Eco Diario de la Palabra
 

ORAR – A TODA HORA

A TODA HORA

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El otro día, caminando en oración, disfrutando de la brisa matinal, me venía el verso bíblico: “el Señor Dios se paseaba por el jardín a la hora de la brisa” (Gn 3, 8) buscaba entonces y sigue buscando la compañía de los seres humanos. Se me ocurrió que de cara al verano, ya estemos disfrutando de vacaciones o sigamos trabajando, las pistas para orar pueden ser sencillamente orar a toda hora, cada una con su característica peculiar: al amanecer estrenando esperanza, al mediodía con todo el calor, al atardecer cuando declina el día, invitando al descanso, a compartir en familia, al anochecer recogiendo los frutos del día, cuando todo entra en calma de nuevo… este tiempo de verano es más propicio para el encuentro con la naturaleza y podemos dejarnos contagiar por su ritmo, el ritmo de las horas, y acompasar nuestra oración con ella.

Toda hora es posibilidad de encuentro, de oración, si estamos con los ojos abiertos, el corazón deseoso y dispuesto, el amor ardiendo, como en Emaús. La hora de la brisa puede ser la mañana o la tarde  y ¡cómo se agradece! La brisa es el momento y la circunstancia en que Dios se deja oír (1Re 19, 9-13). La brisa es su voz. Pero como es tan suave, hay que estar alerta, atentos a ese susurro.

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Y todo lugar puede ser también ocasión de ese encuentro, pues Él se manifestó en el monte Tabor, en el Horeb, en el mar de Tiberíades, en la nube mientras atravesaban el desierto, hasta nuestros infiernos personales llega su presencia. “A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje” (Sal 19, 5) “Nada escapa de su mirada” (Sal 139)

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Vivir así, orando en todo tiempo y lugar, precisa una nueva sabiduría, la de la vigilancia, la de una vida en alabanza continua, de quien se sabe criatura amada y sostenida cada segundo por su Creador. Los Himnos de la Liturgia de las Horas son composiciones literarias preciosas que pueden ser también de gran ayuda para nuestra oración. Dice Thomas Merton en su “Libro de las Horas”:

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“Aprendamos a meditar sobre el papel. El dibujo y la escritura son formas de meditación. Aprendamos a contemplar las obras de arte. Aprendamos a orar en las calles o en el campo. Sepamos meditar no sólo cuando tenemos un libro en las manos, sino también mientras estamos esperando el autobús o viajamos en tren. Sobre todo, entremos en la liturgia de la Iglesia y hagamos que el ciclo litúrgico pase a formar parte de nuestra vida, dejando que su ritmo penetre en nuestro cuerpo y en nuestra alma.”

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El verano nos ofrecerá multitud de ocasiones para rezar, meditar, agradecer… quizá también sufrir algo. Vivámoslo en comunión con Él, en todo momento, con plena atención a su paso. Que no pase de largo (Gn 18, 3).

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

ORAR – LA ALEGRÍA DE ESTAR

 LA ALEGRÍA DE ESTAR

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A medida que van pasando los años, voy cayendo más en cuenta de lo que no es oración. No es pensar, no es tener grandes sentimientos, ni experiencias místicas… aunque a veces sea algo de eso. Últimamente para mí en la oración cobra mucha fuerza simplemente el ESTAR. Y me viene a la cabeza el emotivo cuento de LA SILLA VACÍA que muchos conoceréis

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“José, esto de la oración es simplemente tener una conversación con Jesús. Así es como te sugiero que lo hagas… te sientas en una silla y colocas otra silla vacía enfrente de ti, luego con fe miras a Jesús sentado delante de ti. No es algo alocado hacerlo pues Él nos dijo: “Yo estaré siempre con ustedes.” Por lo tanto, le hablas y lo escuchas, de la misma manera como lo estás haciendo conmigo ahora mismo.

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Así lo hice una vez y me gustó tanto que lo he seguido haciendo unas dos horas diarias desde entonces. Siempre tengo mucho cuidado que no me vaya a ver mi hija pues me internaría de inmediato en la casa de los locos.

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El sacerdote sintió una gran emoción al escuchar esto y le dijo a José que era muy bueno lo que había estado haciendo y que no cesara de hacerlo.”

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Conversar con Dios, sencillamente. Estar con fe y amor. Con un Tú familiar, amigo, pero también el Otro, siempre mayor que yo, que me sostiene, que me acompaña y me recrea continuamente, me escucha, me acoge como soy… y conversar de todo lo que llevo entre manos y en el corazón. Aunque dudemos de que nos escucha, Él lo hace, porque es un Dios comprometido con la suerte de sus hijos e hijas.

