Eco Diario de la Palabra
 

TÚ ME LEVANTAS (YOU RAISE ME UP)

Desde que iniciamos la Cuaresma y a lo largo del tiempo pascual, hemos querido #vivirdepie. La Pascua es el tiempo más propio para ello. ¿sabes por qué? Porque la palabra que usan los Evangelios para referirse a la Resurrección (anástasis) significa alzarse, PONERSE DE PIE (igual que en inglés, por ejemplo).

Así vivió Jesús siempre y ayudó a otros a vivir de pie, a enderezarse, a recobrar dignidad. Todo ese caudal de vida no podía quedar muerta, aplastada, en el olvido, en la oscuridad del abismo y la muerte. Y Él mismo ¡fue levantado! ¡resucitó! Y con él levantó a todos los caídos de todos los tiempos.

Me gusta mucho y me conmueve el icono del descenso a los infiernos, uno de los iconos pascuales más conocidos. Y también esta canción, que creo guardan un cierto parecido: TÚ ME LEVANTAS.

En este final de Pascua, pedimos al Espíritu que nos mantenga en pie, que nos eleve para #vivirdepie, como resucitados.

 

https://www.youtube.com/watch?v=qm30u8ZJzZ0

 

Cuando estoy deprimido, ay! y mi alma, tan cansada;

Cuando los problemas vienen y mi corazón está agobiado;

Entonces, me quedo quieto y espero aquí en silencio,

Hasta que llegas y te sientas un rato conmigo.

 

Tú me levantas, para que pueda permanecer sobre las montañas;

Tú me levantas, para caminar sobre los mares tormentosos;

Soy fuerte, cuando estoy sobre tus hombros;

Tú me levantas, más allá de lo que yo puedo ser.

 

 

DÍA MUNDIAL CONTRA LA FALSIFICACIÓN. ¡FELIZ PENTECOSTÉS!

El calendario y las lunas han querido que este año el Día Mundial contra la falsificación se celebre en la Vigilia de Pentecostés. Es decir, en la fiesta grande de los cristianos, donde recordamos que Dios mismo nos sostiene y nos reúne y nos constituye, a pesar de todo y de todos… Es la fiesta del Espíritu Santo. Es el antídoto “natural” contra la falsificación. Es una feliz coincidencia.

Quien se deja llevar por el Espíritu Santo:

– no copiará a otros ni será repetitivo y gris porque será creativo

– no se pasará la vida comparándose con otros porque sabe que cada ser que alienta es único y distinto (y vio Dios que todo era bueno)

– no competirá con nadie porque el Espíritu de Dios genera unidad, armonía y entendimiento mutuo (de Babel a Pentecostés)

– no vivirá medio muerto porque es un Espíritu de vida que contagia ganas de vivir

– no confundirá lo aparente con lo verdadero, porque el mal Espíritu nunca será Espíritu Santo aunque lo parezca

– no mentirá para contentar a otros, para evitarse problemas o para huir del sufrimiento, porque ni Jesús ni María, llenos del Espíritu, lo hicieron.

En definitiva, quien vive según el Espíritu, nunca será falso ni falsificará. Porque donde está el Espíritu, hay libertad. Y la gente libre siempre es auténtica.

 

 

La Lluvia de Vida del Espíritu (Jol 2,23)

Entramos en la última semana de la Pascua y pedimos insistentemente el Espíritu. Difícil hablar del Espíritu Santo. Hasta los teólogos tienen dificultades y no siempre se ponen de acuerdo cuando quieren explicar quién es, qué hace, cómo… Yo tampoco sabría. Por eso solo me atrevo a acercarme a él con imágenes. Hoy elijo la lluvia:

“Alegraos y festejad al Señor, vuestro Dios, que os da la lluvia temprana en su sazón, la lluvia tardía como antaño y derrama para vosotros el aguacero” Joel 2, 23.

Creer y pedir el Espíritu tiene mucho que ver con saberse necesitado de lluvia, como tierra seca, como garganta con sed, como el sudor en una noche de verano. Así estamos. El frío nos encoge pero el excesivo calor o sequedad, nos aísla. Todo nos molesta. Sin agua nos rendimos. El agua del inicio cuando tenemos ilusión por crecer y dar fruto. El agua tardía cuando ya no la esperas y lo agradeces mucho más. El agua que se derrama como aguacero y te sorprende y te inunda y te empapa.

Eso es el Espíritu: el empujón de los inicios, de cualquier inicio que merezca la pena; el abrazo final cuando todo parece casi perdido y de repente vuelves a respirar; el aguacero que de vez en cuando la vida te regala y del que no puedes dudar que es real, que no es tuyo, que te es dado.

 

Y con el Espíritu Santo pasa como con la lluvia: nada puede hacer si cae en cemento. Nada puede hacer el aire en una garganta que no quiere respirar. El Espíritu sólo pide algo simple aunque no sencillo: abrirte, dejarte empapar, sin miedo.