Eco Diario de la Palabra
 

ORAR – EL ASOMBRO

El verano es un tiempo de una mayor calma, de más contacto con la naturaleza, de relaciones familiares más intensas (esto parece ser una dificultad en algunos casos…), de cultivo de “hobbies”, de respirar, de mirar con calma… Es un tiempo abierto donde todo cabe… todo es bien recibido con tal de poder renovarnos en todo sentido, y hasta nos gusta experimentar cosas nuevas: un viaje, comidas, amigos nuevos, libros que aguardan todo el curso para ser leídos…

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Quizá la mejor pista para orar en verano sea precisamente EL ASOMBRO, porque se nos ofrecen muchas oportunidades y porque es la actitud más natural en relación con Dios, pues ¡todo es gracia! (1Cor 4, 7: ¿qué tienes que no hayas recibido?…)

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El asombro es un sentimiento que brota ante algo que no esperas, que te sobrepasa, que te engancha para seguir buscando porque no acabas de entenderlo. Es la actitud de quien no da la vida POR SUPUESTO, las cosas que tienes, que puedes disfrutar. Es una emoción de trascendencia personal, de elevación frente a algo que le supera a uno.

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El asombro es la actitud vital de una criatura que experimenta su vida como un regalo. Lo contrario es la rutina, el vivir satisfecho con la cultura, la comida, el techo, el cariño, la paz, la salud… como si fueran derechos míos adquiridos. El asombro invita a pararse a pensar ante el hecho de amanecer un nuevo día, estar rodeado de personas que me cuidan y me quieren, el orden y la Belleza natural del universo, el poder del pensamiento humano, la confianza en valores universales como la justicia… es cierto que todo esto tiene otra cara menos afortunada… pero precisamente por eso porque hay quien no puede disfrutar de esto ¡surge el asombro! Lo que podría no ser y en cambio es, me lleva humilde y agradecidamente al asombro. Me imagino a Jesús continuamente atento y asombrado ante el milagro de la vida cotidiana: la semilla que crece despacio por sí misma, el labrador, la mujer que barre la casa, que hace pan, atento ante las demandas que nadie oye: un ciego, un leproso, una mujer despreciada…

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garabatosEn este tiempo de verano podemos disponernos a activar esta capacidad de contemplación, de asombro que, religiosamente nos remite a Alguien mayor que yo mismo que me sustenta, que ha puesto en mi vida gran cantidad de personas y cosas, que nos remite a la Fuente de la Belleza, de la Verdad, de la Paz interior por sentirnos en Buenas Manos.

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Cada día, aviva la atención en todo lo que haces, lo que vives… de manera que al terminar el día puedas recoger 3 cosas que antes te habían pasado desapercibidas y hoy, con asombro, has caído en cuenta. Es como reinventar tu universo, descubrirlo de nuevo. Esta buena costumbre de reconocer y agradecer cosas vividas crea adicción, se le coge gusto porque nos hace vivir con más conciencia y plenitud, lo poco o lo mucho que tengamos y vivamos.

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Procura en este tiempo sacar ratos para estar en contacto con la Naturaleza, el espacio que más experiencias de asombro puede aportarnos: cultivar una planta y verla crecer, tumbarte en la hierba y agradecer su frescura, refrescarte con el agua, beber de una fuente cuando estás muerto de sed, contemplar un atardecer silencioso, escuchar el viento… el salmo 8 es el salmo del asombro ante la creación: “Señor qué admirable es tu Nombre en toda la tierra”.

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Dedica energías y tiempos gratuitos a tus seres queridos, y descubre nuevas facetas, nuevas posibilidades en la relación, combate la rutina, el dar por supuesto que les quieres y te quieren… inventa maneras para hacer más fácil y agradable a tu alrededor este tiempo. Asómbrate de tus propias capacidades dormidas: pinta, canta, baila, cocina, escribe…

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Escribe tu propio salmo del asombro este verano. Y como buena criatura bien nacida, sé agradecida con tu Creador.

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

ORAR – CANSANCIO

Quizá sea la palabra más repetida cuando se va acercando el final de un curso.

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Pero no solo ahora. El cansancio nos invade algunos, muchos días, algunos momentos a lo largo de los días. ¿Se puede orar estando cansados? ¿Cómo puede el cansancio ser una pista para orar? Más que pista es una realidad que conviene tener en cuenta, y lo que voy a hacer es aportar algunas sugerencias para orar cuando se está así.

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Se puede orar en toda circunstancia, puesto que la oración es un encuentro, y en los encuentros, uno está como está.

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Jesús aparece cansado en algunas narraciones bíblicas. Física o emocionalmente: por el calor y la fatiga, por la poca fe de sus amigos, por la persecución, por la soledad, por la dureza de corazón de sus paisanos…

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También los discípulos después de sus trabajos apostólicos, o contratiempos de la naturaleza, se cansan y entonces ¿qué hace Jesús? Les invita a la confianza, les invita a retirarse y descansar con él (Mc 6, 30-34), sugiere la oración para no desfallecer en los momentos duros (Mt 26, 41)…

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Es más frecuente concebir la oración como diálogo, como petición, como alabanza… pero pocas veces se cae en la cuenta de que la oración también puede ser y es DESCANSO. Varios salmos nos lo recuerdan:

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Solo en Dios descansa mi alma (salmo 61, 2)

La Ley del Señor es descanso del alma (salmo 19, 8)

 ¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo: “Salud de mi rostro, Dios mío”. (salmo 42, 6)

Otras veces no lo dicen literalmente, pero invitan al descanso en Dios, como un niño en los brazos de su madre (salmo 130, 2.)

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Lo primero será detectar cuál es la causa del cansancio, y si se puede, poner remedio: dormir más, buscar algo que nos relaje de la tensión que podamos estar viviendo, la angustia… intentar solucionar conflictos que nos restan energías y ganas de vivir, de trabajar, de seguir en la brecha, que nos dan ganas de tirar la toalla…

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Quizá el nuestro sea un cansancio “vano” porque pretendamos estar construyendo algo por nosotros mismos… sin Dios (salmo 126) y eso es inútil.