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Algo así nos dice Mt 6, 6: “Cuando vayas a rezar, entra en tu habitación y ora a tu Padre que ve en lo escondido”. Si sale hablar con él habla, si sale callar, calla, si gritar angustiada, grita… es orar con el sentimiento de UNA PRESENCIA VIVA. Estar. Como nos sale de dentro cuando estamos con alguien que nos quiere. No hace falta hacer grandes cosas, se está bien, solo estando. ¿O es que me pasa solo a mí?

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Os dejo dos canciones que van en esta línea:

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Sentarme a tu lado. Brotes de Olivo

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Señor Dios mío. Amparo Navarro

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

ORAR – LA ALEGRÍA DEL ESPÍRITU

LA ALEGRÍA DEL ESPÍRITU

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Hemos dicho ya en otras ocasiones, que es el Espíritu Santo quien nos enseña y nos ayuda a orar. En este mes que celebramos la fiesta de Pentecostés, nuestra pista para orar será una invitación a orar en la alegría del Espíritu Santo.

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Yo no sé cómo es el Espíritu. Nadie lo sabe. A Jesús se le pudo ver, oír, tocar… mientras estuvo entre nosotros físicamente. El Espíritu es la misma cercanía de Dios que se nos mostró en Jesús, pero irrepresentable o invisible. Se le simboliza como paloma, como agua (Jn 7, 37-39), como viento, como fuego, como don de lenguas (Hc 2, 1ss)… No sabemos cómo es, pero sí sabemos cómo actúa y los frutos que produce. Donde está el Espíritu de Dios hay libertad (2Cor 3, 17) y “el fruto del Espíritu es alegría” (Ga 5, 22-23), como también el amor, la paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí. Por sus frutos los conoceréis, dice la Escritura, y así es también con el Espíritu.

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Hay muchos relatos bíblicos que relacionan el Espíritu con la alegría, especialmente el evangelio de la infancia en Lucas. En la Anunciación, María es invitada a la alegría: “Alégrate, llena de gracia” (Lc 1, 28). En la Visitación, el Espíritu Santo llena de alegría a las dos mujeres: Isabel siente que “saltó de gozo el niño en mi seno” (Lc 1, 44). María, a su vez, siente brotar del corazón y de las entrañas su Magníficat, el canto que expresa la alegría humilde y profunda: “Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador… porque ha hecho grandes cosas en mí” (Lc 1, 46ss).

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También Jesús, “se llenó de gozo en el Espíritu Santo” y manifiesta agradecido: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues así te ha parecido bien” (Lc 10, 21-22). En Jesús, la alegría brota del Espíritu que le hace ver lo que nadie ve: la grandeza de los pequeños, y se dirige al Padre como su fuente, en una unidad trinitaria.

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El Espíritu genera en la iglesia naciente un dinamismo creyente y misionero que hace que las ciudades se llenen de alegría (Hc 8, 8) al recibir el anuncio cristiano, y se van estableciendo comunidades que se distinguen por el amor, otro fruto del Espíritu, aunque no están exentas de conflictos y dificultades.

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Está claro. Donde está el Espíritu hay alegría (y más cosas…). Por lo tanto, esto nos sirve de guía acerca de la autenticidad de nuestra oración. Si en ella hay alegría, paz, bondad, fe… o brota de ella, como fruto maduro, estamos orando en el Espíritu. Si no, estamos dejándonos llevar por otro espíritu. ¿Y qué hacer entonces?

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Pues ¡pedirlo! Por eso se suele invocar el Espíritu al comenzar la oración personal y comunitaria, la Lectio divina. Y como también es cierto que “somos templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19) no se trata de invocarlo como si tuviera que venir “de fuera” ajeno a nosotras. Basta que tomemos conciencia de ser seres habitados, que nos recreemos en esa presencia y dejemos que surja con toda su fuerza creativa, amorosa, fecunda. La oración será una activa pasividad colaborando con el Espíritu. Él nos lo enseñará todo.

