hecho, no en vano, uno de los elementos que marcan la diferencia entre los animales y los seres humanos es justamente eso: pasar de ir por la vida arrastrados (como los reptiles), a cuatro patas (como la mayoría de mamíferos), encorvados a dos patas (como un orangután) o ¡de pie!, ¡ahí está la diferencia! con posibilidad de otear el horizonte (propio de los seres humanos)

¿Y si algo así fuera esto de la Resurrección y la vida?, ¿Y si justamente ese soplo divino, ese toque del Creador en nosotros, que nos hace realmente humanos, fuera a la vez el toque delicado que nos resucita y nos levanta en la vida?

Ayer, Domingo de Resurrección, Ianire nos dejaba una primera clave: “ver bien para vivir de pie”. Y podríamos añadir que también se cumple al revés: quien vive de pie, ve bien. Y escucha, y toca, y saborea y huele, y respira. Y lo hace no solo mucho mejor que encorvado, sino bien, es decir, lo hace pleno, verdadero, bello.

¿Qué tal si nos regalamos este tiempo de #Pascua para dejar que salga a borbotones toda la capacidad de vida, de resurrección y de humanidad que hay en nosotros? ¿Qué os parece si nos tomamos estas semanas de Pascua para disfrutar y agradecer tantas personas que viven de pie?

¡Vamos a #vivirdepie!, ¡vamos a ver y a oler y a tocar y a escuchar y a gustar! ¡Vamos a #vivirdepie!, ¿puede haber un plan mejor?

SÁBADO SANTO. Tú en mí y yo en ti

Todo el caminar de Israel gira en torno al momento culminante en la historia de la salvación. Desde el principio de los tiempos, Israel aguardaba la manifestación de Dios, la expresión de la hokmá, de la sabiduría divina. Aguardaban, en suma, la revelación del nombre de Dios, del verbo encarnado.

Y el nombre de Dios, el verbo encarnado en Jesús, masacrado por la oscuridad del mundo, se alza de las sombras en el momento fulgurante de la Resurrección. Es el definitivo alzarse, el definitivo ponerse en pie y abandonar la oscuridad del sepulcro. En una antigua homilía sobre la noche de Pascua, Dios dice así a su criatura: Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.

Todo el misterio del paso de Jesús por el mundo se resume en esta invitación: la llamada a descubrir que tú en mí y yo en ti somos una sola cosa. La llamada a levantarnos, a ponernos en pie y emprender el único viaje del tránsito humano: el que nos trae de regreso a nuestro propio corazón para descubrir que lo divino es nuestro rostro más íntimo, y que lo sagrado es nuestra única morada. Ningún otro viaje es comparable a éste, porque es el único que nos lleva de regreso a casa. Al hogar íntimo del corazón donde podemos abrazar nuestra estirpe divina. Levántate. Salgamos de aquí. Entremos en la intimidad del alma, donde el abrazo eterno une el ocaso con la aurora. Levántate, porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.

VIERNES SANTO: Cuando sea alzado

En la celebración cristiana del viernes Santo, el peso de la injusticia, de la calumnia, de la mentira, de la opresión, toma la forma de una cruz. Y bajo ella, un cuerpo ya lacerado, torturado y sangrante, no encuentra otro camino que abrazarla. Así sube Jesús al Calvario. Abrazado a la cruz. En esa subida cae en repetidas ocasiones, y siempre asistimos a una misma actitud en Jesús: ponerse en pie, alzarse. A veces en soledad, a veces con ayuda de otros. Pero vuelve a alzarse una y otra vez. Y en la cima, la humanidad asiste al penúltimo alzarse de Jesús. Cuando sea alzado, atraeré a todos hacia mí, había dicho a sus amigos.

Jesús sigue atrayendo desde su cruz alzada en el Calvario veinte siglos después, porque su alzarse es el gesto universal de levantarse y acoger la verdad desnuda de la condición humana: el amor. Es descubrirnos como seres de barro, pero animados y sostenidos por el aliento de la vida, por la ruah. Lo limitado y lo infinito, lo efímero y lo eterno, lo humano y lo divino se abrazan en el corazón humano. Como en una diminuta gota de rocío que alberga el brillo del sol, el corazón humano es el hogar de la eternidad, la morada interior, la patria del hombre. Y es en el amor donde nuestro ser de barro puede hallar la plenitud.

Lo divino y lo humano se abrazan en el amor.

JUEVES SANTO. Me levantaré e iré a la casa de mi padre

Hay un pasaje en la escritura en el que el personaje principal, después de tocar fondo, siente una irresistible necesidad de ponerse en pie. Se trata de la parábola del hijo pródigo (Lc 15). Después de tocar fondo en la miseria y el desatino, en la frustración y la locura humanas, el hijo pródigo se expresa con la voz de la determinación: me levantaré e iré a la casa de mi padre.

Levantarse, ponerse en pie, es ante todo un gesto de dignidad. Se levanta quien ha estado postrado, sometido a su propia miseria. El hijo pródigo ha vivido expatriado, lejos del centro de su existencia, lejos de su hogar. Y cuando todos los caminos están agotados, cuando todos los senderos conducen a un extravío insoportable, la nostalgia del hogar se alumbra como una invitación a recuperar la propia dignidad. La dignidad del hijo.

La casa perdida no es un lugar físico, sino la historia universal de la frustración humana. Cuando nos lanzamos a recorrer los senderos exteriores de nuestra vida, nuestras luchas, nuestra riqueza, nuestra fama, nuestras emociones, nunca suficientes, nunca del todo satisfechas, acabamos descubriendo que no pueden ofrecernos la plenitud. Que sólo las cosas baratas se compran con dinero.

Y, sin embargo, puede que la frustración alumbre en nosotros el sendero de la vuelta a casa, al propio corazón, donde la plenitud, la felicidad y el amor aguardan a que hallemos ahí nuestra morada, nuestra patria. La experiencia universal del hijo pródigo sucede cuando se frustran las esperanzas que hemos puesto en el exterior. Y al que resulta frustrado, Jesús le dice: bienaventurado tú. Feliz tú. Ahora, desnudo y vacío, estás en condiciones de regresar a tu hogar. Ponte en pie y regresa a casa. La noche es el sendero de la aurora.

MANTÉN LOS OJOS EN MÍ Y NO ME PERDERÉ

Dolor. Tristeza. Soledad. Ira.

Las circunstancias dolorosas nos rompen y, por más que buscamos, no encontramos el camino. Y es entonces, cuando sentimos que necesitamos desesperadamente una mirada que nos conforte, que nos guíe, que nos devuelva a la vida. Su mirada.

 

“Vuélvete a mí, tenme piedad, que estoy solo y desdichado.

Alivia los ahogos de mi corazón,

hazme salir de mis angustias.

Ve mi aflicción y mi penar,

quita todos mis pecados”

Salmo 25, 16-18

 

https://www.youtube.com/watch?v=nzqRDvunHuc

Vídeo: Keep Your Eyes On Me (Mantén tus ojos en mí) con subtítulos en español.