Eco Diario de la Palabra
 

FIN DE CURSO, TIEMPO DE BALANCE

Estemos o no inmersos en el mundo de la educación, resulta inevitable tener cierta sensación de “fin” cuando termina el curso escolar. No solo es porque las vacaciones ya se perciban cercanas, también porque el ritmo y los horarios se van adaptando a una luz cada vez mayor y a un calor que empieza a amenazar. Este es un tiempo propicio para volver la mirada hacia los meses vividos y hacer balance de todos ellos.  

A veces lo primero que nos salta a la vista son los errores cometidos, las oportunidades perdidas, los fracasos y las desgracias que nos han venido encima en este tiempo. Pareciera que pesan más los momentos en los que “no hemos dado la talla” o aquellos que jamás elegiríamos si pudiéramos. Con todo, ¡cómo cambiaría nuestra percepción de estas situaciones si fuéramos conscientes de que Dios las utiliza para “colarse” en nuestra vida! Es lo que le sucedió a un ladrón que, en el mismo momento de su condena, fue a caer junto a uno llamado Jesús (Lc 23,39-43), o a ese tal Simón de Cirene que se vio obligado por los romanos a cambiar sus planes para ayudar a un inocente que iba a ser ajusticiado (Lc 23,26). Aunque al principio nos cueste descubrirlo de este modo, esos momentos son las “grietas” por las que Jesús quiere salirnos al encuentro… si somos capaces de mirar “más allá” de lo evidente.   

Pero, si somos sinceros, al hacer balance son siempre más abundantes las ocasiones para agradecer. A lo largo de los días han pasado por nuestra existencia muchas personas, rostros y nombres concretos que tejen y entretejen nuestra vida y de las que siempre recibimos más de lo que damos. Ocasiones en las que, en sencillos gestos de cariño, superación, ternura o acogida, hemos podido descubrir el rostro de Jesús muy cerca de nosotros, escondido tras la vida cotidiana.  

Ojalá podamos regalarnos un tiempo tranquilo para releer estos meses con una mirada de fe y nos suceda como a esos discípulos de Emaús. Ellos, al pararse un poco, fueron capaces de reconocer a Aquél que había caminado a su lado y les había explicado el sentido de todo lo vivido (Lc 24,13-32) ¡Así ha estado Jesús con nosotros durante este curso!   

FELICIDAD Y EVANGELIO

Me encanta pasar un tiempo tranquilo en una gran librería. Mirar con calma los libros expuestos, recorrer sus portadas y echar un vistazo a los pequeños resúmenes que aparecen en la parte de atrás. Una de las cosas que más me llama la atención es la cantidad de libros catalogados bajo el título de “autoayuda” que pueblan las estanterías de estos comercios. Se supone que la pretensión de todos ellos es hacer posible que los lectores “solucionen” un aspecto de su vida que no les permite ser felices. Y es que, si hay algo que todo ser humano anhela en lo más profundo de su corazón, eso es ser feliz. Nadie está “a salvo” de este deseo que brota de nuestro interior, pero seguro que la definición que damos de lo que significa “ser feliz” varía mucho según la persona que responda.

Para muchos, ser feliz tiene que ver con ser queridos, con mantener un trabajo estable y no tener problemas económicos, con tener buena salud y poder prescindir de atenciones médicas… pero, si le preguntamos al Evangelio por lo que da la felicidad ¿qué nos respondería? En distintos momentos, se afirma que hay gente feliz: es feliz María porque ha creído en la promesa dada por Dios a pesar de que ésta le haya complicado la vida (Lc 1,45). También se dice que son felices los pobres, los que tienen hambre y los que lloran porque el Señor no se desentiende de su suerte aunque las apariencias engañen (Lc 6,20-21). Todos nosotros podemos ser felices según el Evangelio cuando nos odien y maltraten a causa de Jesús (Lc 6,22), o cuando la vida y las palabras del Galileo no nos escandalicen (Lc 7,23). Pero, sobre todo, somos felices cuando acogemos la Palabra de Dios y la guardamos en el corazón (Lc 11,27-28).

Sí, es verdad que esta felicidad que nos promete Jesús es un poco paradójica y que es muy probable que estas promesas de dicha no se vendieran muy bien en ninguno de esos libros de “autoayuda”. Pero, en algún lugar de nuestro corazón, ya hemos saboreado que la verdadera bienaventuranza tiene que ver con saber que estamos en las Manos de Dios aunque las circunstancias no sean halagüeñas, que amar de modo incondicional y gratuito es mejor que empeñarnos sólo en recibir cariño y que haber conocido a Jesucristo y su Palabra es el mayor regalo que jamás hemos recibido. ¡Y esto nos hace extremadamente felices!