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

ORAR – LA ALEGRÍA DE LA PASCUA

LA ALEGRÍA DE LA PASCUA

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Hay una frase del Evangelio de Lucas (24, 41) de esas que se te quedan grabadas y te vienen a la cabeza muchas veces y a la oración, dándole vueltas. Estando los discípulos encerrados en una sala, van comentando algunos, llenos de alegría, que Jesús se les ha aparecido, que está vivo: los de Emaús, Pedro y Juan… y en esto se hace presente Jesús en medio de ellos con un saludo de paz, con insistencia en que no es un fantasma, ya que la reacción de los discípulos es de espanto y miedo, turbación y dudas, asombro… pero a la vez también dice Lucas que “no acababan de creer” por la alegría que sentían. Parecía algo inaudito para ellos. Están sorprendidos. Miedo primero y alegría también, a la vez… ¿es posible? Imagínate que te toca un gran premio en la lotería, como ocurre en Navidad… la gente llora de alegría y no acaba de creérselo por ser ¡demasiado! ¡increíble! La alegría es un hecho que se da espontáneamente ante algo inesperado, bueno, buenísimo. El creerlo parece que viene después y  no es automático, ni inmediato. El cuerpo tiene que hacerse a la nueva situación. Así pasa con la fe en el Resucitado.

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Decimos mucho que la alegría es la actitud más propia de la Pascua, y lo es, pero no cualquiera. Lo vemos en los primeros testigos de la Pascua: no es pasajera. Coge la persona entera. Es activa y se traduce en la vida. Es serenamente contagiosa. Esta alegría es la que conviene a la oración, la que procede de una experiencia que afecta a todo el ser.

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Si ya resulta difícil “entender” la cruz, hacer experiencia de Jesús resucitado no lo es menos, pero va la vida en ello. Y sin ella no hay oración posible. ¿Se puede dialogar con un muerto? La oración no es pensar que alguien me escucha, y por eso hablo, y al final termino en un monólogo, porque no tengo la experiencia de que ese Alguien no es una idea sino una persona ¡viva!… las ideas no producen la alegría comparable a la que produce la presencia de una persona cercana, querida…

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No acababan de creer por la alegría… primero una emoción, la alegría… aún sin saber muy bien por qué o cómo entender lo que está pasando. Esto me lleva a preguntarme en qué medida me alegra la presencia y cercanía de Jesús. Él está vivo. No con la misma vida que tenía. Es más vida. Y la relación es también viva, dinámica, creativa. Alegría que no tiene por qué ser carcajada, aunque no estaría nada mal probar a sonreír en la oración…

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O quizá me dé miedo, como a los discípulos… Miedo reverente, o miedo a que se meta demasiado en mi vida…  miedo porque me conoce demasiado, más que yo misma y no tengo “escapatoria”… miedo ante la propia indignidad, porque ¿quién soy yo para que mi Señor venga a mí, me busque, me quiera…?

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Miedo, alegría, increencia, indiferencia, afecto… ¿qué sentimientos predominan en mi oración? ¿por qué?

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La oración es un diálogo de presencias, un TÚ que se relaciona con un YO. Este Tú me puede provocar alegría por muchos motivos: por su perdón, su acogida, su Palabra… hoy insistimos en la alegría que produce su sola Presencia Resucitada, viva. Que nada reprocha. Que solo ofrece paz, “no como la da el mundo”… presencia que conforta, anima, envía, transforma, recrea, levanta… Entonces no es necesario en la oración ni diálogo, ni recetas, ni un ritual… es pura alegría de saberLe vivo y presente, y yo en Él.  En los relatos pascuales los discípulos apenas hablan, es más bien Jesús quien les dice cosas, les da instrucciones, les explica… Una presencia, no una idea. No un recuerdo. No un código a seguir. ¡Es el Señor! Como dijo Juan en el episodio de la pesca milagrosa (Jn 21, 6)

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La oración en Pascua tendrá que ser esa alegría serena y cierta que produce lo increíble, la victoria del Amigo sobre toda muerte, será el gozo de estar con Él, contemplando en el Espíritu, dejando que nos abra el entendimiento como hizo con los de Emaús, con los Once, con María Magdalena para dar el salto a la fe y poder ver todo con otra perspectiva, la de la Pascua. Es el tiempo de PERMANECER aunque no entendamos. En actitud de súplica. Algún día exclamaremos desde las entrañas “Resucitó de veras mi amor y mi esperanza”. Y saldremos a anunciarlo.

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

ORAR – LA ALEGRÍA DEL PERDÓN

LA ALEGRÍA DEL PERDÓN

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Hace ya un tiempo iba yo por la calle y oí algo que me impactó: un niño pequeñito, de 4 ó 5 años iba lloriqueando detrás de su papá, diciendo repetidamente: perdón papá, perdóname papá… una y otra vez, una y otra vez. Tanto me impactó que les fui siguiendo por la otra acera, hasta que ya se metieron en un portal. El papá caminaba rápido a pasos tan grandes y enérgicos que el pequeño casi no podía seguir. Era evidente que el niño había hecho algo que al papá le parecía mal, quizá le habían llamado la atención en el colegio del que salía, y muy enfadado con el niño se lo echaba en cara, le gritaba, le urgía a caminar tan deprisa como él, y el niño seguía y seguía pidiendo perdón… me quedé con la frase del niño bastantes días, y aún hoy me viene a los oídos y me sigue doliendo la escena profundamente. No entendía como ese papá no podía conmoverse por las palabras del hijito. Y pensaba y me alegraba que el Dios en quien creo no fuera así. Jesús nos lo ha contado y el Abbá no tiene nada que ver con ese padre enfadado y duro de corazón.

