Eco Diario de la Palabra
 

URGENCIA DE LA FRATERNIDAD

CONSIDERACIONES SOBRE LA URGENCIA DE LA FRATERNIDAD EN NUESTROS PLANES DE URBANISMO 

La fraternidad está en peligro. La inconsciencia, según Freud, era el gran peligro de la humanidad, porque constituía el 80% de la psique humana y la mayoría de las decisiones tomadas estaban sustentadas en ese océano no consciente. Inconsciencia que suele estar anestesiada –ya lo denunciaban los Padres de la Iglesia– por la sobreabundancia. Anestesia alimentada, a su vez, por dicha inconsciencia. Nadie en su sano juicio a quien preguntáramos acerca de la fraternidad la tildaría de algo nocivo. Sin embargo, hay decisiones políticas que afectan, como su nombre indica, al bien común y que, no obstante, bajo supina inconsciencia de quienes creen saber lo que ejecutan, suponen un ataque a la fraternidad, y lo que es peor, sus condiciones de posibilidad. Y, en concreto, algunos de nuestros proyectos de supuesto desarrollo urbanístico suponen un atentado cuasiterrorista e inconsciente contra la fraternidad, esto es, contra, en mi opinión, la única esperanza de la actual civilización mal llamada desarrollada.  

Y me refiero, por ejemplo, a que en una población cercana a donde yo habito se ha aprobado públicamente la construcción de un aparcamiento innecesario en una parte de una población donde apenas viven unas decenas de vecinos con sus baserris1, su riqueza cultural y su patente fraternidad. Obra por cierto, a manos de una Unión Temporal de Empresas (UTE) que apantalla la verdadera autoría de la fechoría social, en manos de un conocido presidente de galáctico club de fútbol de cuyo nombre no quiero acordarme.  

En otra población no lejos de ésta, un socavón ofrece su bienvenida a los visitantes, donde hace un par de años se quemó misteriosamente el trozo de monte que falta. El proyecto es una gran superficie comercial con supermercado de dudoso trato a sus trabajadores en pleno auge en España y con establecimiento específico para prendas y complementos deportivos. Todo ello después de que el consistorio vizcaíno se comprometiera con la población del municipio a fomentar e impulsar el comercio local. Este y otros proyectos enmarcados dentro de los Planes Territoriales Parciales del País Vasco, incluso la prometedora (y dilatada en el tiempo) creación de un Tren de Alta Velocidad para las tres provincias vascongadas, con homólogos en ambos casos, a lo largo y ancho de toda la geografía española, tienen un eje común: buscan la creación y la prevalencia masiva de ciudades dormitorio, y, con ello, modelos de convivencia (éxodo rural y masificación en grandes urbes), consumo (privilegio sistémico de los grandes centros de consumo, desaparición progresiva de los pequeños comercios, dificultad de una manera responsable y justa de consumo)2 y de vida (entre otros, el famoso individualismo postmoderno que denuncia G. Lipovetsky3 en sus obras) con consecuencias graves para la fraternidad y, por tanto, para la capacidad de respuesta común y comunitaria, participativa, verdaderamente política, humana, cristiana, a fin de cuentas. Atentar contra la fraternidad de manera tan sutil y subrepticia es atentar contra la fe, contra la posibilidad de vivirla en el amor y contra la posibilidad de ensanchar con ello el corazón en, como diría Pedro Casaldáliga, «la terca esperanza».  

A uno no se le escapa que el conflicto de valores existente entre enriquecimiento de unos y bien conocidos pocos y la creación de una necesidad, por un lado, y empobrecimiento cultural y humano del lugar, por otro, se resuelve en los últimos tiempos y sistemáticamente de facto, sin diálogo ni discernimiento –he aquí el verdadero problema, la inconsciencia– a favor de lo primero. Ante esta realidad se comprende claramente lo que Jesús de Nazaret quería decir cuando aseveraba tajantemente que «no se puede servir a Dios y a las riquezas (mammon)» (Lc 16,13).  

Lo que a nuestra sociedad le pasa es que, parafraseando a san Basilio en esa maravillosa homilía sobre el joven rico: «En la medida en que abundas en riquezas, en esa misma medida estás falto de fraternidad»4. Y es aquí donde la gran reivindicación de la «civilización de la pobreza»5 que Ignacio Ellacuría defendió hasta su asesinato cobra su verdadero mordiente transformador. ¿Para cuándo un sistema global, que sin olvidar la justicia y la libertad, subordine ambas a la fraternidad? De hecho, la experiencia que acabó con el imperialismo más mortífero del Imperio Romano fue la de las primeras comunidades cristianas siguiendo a Jesús en eso tan íntimo y tan verdadero («lo esencial es invisible a los ojos», que diría A. de Saint-Exupéry6) y que Y. Congar llamaba el verdadero «protagonista de la misión de la Iglesia»7: el Espíritu santo8. Necesitamos un sistema con esta altura de miras, de acuerdo a ese plan de Dios manifestado en Jesucristo y de cuyo sello somos partícipes por creación por salvación. Citando a los Padres de la Iglesia, de nuevo, el ser humano es «puesto en la tierra plasmado a imagen de Dios», con el único fin de que «tanto en el soplo como en la carne plasmada el hombre fuera semejante a Dios»9. La tierra es, en definitiva, según la cosmovisión cristiana, la casa de y para todos10 y está llamada a ser hogar de libertad, igualdad y fraternidad, como otrora reivindicara, aunque solo fuera como horizonte, la revolución francesa y muchos siglos antes la saboreamos en su inicio en Jesús de Nazaret. La revolución de la fraternidad está, de nuevo, en nuestra mano y nuestro corazón y nuestro mundo lo reclaman a gritos.