MORIR PARA DAR VIDA

DISCÍPULOS DEL QUE MUERE PARA DAR VIDA 

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere… (Jn 12, 24) 

El mundo entero dictó sentencia cuando Eichmann fue condenado a la horca por crímenes contra la humanidad.  Fue uno de los responsables directos del genocidio nazi y, sin embargo, no sentía remordimiento. Sólo cumplía responsablemente con su trabajo. Padre de cinco hijos, trató de asegurar el bien y la prosperidad de los suyos.  No pensó más allá y “tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana”, como explicó Hanna Arendt en “La banalidad del mal”. 

Nacen héroes a veces que escapan a tal banalidad y se zambullen en la realidad que habitan. Recientemente hemos oído la noticia de un bombero, Ignacio Roblesii, que  durante un servicio de vigilancia de un barco de mercancía se atrevió a preguntar qué era aquello que con su trabajo estaba protegiendo. Al saber que se trataba de bombas vendidas a Arabia Saudí, Ignacio recordó las imágenes de la guerra que esa potencia libra en su país vecino, Yemen. No tardó ni un minuto en decidir no colaborar con la masacre que se está cobrando la vida de miles de personas. Alegó objeción de conciencia y abandonó su puesto. 

Le abrieron un expediente que podría suponer la suspensión de empleo y sueldo durante un tiempo de entre tres y seis años y, desde entonces, su vida se volvió un infierno, como él mismo asegura. Ha perdido peso, dinero, sueño y tiempo para estar con su mujer y sus hijos, pero no querría haber actuado de otro modo. Eligió perder para que otros vivan, asumir un dolor en carne propia para no ser cómplice del sufrimiento de tantos.   

En un mundo globalizado, cada minúscula acción nuestra repercute directamente en la existencia de muchos, los de cerca y los de lejos: el coltán de nuestros dispositivos electrónicos, la ropa que compramos en grandes multinacionales, los alimentos que consumimos,  las empresas en las que trabajamos, las noticias que no leemos, la sutil indiferencia cotidiana…   

 Abrir la conciencia a lo profundo de nuestros actos y hacernos responsables de ellos implicará, seguro, algunas renuncias. Pero de éstas, misteriosamente, germinará un amor nuevo, más pleno, más amplio y humano. Se dilatará la vida, pues “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”. Seremos así discípulos de Aquel que muere para dar Vida; y donde Él esté, estaremos también nosotros, humildes servidores suyos, liberados ya de la banalidad.   

EL AYUNO QUE YO QUIERO 

 ¿Para qué ayunar, si no haces caso?  ¿Mortificarnos, si tú no te fijas?  

Miren: el día de ayuno  buscan su propio interés,  y maltratan a sus servidores; 

miren:   ayunan entre peleas y disputas,  dando puñetazos sin piedad.   

No ayunen como ahora,  haciendo oír en el cielo sus voces 

¿Es ése el ayuno que el Señor desea,  el día en que el hombre se mortifica?  

Doblar la cabeza como un junco,  acostarse sobre estera y ceniza,    

¿a eso lo llaman ayuno,  día agradable al Señor? 

Is 58,3-5 

 

La Cuaresma es un tiempo sagrado, como unos ejercicios espirituales y corporales que la Iglesia nos ofrece cada año. No se si porque cada año nos repiten los mismo “ayuno, oración, obras buenas” ya nos hemos acostumbrado a que nuestras cuaresmas terminan como empezaron, no ha pasado nada nuevo en nosotros. La Cuaresma es tiempo de primavera espiritual tiempo de siembra que madurará a su debido tiempo.  

Meditemos juntos en un texto de Isaías,  en él Dios nos habla del ayuno como Él lo ve y lo desea para nuestro bien.  El pueblo de Israel se queja con Dios porque ayunan, se sacrifican y parece que Dios ni ve ni oye. No vale la pena si a Dios no le interesamos.  

Y dios responde por medio del profeta Isaías diciendo cuál es el ayuno que Él quiere. No le agrada que ayunemos y sigamos haciendo lo que nos interesa, sigamos peleando y haciendo daño a los demás y a nosotros mismos. Aquí nos damos cuenta de que Dios ve y oye, sólo que espera que sea yo quien reflexione y sienta la necesidad de cambiar.   