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Todos tenemos experiencia de haber hecho algo mal y lo mal que se pasa. ¿No? ¿Qué hacer con el mal que se ha hecho? Es difícil gestionarlo. Y es una pregunta crucial. Mucha vida, o no vida, depende de qué hacer con eso.

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Y también es difícil gestionar el mal que se nos hace a nosotros. Una de las cosas que me ha alegrado siempre en las Misiones Populares que he participado es la experiencia de la reconciliación entre familias. Sabemos que el resentimiento es como una especie de veneno interior que nos recome y hasta nos puede enfermar. Los psicólogos hablan del poder sanador que tiene el perdón: hacia nosotros mismos y nuestros complejos y heridas, hacia los otros, hacia Dios incluso, cuando le echamos a Él la culpa de algún mal que nos sucede…

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Empezamos una nueva Cuaresma, tiempo de conversión y reconciliación. Tiempo de caminar hacia la Vida. Tiempo oportuno para el perdón. Y este año, en el marco del Año jubilar de la Misericordia.

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“En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. (Lc 15, 1-32). En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón.

De otra parábola, además, podemos extraer una enseñanza para nuestro estilo de vida cristiano. Es la parábola del siervo despiadado (Mt 18, 22)… estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia. El perdón de las ofensas deviene la expresión más evidente del amor misericordioso y para nosotros cristianos es un imperativo del que no podemos prescindir. ¡Cómo es difícil muchas veces perdonar! Y, sin embargo, el perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar la serenidad del corazón. Dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices…. escuchemos la palabra de Jesús que ha señalado la misericordia como ideal de vida y como criterio de credibilidad de nuestra fe. «¡Dichosos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia!» (Mt 5, 7) es la bienaventuranza en la que hay que inspirarse durante este Año Santo” (El rostro de la misericordia, 9. Papa Francisco).

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¡Éste es el tiempo de la misericordia! (Himno de la Liturgia de las Horas). Cultivemos en la oración el encuentro vivo con Dios Misericordia, con su Palabra siempre de vida. Meditemos estas parábolas de la misericordia y hagamos experiencia del perdón recibido y el perdón entregado. Si nos resulta difícil perdonar, porque es realmente difícil, oremos por nosotros para que se nos conceda esa capacidad, y oremos por nuestros enemigos, por los que nos quieren mal. Es lo que nos enseñó y lo que hizo Jesús. (Lc 6, 28; 23, 34) Pongamos al calor de la oración, de la Eucaristía, todo resentimiento y rencor, para que se transforme en amor. Hay quien llama a esto Cristoterapia: la sanación por la fe en Cristo, que tiene poder para hacerlo igual que curó a ciegos, sordos, leprosos… Estoy convencida de la que oración todo lo alcanza y llega a ablandar los corazones. Y llegará también la alegría y la paz del perdón. Llegará la alegría de la salvación a nuestra casa (Cf. Lc 19, 1-10).

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

ORAR – LA ALEGRÍA DE UN NIÑO

LA ALEGRÍA DE UN NIÑO

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Últimamente he caído más en cuenta de que la presencia de un niño, en una reunión, en el metro, en la catequesis… provoca la alegría. Allí donde hay un niño brotan las sonrisas por su espontaneidad, comentarios, gestos, sus “salidas” a tono o fuera de tono… es verdad que hay situaciones de todo tipo, y a veces los niños provocan enfado porque son exigentes, caprichosos, porque alteran el orden establecido por los mayores, pero con eso hay que contar.

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Esto es lo que me hace pensar y proponer como pista de oración, algo muy sencillo: la contemplación del Niño-Dios. Siempre he necesitado en la Navidad esa contemplación, porque ese Niño es especial y porque a la vez es como todos. Y necesito del silencio para poder comprenderlo. Por qué Dios eligió ese camino para llegar hasta nosotros, el camino de una vida normal. Y menos que normal, una vida pobre, escondida, pequeña, insignificante. ¿Por qué? Dios se ha hecho Niño. ¡cuánto encierra esta frase!

