Eco Diario de la Palabra
 

¿Disponible?

Disponible es uno de esos estados de whatsapp que viene predeterminado y que mucha gente utiliza.

Cuando lo leo me viene siempre la misma pregunta: ¿disponible para qué?

Hoy, día del voluntariado, me vuelve la pregunta. A las ONGs se nos acerca gente preguntándonos: ¿qué puedo hacer?, ¿es mi perfil adecuada para tal tipo de voluntariado?, ¿dónde puedo realizar una experiencia de voluntariado?

La respuesta de las ONGs es sencilla. Basta mirar alrededor para darse cuenta que no hace falta siempre irse lejos, que hay mil oportunidades en tu barrio o ciudad. Basta abrir los ojos y ver todas las posibilidades que tu entorno te ofrece para ser voluntario.

Hoy, por tanto, para mi cobra sentido la palabra DISPONIBLE porque todas las preguntas que nos hacemos a la hora de iniciar un voluntariado se resumen en una: ¿disponible?

Si la respuesta es afirmativa el resto de respuestas llegarán por descontado.

¡Feliz día a todos los disponibles! ¡Feliz días a todos los voluntarios y voluntarias!

URGENCIA DE LA FRATERNIDAD

CONSIDERACIONES SOBRE LA URGENCIA DE LA FRATERNIDAD EN NUESTROS PLANES DE URBANISMO 

La fraternidad está en peligro. La inconsciencia, según Freud, era el gran peligro de la humanidad, porque constituía el 80% de la psique humana y la mayoría de las decisiones tomadas estaban sustentadas en ese océano no consciente. Inconsciencia que suele estar anestesiada –ya lo denunciaban los Padres de la Iglesia– por la sobreabundancia. Anestesia alimentada, a su vez, por dicha inconsciencia. Nadie en su sano juicio a quien preguntáramos acerca de la fraternidad la tildaría de algo nocivo. Sin embargo, hay decisiones políticas que afectan, como su nombre indica, al bien común y que, no obstante, bajo supina inconsciencia de quienes creen saber lo que ejecutan, suponen un ataque a la fraternidad, y lo que es peor, sus condiciones de posibilidad. Y, en concreto, algunos de nuestros proyectos de supuesto desarrollo urbanístico suponen un atentado cuasiterrorista e inconsciente contra la fraternidad, esto es, contra, en mi opinión, la única esperanza de la actual civilización mal llamada desarrollada.  

Y me refiero, por ejemplo, a que en una población cercana a donde yo habito se ha aprobado públicamente la construcción de un aparcamiento innecesario en una parte de una población donde apenas viven unas decenas de vecinos con sus baserris1, su riqueza cultural y su patente fraternidad. Obra por cierto, a manos de una Unión Temporal de Empresas (UTE) que apantalla la verdadera autoría de la fechoría social, en manos de un conocido presidente de galáctico club de fútbol de cuyo nombre no quiero acordarme.  

En otra población no lejos de ésta, un socavón ofrece su bienvenida a los visitantes, donde hace un par de años se quemó misteriosamente el trozo de monte que falta. El proyecto es una gran superficie comercial con supermercado de dudoso trato a sus trabajadores en pleno auge en España y con establecimiento específico para prendas y complementos deportivos. Todo ello después de que el consistorio vizcaíno se comprometiera con la población del municipio a fomentar e impulsar el comercio local. Este y otros proyectos enmarcados dentro de los Planes Territoriales Parciales del País Vasco, incluso la prometedora (y dilatada en el tiempo) creación de un Tren de Alta Velocidad para las tres provincias vascongadas, con homólogos en ambos casos, a lo largo y ancho de toda la geografía española, tienen un eje común: buscan la creación y la prevalencia masiva de ciudades dormitorio, y, con ello, modelos de convivencia (éxodo rural y masificación en grandes urbes), consumo (privilegio sistémico de los grandes centros de consumo, desaparición progresiva de los pequeños comercios, dificultad de una manera responsable y justa de consumo)2 y de vida (entre otros, el famoso individualismo postmoderno que denuncia G. Lipovetsky3 en sus obras) con consecuencias graves para la fraternidad y, por tanto, para la capacidad de respuesta común y comunitaria, participativa, verdaderamente política, humana, cristiana, a fin de cuentas. Atentar contra la fraternidad de manera tan sutil y subrepticia es atentar contra la fe, contra la posibilidad de vivirla en el amor y contra la posibilidad de ensanchar con ello el corazón en, como diría Pedro Casaldáliga, «la terca esperanza».  