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Pero en toda ocasión, siempre podremos DESCANSAR EN DIOS, como un niño en brazos de su madre… confiados en que nunca nos deja de Su Mano, que vela por nosotros… confiados en que la semilla crece de noche mientras dormimos…

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Descansar en su pecho como el discípulo amado en la última cena (Jn 13, 25), descansar compartiendo con Él como los discípulos, amigablemente… descansar en Él. Sólo eso. Prueba a hacerlo: con la imaginación, ante Jesús Eucaristía, deteniendo todos tus pensamientos y fijando en Él tu mirada… como te salga. Como necesites.

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Escucha esta canción:

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

ORAR – TU NOMBRE

Para este tiempo de Pascua propongo una pista muy sencilla para orar: un diálogo de “nombres”. Pronunciar el Nombre de Jesús. Y dejar que él repita el mío, y escucharlo y sentirlo en lo hondo del corazón, de las entrañas…

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Cuando María Magdalena va al sepulcro añorando al amigo muerto y encuentra el sepulcro vacío y se echa a llorar no es capaz de reconocer a Jesús que se le aparece… lo confunde con el hortelano… hasta que Jesús resucitado pronuncia su nombre ¡María! Me impresiona esto y puedo imaginar el efecto que tuvo sobre esta mujer. Se ve que hasta el encuentro con Jesús nadie la tomó en serio, sino que se le tomaba más bien “prestada”, utilizada… no se sintió “reconocida” como persona y recreada más que por Jesús. Por eso al oír pronunciar su nombre, aunque no le conociera por su aspecto físico, conoció quién era esa figura…

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En nuestra cultura occidental el nombre no es significativo de nada especial, pero sí es muy importante para el ser humano ser llamado y reconocido como alguien único, especial, digno de confianza. Eso da futuro.

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En las culturas primitivas, en la cultura judía el nombre es más que una sucesión de letras, es una IDENTIDAD. De ahí los nombres bíblicos con su significado (Eva, Abrahám, Israel, Moisés, Isaac, Samuel…). Y el propio JESÚS, que significa SALVADOR. Ya hemos hablado en otra ocasión de la oración del Nombre, y la importancia de esta práctica espiritual, pero en esta pista sugiero solo un ejercicio sencillo:

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–          Avivar el deseo de encontrarme con Jesús pero no como María Magdalena (Jn 20, 1. 11-18) pues a veces nos disponemos a rezar, pero en realidad vamos al encuentro de alguien “muerto”… como un mero concepto, una idea… NO. La oración es un encuentro personal, vivo.

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–          Invoca al Espíritu Santo para que guíe tu oración, te ilumine, te disponga a escuchar, caldee tu corazón.

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–          Respira profundamente y ve pronunciando el Nombre de Jesús, al ritmo de tu respiración… ese Nombre fue pronunciado por muchas personas antes que tú: el ciego Bartimeo, leprosos, ciegos… los apóstoles predicaban no una enseñanza, sino una persona, un Nombre, el de Jesús, el único que puede salvar (Hc 4, 12). Conecta con toda esa historia de salvación concreta, revive la esperanza de tantas personas que te han precedido, por todo el mundo… y que han encontrado salvación en este Nombre.

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–          abre espacio a la escucha para poder percibir en las entrañas cómo Jesús pronuncia TU NOMBRE. No es esfuerces en pensar, solo deja que resuene tu nombre en labios de Jesús… la alegría que experimentó María Magdalena al sentirse reconocida, al sentir a Jesús Vivo…

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–          permanece en esa escucha atenta y amorosa.

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–          Da gracias por la vida que transmite tu nombre en labios de Jesús, y el de Jesús en los tuyos.

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–          Disponte a seguir pronunciando nombres de las personas que te rodean, con el mismo amor, respeto, confianza con que es pronunciado el tuyo.

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

ORAR – COMPASIÓN

COMPASIÓN

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Últimamente resuena mucho en mí el tema de “los frutos de la oración”. Es decir, como pista para saber si estamos orando bien o mal, los frutos de la oración son el termómetro. Y lo dice S. Pablo al hablar de los frutos del Espíritu, que “es el que nos enseña y ayuda a orar como conviene” (Rom 8, 26; Gal 5, 22-23). También Jesús afirmaba que se nos conocerá por nuestros frutos, como a los árboles… el árbol bueno da frutos buenos (Mt 7, 15-20). Me gustaría detenerme en un fruto que no nombra Pablo en su lista, pero está porque es una cualidad del amor, y que me parece muy apropiado para la Cuaresma. Es LA COMPASIÓN.

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La Biblia nos dice que a Dios le gusta más la misericordia (acoger en el corazón la desgracia de otro, lo cual me lleva a la compasión, a sufrir-con) que los sacrificios (Mt 9, 13). Podríamos decir que la religión cristiana, en línea con la tradición profética del AT, va más a los hechos que a los ritos. Más a los frutos que a las buenas intenciones, más a la autenticidad que al “cumplimiento” de algo externo.

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La palabra compasión nos suena en principio a algo bueno, pero a veces es posible confundirlo con la lástima, o ser sinónimo de debilidad, pues hoy lo que cuenta es competir y sobresalir. La compasión es una virtud (fuerza, motivación) que nos lleva a hacer nuestros los sufrimientos de otra persona, su miseria, su desdicha. Y para eso necesitamos antes haber asumido nuestra propia debilidad y dolor, sin juzgarlo ni rechazarlo. “Si deseas felicidad de los demás, sé compasivo. Si deseas tu propia felicidad, sé compasivo.” (Dalai Lama). Para ser compasivos con otras personas hay que haber experimentado en carne propia la auto-compasión, es decir, la plena aceptación de lo que soy, el amor a mí misma, sin juzgarme, asumiendo mi debilidad como primer paso para comprender el dolor y debilidad de otros.

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Es bueno ponerse en los zapatos del próximo para ver el mundo como él o ella lo ve, desde su perspectiva. Poder sentir lo que de verdad necesita y no lo que yo creo que necesita. Mirar a los ojos de quienes me rodean y pensar cómo hacerles fácil el camino que recorren. Salir de mí misma e ir, entrar en esos “lugares” donde se sufre y se malvive. Es una buena terapia para relativizar mi desgracia. Y una buena ascesis cuaresmal.

