Eco Diario de la Palabra
 

Ser buena noticia

Hay personas que resultan agradables nada más verlas. Sin ningún motivo especial, sus gestos, la sonrisa o simplemente la mirada parece que nos desarman. Son personas que nos devuelven la cara amable de la existencia de forma natural y nos recuerdan que hay más motivos por los que alegrarnos y sonreír a la vida que por los que recelar y desconfiar. Estas personas se camuflan entre multitudes de seres de gesto fruncido y rictus circunspecto para salir de su escondite cuando menos lo esperas. De repente y sin previo aviso, uno te sonríe mientras espera su turno en algún puesto de administración, otro te ofrece adelantarte en la cola del supermercado, y otros muchos caminan con cara de que todo va a ir bien.

El término griego evangelio significa buena noticia, pero quizá no siempre tengamos presente lo que implica que los primeros discípulos “bautizaran” así a los relatos sobre Jesucristo. Sin duda estos primeros creyentes tenían muy claro que lo que caracterizaba su experiencia del Galileo era, precisamente, que su pasar por la vida había sido una verdadera “buena noticia”. Estoy segura de que ellos vivieron con Él algo parecido a lo que supone para nosotros encontrarnos por el camino a una de estas personas con las que es fácil fijarnos en el lado bueno de las cosas y que se convierten también en buenas noticias allá por donde van.

A veces pienso que ser cristiano se podría traducir por adiestrar nuestra mirada para que se asemejara a la de estas “buenas noticias” andantes. Quitarnos de encima todos los recelos, desesperanzas y sospechas que oscurecen nuestro gesto para que nuestra actitud y nuestra sonrisa devuelvan a quienes nos miran un motivo para amar la vida.

Abiertos a lo desconocido

Con el comienzo de un nuevo año, llegan también los buenos propósitos, los nuevos proyectos y los deseos de llevar adelante algunas de esas ideas que se han ido madurando a lo largo de los meses del año que termina. Con todo, y como parece que decía John Lennon, “la vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes”. Entre los resquicios de nuestras intenciones y esquemas, se nos escapa una vida que no es tan fácil de controlar ni ordenar en “cajoncitos” y que, con frecuencia, trae lo más enriquecedor precisamente en lo incontrolable. Por más que desearíamos prever lo que nos va a suceder en los meses que tenemos por delante, la mayoría de esos acontecimientos se escapan de nuestro dominio.
Eso no significa que estemos abocados al riesgo de la incertidumbre, pues lo que nosotros no podemos prever por más que nos empeñemos está bajo la atenta y cariñosa mirada del Padre que cuida de los pajarillos y que nos tiene contados hasta los pelos de la cabeza (Mt 10,29-30). Quizá nos afanemos en tener todo planeado y programado, pero nuestras existencias no se escapan del cuidado providente de Aquél en cuyas manos estamos. Del mismo modo que Jesús dijo a sus discípulos cuando fueron enviados a anunciar la Buena Noticia, también ahora se nos pide que no tomemos nada “para el camino más que un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja” (Mc 6,8), porque Él se encargará de asombrarnos y de ocuparse de nosotros de modos sorprendentes.
Entre todos los planes que hemos trazado y todos los objetivos que nos hemos planteado de cara al nuevo año, podríamos preguntarnos qué espacio damos a la confianza en que Dios se preocupa por nosotros y, del mismo modo, si estamos dejando un espacio abierto a aquello que el Señor nos quiera regalar en este tiempo y que está fuera de cualquiera de nuestros programas trazados, porque lo mejor está siempre por llegar.

¿La esperanza es lo último que se pierde?

#yonopierdolaesperanza  en situaciones críticas

Todos nosotros en algún momento de nuestra vida nos hemos enfrentado a situaciones que no esperábamos, que nos han puesto sobre las cuerdas. A mí me ha tocado vivirlo hace tan solo unos meses…

A veces en esas situaciones inimaginables uno duda de todo; de si el propio mal es uno mismo, o es que vemos las cosas con perspectivas  tan divergentes, que nos separan. Y es que nuestra sociedad parece basarse en lo efímero; la amistad, el amor, incluso la Fe, tienen caducidad. Así que, ¿a qué puede uno aferrarse para buscar la solución?, ¿está todo perdido?

La Esperanza podría definirse como un estado de ánimo a partir del cual uno confía en que puede lograr lo que desea. Otra acepción sería, la figura en la que se deposita esa confianza; sin dudarlo, para los creyentes es Dios.

Si perdemos la esperanza, no habrá vida. Vivir esperanzados en que nuestro Padre está ahí, iluminando y protegiendo nuestro camino, ese que muchas veces no vemos, que parece se divide, borra, ensucia…

La solución es innegable: debemos vivir desde la esperanza.  Personalmente, me aporta plenitud en momentos buenos y fuerza para luchar y no rendirme en los malos; a veces, los malos momentos son etapas necesarias para conseguir las metas. Esperanza no es conformismo, es aceptación y superación.

Estamos llamados a renovar nuestra esperanza cada día, en cada nueva situación. Y al comenzar un nuevo año, más aún. Dios pone en nuestros corazones una y otra vez que por muchas piedras o flores que tengamos en nuestro “viaje”, una actitud esperanzadora es lo que nos hará elegir lo correcto.

Sin duda para mí,  la Esperanza tiene nombre: Dios.

“¿NAVIDAD?”

Sí, Navidad entre interrogantes y comillas porque cada vez entiendo menos qué es este tinglado que nos hemos montado y al que llamamos “Navidad”.

No entiendo cómo podemos seguir relacionando la avalancha de regalos generalmente superfluos y algunos hasta inútiles con lo que de Regalo tiene la Navidad. La Vida misma es el regalo, Dios es el regalo que se nos hace, Dios se nos regala, se da, se entrega vaciándose y nosotros lo “celebramos” llenándonos de tonterías caras. Me cuesta mucho que exista una obligación tácita de regalar cosas, pero no nos planteemos que el mejor regalo en tantos casos es el hacernos presentes de veras y no parapetados en felicitaciones vacías de sentidos y ocultos tras mil paquetes de regalitos de todo tipo.

No entiendo que “celebremos” que Dios nació pequeñito, pobre, casi sin lugar calentito donde nacer dejándonos los “cuartos” en comida pantagruélicas que incluso nos dejan medio enfermos y necesitados de “almax” para acabar de digerir tanto langostino, turrón y champán mientras lo que menos alimentamos es el Alma que es el ámbito de lo divino. Creo que lo verdaderamente divino se nos atraganta.

Sí, “¿Navidad?”. Una Navidad sin alma, pero con “almax”. Una Navidad de “Corte Inglés” y “Zara” pero con pocas visitas a Belén, el espacio vital de lo pequeño, de lo sencillo, de lo que nace de veras de la entraña, sin nada superfluo.

Me pregunto con preocupación si los cristianos y cristianas hacemos bien transigiendo con los montajes de estas fechas. Me pregunto qué pasaría si poco a poco fuéramos haciendo una “huelga de Navidad” y diéramos de veras “razón de nuestra esperanza” negándonos con dulzura y amabilidad a participar de la carrera consumista en la que nos metemos desde el 25 de diciembre al 6 de enero.

Me siento extraña y ajena a todo este tinglado, me sobra y me enferma. Miro el pequeño Belén de casa, el niñito en pañales y me pregunto y le pregunto a él qué tiene todo esto que ver con Él. Me sonríe y me acaricia el alma y escucho en mi corazón ese saludo del de Asís: “PAZ Y BIEN”.