A uno no se le escapa que el conflicto de valores existente entre enriquecimiento de unos y bien conocidos pocos y la creación de una necesidad, por un lado, y empobrecimiento cultural y humano del lugar, por otro, se resuelve en los últimos tiempos y sistemáticamente de facto, sin diálogo ni discernimiento –he aquí el verdadero problema, la inconsciencia– a favor de lo primero. Ante esta realidad se comprende claramente lo que Jesús de Nazaret quería decir cuando aseveraba tajantemente que «no se puede servir a Dios y a las riquezas (mammon)» (Lc 16,13).  

Lo que a nuestra sociedad le pasa es que, parafraseando a san Basilio en esa maravillosa homilía sobre el joven rico: «En la medida en que abundas en riquezas, en esa misma medida estás falto de fraternidad»4. Y es aquí donde la gran reivindicación de la «civilización de la pobreza»5 que Ignacio Ellacuría defendió hasta su asesinato cobra su verdadero mordiente transformador. ¿Para cuándo un sistema global, que sin olvidar la justicia y la libertad, subordine ambas a la fraternidad? De hecho, la experiencia que acabó con el imperialismo más mortífero del Imperio Romano fue la de las primeras comunidades cristianas siguiendo a Jesús en eso tan íntimo y tan verdadero («lo esencial es invisible a los ojos», que diría A. de Saint-Exupéry6) y que Y. Congar llamaba el verdadero «protagonista de la misión de la Iglesia»7: el Espíritu santo8. Necesitamos un sistema con esta altura de miras, de acuerdo a ese plan de Dios manifestado en Jesucristo y de cuyo sello somos partícipes por creación por salvación. Citando a los Padres de la Iglesia, de nuevo, el ser humano es «puesto en la tierra plasmado a imagen de Dios», con el único fin de que «tanto en el soplo como en la carne plasmada el hombre fuera semejante a Dios»9. La tierra es, en definitiva, según la cosmovisión cristiana, la casa de y para todos10 y está llamada a ser hogar de libertad, igualdad y fraternidad, como otrora reivindicara, aunque solo fuera como horizonte, la revolución francesa y muchos siglos antes la saboreamos en su inicio en Jesús de Nazaret. La revolución de la fraternidad está, de nuevo, en nuestra mano y nuestro corazón y nuestro mundo lo reclaman a gritos. 

MARTA TALAYERO: RESCATE EN EL MEDITERRÁNEO

MARTA TALAYERO: “de Madrid al Mar”

el testimonio de una médico en barcos de Rescate en el Mediterráneo

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Desde el centro juvenil he escuchado muchas veces que tenemos que buscar el “sentido de nuestra vida” o “lo que Dios quiere de cada uno de nosotros”. Eso que otras veces se han referido como vocación. ¡Cuántas veces me han hablado de la vocación! ¡Y cuántas he hablado yo después cuando he sido acompañante!. Y ahora puedo decir, porque así lo siento, que la vocación se va descubriendo a medida que te vas conociendo, como persona y desde lo más profundo, donde está Dios.

 

“mi vocación era la de ponerme al servicio del que sufre”

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Poco a poco, como digo, descubrí que mi vocación era la de ponerme al servicio del que sufre. Y de esta manera, mi forma de concretarla fue a través de la medicina. Fue un verano en Honduras con casi 17 años, donde y cuando decidí estudiar medicina. Acompañé a mis tíos, que estuvieron viviendo allí 10 años, y que iban a visitar a la gente que había sido su familia todo ese tiempo. Entre ellos estaba Julio, un médico hondureño que pasaba consulta en el pueblo y sus aldeas. Un día me preguntó si quería acompañarle y accedí. Al estar allí con él, mi corazón no paraba de decirme: “algún día yo quiero hacer lo que él está haciendo”.

Durante los años en el centro juvenil y después en la universidad, busqué otras maneras de concretar esta inquietud. Residencia de ancianos, chavales con discapacidad, voluntaria en ambulancias, BASIDA, trabajo con niños en Guinea Ecuatorial… todas ellas han sido experiencias de las que he aprendido mucho y que me han hecho crecer como persona.

Pero en los últimos dos años, a raíz de la crisis migratoria por el conflicto en Siria, para mí era imposible estar en paz en el sofá mientras salían noticias terribles un día tras otro, tanto en la televisión como prensa. Algo que poco a poco fue calando en mí hasta que vi un documental sobre la labor de una ONG española (PROACTIVA OPEN ARMS) que llevaba a cabo en el Mediterráneo central. En ese momento todo se removió.