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La meditación cristiana nos ayuda en este sentido a conectar con nosotros mismos con serenidad y verdad. Nos permite acogernos con paz.

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Parece que es una virtud más trabajada en otras religiones que en el cristianismo, especialmente el budismo, y sin embargo, tenemos en el Dios cristiano el fundamento más fuerte, porque si algo podemos decir de Dios es que “es compasivo y misericordioso” (Ex 34, 6-7; Sal 86, 5; Sal 103; Sal 145, 8; Joel 2, 13; Eclo 2, 11; Lc 6, 26). Dios muestra su amor y su misericordia entrañable perdonando a quien vuelve a Él de todo corazón (Tob 13, 6-7) ¡veréis lo que hará con vosotros: él volverá a vosotros, le daréis gracias a boca llena…!

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Su misericordia entrañable nos visitó en Jesús, él es la Palabra Misericordia encarnada. Gran parte del Evangelio nos muestra a Jesús conmovido en sus entrañas, llorando por y con el dolor ajeno, perdonando, liberando, levantando, curando, dando esperanza y futuro… tantas y tantas personas recobraron vida en contacto con su ternura y compasión: la hemorroísa, la viuda de Naím y su hijo, el ciego Bartimeo, el paralítico, el de la mano seca, el sordo, la mujer encorvada la otra acusada de adulterio, Zaqueo, el buen ladrón, la multitud que andaba como ovejas sin pastor… a todos les visitó la Misericordia, y se volvieron compasivos y misericordiosos como él.

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Dos iconos bíblicos quiero resaltar:

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el Buen Samaritano, capaz de olvidar sus planes y detenerse, “aprojimarse” ante el caído, y ofrecer su tiempo, su dinero, su aceite y su vino, su ternura, su cuidado… (Lc 10, 25-37).

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Y otro: el buen Padre de aquel hijo pródigo, que cada día sale a buscar al hijo que se fue, que le recibe sin permitir que el hijo se humille, que monta una fiesta en su honor, que le entraña y le hace nacer como criatura nueva, totalmente rehabilitada (Lc 15, 11-32)

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La oración nos permite experimentar en el corazón de qué manera somos amados por Dios. Y nos permite escuchar en el corazón la frase “Ve y haz tú lo mismo” (Lc 10, 37). Practica la misericordia y la compasión como el buen samaritano, como el Buen Padre Dios tiene contigo.

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Si nuestra oración es auténticamente evangélica dará frutos de compasión. Si no los da, preguntémonos qué estamos haciendo mal.

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Fijos los ojos en Jesús, hagamos nuestros los sentimientos de su corazón y caminemos hacia la Pascua, rehabilitados por su perdón y misericordia. Estrenando cada día un corazón de carne, que se conmueve por lo que ve y siente. Esforzándonos en combatir la indiferencia, como nos recomienda el Papa Francisco en su Mensaje de Cuaresma.

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

ORAR – CALLAR

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Esta nueva pista tiene que ver con ESCUCHAR  porque para ello, hay que hacer silencio. Tiene todo que ver… y no es un juego de palabras. El que escucha atentamente, necesariamente CALLA y es todo oído y todo ojos… porque se escucha no solo con los oídos, sino con el corazón, con toda la persona en expectación.

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Hace unos días leía una especie de guía para ser un/a buena escucha, y el primer medio era este: CALLAR, parar de hablar. Es una disciplina para hacer silencio y poder escuchar, poder contemplar, es decir, mirar lejos y hondo. Y me parece oportuno este medio, porque a veces quizá estamos en silencio en una conversación, en la oración, a la escucha de la Palabra… pero en realidad nuestra cabeza es un lío de pensamientos que están bullendo y compitiendo por salir a la luz… Callar y respirar tiene que ver con quietud, ausencia de palabras, de cualquier pretensión de dominio del otro, del Otro… descanso.

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Este callar me sugiere algunos textos bíblicos que nos ayuden a profundizarlo mejor:

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callar (1)Callar es un modo de creer. Hay una “mudez” que puede indicar falta de compromiso, de fe, como en el caso de Zacarías, padre de Juan Bautista, que no creyó el anuncio del ángel: “quedarás mudo… por no haber creído en mis palabras que se cumplirán a su tiempo” (Lc 1, 20). Pero callar a su tiempo es necesario para crecer en fe. Es como decir a Zacarías: necesitas callar para entender, para confiar… y Zacarías necesitó ese tiempo de silencio para entender que de él iba a nacer el mayor profeta de todos los tiempos.  Callar ante lo inesperado de la vida, ante las sorpresas de Dios, es una manera de asentir, de confiar, esperar… de orar sin dudar porque “para Dios nada es imposible” (Lc 1, 37). Lo primero que nos sale ante lo que no entendemos son reproches, excusas, acusaciones, reclamo de pruebas, la risa burlona (cf Gn 18, 12)… pues bien, el que calla da permiso para que la realidad se haga más luminosa, no se interpone ante ella y permite que se revele a sí misma.

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Callar es la mejor manera de comprender y respetar la realidad sin manipularla, ni complicarla. Así me viene a la mente el texto de la mujer adúltera que le presentan a Jesús (cf Jn 8, 1-11) ¡Es una trampa!… pero Jesús, antes de dar un veredicto, se pone a escribir en el suelo. No sabemos por qué Jesús hizo ese gesto. Hay varias interpretaciones pero a mí me da por pensar que Jesús se puso a escribir en el suelo como “terapia”… Seguramente no escribía nada, solo era una manera de acallar la ira que le provocaba la hipocresía de los acusadores… una manera de buscar la luz, dándose tiempo… esperando que todo el discurso interior “callara”. Es un gesto profético de decir a la tierra lo que no debía decir directamente a los acusadores ya que sería manipulado en su contra. Callar es, muchas veces, una actitud justa ante la realidad, como primer paso para entenderla sin demagogias, y como primer paso para una respuesta realmente efectiva, creativa y evangélica (el método clásico del VER-JUZGAR-ACTUAR). Porque hablar, también hay que hablar. Es justo y necesario, denunciar lo denunciable, pero no sin antes haber callado.