El ayuno que Dios quiere es que liberemos a los demás, nos liberemos de todo cuanto nos ata  y no nos deja caminar con alegría por la vida. El profeta describe esta liberación: abrir prisiones injustas ¿tengo personas que viven a mi lado como prisioneros? Dejar libres a los oprimidos ¿a qué oprimidos tengo que dejar libre? ¿soy yo, son los que viven o trabajan conmigo? ¿son los de algún grupo eclesial al que pertenezco?  

El ayuno también es ayudar a quien está necesitado. El profeta lo explica esta ayuda como dar de comer, hospedar a los sin techo, vestir a quien necesite ropa y no despreocuparme de mi hermano o hermana que son hijos e hijas que Dios ama con ternura, como me ama a mi. ¿A quién tengo que vestir, alimentar, acoger?  ¿Con quien tengo que sentirme solidario? ¿a quien tengo que escuchar? 

Y dice Dios que cuando obremos así nuestra luz será como la aurora, nuestras heridas sanarán rápidamente, nuestra justicia será realidad.  En ese camino no andamos solos, Dios está a nuestro lado camina con nosotros para darnos fuerza, para dejarnos sentir el gozo y la paz de su presencia, aunque calle y a veces haya oscuridad en nuestra vida. Entonces llamaremos al Señor y él nos responderá, le pediremos auxilio y nos dirá “Aquí estoy”.   

BIBLIANDO: MIQUEAS 6 AMAR LA BONDAD, CAMINAR HUMILDEMENTE…

Hombre, se te ha hecho saber lo que es Bueno,

Lo que el Señor quiere de ti:

Tan solo practicar el derecho,

Amar la bondad

Y caminar humildemente con tu Dios.

Miqueas 6,8

 

Esta cita bíblica del profeta Miqueas parece como si fuese la respuesta a una pregunta, una pregunta semejante a la que el joven, que llamamos rico, le hizo a Jesús: ¿qué tengo que hacer para entrar en la vida eterna? Y Jesús le responde indicándole los mandamientos, pero aquél joven creía que ya los estaba cumpliendo, quería algo más…

Y Dios por boca del profeta Miqueas nos explica qué es lo bueno, lo que Dios quiere de cada uno de nosotros, no importa la edad, ni la lengua, ni el color, ni la religión, ni el pueblo de donde venimos, ni la vida que hayamos elegido vivir…. Nada de esto cambia lo que el Señor quiere de nosotros:

Practicar el derecho, ¿qué quiere decir esto? Leamos lo que Dios nos repite una y otra vez en casi todas las páginas del Antiguo Testamento. Leemos en el libro del Éxodo:

  • No hagas sufrir ni oprimas al extranjero, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto.
  • No explotes a las viudas ni a los huérfanos,
  • Cuando prestes dinero a uno de mi pueblo, al pobre que está contigo, no te portes con él como usurero, cargándole intereses.
  • Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes de que se ponga el sol, porque no tiene otra cosa con qué cubrirse; su manto es su único cobertor y si no se lo devuelves, ¿cómo va a dormir? soy misericordioso”.

Podriamos decir que practicar el derecho es lo que el profeta sigue diciendo:

Amar la bondad, tener un corazón bondadoso, compasivo como el de Jesús… vio a la multitud y se sintió movido de compasión porque andaban como ovejas sin pastor…  Jesús viendo llorar a la madre del joven muerto, movido de compasión tocó al muerto y le devolvió la vida y se lo entregó a su madre… entró en la casa y la suegra de Pedro estaba postrada con fiebre, la tocó y la fiebre la dejó…  los leprosos le pidieron quedar limpios “sí quiero” y quedaron libres de su enfermedad…  La bondad de Jesús es liberadora esto es salvadora; ninguno que se acerca a Él se va sin ser escuchado, e incluso quien no pide nada como la viuda recibe los efectos de su bondad y amor incondicional, de su compasión por todo sufrimiento humano.

Caminar humildemente con tu Dios. Hay una traducción al inglés que dice “caminar humildemente de la mano de tu Dios” dándonos la imagen de la criatura que aprende a caminar sujetándose de la mano de su padre o de su madre.  Humildemente quiere decir en verdad, la humildad es reconocer lo que de verdad somos, seres creados que dependemos totalmente de nuestro Dios tanto si lo sabemos como si no, tanto si lo queremos como si no lo queremos. Seres creados amados de manera tan sorprendente que nos cuesta creerlo y necesitamos toda nuestra vida para descubrir esta verdad y hacerla carne de nuestra carne, y sangre de nuestra sangre.