Tres veces fueron las que vi el documental en cuestión de 10-15 días. Y muchas lágrimas. Vivo muchas situaciones difíciles en el hospital (trabajo en una UCI), pero nada me había tocado ni me había hecho llorar tanto de impotencia y rabia como aquel documental. Después de verlo por tercera vez durante una reunión con el grupo que he acompañado este curso, durante la oración, decidí escribir a la ONG y ofrecerme. No sabía muy bien qué podía aportar, pero así lo hice. Dos días después ya tenía fecha para embarcarme: 29 Mayo. Tres meses después de esa fecha y tras dos misiones a bordo, puedo decir que ha sido desbordante. (1119 personas llevadas a puerto, 758 más rescatadas que transferimos a otro barco…)

Desbordante a todos los niveles y difícil de poner en palabras.

 

“todo se removió… ha sido desbordante…”

A nivel personal ha sido un regalo descubrir un equipo humano maravilloso con un recorrido vital del que sólo puedes aprender. De repente un grupo de personas que no se conocen de nada, de todas las edades y procedentes de muchos sitios, se juntan 15 días (por misión) en un barco con un mismo objetivo. 15 días de convivencia en los compartes camarote, duchas, cocinas, limpias, haces guardias y tienes que aprender en tiempo record a trabajar de manera coordinada y efectiva en el rescate y acogida de cientos de personas. Y lo maravilloso es que sale.

Y a nivel profesional, pues sólo puedo decir que en estos días en alta mar me he reconciliado con la medicina. Esa medicina que descubrí en Honduras hace 16 años. Sencilla, cercana, de contacto. Sin necesidad de grandes avances tecnológicos. El momento del rescate es muy intenso. La prioridad es subirles cuanto antes al barco. Para mí el momento de recibirles a medida que van subiendo es de los más bonitos. Sus caras pasan del miedo y de la angustia tras horas en la oscuridad de la noche, en medio del mar, a la de alegría y agradecimiento por sentirse salvados.

Por suerte la mayoría de personas que atendí fueron por cosas menores. Menores en ese momento, pero muchas reflejo de lo que traían consigo. Heridas mal curadas por palizas recibidas. Dolores musculares por fracturas mal curadas. Quemaduras químicas por la mezcla de la gasolina y el agua del mar durante el viaje en la barca. Embarazadas fruto de la violación. Eran más graves las heridas del alma que las físicas.

En las 24-36h que pasaban a bordo hasta llegar a puerto, la locura de la logística me dejaba poco tiempo para sentarme a hablar con ellos, pero cuando pude hacerlo, fue tan intenso que en ocasiones me sentía bloqueada sin saber qué decirles. ¿Qué le dices a una chica de 24 años que se ha visto obligada a salir de su país porque vio morir a su hermana y su madre a manos de Boko Haram? Y tras ello te cuenta que viajó durante mes y medio por el desierto hasta llegar a Libia, donde trabajó año y medio como esclava en una casa donde fue maltratada y violada e incluso quemada con una plancha. Estaba embarazada de 2 meses. Cuando nos contaba a otra voluntaria y a mí todo esto, sólo nos salía mostrarle cariño y contacto humano. No hay palabras cuando alguien te cuenta algo así. O yo, al menos, no las tenía. Y esta chica, agradecida, no paraba de repetirnos que éramos buenas. En un intento de decirle que tal vez lo que le esperaba en Europa no era la tierra prometida que se pudiera imaginar, ella nos preguntó:

 

“¿pero en Europa te matan?”. Nosotras respondimos: ”no, eso no”. Y ella contestó: “ah, entonces todo bien”

En ese momento me di cuenta que vivimos otra realidad a la de estas personas, con otro umbral de prioridades en la vida. Y a partir de ese momento uno no se queda indiferente, porque poner rostro a esto, duele.

Y los niños, muchos, demasiados. Nadie debería de pasar por esto, pero mucho menos los niños. Desde pocos días de vida (20 días) a pocos meses, un año, cuatro, doce…da igual la edad, pero ya han vivido algo que jamás viviré yo o cualquiera de nosotros. Niños que tras unas pocas horas a bordo y tras darles un globo o ponerles música, son capaces de ser la mayor alegría. Y contagian al resto.

Estos momentos son los que me guardo en el corazón. Yo los llamaba “momentos de celebración de la vida”. Por un instante veía que niños y mayores, de muchas nacionalidades y religiones, eran capaces de dejar atrás lo vivido y sonreír, disfrutar. Casi con toda seguridad puedo decir, que por primera vez en mucho tiempo (algunos más de uno y dos años), eran tratados como personas con dignidad y cariño.

 

 “…después de todo, siguen confiando en Dios!”