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Callar es un modo de expresar que estamos plenamente vivos aquí y ahora: es estar atentos, a la espera de algo que ahora se me escapa… totalmente presente y totalmente atentos. Una vez dije a una compañera de estudios, joven no practicante, que iba a casa a orar. Preguntó que cuánto tiempo, dije que una hora. Replicó que en una hora cabían muchos padrenuestros y eso se le presentaba como un aburrimiento. Volví a insistir que orar no es solo rezar, sino dialogar, también callar… a lo cual contestó: “pues para mí sería imposible, porque si yo callara es que estoy muerta”… la muerte nos calla ipso facto. Pero elegir callar es elegir estar plenamente vivos y despiertos. “No alaban los muertos al Señor, ni los que bajan al silencio” (Sal 115, 17), “no esperan en tu fidelidad los que bajan a la fosa; los vivos, los vivos son quienes te alaban como yo ahora” (Is 38, 19). Es claro que no se alaba solo con la palabra. Es más, las cosas más íntimas y vitales de nuestra vida, seguramente sólo podemos hacerlas en silencio. Callar no significa estar muerto, pero sí estar de “cuerpo presente”, tan presente a ti mismo y a la realidad que sólo puedes callar. Es todo lo contrario de esas personas que permanecen calladas en una reunión, en una comida, en un encuentro… y nos transmiten que, ciertamente, su cuerpo está allí pero ella misma está totalmente ausente.

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Callar es afirmar mi verdad, lo que llena mi corazón. “La boca habla de lo que rebosa el corazón” (Mt 12, 34). Si callo en tiempo oportuno es signo de coherencia, de humildad bien entendida. Por eso, callar es un gran bien en la oración; expreso con ello mi verdad más honda: que mi vida depende enteramente de una Palabra que me guía, me orienta, me implica. Dejémosle estar como Él quiere estar, no como nosotros lo imaginamos. Callarse en oración es dejar que la PRESENCIA del Innombrable acontezca, que pronuncie su Palabra, no la mía.

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Es asombrarme al experimentar que mi vida depende de una Persona a quien quiero contemplar, entender, seguir. Desde que es pequeñito en un pesebre hasta la cruz… lugares difíciles de entender humanamente y que requieren el silencio para su revelación. Adorémosle en su debilidad porque el silencio es la única respuesta a lo que nos sobrepasa. Por eso también callar es confiar. Jesús acusa a veces a sus seguidores de falta de fe y de confianza en Él ante un peligro, una tormenta… ¿no ven que Él está ahí cerca, junto a los suyos?, ¿por qué temer? No hace falta gritar, apremiar al Maestro… Él está y eso basta. Es la grandeza de la encarnación: Él está, Emmanuel. Siempre.

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Hace unos días caí en cuenta de la fuerza de una frase de Mª Antonia París, cuya fiesta celebramos el 17 de enero, que tiene que ver con el callar: “apelo al silencio, dejando mi causa en manos de Dios”. Una vez dicho todo lo que una cree que tiene que decir, con total humildad, confiada en que esa es la Voluntad de Dios, si es que no te entienden, si hablar complica más que aclara… apela al silencio y déjalo en Manos de Dios. Una vez planteados todos los interrogantes posibles ante una realidad… apelemos al silencio para que la Palabra responda. Es como si el silencio nos defendiera de la realidad mal entendida. “No hables a menos que puedas mejorar el silencio” (Borges). El silencio pondrá todo en su sitio.

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

 

ORAR – SED

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Puede parecer una palabra extraña como pista para orar, y es que la propuesta para adviento desde esta web,  “#OJALÁ”, me hace caer en la cuenta de la importancia del DESEO en la oración, y de ahí el título de esta pista: la SED.

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Hace bastante tiempo leí un libro que se titulaba “Los deseos y su valor santificador” de F.Juberías, cmf. Quizá el ímpetu de la juventud me impulsó a leerlo buscando un atajo y un remedio rápido para ser “santa”. No recuerdo apenas nada de aquel libro pero sí me quedó, el aprecio por el deseo, y su valor en la vida cristiana. Algo al alcance de todos. El que no desea está muerto. No siempre podemos llegarnos a Dios y presentar nuestras manos llenas de buenas obras, pero sí podemos siempre abrir nuestro corazón lleno de deseos.

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A veces no sabemos bien cómo definir lo que esperamos de la oración, de la relación con Dios… ¿una experiencia mística? ¿una palabra, consuelo, fuerza, mirada, abrazo…? Lo que sí sé es que desde el fondo del corazón deseo dar sentido a lo que vivo, deseo ser acogida, sostenida, salvada, amada totalmente por Otro más grande que yo. Por un Tú a quien le importo. Pues ese deseo ya es oración.

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tomando-agua“Tu deseo es tu oración; si el deseo es continuo, continua también es la oración. No en vano dijo el Apóstol: Orad sin cesar. ¿Acaso sin cesar nos arrodillamos, nos prosternamos, elevamos nuestras manos, para que pueda afirmar: Orad sin cesar? Si decimos que sólo podemos orar así, creo que es imposible orar sin cesar. Pero existe otra oración interior y continua, que es el deseo. Cualquier cosa que hagas, si deseas aquel reposo sabático, no interrumpes la oración. Si no quieres dejar de orar, no interrumpas el deseo.” (S. Agustín. Comentario al salmo 37)

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Muy frecuentemente oramos desde la necesidad y hacemos oración de petición. O desde el agradecimiento y la alabanza por lo recibido. Al llegar el Adviento experimento la necesidad de vivir la oración como ocasión de manifestar, expresar a Dios y expresarme a mí, todo mi mundo de deseos. La oración como SED. Y no solo expresar mi deseo, sino poder AGRANDARLO a la medida de Dios, en Cristo. Porque caigo en la cuenta de que mis deseos son muy chiquitos a veces, demasiado concretos y efímeros… Caigo en la cuenta de que mi deseo es insaciable, no se agota nunca… Obtengo una cosa y sigo deseando otra… Siempre he deseado que algo grande (¿Alguien quizá?) venga a saciarlo de una vez… como decía la Samaritana: “Dame de esa agua para que no tenga que venir al pozo a sacarla” (Jn 4, 15)… pero mientras tanto bebo en charquitos de agua que no quitan la sed (Jer 2, 13)…

