Eco Diario de la Palabra
 

La Lluvia de Vida del Espíritu (Jol 2,23)

Entramos en la última semana de la Pascua y pedimos insistentemente el Espíritu. Difícil hablar del Espíritu Santo. Hasta los teólogos tienen dificultades y no siempre se ponen de acuerdo cuando quieren explicar quién es, qué hace, cómo… Yo tampoco sabría. Por eso solo me atrevo a acercarme a él con imágenes. Hoy elijo la lluvia:

“Alegraos y festejad al Señor, vuestro Dios, que os da la lluvia temprana en su sazón, la lluvia tardía como antaño y derrama para vosotros el aguacero” Joel 2, 23.

Creer y pedir el Espíritu tiene mucho que ver con saberse necesitado de lluvia, como tierra seca, como garganta con sed, como el sudor en una noche de verano. Así estamos. El frío nos encoge pero el excesivo calor o sequedad, nos aísla. Todo nos molesta. Sin agua nos rendimos. El agua del inicio cuando tenemos ilusión por crecer y dar fruto. El agua tardía cuando ya no la esperas y lo agradeces mucho más. El agua que se derrama como aguacero y te sorprende y te inunda y te empapa.

Eso es el Espíritu: el empujón de los inicios, de cualquier inicio que merezca la pena; el abrazo final cuando todo parece casi perdido y de repente vuelves a respirar; el aguacero que de vez en cuando la vida te regala y del que no puedes dudar que es real, que no es tuyo, que te es dado.

 

Y con el Espíritu Santo pasa como con la lluvia: nada puede hacer si cae en cemento. Nada puede hacer el aire en una garganta que no quiere respirar. El Espíritu sólo pide algo simple aunque no sencillo: abrirte, dejarte empapar, sin miedo.

 

La vida de los otros

Muchas veces tengo la sensación de que hay dos modos muy distintos de ocuparnos por los demás. Hay veces que la vida de quienes nos rodean nos preocupa “desde fuera”. Nos fijamos en lo que hacen o dejan de hacer, en las decisiones que toman, la gente con la que va… en el fondo, nos interesa la superficie de su existencia y, con frecuencia, esto es caldo de cultivo de maledicencias y cotilleos. Es algo así como lo que parece que le sucede a Pedro con respecto al discípulo amado (Jn 21,20-22), pues le pregunta a Jesús: “Señor, y este ¿qué?”. La respuesta del Resucitado va a dejar claro que no es una cuestión de su incumbencia: “¿a ti qué? Tú sígueme”. Ante esa preocupación “de cáscara”, se nos invita a prestar atención a cómo andamos viviendo cada uno, interesándonos más por nuestro seguimiento de Jesucristo que por lo que les sucede a los demás.

Pero también nos podemos preocupar “desde dentro” por los otros. Si somos capaces de descubrir tras las acciones de quienes nos rodean sus sentimientos, sus luchas, sus dificultades, sus miedos o sus alegrías, no será difícil reconocer lo que nos une a ellos y comprender mejor lo que viven en su interior. Este era, sin duda, el modo en que Jesús miraba a quienes le rodeaban, pues solo de aquí puede nacer la compasión que le caracterizaba (cf. Mc 6,34). Y ¿cómo es nuestra preocupación por los demás: “desde dentro” o “desde fuera”?

GREEN BOOK

GREEN BOOK

“No se gana con violencia, se gana cuando… mantienes tu dignidad. La dignidad siempre prevalece” (D. Shirley)

Decía Nelson Mandela: “Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su origen o su religión. La gente tiene que aprender a odiar, y si ellos pueden aprender a odiar, también se les puede enseñar a amar, el amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario”. “Green Book” es la historia de dos hombres, Tony y Don, que, un viaje por la América sureña transforma su vida interior. Este viaje “físico” es la excusa perfecta para poder sobrevivir, dejar de lado sus diferencias, ayudarse con generosidad, amabilidad y humor, y, sobre todo, enfrentarse al racismo, peligros y prejuicios. Un viaje que los llevará a forjar una profunda amistad, a descubrir el verdadero sentido del ser humano, a aprender, entender y conectar con el otro, en definitiva, “aprender a amar”.

“Green Book” era una guía que indicaba los establecimientos donde se aceptaba a los afroamericanos. Este ya no existe, pero ¿podemos decir lo mismo de los prejuicios, la intolerancia y el racismo? La película, no nos muestra la imagen más cruda del racismo, pero sí la más peligrosa, la normalizada y silenciosa.

La película nos enseña que…

  • Debemos defender con firmeza la dignidad de cualquier persona.
  • El racismo normalizado es el gran enemigo de la sociedad.
  • Podemos tener visiones del mundo diferentes, y, sin embargo, aprender lecciones vitales y complementarnos de la persona que menos te esperas. “Uno aporta al otro lo que no tiene o lo que tiene, pero en poca intensidad”.
  • Todo cambia cuando nos ponemos en el lugar del otro.
  • Los prejuicios “no son más que las heridas propias de nuestro corazón”.
  • La amistad como pilar fundamental de las relaciones humanas y que no tiene fronteras.
  • La necesidad de salir de nuestro propio molde, abrirnos, aprender, entender y conectar para descubrir al otro.
  • Hay personas que, por su raza, clase social, … siempre tendrán que demostrar constantemente su talento.
  • En nuestra sociedad hay una gran dicotomía, puede haber un hombre económicamente pobre, pero con un corazón lleno del amor que le transmite su familia; y un hombre rico, pero sumergido en la soledad y el aislamiento a causa de su raza. Es decir, la lucha del ser humano contra sí mismo.
  • La hipocresía de los “más cultos”, de los elitistas, aquellos que dicen abrazar las diferencias, pero saben que hay un límite que jamás se puede cruzar para que la élite no se tambalee.
  • Debemos asumir nuestra responsabilidad. La persona tiene que ceder ante el imperativo de una necesidad inaplazable. “El hombre puede hacer lo que quiere, pero no necesitar lo que quiere” (Schopenhauer).
  • El ser humano tiene la posibilidad de superar su propia ignorancia compartiendo con la gente que parece diferente. La experiencia vence a la ignorancia.

Reflexión…

    1. Piensa en la realidad que te rodea… ¿aceptas la diversidad del otro? ¿Eres excluyente con los demás?
    2. ¿Qué valores ves en Don Shirley y en Tony Lip?
    3. ¿Crees que el racismo está normalizado en nuestra sociedad? ¿Por qué? Consecuencias.
    4. ¿Qué te separa de los demás? ¿Y qué te une?
    5. Comenta estas frases:

  • “¡No soy lo suficientemente negro como para congeniar con los de mi raza, ni lo suficientemente blanco como para ser aceptado en los círculos de arriba! “(Don Shirley)
  • “No se gana con violencia, Tony, se gana cuando… mantienes tu dignidad. La dignidad siempre prevalece. Y esta noche, por tu culpa, no lo hicimos”. (Don Shirley)
  • “Mi padre solía decir, lo que sea que hagas, hazlo al cien por cien. Cuando trabajas, trabajas, cuando ríes, ríes, cuando comas, come como si fuera tu última comida).  (Tony Lip)
  • “Sí… Yo no me quedaría esperando. Sabes… El mundo está lleno de gente solitaria que teme dar el primer paso” (Tony Lip).

Beatriz Mª Pereiro Acevedo

LA VOCACIÓN NO SE TIENE. SE SUEÑA. SE ES.

Igual la palabra vocación no se entiende bien, ha perdido sentido fuera de círculos demasiado “restringidos” y no te dice nada. ¿Y si te digo que es eso que eres tú, tu yo más hondo, tu sueño y tu raíz?

“La vocación no se tiene, se es. La vocación es algo que te constituye, que te define en tu identidad, que se convierte en parte de uno mismo. La vocación, no la vocación en general sino mi vocación particular, en un sentido muy verdadero es mi vida. Y la causa es muy simple. No tengo vocación, sino, soy vocación. Lo que me define sobre todas las cosas es que soy “un llamado”. No se trata de algo que tengo, que brota de mí, o que he conseguido. Alguien me ha llamado y esa llamada me funda en lo que soy, me define e interpreta mi libertad para solicitar de mí una respuesta, que a su vez también se convierte en algo que me constituye. La vocación es, necesariamente, una realidad dinámica, se va construyendo día a día. Nunca está terminada. Dura tanto como la propia vida” (Nurya Martínez Gayol).

Por eso te invitamos a escuchar a personas muy distintas (con diversas vocaciones concretas) en esta semana. Si nos ayuda a vivir con sentido, a vivir de pie, a seguir soñando y luchando por ser la mejor versión de nosotros mismos, ¡objetivo cumplido!

Si no crees en los sueños que cambian la vida, no lo veas.

Si no crees que los sueños pueden ayudarte a vivir #depie, no lo veas.

Si no crees que Dios te sueña contigo y juntos vais trazando quien quieres ser, no lo veas.

Te invitamos a “asomarte” a estas vidas, a estos testimonios, a estos sueños. Y, sobre todo, te invitamos a responder también tú a estas mismas preguntas. ¿Por qué no? ¡Soñemos!

El hombre que camina

El hombre que camina, es el nombre de una escultura de bronce fundido creada por Alberto Giacometti en 1961.

Representa a un hombre caminando, deformado, estirado y extremadamente fino y delgado. La figura se disuelve pero sin llegar a desaparecer del todo. Un hombre a mitad de camino entre el ser y la nada… La nada es el silencio ante la muerte del Señor, la oscuridad, el miedo, el frío…

La miro y me veo.

Si TU no estás no tengo fuerza. Siento el vacío ante la vida, ante la muerte ante la herida. Cuando parece que nada tiene sentido, cuando me rindo en la fe, siento que me cuesta sentirte resucitado. A veces, como Tomás, necesito ir más despacio, aunque sé que me esperas con Amor.

La vida está llamada a ser Pascua, a vivirla entre la vida entregada y la vida recibida. Estás aquí conmigo, me coges de la mano y me alzas. Me pones de pie, a caminar, sin nada. Solo Tu.

Caminar, moverse, andar, trasladarse, abrir puertas, ir hacia al otro lado… Vivir de pie, vivir resucitada.

 

Lo que se oculta

Cuando llega la primavera es como si la tierra hubiera permanecido “muerta” y, de repente, volviera a la vida llenándolo todo de colores. Quizá no siempre tengamos presente que hay una continuidad innegable entre el frío de enero y el calor de mayo. Debajo de la lluvia, la nieve y las bajas temperaturas se ha estado gestando silenciosamente lo que después veremos. Es como si la primavera solo hubiera permanecido escondida bajo el abrigo del agua, las hojas secas y la escarcha. Estaba oculta, esperando su momento para salir y llenarlo todo. Así son también las cosas importantes de nuestra vida: necesitan un tiempo para estar ocultas, para hacerse fuertes y madurar escondidas de la mirada de cualquiera.

También vamos creciendo como personas y como cristianos gracias a todo aquello que se cuece en el escondido horno de nuestro corazón, y eso lleva su tiempo. No siempre tenemos la paciencia necesaria para dar tiempo a que los sentimientos, experiencias, inquietudes, deseos o intuiciones vayan adquiriendo solidez y puedan brotar en nuestra existencia con la energía de la primavera. Pero como Jesús conoce muy bien nuestras prisas, ya nos alertó de que nos guardáramos de exhibir demasiado pronto aquello que todavía tenía que ser mantenido solo ante la mirada del Padre (cf. Mt 6,4.6).

No se trata de retener para nosotros aquello que llevamos dentro, sino de esperar el momento adecuado para que brote hacia el exterior de modo natural, como sucede con la primavera tras el invierno, porque “nada hay oculto si no es para ser manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto” (Mc 4,22). María, que es una experta en “guardar en el corazón” (cf. Lc 2,19.51), nos enseñará cómo hacerlo.  

¡¡HA RESUCITADO!! La resurrección de lo verdaderamente humano

Estamos en la cincuentena pascual, cincuenta días para poder entender y «gustar internamente» el gran grito de júbilo de la Vigilia Pascual: ¡¡HA RESUCITADO!! Pero ¿cómo anunciar con alegría la Resurrección de Jesús en medio de un mundo repleto de muertes? 

Demasiadas «malas noticias»… ¿Cómo de grande es esa «buena noticia» del evangelio que nos dice que «la muerte no tiene la última palabra»? ¿Tan grande como para conseguir que mi mirada hacia el mundo en el que me toca vivir sea positiva, esperanzada, amable? ¿Tan grande como para hacerme capaz de «creer contra toda esperanza»?

Esa Buena Noticia que de parte de Dios nos trajo Jesús a Él le costó la vida. Esa es la cuestión. Anunciar la Vida, trabajar por la Vida, cuidar la Vida, cargar y en-cargarse de la Vida en la vida de cada día, en la vida concreta de cada uno/a MOLESTA, ayer, hoy y, quizá, siempre.

Si algo pone ante nuestros ojos el recorrido de los textos evangélicos de la Semana Santa es el poder atroz del mal y la absoluta vulnerabilidad del Bien. La contundencia destructora de lo egoico y la mansedumbre silenciosa de lo Esencial. Me explico: es lo que siempre hemos dicho todos, que el mal «hace mucho ruido» y al bien no se le oye, pero en la vida de Jesús y de todos quienes han secundado el brillo de la Luz que nos habita, esa Luz, esa Bondad que somos sí hace ruido, hace ruido molesto en el oído de los que no quieren ver, ni oír, ni que les molesten. El Bien es un chirrido insoportable en los oídos de los poderes de este mundo. Por eso, en cada cultura, en cada época, se calla la boca al limpio, al bondadoso, cuidado: no al tonto/a que ni se entera y es un/a «bueno/ bobalicón/na». Quien molesta es la persona que dejándose traspasar por la Bondad, Belleza y Verdad que nos habita, lo anuncia y al hacerlo denuncia toda injusticia o perversión de lo genuinamente humano. Los místicos, los santos, los profetas y visionarios, quien no puede callar ante lo torcido e injusto, molestan siempre a quien está instalado en el poder, sea éste del tipo que sea.

Sin embargo, quien se deja penetrar por la fuerza renovadora de Espíritu, lejos de pretender destruir, anhela re-construir, tender puentes, aunar fuerzas, crear una mesa compartida en la que todos y todas tengan su lugar. La” marca” de quien viene “de parte de Dios” es la misericordia, el amor a todos y todas, la acogida universal; la denuncia del pecado, sí, pero la misericordIa hacia el pecador.

Afirmar que Cristo ha resucitado no es decir que ya todo está bien, no es esperar cruzados de brazos la llegada de la Jerusalén Celestial, sino anunciarlo en medio del diario y generalizado pisoteo de los derechos humanos. No podemos ser ingenuos, la Humanidad sufre y Dios con ella. Tú y yo, nosotros cristianos ¿qué gestos concretos haremos que anuncien la resurrección de lo verdaderamente humano?

 

Alegría habitada

Paseo por tu jardín, a la hora en que sopla la brisa.
Huele a pan, a marisma y a cera.
Desnudo, desanudado, desdibujado mi nombre en tu orilla.

No más temor
Sólo temblor,
por despertar preñado de ti.

Y dices: sé yo.
Y soy tú.
Y ves que es bueno.

Descanso bendecido en el milagro.
Ya estoy en casa.

#PASCUA: #VIVIRDEPIE

Dice Pedro Casaldáliga que para un creyente solo hay dos opciones: vivir vivos o resucitados. La muerte no es una opción. Y parece verdad.

Dicho de otra forma, para el ser humano solo hay una opción de vivir: de pie. De hecho, no en vano, uno de los elementos que marcan la diferencia entre los animales y los seres humanos es justamente eso: pasar de ir por la vida arrastrados (como los reptiles), a cuatro patas (como la mayoría de mamíferos), encorvados a dos patas (como un orangután) o ¡de pie!, ¡ahí está la diferencia! con posibilidad de otear el horizonte (propio de los seres humanos)

¿Y si algo así fuera esto de la Resurrección y la vida?, ¿Y si justamente ese soplo divino, ese toque del Creador en nosotros, que nos hace realmente humanos, fuera a la vez el toque delicado que nos resucita y nos levanta en la vida?

Ayer, Domingo de Resurrección, Ianire nos dejaba una primera clave: “ver bien para vivir de pie”. Y podríamos añadir que también se cumple al revés: quien vive de pie, ve bien. Y escucha, y toca, y saborea y huele, y respira. Y lo hace no solo mucho mejor que encorvado, sino bien, es decir, lo hace pleno, verdadero, bello.

¿Qué tal si nos regalamos este tiempo de #Pascua para dejar que salga a borbotones toda la capacidad de vida, de resurrección y de humanidad que hay en nosotros? ¿Qué os parece si nos tomamos estas semanas de Pascua para disfrutar y agradecer tantas personas que viven de pie?

¡Vamos a #vivirdepie!, ¡vamos a ver y a oler y a tocar y a escuchar y a gustar! ¡Vamos a #vivirdepie!, ¿puede haber un plan mejor?