Otra cosa que me ha hecho pensar mucho es escucharles dar gracias a Dios tras ser rescatados. ¡Qué fe más grande y fuerte que después de todo, siguen confiando en Dios! Y qué maravilloso ver cómo distintas culturas, religiones y procedencias, pueden convivir bajo un mismo techo (barco) y ayudarnos en las necesidades más básicas. Allí no hace falta nada más que comer, dormir y la compañía del que tienes al lado. Sentí que todo éramos hijos de un mismo Dios.

 

“Seamos la voz de los que no la tienen,

y que nuestro corazón no se quede indiferente ante esta realidad”

Pero también he vuelto con decepciones y sinsabores. Principalmente institucionales y políticas. No puede ser que la Europa donde vivimos permita todo esto. No puede ser que como ciudadanos y cristianos nos quedemos sentados. Decía un compañero en una entrevista: “si Jesucristo volviese otra vez, estaría en un barco como el nuestro trabajando por los desheredados del mundo”. Hay muchas cosas que cambiar en este mundo y muchas las luchas, pero yo siento que ahora este es mi sitio. Siento que hay que defender el primer derecho de todos, que es el derecho a la vida. Sin él, el resto deja de tener sentido.
Yo ya he puesto rostro a estas personas, con nombre y apellidos. Personas que pasan a ser números en cuanto pisan suelo italiano. Que literalmente no tienen nada más en la vida que su propia vida. Algunos incluso no tienen ni ropa. No tienen nada. Yo no sabía lo que era esto antes. No es que sean pobres como la gente que conocí en Honduras o Guinea. No. Es que no tienen nada. Absolutamente nada.

Y esto a mí personalmente me descoloca. Nos quejamos de cosas tan banales y superficiales. Es un bofetón tan grande que no te puede dejar indiferente..
Seamos la voz de los que no la tienen, y que nuestro corazón no se quede indiferente ante esta realidad. Que no nos pongan ni nos pongamos una venda en los ojos. Seamos revolucionarios como Jesús lo fue, al lado de los desheredados del mundo.

 

Marta Talayero

MORIR PARA DAR VIDA

DISCÍPULOS DEL QUE MUERE PARA DAR VIDA 

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere… (Jn 12, 24) 

El mundo entero dictó sentencia cuando Eichmann fue condenado a la horca por crímenes contra la humanidad.  Fue uno de los responsables directos del genocidio nazi y, sin embargo, no sentía remordimiento. Sólo cumplía responsablemente con su trabajo. Padre de cinco hijos, trató de asegurar el bien y la prosperidad de los suyos.  No pensó más allá y “tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana”, como explicó Hanna Arendt en “La banalidad del mal”. 

Nacen héroes a veces que escapan a tal banalidad y se zambullen en la realidad que habitan. Recientemente hemos oído la noticia de un bombero, Ignacio Roblesii, que  durante un servicio de vigilancia de un barco de mercancía se atrevió a preguntar qué era aquello que con su trabajo estaba protegiendo. Al saber que se trataba de bombas vendidas a Arabia Saudí, Ignacio recordó las imágenes de la guerra que esa potencia libra en su país vecino, Yemen. No tardó ni un minuto en decidir no colaborar con la masacre que se está cobrando la vida de miles de personas. Alegó objeción de conciencia y abandonó su puesto. 

Le abrieron un expediente que podría suponer la suspensión de empleo y sueldo durante un tiempo de entre tres y seis años y, desde entonces, su vida se volvió un infierno, como él mismo asegura. Ha perdido peso, dinero, sueño y tiempo para estar con su mujer y sus hijos, pero no querría haber actuado de otro modo. Eligió perder para que otros vivan, asumir un dolor en carne propia para no ser cómplice del sufrimiento de tantos.   

En un mundo globalizado, cada minúscula acción nuestra repercute directamente en la existencia de muchos, los de cerca y los de lejos: el coltán de nuestros dispositivos electrónicos, la ropa que compramos en grandes multinacionales, los alimentos que consumimos,  las empresas en las que trabajamos, las noticias que no leemos, la sutil indiferencia cotidiana…   

 Abrir la conciencia a lo profundo de nuestros actos y hacernos responsables de ellos implicará, seguro, algunas renuncias. Pero de éstas, misteriosamente, germinará un amor nuevo, más pleno, más amplio y humano. Se dilatará la vida, pues “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”. Seremos así discípulos de Aquel que muere para dar Vida; y donde Él esté, estaremos también nosotros, humildes servidores suyos, liberados ya de la banalidad.   