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Yo soy un gran deseo. Soy un ser de deseos. Y cuando quedo en calma conmigo misma más lo percibo. Y eso es lo que llevo a la oración: deseos. Mi DESEO. Lo que soy. “Oh Dios, Tú mi Dios, desde el alba te deseo. Mi alma está sedienta de Ti, por ti desfallezco… me saciaré…  y mi boca te alabará” (Salmo 63). ¿No fue el deseo lo que movió a Zaqueo a subirse a la higuera para ver a Jesús que pasaba? (Lc 19, 1-10) ¿o lo que movió a aquella mujer pecadora a acercarse con gran amor a besar y ungir los pies de Jesús? (Lc 7, 36-50)? Los deseos son como esas varas de los zahoríes que indican dónde está el agua… Como dice el poeta: “para encontrar la fuente, solo la sed nos alumbra” aunque sea de noche y no haya luna. Solo la sed.

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sedFísicamente es claro, cuando baja el nivel de agua en el cuerpo salta la alarma y la urgencia de beber. En algunos momentos salta también la alarma espiritual ansiando ser colmada… Y entonces escucho a la Palabra decirme: “el que beba del agua que yo quiero darle nunca más volverá a tener sed, porque esa agua se convertirá en su interior en un manantial del que surge la vida…”(Jn 4, 13); “Me abandonasteis a mí, FUENTE DE AGUA VIVA, para excavar aljibes agrietados que no retienen el agua” (Jer 2, 13); “Venid por agua todos los sedientos… ¿por qué gastáis el dinero en lo que no sacia?… Prestad atención, venid a mí: escuchadme y viviréis” (Is 55, 1-3);

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Mi sed, mi deseo, se encuentra con Su sed, “dame de beber” (Jn 4, 7), “Tengo sed” (Jn 19, 28), con Su deseo: “Ojalá me escuchase Israel y caminase por mi camino” (Salmo 80, 14). En realidad toda la Historia de Salvación es una sed: la de Dios, queriendo comunicarse, darse, ser oído, hacer alianza, esperar al que se va… El corazón se ensancha realmente cuando escuchamos esa ansía divina por apagar nuestra sed. Las personas que más bien hacen en la vida son aquellas que ven más allá de las apariencias, creen en mis deseos, más que yo misma, por encima de mi debilidad, mis meteduras de pata, mi poquedad… Las que me quieren tal como soy…  ¡pues así es Dios! Dios valora intentos, cree en mis deseos y los ensancha, porque Él es mucho mayor que mi capacidad… Su confianza en mí me hace ser la mejor versión de mí misma.

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¿Cómo orar desde la SED?

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En realidad no haría falta ninguna técnica para orar… bastaría hacernos conscientes de nuestro deseo y abrirlo a Dios, y dejar que crezca, y acoger Su deseo… Pero si crees que tu capacidad de desear, y de desear a Dios, es pequeña, o tal vez nula…

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SEDINVOCA. Pídele a Dios mismo que te aumente tu deseo de Él y sus “cosas”, lo agrande… Jesús nos recomendó insistir en la oración (cf Lc 18, 1)… Y lo más grande que Jesús nos enseñó a pedir al Padre es su Espíritu (cf Lc 11, 13). El Espíritu de Dios habita en nosotros, desea a Dios en nosotros, gime en nuestro interior con gemidos inefables y nos enseña a orar como conviene (cf Rom 8).

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RESPIRA. Por eso es bueno “respirar” el Espíritu, llenarnos de él como los Apóstoles junto a María, y este viento impetuoso podrá avivar las cenizas de un amor y un deseo que está en nosotros esperando arder.

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Podemos repetir al ritmo de la respiración durante el día, una frase de un salmo, o inventar una oración personal (jaculatoria llaman algunos, mantras), o el Nombre de Jesús… Si esta oración expresa nuestro deseo, nuestra oración y el deseo serán continuos.

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Y crecerá. No lo dudes. Está comprobado.

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

ORAR – ESCUCHAR

ESCUCHAR

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En el catecismo se decía que “orar es hablar con Dios” y mucha gente lo vive así. HABLAR. Sin embargo, en la anterior pista para orar decíamos que la oración es cosa de dos, Tú-yo. Luego no es un monólogo. En todo caso, si hablo en la oración, también tendré que permitir al Otro que lo haga. Eso es ESCUCHAR. Más que oír… oír con atención plena, acoger, ponerme en el lugar del otro, en la perspectiva del Otro. Escuchar implica una actividad, no es algo que ocurra naturalmente, como el oír, que afecta solo al sentido del oído.

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El apóstol Santiago dice en su carta que debemos ser “diligentes para escuchar, parcos en el hablar” (Sant 1, 19) y es un dicho popular que Dios nos dio dos oídos y una boca para escuchar el doble de lo que hablamos…

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escucha4ESCUCHAR es el primero de los sentidos de la espiritualidad cristiana, la actividad más propia del cristiano. Me resulta muy curioso que a Dios no se le pueda representar, no se le pueda “nombrar”, no se le pueda “ver” pero sí escuchar. Nos lo pide Él mismo.

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La Biblia comienza con una Palabra: Hágase… y vio que todo era bueno… la creación acoge obediente esa palabra y empieza a existir. “La palabra del Señor hizo el cielo” (salmo 33, 6). Es el comienzo de una relación, una salida de sí buscando la comunicación con el ser humano. Dios quiere dirigirnos su Palabra, hablarnos de Corazón a corazón… así comienza el Libro que quiere no ser “leído” sino escuchado.

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escucha3La palabra “escucha” es tan importante en el AT que toda la historia de Israel está marcada por el mandamiento de la escucha: “Escucha Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno…” (Dt 6, 4). Lo que Dios pide al pueblo que escuche es “lo que él ha hecho”, de la misma manera que también “vieron” las maravillas y prodigios obrados por Dios en favor suyo (Ex 14, 30). Lo que Él ha hecho fundamentalmente es ALIANZA de amor con el ser humano, porque el lenguaje preferido de Dios son los hechos. No son mandamientos lo que quiere que escuchemos, sino Vida.  Hay muchos “escuchas” en el AT, especialmente a los profetas y a través de ellos al pueblo: para recordar la alianza, para recriminar su tozudez, para hablar de futuro…  el rechazo que éstos experimentan es rechazo del mismo Dios… hay expresiones muy fuertes hasta llegar a decir: “este es el pueblo que no escucha la voz del Señor” (1 Sam 8, 7; Jer 7, 21-28;  Ez 3, 7).