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En ese Niño “ha aparecido la bondad de Dios y su amor al ser humano” (Tito 3, 4)

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“Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre. Gracias sean dadas a Dios, que ha hecho abundar en nosotros el consuelo en medio de esta peregrinación.

Antes de que apareciese la humanidad de nuestro Salvador, su bondad se hallaba también oculta, aunque ésta ya existía, pues la misericordia del Señor es eterna. ¿Pero cómo, a pesar de ser tan inmensa, iba a poder ser reconocida? Estaba prometida, pero no se la alcanzaba a ver; por lo que muchos no creían en ella. De lo que se trata ahora no es de la promesa de la paz, sino de su envío; no de su anuncio profético, sino de su presencia. Es como si Dios hubiera vaciado sobre la tierra un saco lleno de su misericordia; un saco que habría de desfondarse en la pasión, para que se derramara nuestro precio, oculto en él; un saco pequeño, pero lleno. Y que un niño se nos ha dado, pero en quien habita toda la plenitud de la divinidad. Ya que, cuando llegó la plenitud del tiempo, hizo también su aparición la plenitud de la divinidad. Vino en carne mortal para que, al presentarse así ante quienes eran carnales, en la aparición de su humanidad se reconociese su bondad. Porque, cuando se pone de manifiesto la humanidad de Dios, ya no puede mantenerse oculta su bondad.

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¿Hay algo que pueda declarar más inequívocamente la misericordia de Dios que el hecho de haber aceptado nuestra miseria? Señor, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? (Salmo 8) Que deduzcan de aquí los hombres lo grande que es el cuidado que Dios tiene de ellos; que se enteren de lo que Dios piensa y siente sobre ellos. (Sermón 1 de S.Bernardo abad)

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Hace bien no razonar mucho, solo contemplar, y en todo caso dejar discurrir los sentimientos, la alegría que contagia ese Niño. Contemplar también a la Madre, toda ternura, sin dejar de pronunciar su “hágase” aunque no entienda. Contemplar a José, el hombre justo, prudente, discreto, el protector de los que le han sido confiados.

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Contemplar quiénes les visitan: los cercanos pastores, nada bucólicos como en los belenes, sino más bien marginados y despreciados. Los lejanos sabios de Oriente buscadores de la verdad allí donde esté, los que saben leer los signos de la presencia divina aunque pequeña y pobre, y saben regalarse. Y el Niño tan contento de estas visitas… de toda visita. Mírale a los ojos con los ojos de tu corazón, y verás lo que se alegra. Verás lo que te alegra.

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Aprendo mucho de los niños y sacan lo mejor de mí cuando estoy con ellos. Me producen ternura. Será por su menesterosidad, la verdad de sus gestos y palabras, su espontaneidad. Me entran ganas de ser como ellos. Ese Niño me produce toda la ternura del mundo, porque es la Gracia en persona, y me hace recordar que a Dios le gusta ser así y que seamos así, como niños y niñas. Evitamos serlo, pero nos hace bien sacar la niña y el niño que llevo dentro.

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Contemplar el misterio de Belén en silencio es fuente de sorpresa, de maravilla, de agradecimiento porque no dejo de preguntarme que tendré yo que merezca toda esta “movida” del actuar divino. Por eso tengo el Niño bien cerca en mi mesa de trabajo todo el año. Para no dejar de contemplarlo y sonreír con Él, ver la gracia de todo y en todo, pase lo que pase. Donde está el Niño hay alegría.

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

ORAR – ¡ES GRATIS!

¡ES GRATIS!

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Uno de los carteles del lema muestra una niña sonriente y una frase: sonríe ¡es gratis!

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Gratis tiene que ver con gratuito, con dar las gracias, agradecido, agraciado/a… y no hay expresión más encantadora del agradecimiento que la sonrisa, un abrazo caluroso y feliz… en relación a la oración, el agradecimiento puede ser tanto fuente como consecuencia de la oración. La alegría de descubrir tantas cosas gratuitas en mi vida me lleva a orar desde lo cotidiano. Y la conciencia serena en la oración de ser amada, de tanto bien recibido, me lleva a sonreír ¿no?