ESCURRIR EL BULTO… ENTRE TODOS

VER 

“Entre todos” es el nombre que el Ministerio de Agricultura de España ha dado a la pestaña, que en su web intentaba convencer a los ciudadanos, para que realizáramos aportaciones en un tema tan importante como es el cambio climático. En concreto, se trata de la consulta pública a la que se ha sometido la Ley de cambio climático y transición energética. Es una ley, dentro del marco de los acuerdos de París, que a groso modo, pretende crear un sistema energético competitivo, revertir el cambio climático y hacerlo compatible con una energía asequible para todos. ¡Casi nada! 

En la propia web anuncian que las aportaciones recibidas son 350 tras casi tres meses de plazo para realizarlas. 

 

JUZGAR

He querido recurrir al tema de la participación ciudadana ante una ley que afecta al compromiso con la casa común, con la pobreza energética y en definitiva con temas de justicia social para poner el punto de mira en el compromiso que tenemos todos con estos temas.  

No sé si seremos capaces de revertir el cambio climático, ni siquiera si las medidas de transición energética son suficientes o si algún día conseguiremos que la energía sea asequible para todos. Me temo que, mientras no seamos capaces de darnos cuenta de la raíz del problema, “echaremos balones fuera”. Quizás pensaremos que este, como otros problemas, lo desencadenan los intereses económicos de las empresas, las políticas de los distintos países…  

Sin duda, todos estos actores afectan y mucho, pero ¿no estaremos escurriendo el bulto? 

 

ACTUAR

Sin olvidar llevar a cabo las pequeñas o grandes acciones cotidianas que nos permiten mejorar la vida de los demás, ASUMAMOS EL COMPROMISO DE CONVERTIRNOS día a día e intentar transformar el mundo acudiendo a la raíz o causa del problema. 

Juan Pablo II en la Carta Encíclica Redemptor hominis, 1979, n 16 nos recordó 

No se avanzará en este camino difícil de las indispensables transformaciones de las estructuras de la vida económica, si no se realiza una verdadera conversión de las mentalidades y de los corazones. La tarea requiere el compromiso decidido de hombres y de pueblos libres y solidarios. 

¡Aprovechemos este tiempo de conversión! 

 

 

LATINOAMÉRICA – CALLE 13

Recién aterrizada…. me declaro enamorada de Latinoamérica, de su viento, del sol, de su lluvia, del calor, de sus nubes, de sus colores, de su alegría y sus dolores… de su VIDA. Me identifico con cada rostro e imagen de este vídeo, por haberlo vivido, compartido y saboreado.  

¿Crees que todo eso, desde este nuestro mundo, se puede comprar de alguna manera? 

 

LA FUERZA DEL DESIERTO

“El Espíritu empujó a Jesús al desierto” (Mc 1, 13 -15) 

Evangelio del I Domingo de cuaresma, 18 de febrero

La fortaleza puede convertirse en una quimera, un efímero espejismo. ¿Quién puede sostenerse a sí mismo? La ilusión de la autosuficiencia se desvanece irremediablemente al contacto con la cruda realidad. Es por eso que inventamos mil maneras de aliviar la fragilidad que nos es propia y construimos mundos que nos protejan. La sociedad de bienestar, harta de recursos, nos conserva en un confort que enmascara lo débil y nos hincha en la sensación de poderlo casi todo.

No así en otras regiones que, desprovistas de lo más básico, han de amigarse con la precariedad de su condición humana. La sufren a diario quienes no alcanzan a cubrir el mínimo de calorías necesarias para que el cuerpo responda. Según Intermón Oxfam, esto le ocurre a más de 30 millones de personas en la región de África Oriental: Kenia, Etiopía, Nigeria y Sudán del Sur. Es la mayor emergencia alimentaria del mundo y sus efectos catastróficos amenazan con agravarse exponencialmente si no se frena a tiempo.

“Sin haber sufrido una experiencia similar difícilmente se imaginarán el destructivo conflicto mental y las luchas de voluntad a las que se enfrenta un hombre hambriento”, explica Víktor Frankl en su famosa obra testimonial, El hombre en busca de sentido. El hambre va anulando la personalidad, disminuye la energía, la iniciativa, la concentración, la capacidad de rebelión y la queja, la lucidez, el deseo y el afecto. El hambriento está expuesto a toda enfermedad, física y mental, no tiene defensa. Se sabe débil e incapaz, siente cómo emergen desde el fondo de su alma las más hondas hambrunas interiores. Se contempla insignificante e inválido.

Por instinto natural, tendemos a esquivar esas hambres que nos desnudan. Y, sin embargo, el Espíritu ha empujado a Jesús a un desierto en el que pasará hambre, vivirá entre las fieras y será tentado. Él se ha hecho uno de tantos para dejarse llevar al núcleo del drama humano, asumiendo en su carne las inconsistencias de los hombres de todos los tiempos. Así, desde la indigencia, realiza su auténtico ser de Hijo que todo lo recibe del Padre, con Quien permanece vinculado en una comunión radical (Mt 11, 27). Su abandono absoluto en Dios nos revela la verdadera identidad de lo humano e inicia para nosotros el camino de vuelta al Amor que nos dio origen.

Tras este paso, Jesús puede anunciar a las gentes que el Reino está cerca y han de convertirse para recibirlo. Es tiempo de entrar con Él en el desierto, en el hambre física, afectiva y existencial que derribará las quimeras de nuestras falsas fortalezas y nos hará mendigos de la única Fuente que puede darnos Vida. Nos reconoceremos entonces hermanos de los hambrientos, solidarios de su pobreza que es también la nuestra, felizmente necesitados, pues Él ha dicho “Dichosos los pobres de Espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.

MAESTRO, ¿DÓNDE VIVES?

Existen lugares nacidos de guerras y guerras que se convierten en el único lugar de muchos. Hay países que no son de tierra porque son de metralla y nada puede germinar en su suelo. La hierba que crece en Yemen ha de marchitarse pronto, pero incluso en su leve espacio vital será un signo de esperanza para su pueblo. Ellos no conocen más cielo que ése que a menudo destila un humo gris, un hedor de pólvora y azufre que golpea sus pulmones y les recuerda su nombre: Yemen. En la década de los 90 comenzó a llamarse solo así, Yemen, cuando el sur y el norte renunciaron a su apellido y borraron las fronteras que los constituían en dos naciones. 

 La unificación prometía tiempos mejores que, sin embargo, aún están por llegar. Estalló de nuevo una cruda violencia que provocó el derrumbamiento de la débil estructura política. Los vacíos de poder fueron aprovechados por los hutíes, otro importante grupo étnico que se sumó al resto de agentes de guerra. Arabia Saudí e Irán juegan en el terreno, clave para la hegemonía de la península arábiga. Intervienen con bombardeos masivos, arman a los guerrilleros de bandos opuestos, bloquean la ayuda humanitaria en zonas enemigas, azuzan el fuego e ignoran el derecho internacional y los más elementales derechos humanos.  

Los yemeníes sufren hoy la “peor catástrofe humanitaria del planeta”, según la ONU. Perdidos en un tablero de rivalidades múltiples, tratan de sobrevivir a las bombas, el hambre y la epidemia de cólera provocada por la falta de acceso a asistencia sanitaria y a agua potable. Hasta ahora, más de 900. 000 personas se han contagiado de la enfermedad, más de 18 millones dependen de la ayuda humanitaria y casi 13. 000 han muerto en los últimos dos años. Las ciudades, demolidas, parecen escombreras. 

El símbolo de este infierno son los ojos hinchados de Buzaina al Rimi. Con sólo cinco años de edad, resistió milagrosamente al feroz bombardeo saudí que acabó con la vida de toda su familia. Su foto ha empapelado las calles de Sanaa, su barrio, e invade las redes sociales como un silencioso grito. Es la voz callada de millones de inocentes que, como ella, cargan con las injusticias de otros y no tienen fuerza ni poderes para exigir un ajuste de responsabilidades. Los inocentes litigan a diario con el horror y la muerte pero no llevan fusil, no alzan estandartes políticos, no persiguen al culpable.  Pocos conocen sus luchas, pues esta guerra ha sido olvidada por los medios de comunicación internacional y las sociedades “pacíficas” del norte. 

Nosotros, los del norte, miramos de lejos mientras apuramos las sobras de turrón y conseguimos guardar los últimos decorados navideños que han celebrado la venida del Dios niño, inocente, pequeño. A Él preguntamos en este tiempo ordinario: – Maestro, ¿dónde vives?  –  Venid y lo veréis, nos responderá (Jn 1, 35 -42). Ojalá entonces nuestros ojos viren en dirección a los suyos y descubramos al Dios con nosotros escondido en los últimos, los sufrientes, los pobres para los que Él ha venido. Sólo ellos, extenuados hasta el límite, pueden abrir completamente su existencia a la venida del Salvador. Él responderá a las súplicas que nadie escucha, cuando entregue su Reino a estos pequeños y vivan por fin en la paz que aquí les fue negada. Y si el Reino está ya entre nosotros es que Él habita ya con ellos, en el fondo de sus dolores, como Luz incandescente que les eleva a una Esperanza definitiva, vencedora del mal que les oprime.  

 Vayamos y veámosle. Desinstalemos nuestras rutinas y prioridades para mirar al rostro del Emmanuel que mora en los que a menudo ignoramos. Quizá así Él se vuelva más de carne ante nosotros, que con tanto afán le buscamos; y la carne nuestra se llene del Espíritu que nos configura con los rasgos de Jesús, para que también nosotros moremos, junto con Él, entre los olvidados.  

OCHI CHORNIE

Ochi chornie[1]

 

No se me quitan de la cabeza. Desde que salí esta mañana de la nevada Mülhberg hacia mi casa, no hago otra cosa que recordar sus ojos. Oscuros, inmensos. Como un mar sin luna. Nos veía y no nos veía. Su mirada nos traspasaba, como si fuéramos transparentes,  y en su fugaz paso, nos hendía como una flecha con otro rumbo. Su oído sólo escuchaba sonidos ininteligibles. Sin embargo, sus jóvenes labios sonreían. Todo el rato. No era una risa abierta, de quien se sabe en casa. Era una sonrisa dolorosa, esforzadamente agradecida, inquieta. Omnisciente de su pasado, presente, ¿de su futuro? Acostumbrada a estar en guardia ante un posible nuevo golpe, rápido y brutal de la vida.

Iraquí. Refugiada. Mujer. Tan hermosa como una princesa sumeria. Rozando la veintena. Podría ser mi hija…  Sin hogar, sin niñez, sin juventud, sin familia salvo su hermano menor que la acompañaba. Con una obscenamente temprana experiencia de éxodo. Dos hermanos, cogidos de la mano, recorriendo Europa, huyendo de la oscuridad, hacia ninguna parte…

Estuvimos un rato con ella, su hermano y un tercer chico que ya sabía hablar algo de alemán y nos contó a todos sus historias. No sé adónde llegaba su mirada. No podía soportar el dolor que me infringía, pero tampoco podía dejar de mirarla, atrapado por su corta y larguísima vida.

Con pudor, me atreví a preguntarles a los tres a través de un complicado camino español-inglés-alemán, cuál era su sueño. El muchacho tradujo la pregunta al kurdo para los hermanos. Al escuchar sonidos familiares, salieron de su ensimismamiento cortés y hablaron ambos. El muchacho tradujo al alemán. No conozco el idioma, pero entendí perfectamente: ser otro más, ser chicos normales, tener una vida como la de todos…

Hace unos meses me borré de una de tantas listas de whastapp. Era de mi promoción del colegio y me gustaba conservar el contacto con aquellos con los que compartí la infancia. Pero saltó un mensaje cruel e injusto sobre los refugiados. “…No saben lo que hacen”, recordé. Pero no podía soportarlo y en un gesto quizás precipitado me salí del aquel grupo. Mi pillaba en un momento de “information overload” y mi espíritu reclamaba -reclama- un poco de silencio exterior e interior.

Anoche, sintiéndome traspasado por la mirada de aquella muchacha, recordé aquellos compañeros y me pregunté cómo se sentirían si a ellos también les hubieran mirado la noche. Yo no puedo dejar de recordarla…

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[1] “Ojos negros” es el título de una película soviético-italiana estrenada en 1987. Fue filmada por Nikita Mikhalkov basándose en varios relatos cortos de Antón Chéjov, incluyendo el famoso cuento de “La dama del perrito”, una historia de amores frustrados e ilusiones perdidas.

¡ESTO ES COMIDA, NO BASURA!

Ver

Cuando queremos celebrar algo: un cumpleaños, la celebración de la Navidad, nuestro fin de carrera, la victoria de nuestro equipo… organizamos una comida. El compartir la mesa siempre ha significado un momento de celebración, alegría y fiesta. ¿Pero qué pasa cuando terminamos de comer? Revisemos por ejemplo, las últimas fiestas de Navidad y Fin de año ¿Compramos cantidades apropiadas al número de comensales? ¿Tuvimos la sensación de haber comido más de lo necesario? ¿Qué hicimos con las sobras y con los restos que quedaron en los platos? ¿Tiramos comida a la basura?

Según el Informe del consumo de alimentación en España en 2016, realizado por el Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente, durante el periodo comprendido entre octubre de 2015 y septiembre de 2016, los hogares españoles tiraron a la basura 1.245,9 millones de kilos de alimentos en condiciones de ser consumidos (unos 24 millones de kilos semanales). De ellos, un total de 1.066 millones (85,6% del total) corresponden a productos sin elaborar desperdiciados tal como se compraron, y 179,8 millones (14,4%) son de recetas cocinadas por el propio hogar y desechadas directamente desde el plato o después de un tiempo guardadas en la nevera.