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La escucha de Dios remite siempre a sus criaturas: “escucha lo que el Señor pide de ti: respetar el derecho, amar la fidelidad y obedecer humildemente a tu Dios” (Miq 6, 8)

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Será en la plenitud de los tiempos cuando Dios realice una alianza nueva, inscrita en el corazón, porque se escucha fundamentalmente con el corazón: otro Hágase cambiará el rumbo de la historia (Lc 1, 38) permitiendo entrañar y encarnar la Palabra. María es la criatura que escucha, que guarda la Palabra en el corazón, que canta la Palabra fiel de Dios en la historia, que obedece la Palabra porque la cumple.

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escucha1Escuchamos para alimentarnos de toda palabra que sale de Su boca (Mt 4, 4), para conocer la Voluntad del Padre y realizarla (Jn 4, 34) porque escucharle es obedecerle (ob-audiens = escuchar lo que está debajo) y es llevarlo a la práctica, para no ser olvidadizos, para edificar la casa sobre roca. Mientras no llevemos a la práctica lo escuchado y desde las entrañas lo demos a luz, es como si esa palabra nos hubiera entrado por un oído y nos saliera por otro… somos esa semilla que se muere sin dar fruto por falta de raíz, o por haber sido asfixiada por lo agobios y afanes (Mt 13, 19-23). Somos como el que se mira el espejo y al darse la vuelta se olvida de quién es (Sant 1, 23-25).

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Escuchar es pues fundamental para orar. Más que hablar, aunque podemos también hacerlo porque Dios mismo también escucha, inclina su oído, escucha nuestros gritos…

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¿Cómo llegar a ser buenos escuchas? Es necesario el silencio. Es imprescindible hacer silencio.

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escucha2El silencio abre a la escucha de una misma, de los demás, de Dios (no podemos decir que escuchamos a Dios si no escuchamos al hermano… esto es un buen termómetro para ver cómo andamos de escucha…)

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El silencio permite acallar ruidos y hacer el hueco necesario a la Palabra en nuestras entrañas… hay que aguardar su palabra como el centinela desea que llegue la mañana… hay que permanecer, haciéndonos capacidad, receptividad.

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El silencio afina el oído interior, nos ayuda a controlar pensamientos destructivos que no nos dejan escuchar al otro ni al Otro, interferencias… el silencio permite escuchar y alumbrar una palabra jamás oída…

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Tiene que ser un silencio amoroso porque lo que nos disponemos a escuchar es fundamentalmente una historia de amor, que pide más amor “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón” (Dt 6, 5)

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El silencio permite la comunión verdadera en cuanto me hace superar prejuicios, etiquetas…  al permitir al otro revelarse en su verdad, no en la mía… y permite también pronunciar palabras mías verdaderas engendradas en lo hondo, no en la superficie, palabras que se lleva el viento.

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“Un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa, Señor, vino desde el trono real de los cielos” (Antífona del Magníficat, 26 de diciembre). El silencio es el lugar al que desciende la Palabra y desde dentro, con ella, dejaremos de estar sordos y podremos captar el mínimo indicio de tantas palabras como Dios sigue pronunciando hoy…

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

 

ORAR: TÚ-yo

TÚ-yo

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yo-yo.

El yo-yo es un juguete formado por dos discos que dejan una ranura entre ellos, alrededor de la cual se enrolla un cordón que, anudado a un dedo se hace subir y bajar alternativamente… Siempre me ha hecho gracia este nombre, quizá haciendo relación a que todo en este juego depende de mí… yo lanzo, yo recojo… habla de un dinamismo concreto: yo y sólo yo…

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Sin embargo, propongo esta vez, como pista para orar, una palabra, que son dos, formando una unidad estrecha: TÚ-yo. He leído hace poco en un libro de Javier Melloni: “la oración es posible porque hay dos”. Muy cierto. Y muy importante.

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Orar no se puede sin esta conciencia de un Tú, porque no es un monólogo, no es una secuencia de pensamientos, no es un examen, ni una ocasión para planificar mi vida, ni para resolver problemas, YO, YO… dirá Sta. Teresa de Jesús que “orar es tratar de amistad con aquel que sabemos nos ama”. La amistad también es cosa de dos, y es intimidad, es diálogo, es complicidad, es vida compartida, es esperanza, es descanso, es palabra y silencio… así la oración.

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yoyo2.

Oramos porque hay un Tú, cuya existencia afirmamos, un Tú al que nos sentimos re-ligados, que afecta hondamente a nuestra existencia, un Tú peculiar, especial… con el que podemos hablar, a quien podemos escuchar, a quien le importamos, que cuenta con cada una de nosotras sus criaturas, y a quien le importa lo que hagamos con el resto de criaturas…

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Las características de este Tú las vamos conociendo por la Palabra Revelada, la Biblia:

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  • El Tú que no se queda en-si-mismado, sino que sale de sí y crea, ordena el caos, da vida. Y vio que todo era bueno. (Gn 1)
  • El Tú que hace Alianza con la humanidad, por amor. Que siembra esperanza porque cumple lo que promete, porque es Fiel. (Gn 12; Dt 7, 7-9)
  • El Tú que escucha el clamor de su pueblo y baja a liberarlo de la esclavitud, de todo tipo de esclavitud (Ex 3)
  • El Tú que siente celos cuando el pueblo adquirido por él le abandona por otros diosecillos que no pueden salvar (Ex 20, 5; Is 45, 20; Os 2…)
  • El Tú que espera paciente que su pueblo vuelva a Él después del desastre, la humillación, el pecado, la decepción… (Os 6, 1; Is 45-46)
  • Un Tú que no duda en tomar nuestra misma carne para hacerse entender en nuestro propio lenguaje y experiencia de humanidad. (Jn 1)
  • Un Tú fiel hasta la muerte por amor a cada ser humano. Fiel a su propia Palabra, que es una palabra de vida en abundancia, un derroche de amor y bendición, de gracia y misericordia. (Mc 14, 32; Ef 1, 3-9)
  • Un Tú eternamente vivo, presente, cercano, actuante, compañero… (Lc 24)

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En definitiva un Tú que busca la comunicación, que sale al paso de hombres y mujeres concretos en situaciones concretas. Un anuncio decía últimamente “Te buscamos a ti. Sí a ti.” Pues eso podemos poner en boca del mismo Dios.