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Orar es gratis. Parece una tontería pero no lo es. Es lo que decimos al afirmar que es pura gracia. San Pablo nos dice que “el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; porque no sabemos orar como debiéramos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8, 26). No podemos alcanzar por nuestros fuerzas o méritos tener consolación, unos determinados sentimientos, o luces, experiencias… es gratis lo que quizá se nos conceda cuando pedimos con fe… Es pura gratuidad saber por la fe que soy amada como soy. Sin letra pequeña engañosa. Lo que nos caracteriza como personas es la conciencia de ser únicos e irrepetibles, únicos a los ojos de Alguien que nos ama sin que lo merezcamos, con total libertad, con paciencia infinita, sin esperar nada a cambio, nada más que acoger y devolver tanto amor…

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La oración nos permite caer en la cuenta y agradecer, saborear: que las cosas más importantes de mi vida no las he conseguido a fuerza de puños ni de dinero, sino que se me han regalado.

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  • la vida se me dio gratis (me “nacieron”…)
  • sigo viviendo por pura gracia, aunque yo ponga medios para crecer en todo sentido, alimentarme, conocer, relacionarme, ¡¡¡respirar!!! Y esos medios son los que nos sorprenden cuando los consideramos con atención…
  • tengo pan y techo. No es poca gracia hoy en día.
  • disfruto la gracia de las palabras que recibo cada día… mejor las positivas y de ánimo, pero también recibo otro tipo de palabras que es bueno acoger…
  • el regalo de la relación: el amor que recibo y entrego. ¿alguien puede comprar una amistad?
  • la confianza en la vida, en las personas, en mí misma… sin confianza no es posible vivir… es un infierno, un mar de dudas y de sospechas que acaban matando la vida.

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Y a la vez, yo tengo fe y confianza en que es verdad la Palabra del Señor:
“El Padre mismo os ama” (Jn 16, 27)… “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único para que todo aquel que cree en Él tenga vida eterna” (Jn 3, 16). ¡Somos seres amados!

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“Aunque tu padre y tu madre te abandonen, Yo no te abandonaré” (Is 49, 15-16; salmo 27, 10). No es una invención mía. “Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. ¿Cómo podrían existir los seres, si tú no lo hubieras querido? ¿Cómo podrían conservarse, si tú no lo ordenaras? (Sab 11, 24-25)

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La oración es fuente de alegría al sentirse así, en un ámbito de gratuidad: amados, sostenidos, elegidos, bendecidos, agraciados, protegidos, liberados… Somos importantes para Dios. Tanto que envió a su Hijo, lo que más quería, para decirnos en nuestra lengua todo lo que Él es y quiere para nosotros, aun sabiendo que podía y puede ser rechazado, ignorado, tergiversado. Pero a mí me alegra este Dios. Es un Dios gracioso, que #tiene gracia. Me alegra que exista, más allá de lo que yo inventaría o necesito. Me alegra que cuente conmigo para dar gratis lo que gratis recibo (Mt 10, 8)

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

ORAR – TUS PALABRAS, MI ALEGRÍA

TUS PALABRAS, LA ALEGRÍA DE MI CORAZÓN

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“Cuando encontraba tus palabras, yo las devoraba; tus palabras eran mi delicia y la alegría de mi corazón” (Jer 15, 16)

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Uno de los modos de orar más extendido, con  mucha solera, que a mí siempre me hace bien, que siempre sorprende, es la oración con la Palabra. De lo que más me alegra. Y me alegraría todavía llegar a leerla como si leyera por vez primera cada frase. Porque creo de verdad que tenemos a nuestro alcance palabras sabias, luminosas, palabras de VIDA. Y por el tema de la rutina, por los prejuicios anti-eclesiales, anti-dogma… nos estamos perdiendo un verdadero tesoro.

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Me pregunto cómo puede dejar indiferente a alguien palabras como éstas:

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           No tengas miedo (Josué 1, 9; Is 41, 10.13; Mt 10, 31; Lc 1, 30; 12, 32; Mc 6, 50;  Jn 14, 1)

 ¿Quién te ha condenado mujer? ¿Nadie? Tampoco yo te condeno (Jn 8, 11)

                             A ti te digo: levántate (Lc 7, 14)

                                         ¡en verdad somos hijos de Dios! (Gal 4, 7; 1Jn 3, 1)

                  Eres preciosa a mis ojos, y yo te amo (Is 43, 4)

                       He venido para que tengan vida y vida en abundancia (Jn 10, 10)

                                                    Yo soy la Vida (Jn 14, 6; 11, 25)

      He oído el clamor de mi pueblo… voy a liberar a mi pueblo (Ex 3, 7-8)

              Te bendeciré y haré famoso tu nombre (Gn 12, 2)

                                Los amó hasta el extremo (Jn 13, 1)

                                             He venido a servir y a dar la vida por todos (Mt 20, 28)

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Y podríamos seguir y seguir… palabras que calientan el corazón, que dan descanso, palabras que animan y consuelan. ¡Palabras que alegran! ¿O  no?

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Y lo mejor de todo ¡es que son verdad! como dijo una vez un niño, quienes desde su inocencia captan lo auténtico, lo valioso.

Como pista te propongo algo sencillo:

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  • Disponte a orar con algún texto de la Sagrada Escritura: un texto “sabroso” para ti, el texto que nos propone la Liturgia para la Eucaristía diaria, un salmo… elige el texto.
  • Busca un lugar, encuentra la posición que te resulte cómoda para estar un rato con la Palabra. Respira profundamente y serena tu cuerpo, tu mente, tu corazón, tu espíritu.
  • Invoca el Santo Espíritu, para que de igual manera que inspiró y motivó al autor que lo escribió, guie tu espíritu para entenderlo y saborearlo. Aviva la fe.
  • Sitúate ante el texto como si lo leyeras por vez primera. Aleja la pereza, la rutina y lee esperando que el texto se te re-vele. Sitúate esperando una palabra personalmente dirigida a ti. Lee sin prisa.
  • ¿Qué te da alegría en ese texto? ¿Te sorprende alguna palabra, alguna frase en especial? ¿Qué te dice hoy? ¿Te hace sonreír?
  • Mantente en actitud silenciosa, rumiando la Palabra, como María de Nazaret.
  • Dialoga con la Palabra… ¿tienes algo que decir tú? ¿te mueve a algo?
  • Agradece esa luz, esa esperanza, ese ánimo… lo que te haya transmitido. Guárdalo en el corazón. Llévalo a la vida.

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

ORAR – LA ALEGRÍA DE ESTAR HABITADOS

No somos seres huecos. A mí me da mucha alegría el descubrimiento de estar habitada. De que, cuando llego a contactar con mi corazón, Alguien ya me está esperando, porque “Dios nos amó primero” (1Jn 4, 19).

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“Hijas, que no estáis huecas”, decía Santa Teresa (Camino 48, 2). Somos seres “habitados”, no vacíos; no llegamos los primeros porque Alguien nos precede y nos espera en el corazón, ni estamos nunca solos: “Mi Padre y yo vendremos a él y haremos en él nuestra morada” (Jn 14, 23). Esta frase la comenta Sta Isabel de la Trinidad así:

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Esta mañana he escuchado en el fondo de mi alma estas palabras: “Si alguno me ama, mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él” He comprendido inmediatamente la verdad de esta expresión, me es imposible manifestar de qué modo se me revelaron las Tres Divinas Personas. Sin embargo, yo las veía celebrar dentro de mí su consejo de amor. Me parece que sigo viéndolas así. ¡Qué grande es Dios y cuánto nos ama!

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Me impresiona esta cita bíblica y me viene a la mente y al corazón muchas veces: no estoy sola nunca, mi corazón es un espacio habitado por el Padre, por el Hijo y por el Espíritu de amor que procede de ambos. Quienes aman de corazón a todo ser humano con el que se encuentra, quienes sirven de corazón, quienes viven del alimento y la luz de la Palabra, quienes hacen de la Voluntad del Padre el deseo de su corazón… son amados por Dios, quien ha deseado hacer de cada ser humano su templo, su casa… Un Dios que es comunión de amor que se desborda, me la comunica continuamente, como si de una fuente se tratara ya la vez se hace “acueducto” hacia otros…

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También S.Agustín tiene comentarios interesantes al respecto:

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“¿Adónde vais? ¿Adónde corréis? ¿Adónde huís, no sólo de Dios, sino también de vosotros? Volved al corazón” (San Agustín: Comentario al Salmo 76, 16) “Volved al corazón, ¿qué es eso de ir lejos de vosotros y desaparecer de vuestra vista? ¿Qué es eso de ir por los caminos de la soledad y vida errante y vagabunda? Volved. ¿A dónde? Al Señor…Vuelve primero a tu corazón; como en un destierro andas errante fuera de ti. ¿Te ignoras a ti mismo y vas en busca de quien te creó? Vuelve, vuelve al corazón… (San Agustín: Comentario al Evangelio de Juan 18, 10).

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A la impresión que me hace “saber” esto, sigue una una alegre serenidad en ese viaje habitual hacia el corazón habitado, en esa sed que se colma al encontrarme con Alguien que ha deseado vivir en mí para siempre, mientras yo decida corresponder a ese Amor.

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NO ESTOY SOLA. Alegría de saber que cuento con quien hablar, consultar mis dudas, abandonar mis fatigas, decidir y asumir responsabilidades…

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NO ESTOY SOLA. NO ESTOY HUECA, VACÍA… el amor ha sido derramado en mi corazón por el Espíritu que nos ha sido dado (Rom 5, 5). Ese Espíritu que, como veíamos la entrega pasada, es fuerza, alegría, bondad, ternura, paz… no tengo que ir a buscarlo ni comprarlo fuera. Es gratis y vive en mí. Hay amor en mi corazón, para dar.

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Te recomiendo como PISTA PARA ORAR, que vuelvas a tu corazón. Conecta con él, desde el latido físico, el mundo de los afectos, y, el sentido bíblico de interioridad, la verdad de una misma: sentimientos, recuerdos, pensamientos, proyectos, heridas… toda tú.

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Conecta con lo que eres, sin doblez. Allí te espera Alguien para abrazar eso que eres y quieres ser. Él ha deseado vivir en tu casa. Recréate con ese deseo. “El Señor tu Dios, en medio de ti es un salvador poderoso… da saltos de alegría por ti” (Sof 3, 17)… ¿no hace crecer esto tu alegría y el deseo de vivir tú en Su Corazón?

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

ORAR – ALEGRÍA

ORACIÓN Y ALEGRÍA

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¿Qué tiene que ver la oración con la alegría?

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En la Escritura se nos dice que cuando Moisés salía de hablar con Dios, salía con el rostro resplandeciente, tanto que se lo tenía que cubrir con un velo porque no podían mirarle a la cara… me valgo de esta imagen para plantear las pistas de este curso, en relación con el lema: ¿de qué manera el encuentro con Dios en la oración me hace salir alegre? ¿Es posible que la oración me ayude a ir dibujando una sonrisa en mi rostro, y que ésta perdure?

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Los salmos expresan repetidamente el ansía de estar con Dios, de ver su rostro:

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-Buscad mi rostro. -Mi corazón dice: Yo busco tu rostro, Señor, no me ocultes tu rostro. No apartes con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me rechaces, no me abandones, Dios de mi salvación. (Sal 27, 8-9)

No me apartes de tu presencia ni me quites tu santo espíritu. (Sal 51, 11)

«Escondes tu rostro, se turban; si retiras tu soplo, expiran y vuelven al polvo. Envías tu espíritu, los creas, y renuevas la faz de la tierra» (Sal 104, 29s).

Buscar y estar ante el rostro de Dios, en su presencia, tiene que ver con la comunicación del Espíritu Santo y sabemos que es el Espíritu el que nos ayuda a orar como conviene (Rom 8, 26)

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Oímos decir que el rostro, los ojos, son el espejo del alma, pues hablando simbólicamente, cuando el rostro de Dios se vuelve hacia sus criaturas, y los mira con amor, hace que su Espíritu se desborde y se derrame su Vida, su Bendición, su Paz. Los frutos del Espíritu. He ahí la fuente de la alegría.

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Pero a Dios nadie le ha visto jamás, el Hijo es el que nos lo ha dado a conocer (Jn 1, 18). Jesús es el rostro cercano y visible del Dios invisible y es él quien envía el Espíritu desde el Padre.

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Busca una imagen de Jesús que te diga mucho, por su mirada, por su gesto bondadoso, pacífico… o sufriente. «Solo te pido que lo mires y que te dejes mirar por Él» como nos dice Santa Teresa de Jesús.

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Fijando en él tu mirada, trata de penetrar serenamente en el Espíritu que le habita: el creador que da vida, el que ungió a los profetas, a los reyes, a Jesús en su bautismo, el que hablaba, curaba, ponía en pie, expulsaba el mal, resucitaba a los muertos… y deja que actúe en ti, sin forzar nada… ese viento impetuoso que vence todo miedo, ese fuego abrasador que derrite lo más frío, el que pone orden en el caos… ese Espíritu se te comunica a ti. Y produce frutos (Gal 5, 22-23), la alegría entre otros.

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Mírale y déjate mirar. A fuerza de mirar uno se convierte en lo que mira. El rostro de Jesús resplandecía como el sol en la Transfiguración (Mt 17, 1-9) y Pedro ante aquel espectáculo quería fijar allí su morada, para que no acabara nunca esa belleza, ese asombro, esa alegría… más tarde, esos mismos amigos, contemplarán el rostro angustiado de Jesús en Getsemaní y no sabrán qué hacer con eso… quedarán dormidos. En todo caso, el rostro de Jesús es fuente de amorosa entrega filial, y nos enseñará también que hay alegrías poco sonoras que manan de la aceptación serena de las circunstancias, abandonados en las manos del Padre y acompañados por su Espíritu, fuente del mayor consuelo.

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

Consuelo Ferrús