Es una cantidad muy considerable, aunque constata la concienciación de las familias en la lucha contra el desperdicio alimentario, ya que esta cifra supone una reducción del 6 por ciento con respecto al período anterior: se tiraron a la basura 80,1 millones de kilos menos.

La Comisión Europea estima que cada año se desaprovechan en el mundo, más de 1.300 millones de toneladas de alimentos, es decir, un tercio de la producción mundial, de los que 89 millones de toneladas de comida en buen estado corresponden a la Unión Europea.

Juzgar

El Papa Francisco, en junio de 2013, con motivo de la Jornada Mundial del Medioambiente, nos invitaba a recordar el relato del milagro de los panes y los peces: “Jesús da de comer a la multitud con cinco panes y dos peces. Y la conclusión del pasaje es importante: «Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos» (Lc 9, 17). Jesús pide a los discípulos que nada se pierda: ¡nada de descartar! Y está este hecho de los doce cestos: ¿por qué doce? ¿Qué significa? Doce es el número de las tribus de Israel; representa simbólicamente a todo el pueblo. Y esto nos dice que cuando el alimento se comparte de modo equitativo, con solidaridad, nadie carece de lo necesario, cada comunidad puede ir al encuentro de las necesidades de los más pobres.

 La «cultura del descarte» tiende a convertirse en mentalidad común, que contagia a todos, (…) nos ha hecho insensibles también al derroche y al desperdicio de alimentos, cosa aún más deplorable cuando en cualquier lugar del mundo, lamentablemente, muchas personas y familias sufren hambre y malnutrición. En otro tiempo nuestros abuelos cuidaban mucho que no se tirara nada de comida sobrante. El consumismo nos ha inducido a acostumbrarnos a lo superfluo y al desperdicio cotidiano de alimento, al cual a veces ya no somos capaces de dar el justo valor, que va más allá de los meros parámetros económicos. ¡Pero recordemos bien que el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre, de quien tiene hambre! Invito a todos a reflexionar sobre el problema de la pérdida y del desperdicio del alimento a fin de identificar vías y modos que, afrontando seriamente tal problemática, sean vehículo de solidaridad y de compartición con los más necesitados.

Así que desearía que todos asumiéramos el grave compromiso de respetar y custodiar la creación, de estar atentos a cada persona, de contrarrestar la cultura del desperdicio y del descarte, para promover una cultura de la solidaridad y del encuentro.”

 

Actuar

¿Qué podemos hacer tú y yo: nosotros?

Aunque te parezca que pueda ser poca cosa, hay muchos gestos “pequeños” y concretos que nos pueden ayudar, con un poco de voluntad y algo de planificación, a que la comida nunca termine en la basura. Aquí tienes algunas ideas, que podrás ampliar en los enlaces que encontrarás al final de este artículo.

  • No compres más de lo que necesites. Elabora la lista de la compra en función de tus necesidades. Organiza tus compras y planifica lo que vas a cocinar según lo que calculas que vas consumir. Si tienes miedo de que pueda surgir algún comensal inesperado, es preferible tener previsto algunos alimentos “comodín” que puedas descongelar o recetas que puedas preparar con rapidez (como el arroz, o la pasta). Si optas por comprar de más, por si acaso, tenlo previsto y reorganiza tu menú, congelando si es preciso.
  • El orden previene el despilfarro. Organiza tu despensa y tu nevera de forma que te permita tener los alimentos agrupados y ordenados según la fecha de caducidad. Coloca los alimentos nuevos en el fondo y aprovecha para revisar la caducidad de lo que colocas delante.
  • Ojo con la fruta y la verdura. Son los más perecederos y los que más debes vigilar. Acostúmbrate a revisarlos todos los días y, si ves que no te dará tiempo a consumirlos, prepara compotas o mermeladas con la fruta o lava y trocea las verduras para congelarlas y consumirlas en otro momento.
  • Sírvete raciones más pequeñas, es preferible que sobre en el caldero que en tu plato y siempre podrás repetir si te ha resultado poco.
  • Guarda las sobras. Conservadas en la nevera, pueden servir para acompañar otra comida o ser la base para realizar nuevos platos, por ejemplo: con restos de pollo, puedes preparar unas croquetas o enriquecer una ensalada. Si crees que no vas a poder aprovecharla, siempre puedes congelarla.
  • Si comes en un restaurante, pide con mesura. Si no conoces el volumen de los platos, pide orientación al camarero. Si quedan sobras en la mesa, no te cortes y pide que te lo envasen. Si ves que te has pasado pidiendo, pregunta si es posible anular algún plato o que no te lo sirvan y te lo preparen para llevar.

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