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Ese Tú, busca mi yo. En la relación, rehace y constituye mi yo, en una religación interactiva que necesita del diálogo y comunicación, la mutua presencia (a aparente ausencia a veces)… El yo necesita de un tú para existir y saber que existe, no personas yo-yo, sino abiertas…

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imaprincipito

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Me viene a la cabeza lo de DOMESTICAR del zorro y el Principito… en la oración, como en la amistad, se trata de crear vínculos, más allá de una relación funcional, utilitaria… dedicar tiempo para que esa relación sea única, aunque el TÚ de la oración sea el Dios de todos, universal… crear unos ritos propios, ambiente oracional único entre TÚ y yo…

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Cuando vayas a orar, busca, invoca, descansa, habla, llora, escucha, calla, canta, ríe… con un Tú. Podrás hasta ponerle un nombre particular que a ti te diga mucho: mi roca, mi libertador, mi Padre, mi amigo… mi… solo si para ti es un verdadero TÚ.

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

ORAR – PREPARAR

PREPARAR

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Con el nuevo curso retomamos nuevas pistas de oración. El lema pastoral de este curso es TE DOY MI PALABRA. Un lema que encierra múltiples sentidos y actitudes a desarrollar: responsabilidad en la palabra dada, confianza, comunicación auténtica, salida de una misma… y sobre todo, la vivencia gozosa de que Alguien nos da su Palabra. Profundizaremos en este lema desde los distintos apartados de esta web.

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Como pistas para orar, cada entrega la vamos a centrar en una palabra. Hoy PREPARAR.

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Podemos pensar que la oración es algo espontáneo que ocurre cuando Dios quiere… y cuando no quiere hacernos esa “gracia” pues no se da. También se suele confundir con un sentimiento… Pero lo cierto es que, ciertamente la oración es un don, el regalo que Dios ha querido hacernos de COMUNICARSE con nosotros, de HABITAR nuestro corazón, (pues Él tiene siempre la primera palabra, Él nos amó primero (1 Jn 4, 19) pero también es cierto que Jesús mismo nos invitó a preparar el terreno, para que la Palabra de Dios encuentre en nosotros una tierra bien dispuesta y trabajada que sólo así dará fruto en abundancia. (Mt 13, 1-23). Dios continuamente dando su Palabra… y nosotros? Qué hacemos con ella? La parábola del sembrador dice que la tierra buena son los que escuchan, entienden y dan fruto. La preparación pues, incluye un cierto trabajo y disposición personal para ello.

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Se me ocurren algunas actitudes necesarias:

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hambre y sedTener hambre y sed, verdadero deseo de escuchar, no solo leer, la Palabra… (Amós 8, 11). Detrás de la Palabra hay Alguien, una persona que me busca, que se goza en dirigirme su palabra, su voluntad, sus planes, su amor… quiere abrirme su corazón… CREERLO. DESEARLO.

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silencio

Aquietar la mente y el corazón. Hacer silencio. Acallar voces dentro y fuera de nosotros. Dice Casiano: “Como resultado del funcionamiento de la memoria, todo lo que nuestra mente estuviera pensando antes de nuestro tiempo de oración nos ocurrirá inevitablemente cuando oremos… De ahí que debemos prepararnos antes del tiempo de la oración para ser las personas orantes que queramos ser.” No solo somos personas orantes en el momento de la oración, sino que implica todo un estilo de vida, una manera de ser, de ahí que como pista nos hará bien simplificar la propia vida en general, de manera que nada nos distraiga en esta tarea de comunicación y diálogo ininterrumpido con Dios.

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PARLOTEOAcallar el parloteo…
 no por hablar mucho es mejor la oración. ¡ya sabe Dios lo que nos pre-ocupa! La oración tiene más de escucha que de hablar. Más de diálogo que de monólogo.

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SOÑARAquietar la imaginación (la loca de la casa, como decía Sta. Teresa), los múltiples deseos que nos invaden, las pre-ocupaciones, las urgencias, todo tipo de pensamientos, emociones… respirar y dejar correr todo ello… no aferrarnos… depositar todo en Sus Manos para que Él se ocupe… ayudarnos en todo caso de un mantra, una jaculatoria, un estribillo, un canto, un verso…

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CORAZÓNPureza del corazón. Para poder decir como S. Pablo. “vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20) hay que emprender la tarea de sanar las heridas del propio ego, que se manifiestan en envidias, rencor, odio, prepotencia… atender a este comportamiento es fundamental, pues del interior del corazón salen los malos pensamientos (Mt 15, 19) y por eso es lo que hay que limpiar primero (Mt 23, 26) para poder orar en espíritu y verdad (Jn 4, 24), sin hipocresía. La oración nos ayuda a tomar conciencia de nuestras heridas y a sanarlas, exponiéndonos a esa fuerza de Dios que todo y a todos cura (Lc 6, 19)

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

ORAR – LA ORACIÓN CONTINUA (constante)

LA ORACIÓN CONTINUA

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De cara al verano llevamos en PISTAS PARA ORAR material abundante para elegir en cada momento qué oración es más apropiada según las circunstancias si contemplando un paisaje, si con un texto bíblico, con la respiración, adorando…

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Pero me gustaría antes de acabar este curso sugerir un modo que me resulta muy querido: la ORACIÓN DE JESÚS. Ya se mencionó brevemente en la entrada de orar con la respiración.

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Trabajoduro1Cuentan que allá por el siglo XIX un peregrino ruso quedó impresionado y hasta obsesionado por unas palabras de S.Pablo: “Orad sin cesar”  (1Tes 5, 17; Ef 6, 18; 1Tim 2, 8). Y se preguntaba cómo era posible aquello en medio de la vida y sus afanes… fue preguntando por aldeas, caminos… a todo el que se encontraba… todos le hablaban de los frutos de la oración, de que es necesaria la gracia, pero nadie le respondía a su pregunta ¿cómo orar sin interrupción? hasta que un religioso, un maestro espiritual, le mostró el camino encerrado en un libro “Filocalía” y le sugiere:

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La oración de Jesús interior y constante es la invocación continua e ininterrumpida del nombre de Jesús con los labios, el corazón y la inteligencia, en el sentimiento de su presencia, en todo lugar y en todo tiempo, aun durante el sueño. Esa oración se expresa por estas palabras: ¡Señor Jesucristo, tened piedad de mí!

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A veces también a mí me invade el profundo deseo de vivir ininterrumpidamente en la presencia de Dios, en continua comunión con Él, y me pregunto cómo orar bien… ¿es cuestión de pensar mucho en Dios? ¿es un sentimiento? ¿es un desahogo del corazón? ¿es acudir a Él en las dificultades? ¿es el sentimiento de pequeñez ante la belleza de la creación? ¿Cómo se da el vivir en Dios, cómo es esa unión…?

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Jesús nos dice en los Evangelios, que a Dios no le gusta la palabrería (Mt 6, 7), la hipocresía de profesarle con los labios y no con la vida (Mt 7, 21), el orgullo del fariseo (Lc 18, 9-14)…, le gusta la oración en espíritu y verdad (Jn 4, 24), la confianza en él porque sabe lo que necesitamos, la oración en lo secreto del corazón (Mt 6, 5-15), la insistencia de la viuda y del ciego Bartimeo que ya pronunció la Oración de Jesús: “Señor Jesús, Hijo de David, ten compasión de  mí” , le gusta también  la autenticidad del publicano que utiliza esta misma fórmula…

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También nos dice: “Hasta ahora nada habéis pedido al Padre en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado…Yo os aseguro: lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dará” (Jn 16, 24 y 23). Estas palabras muestran los fundamentos dogmáticos y ascéticos de la invocación del Nombre.

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Sabemos la importancia del Nombre en la cultura y espiritualidad judía, y sabemos que los primeros cristianos tuvieron claro que ningún otro Nombre puede salvar (Hc 4, 12) y en su Nombre sanaban y sembraban vida.

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Por eso sugiero vivamente la práctica de la Oración del Nombre de Jesús, con el objetivo de hacer de la vida un movimiento en torno a Jesús y de su Santo Nombre el sostén continuo en los acontecimientos.

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La calidez y alegría de la Oración de Jesús es particularmente evidente en los escritos de San Hesiquio el Sinaíta: 

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S_Orar200«Por medio de la perseverancia en la Oración de Jesús el intelecto alcanza un estado de dulzura y de paz… Cuanto más cae la lluvia sobre la tierra, más la ablanda; de modo similar, cuanto más apelamos al Santo Nombre de Cristo, más grandes son el regocijo y el alborozo que trae a la tierra de nuestro corazón… El sol saliendo sobre la tierra crea el amanecer; y el venerable y Santo Nombre del Señor Jesús, brillando continuamente en la mente, da paso a innumerables pensamientos resplandecientes como el sol».

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Desde que la practico percibo que me ha crecido el deseo de ser una con Dios, con la creación, con todos los humanos, me ha dejado de importar el pensar mucho en la oración porque veo que eso no es la mejor oración, no me importan las distracciones porque la frase me ayuda a retornar a la oración… me da serenidad y paz porque me sé en sus Manos, sostenida por él. Me parece que esta manera de orar es una muy buena oración cristiana:

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– Porque pone el acento en la grandiosidad y trascendencia de Dios, como decíamos en la oración de adoración: ¡Jesús es el Señor!

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– Porque pone el acento en lo que somos: criaturas, constantemente necesitadas de la Vida, del perdón, de la salud interior que Jesús y el Espíritu dador de vida y de todos los dones nos ofrecen.

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– Y porque a través del vivo deseo que acrecienta en nosotros nos hace experimentar a Dios como el fundamento, la raíz de nuestra existencia “pues en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hc 17, 28) y crece la conciencia en el corazón de que estamos HABITADOS por la TRINIDAD (Jn 14, 23). Yo y todo el mundo. De ahí deriva toda la praxis cristiana.

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En general, puede servir:

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  • 18.09.2007 - Marcelo Theobald - Por do Sol na Av. Brasil -Al despertarse, apenas se toma conciencia del inicio de un nuevo día, pronunciar la oración de Jesús, con tranquilidad, con la boca o la mente, mientras uno se viste y se prepara para la jornada.
  • Repetirla en cada momento de soledad, en la playa, la montaña… o de pausa en el frenesí cotidiano.
  • Tomar papel y lápiz y escribirla repetidamente, con consciencia.
  • Apelar a ella cada vez que uno se descubre inquieto, angustiado o fuera de centro.
  • Ajustarla al ritmo de la respiración, mientras se camina, o sentado
  • Al acostarse, mientras uno se desviste, al cobijarse, entrar en el sueño reparador confiando en la misericordia de Aquél a quién nombramos.

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Esto, sabiendo que no es algo mágico, ni inmediato…

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peregrino ruso“Es suficiente que Lo nombres para que Su presencia sea una realidad tangible, pero esa percepción requiere al principio de la fe, para que se abran tus sentidos espirituales y lo perciban.

Es preciso que acrecientes el manejo de tu cuerpo y lo acondiciones para fluir acorde con la fuerza que viene del Nombre de Jesús. Estamos protegidos, el Nombre de Jesús nos guarda”.

“Digo que eres libre. Digo que no hay sumisión posible a ningún poder extraño si el Nombre de Jesús es repetido con fe.”  [la oración de jesús]

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En Internet hay abundante información sobre este antiguo modo de orar. Yo sugiero la lectura de dos libros:

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1.       El peregrino ruso

2.      “La oración del corazón” La tradición contemplativa del Oriente cristiano. Maloney, George sj. Ed. Sal Terrae

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi