Eco Diario de la Palabra
 

BIBLIANDO: «¡TATUADOS EN DIOS! » por Marifé Ramos

¡ESTAMOS TATUADOS EN DIOS! 

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“¿Puede acaso una mujer olvidarse del niño que cría, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella lo olvidara, yo no me olvidaría de ti. 

Mira, en las palmas de mis manos te he grabado” (Isaías 49, 15-16) 

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Empieza un Año Nuevo. Es el momento de firmar un cheque en blanco al buen Dios y predisponernos a vivirlo con una actitud muy positiva.

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¿Por qué? Porque a lo largo de 365 días la Palabra nos va a ir recordando cómo es Dios, cómo nos quiere y nos cuida… ¡Y sólo nos queda rendirnos!

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Este mes es el profeta Isaías el que irrumpe en nuestra vida diciéndonos: “Yahvé me ha llamado desde el vientre de mi madre, desde el seno ha pronunciado mi nombre” (49, 1). Si escuchamos atentamente es posible que oigamos una pregunta: Y tú… ¿Cómo lo vives?

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Isaías encontró en una madre que cría la mejor imagen para explicarnos la revelación que había recibido de Dios. Y añadió otra imagen muy significativa: estamos tatuados en las palmas de las manos de Dios. 

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Ahora mira las palmas de tus manos. Atrévete a coger un rotulador y escribe o pinta en tus manos lo que es Dios para ti. Contempla la imagen un buen rato. Haz una foto o visualízala. Atrapa la imagen con algún medio y que esta imagen te nutra en momentos bajos o difíciles.

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Que te ayude durante este año 2017 a disfrutar tu relación con Dios.  Si la disfrutas, no hay duda de que toda la gente que te rodea lo va a notar,  porque les contagiarás. Y seguramente llegará lo mejor de ti mucho más lejos de lo que te imaginas.

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Que te ayude ante el aluvión de mensajes negativos,  cuando oigas que estamos en la cuesta de enero, que falta mucho para las vacaciones de verano, que hace frío…

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Que te ayude a orar cuando palpes el dolor o veas imágenes de sufrimiento en la televisión. Aunque en la sociedad del bienestar olvidemos a los más desfavorecidos, Dios no se olvida de ningún hombre o mujer. A todos los lleva tatuados en la palma de sus manos y nos las muestra para que no los olvidemos nosotros.

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Que te ayude la imagen del buen Dios cuando des la mano para saludar a alguien. ¡Le estás ofreciendo al Dios que te habita! ¡Lo estás compartiendo!

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Que te ayude a crecer en generosidad. Al abrir la mano repartimos… solo al abrir la mano podemos ver la imagen de Dios con claridad.

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Este año nuestras manos pueden ser icono de bendición.

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Seamos conscientes de todo lo que podemos hacer por el bien de los demás a través de nuestras manos. Que ellas “hablen” a través de nuestros gestos, que expresen la capacidad sanadora que tienen para aliviar el dolor ajeno.

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Recordemos que todo nuestro cuerpo es un templo sagrado y nuestras manos son el medio por el que ese templo conecta con cada persona que nos rodea.

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Empezamos el año con un tatuaje invisible en la palma de nuestras manos. Las acariciamos, las besamos con respeto y conectamos con nuestro interior. Que todo lo que hagamos nazca ahí. ¡Y todo irá bien!

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Marifé Ramos

BIBLIANDO: «¡ES HORA DE ESPABILARSE! » por Marifé Ramos

¡ES HORA DE ESPABILARSE! 

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“Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de espabilarse. Ahora está más cerca la salvación que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada y el día está cerca; dejemos a un lado las obras de las tinieblas y vistámonos con las armas de la luz”. (Romanos 13, 11-13) 

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Cada mañana, cuando suena el despertador, tenemos que espabilarnos. No nos queda otro remedio, aunque nos tomemos un tiempo,  intentando vencer la pereza.

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Acaba el año litúrgico y empieza otro nuevo; la Palabra nos invita a espabilarnos… ¿cómo resuena en nuestro interior esta invitación?

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San Pablo, a través de esta carta, envió unas orientaciones a las comunidades cristianas de Roma, para que vivieran el evangelio con coherencia, en medio de multitud de dificultades. Les animó a darse cuenta del momento en que vivían y revestirse con las armas de la luz.

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Actualmente, el término “espabilarse” suele ser sinónimo de correr más,  de hacer las cosas deprisa,  para que el tiempo nos cunda más aún. Espabilarse evoca también “ser listillos” y conseguir una buena tajada, cuando algo está en juego.

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Sin embargo el texto de hoy nos lleva a profundizar en otras direcciones:

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  • “Daos cuenta del momento en que vivís”: Acaba el año y es hora de preguntarnos: ¿qué hemos vivido estos doce meses? ¿Cómo lo hemos vivido? ¿Hemos sido conscientes de todo aquello que ha sido GRACIA, en un mundo tan herido como el nuestro? ¿Nos damos cuenta de las fortalezas y fragilidades de este año, para actuar en consecuencia?
  • “Ya es hora de espabilarse”: ¿Qué sopores y anestesias conviene dejar a un lado, para vivir en 2017 más espabilados, más despiertos? ¿Qué tiempo precioso podemos recuperar cada día, para crecer y comprometernos, en lugar de vivir “adormecidos”?
  • “Ahora está más cerca la salvación que cuando abrazamos la fe”: Es bueno recordar el camino recorrido en 2016 para reconocer las experiencias de salvación que hemos tenido y cuidarlas como un tesoro precioso. Es importante leer nuestra vida, al menos una vez al año, en clave de historia de salvación.
  • “Dejemos a un lado las obras de las tinieblas y vistámonos con las armas de la luz”. ¿Qué llamadas percibimos para vivir el 2017 con transparencia? ¿Qué tinieblas nos han enredado en 2016 y pueden enredarnos en el nuevo año si no prestamos mucha atención? ¿Cuáles son las armas de la luz que nos ayudarán a vivir en transparencia?

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No sólo hemos decidido que todo irá bien, sino que al acabar el año podemos decidir que todo irá mejor. Será necesario dedicar un tiempo a responder a las cuestiones que hemos señalado, o a otras que nos parezcan pertinentes. De este modo, podemos cerrar el año de un modo consciente, aprendiendo de los errores y siendo realistas a la hora de situarnos ante el nuevo año.

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Pero, tras este ejercicio… ¡vivamos el momento presente!

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BIBLIANDO: «TENEMOS SEMILLAS DEL REINO » por Marifé Ramos

TENEMOS SEMILLAS DEL REINO 

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“A unos que le preguntaban cuándo iba a llegar el reino de Dios, Jesús les contestó: El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí, porque el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lucas 17, 20-21) 

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Ha llegado noviembre. En el suelo de los parques se han ido acumulando hojas muertas. Salvo que el cambio climático nos sorprenda,  los días soleados irán dejando paso al frío, la lluvia y la niebla. Además,  empezamos el mes recordando a nuestros difuntos. ¿Todo irá bien con este panorama triste, invernal?

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Todo irá mucho mejor si nos damos cuenta de la cantidad de semillas del reino de Dios que hemos recibido y que podemos cuidar y sembrar durante este mes.

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  1. Empezamos noviembre celebrando la fiesta de todos los santos. Su número es tan grande que no podemos recordarlos a lo largo de los 365 días del año. Los santos y santas escucharon atentamente a Dios a través de los signos de su tiempo, se enfrentaron a dificultades, experimentaron el miedo, tuvieron avances y retrocesos y se lanzaron a amar como quien se lanza a un abismo sin fondo.

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Por todo ello los reconocemos como nuestr@s herman@s mayores,  que nos enseñan y nos ayudan a caminar cada día,  en medio de todo tipo de dificultades.

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A estos santos “oficiales” tenemos que añadir los santos y santas anónimos, que nunca subirán a los altares pero son una nube de testigos que han vivido el Evangelio en su sencilla vida diaria. Recordemos a quienes han vivido a nuestro lado, en la familia, parroquia, comunidad, barrio, etc. y son una referencia en nuestra vida.

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Todo irá bien si recordamos que hemos recibido semillas de santidad que van creciendo poco a poco.  Aunque el proceso sea lento, es imparable. La meta no está en ocupar una hornacina de la iglesia, sino en crecer cada día en Amor.

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Que a lo largo del mes resuenen en nosotros, como una antífona, estas palabras del apóstol: “Sed santos en vuestra manera de vivir, como es santo el que os ha llamado” (1 Pedro 1, 16)

  1. La muerte,  la hermana muerte, nos ofrece su sabiduría. ¿Cómo cambiaría nuestra vida si nos quedaran pocas semanas de vida? ¿Qué problemas dejarían de serlo si ese fuera nuestro horizonte? ¿A qué daríamos realmente importancia en las relaciones humanas? ¿Cómo reorganizaríamos nuestra escala de valores para poder vivir con plenitud esas semanas?

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Esta es la sabiduría de la muerte. Nos ofrece unas “gafas” que nos permiten ver con claridad, porque a diario muchas situaciones nos deforman la visión: el agobio, la inconsciencia, la superficialidad o los enredos emocionales.

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Todo irá bien si este mes recordamos que tenemos vocación de eternidad; si dialogamos con la hermana muerte para expresar nuestros miedos y recibir su sabiduría, porque es criatura de Dios.

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Todo irá bien en el ámbito educativo si nos preparamos para saber elaborar el duelo y acompañar a los niños y niñas que viven la pérdida de seres queridos.

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  1. Este mes acaba el Jubileo de la Misericordia, pero no se acaba la invitación del Evangelio: “Sed misericordiosos como vuestro Abbá es misericordioso” (Lucas 6, 36). Ya no se realizarán ciertos eventos porque el campo ha quedado abundantemente sembrado a través de las publicaciones, celebraciones, congresos, etc.

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Todo irá bien si al cerrar este Año Jubilar somos conscientes de que hemos recibido semillas de misericordia porque estamos creados a imagen y semejanza del Abbá, que es pura misericordia. Todo irá bien si seguimos pidiendo en cada Eucaristía: danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana.

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En medio del otoño-invierno nos damos cuenta de que llevamos en nuestro seno multitud de semillas del reino. Si las cuidamos y sembramos ¡brotará la primavera con toda su fuerza!

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BIBLIANDO: «REAVIVAR LA VOCACIÓN MISIONERA» por Marifé Ramos

¡Reavivemos la vocación misionera! 

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“Toma parte en los duros trabajos del Evangelio según las fuerzas que Dios te dé… Guarda este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros”. (2ª Timoteo 1, 8.14) 

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Este mes del Domund nos trae  multitud de mensajes sobre las misiones. Es posible que nuestra mente nos juegue una mala pasada haciéndonos desear lo que no está al alcance de nuestras posibilidades.

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Teresa de Jesús nos recomienda en los últimos párrafos del libro de Las Moradas que no cometamos un error: desaprovechar las cosas que tenemos a mano para servir al Señor, contentándonos  con desear las cosas imposibles. Nos dice también que “no hagamos torres sin fundamento, que el Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen”.   

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Dicho de otro modo, que no soñemos con ser como santa Teresa de Calcuta, si esa no es nuestra vocación ni hemos recibido fuerzas para serlo.

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Podemos imaginarnos trabajando intensamente en países pobres, en medio de selvas peligrosas, curando, ayudando y casi salvando a multitudes… pero la carta de san Pablo nos devuelve a la realidad: “toma parte en los duros trabajos del Evangelio según las fuerzas que Dios te dé”

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¿Qué hay tras esta advertencia? Timoteo era joven,  su padre era gentil y su madre judía, y Pablo lo había convertido al cristianismo. Los dos fueron durante mucho tiempo compañeros en la misión, hasta que Pablo le puso al frente de la iglesia de Éfeso.

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Pero Timoteo, a pesar de su juventud, tenía una salud delicada. Pablo,   viejo lobo de mar en la misión evangelizadora,  le advierte para que sea prudente y sea consciente del Espíritu Santo que le habita.

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¿Cuáles son nuestras fuerzas? ¿Cómo podemos desarrollar nuestra vocación misionera ateniéndonos a nuestra realidad? 

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  • Podemos tomarnos más en serio el desarrollo de los países pobres. Queremos mantener nuestro bienestar, pero a menudo demandamos  productos que generan esclavitud y pobreza. La filosofía de “usar y tirar” produce multitud de basura electrónica que van a parar a esos países y los contaminan. Nuestra manera de posicionarnos ante el consumo y el reciclado también son expresión de nuestro espíritu misionero.
  • ¿Somos conscientes del pudor y el miedo que nos impiden ser misioner@s en nuestra familia, trabajo, vecindario, etc.? Recuerdo que hace años le pedí  a una alumna adolescente que hablara en clase de su tía misionera. Me dijo: “Sólo sé que va vestida de gris”. Vivir con espíritu misionero en el  propio ambiente laboral suele ser uno de “los duros trabajos del Evangelio”

¿Qué saben las personas que nos rodean de nuestra pasión evangelizadora y misionera? ¿Qué rezumamos? ¿Qué miedos nos impiden dar testimonio?

  • Octubre es un buen mes para reavivar las experiencias de envío que hemos vivido. No dejemos que sean como un recuerdo que se va borrando. Recuperemos la fuerza que tuvieron y el sentido que dio a nuestra tarea. Los envíos de la comunidad eclesial no tienen fecha de caducidad.
  • La oración de cada noche es una buena ocasión para dialogar con Jesús, el hermano mayor que nos envía a la misión y nos acompaña. Como a los 72 discípulos,  nos pregunta a la vuelta qué tal nos ha ido y nos hace conscientes de que hemos  recibido un tesoro,  que guardamos y compartimos con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotr@s.

OCTUBRE: ¡Mes misionero! Tendremos muchas oportunidades para reflexionar, ajustarnos a la realidad, expresar nuestra solidaridad con los más pobres, alentar a nuestr@s amig@s misioner@s y dejarnos interrogar por su testimonio… Es un mes con grandes posibilidades. ¡Que se reavive nuestra vocación misionera! 

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BIBLIANDO: «¡ESTAD SIEMPRE ALEGRES!» por Marifé Ramos

ESTAD SIEMPRE ALEGRES…

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“Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos (…) El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, más bien, en vuestras oraciones y plegarias presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias” (Filipenses 4, 4-6)

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Cuando escribió Pablo esta carta a los Filipenses ¿vivía confortablemente? ¿Tenía éxito cuando predicaba el Evangelio y no se daba cuenta de las dificultades que conlleva la evangelización?

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No. San Pablo escribió este texto desde la cárcel, atado con cadenas  y pendiente de un juicio en el que podrían  condenarle a muerte.

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Carecía de lo necesario, por eso la comunidad de Filipos le envió a Epafrodito con recursos, pero a punto estuvo de que no le llegara la ayuda porque Epafrodito enfermó y estuvo al borde de la muerte.

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Para Pablo “nada iba bien”. ¿Cómo podía invitar a la alegría desde la fragilidad y el riesgo en el que vivía?

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Porque había descubierto el manantial de la alegría profunda y compartió su descubrimiento para que todos pudiéramos beber de sus fuentes:

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  • Alegrarnos en el Señor. No es “echarnos unas risas”, con ayuda del botellón, ni reírnos del prójimo. Es experimentar que el Señor está cerca, dentro; que nos envuelve y nos habita. Nada ni nadie puede quitarnos este gozo profundo. Así lo han experimentado hombres y mujeres cristianos, incluso en situaciones límite de enfermedad, sufrimiento, esclavitud, etc.

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  • No inquietarnos por nada. Es decir, gestionar todos los asuntos y dificultades con y desde la paz interior.

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  • Presentar al Señor nuestras dificultades. Sin duda, son numerosas. Empezando por la situación política, social y económica de España y del mundo; continuando por  las dificultades familiares y laborales. Además hay que añadir las dificultades propias del comienzo de curso, que suelen venir acompañadas de todo tipo de miedos, por eso son más difíciles de gestionar.

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¿Cómo gestionamos las dificultades? ¿Nos aferramos a ellas como si el resultado sólo dependiera de nuestro buen hacer? ¿O se las presentamos al buen Dios con una actitud de confianza y acción de gracias?

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En medio de esas dificultades ¿nos acordamos de beber en el manantial de la alegría, como hacía san Pablo? Su actitud le permitió experimentar: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (4, 13).

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A cada uno de nosotros ¿qué y quienes nos confortan (nos hacen fuertes) en las dificultades de cada día?

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SEPTIEMBRE… comienza el curso escolar y con él se ponen en marcha nuevos proyectos. Es posible que en la agenda ya hayamos escrito muchas frases que empiezan por: “tengo que…”, “es urgente…”, “no olvidar…”. Estas frases son como pequeñas argollas que acaban aprisionándonos. Lo experimentamos así cada año.

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Para vivir este curso con paz, alegría y libertad sería bueno que pusiéramos el texto de san Pablo en lugares visibles: en la puerta del frigo, en el espejo del cuarto de baño y en la agenda.

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Así, día tras día, podremos recordar y experimentar que “TODO VA BIEN”… porque así lo hemos decidido.

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 ¡Feliz curso 2016-2017!

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Marifé Ramos

BIBLIANDO: «Lo gracioso de saber el final» por Ianire Angulo, ESSE

Lo gracioso de “saber el final”

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Confieso que me encanta el cine y no tengo ningún reparo en ver más de una vez la misma película. Es verdad que pierde algo de emoción saber el final, pero también que te permite contemplar relajadamente el film y reconocer nuevos detalles que podían haber pasado desapercibidos la primera vez. En estos meses de descanso merecido, nos puede pasar algo así: es mucho más tranquilo y descansado saber el final… especialmente cuando todo acaba bien. Así lo dice el Apocalipsis:

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Ap 21, 1-5a

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Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva –porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron-, y el mar no existe ya.

Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo.

Y oí una fuerte voz que decía desde el trono:

“esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él Dios-con-ellos, será su Dios.

Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado”. Entonces dijo el que está sentado en el trono: “Mira que hago un mundo nuevo”.

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El lenguaje del libro del Apocalipsis es un poco complejo para nosotros. No estamos familiarizados con el modo de expresarse de la literatura apocalíptica, que utiliza muchas imágenes extrañas para nosotros y muchas referencias al Antiguo Testamento para hablar del “final” de esta película en la que vivimos. Para expresar la certeza de que estamos en las buenas Manos de Dios y que la última palabra sobre la historia la tiene la Palabra, el texto dice que el “mar” ya no existe. Esto, para los que somos de costa, nos puede resultar un verdadero drama, pero para los israelitas, que tenían un pánico espantoso al agua y estaban convencidos de que estaba llenito de bichos terribles, era una estupenda noticia porque el mar representaba el “mal”.

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Mantener la alegría después de ver el telediario o leer el periódico es, con frecuencia, un acto heroico. Muy cerca de nosotros nos rodea la injusticia y el dolor de mucha gente. No es difícil sentirnos desbordados ante tanto sufrimiento y que nos robe la sonrisa. Eso mismo sintió la comunidad creyente que, en plena persecución y sinsentido, expresó su confianza en el libro del Apocalipsis. Después de estos meses de curso, no solo nos cansa el trabajo y las tareas, sino también nos agotan nuestros límites, nuestras constantes piedras de tropiezo, los muros inamovibles contra los que no hacemos más que darnos una y otra vez… ¡agotador!

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También nosotros podemos descansar el corazón y conservar la alegría sabiendo que, aunque no seamos capaces de intuirlo entre los recobecos de lo que sucede, Dios tiene un final feliz preparado. Él se encargará de recrear el mundo de tal modo que ya no habrá mal, que nadie estará triste y nadie tendrá que llorar. El Señor mismo se encargará de enjugar las lágrimas de cuantos sufren y no permitir que ninguna de ellas caiga fuera de su amor. La muerte, el llanto, los gritos y las fatigas pasarán porque no pertenecen al sueño divino. Dios se encargará de difuminar todo eso que nos mina por dentro y va cargando la mochila de nuestra vida de un peso difícil de llevar. ¿Cómo no alegrarnos? ¡Que estos meses podamos descansarnos al sabernos en sus Buenas Manos!.

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Ianire Angulo Ordorika,  ESSE

BIBLIANDO: «Alegrarnos por lo vivido» por Ianire Angulo, ESSE

Alegrarnos por lo vivido

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En junio el curso va llegando a su fin, se huelen a distancia las vacaciones de muchos que vivimos al ritmo de año escolar y se empieza a intuir el tan deseado descanso. A lo largo de estos meses ha habido de todo: trabajo, ilusión, malos ratos, “momentazos”, disgustos, enfados… Igual que evaluar las asignaturas es la práctica más frecuente en estas fechas, también es un buen momento para tomarnos el pulso a cómo hemos vivido este tiempo. También Jesús, después de enviar a sus discípulos a predicar, hizo con ellos una “evaluación” de lo vivido durante su misión.

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 Lc 10, 19-21

Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño; pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos.

En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo y dijo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a ingenuos. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito”.

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Los discípulos venían que no entraban en sí de alegría. El éxito de su misión había sido total. Jesús, por su parte, pone las cosas en su lugar y les recuerda que es Él Quien les da el poder y la autoridad para vencer las dificultades y, lo que es más importante, que el motivo de alegría no son los logros, las “victorias” o los triunfos, sino que lo que les tiene que llenar de alegría es que sus nombres están grabados en el corazón de Dios.

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Si miramos atrás y recorremos lo que nos ha sucedido en los últimos meses, igual nuestro gozo se queda únicamente en lo que consideramos logros, en aquellas cosas que han salido como deseábamos, en todo eso que a nuestros ojos ha sido un exitazo. En cambio, el Maestro nos enseña que el verdadero motivo de alegría no está ahí. Aunque a nosotros el balance del curso nos salga en negativo y haya más fracasos que experiencias positivas, tenemos un motivo inamovible para que nada ni nadie nos robe la sonrisa: “nuestros nombres están escritos en los cielos”. El nombre, que en la mentalidad bíblica expresa todo lo que somos, nuestra identidad más profunda y nuestra verdad más verdadera, está tatuado en el corazón del mismo Dios. Él, que es capaz de sacar provecho de donde nosotros sólo vemos pérdida, nos ama con locura en lo que somos y no en lo que logramos.

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Pero Jesús, después de resituar la alegría de sus discípulos, Él mismo se llena de ese gozo hondo y sereno que da el Espíritu, y le lleva a bendecir al Padre por empeñarse en mostrar lo importante del Evangelio a la gente sencilla como lo eran sus amigos. ¡Qué bien que Dios sea así! Seguro que Jesús también se llena de esa misma satisfacción al mirar los meses que hemos vivido y al reconocer cómo el Padre prefiere mostrarnos su ternura y su misericordia a quienes nunca vamos a ocupar la portada de un periódico y a quienes nadie nos va a reconocer por la calle.

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¡Qué suerte tenemos! ¿Seremos capaces de reconocer entre las líneas del tiempo que hemos vivido las huellas amorosas del Señor? ¿Descubriremos esas grandes verdades que Dios nos muestra escondidas bajo los ropajes de las rutinas que llenan nuestra vida cotidiana? Si lo hacemos, nos pasará como a Jesús: un gozo regalado por el Espíritu nos llenará por dentro.

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Ianire Angulo Ordorika,  ESSE

BIBLIANDO: «La Madre de la Alegría» por Ianire Angulo, ESSE

Madre de la alegría

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Mientras seguimos celebrando la resurrección de Jesús nos llega el mes de mayo y este nos resuena inevitablemente a María. Si echamos un vistazo al Evangelio no vamos a encontrar ningún texto en el que se nos hable de modo explícito de la alegría de la Virgen. Incluso podría parecer por algunos pasajes que su vida se caracterizó por tener el alma “atravesada” por una espada, como anunció Simeón (Lc 2, 35). Pero quizá Jesús se refería a su Madre cuando nos dice lo siguiente:

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Jn 16, 20-22

En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar.

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El Evangelio según Juan pone estas palabras en boca de Jesús antes de su Pasión, cuando se está despidiendo y preparando a sus discípulos para lo que va a suceder. Cuando este evangelista habla de “la hora” se refiere al momento culminante, a la muerte y resurrección del Señor. Está claro que se trata de un verdadero drama para todos aquellos que le siguen, pero Él les hace intuir ya, con antelación, lo que vendrá después: una alegría que nadie les podrá quitar. La Presencia Resucitada de Jesús caminando a nuestro lado todos los días hasta el fin del mundo es lo que convierte nuestro gozo en algo inalterable, y para explicarlo recurre a un ejemplo del día a día: el nacimiento de un niño.

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Jesús utiliza una imagen muy gráfica para expresar que su muerte no es el final sino el paso necesario para la Vida que nos da vida: la mujer durante el parto. Con ella expresa con claridad la necesidad de mirar más allá del sufrimiento de un momento determinado para poder intuir la vida que brota de atravesar el dolor con la mirada puesta en el Resucitado. Pero seguro que Jesús, cuando habla de una madre, no podría evitar tener en la cabeza a la suya propia. El “parto” de María no terminó el día que nació su hijo, sino que continuó durante su vida al no comprender del todo el modo en que Jesús se comportaba, y llegó al máximo de su angustia al ser testigo de su cruel e injusta muerte. Pero, igual que su pena tuvo que ser ilimitada, inmensa tuvo que ser su alegría ante la Resurrección de su hijo.

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En este mes en el que recordamos con especial cariño a la que el Señor nos regaló como madre al pie de la Cruz (Jn 19, 26-27), sería importante que no nos olvidemos de pedirle a Ella que nos contagie de esa alegría indestructible que llena su corazón. Que Ella nos muestre cómo olvidarnos de todos los apuros que llenan nuestra existencia al reconocer al Resucitado caminando a nuestro lado. Que nos vaya enseñando a ser madres, capaces de compartir con quienes nos rodean la Vida con mayúscula que recibimos de Dios… aunque para ello a veces tengamos que pasarlo un poco mal.

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Ianire Angulo Ordorika,  ESSE

BIBLIANDO: «La alegría de la Resurrección» por Ianire Angulo, ESSE

La alegría de la Resurrección

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No siempre somos conscientes de que los cuarenta días de la cuaresma no son otra cosa que la oportunidad de preparar el corazón para la celebración más importante de los cristianos: la Resurrección de Jesucristo. Se trata de un acontecimiento tan importante que dedicamos otros cincuenta días para intentar intuir qué significa y qué consecuencias tiene para nuestra vida cotidiana que Jesús sea el Señor y el Padre lo haya resucitado de entre los muertos. Se trata de una experiencia de tal calibre que el gozo que despierta es difícil de expresar… aunque se parece a lo que expresa el Salmo 126:

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Sal 126

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Cuando Yahvé cambió la suerte de Sión éramos como los que sueñan;

entonces se llenó de risas nuestra boca, nuestros labios de gritos de alegría.

Los paganos decían: ¡Grandes cosas ha hecho Yahvé en su favor!

¡Sí, grandes cosas ha hecho por nosotros Yahvé, y estamos alegres!

¡Cambia, Yahvé, nuestra suerte como los torrentes del Negueb!

Los que van sembrando con lágrimas cosechan entre gritos de júbilo.

Al ir, van llorando, llevando la semilla;

Al volver, vuelven cantando, trayendo sus gavillas.

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Si nos paramos a pensar nos daremos cuenta de que en el libro de los Salmos el mismo Dios en su Palabra nos enseña cómo dirigirnos a Él. Esta colección de oraciones poéticas recogen el amplio abanico de certezas, sentimientos y expresiones de fe que los creyentes han ido haciendo suyas a lo largo de los siglos. Cada vez que oramos con sus palabras nos introducimos en la gran familia de quienes han volcado en Dios su corazón con todo lo que en él había: preocupaciones, dolores, tristezas y gozo. Todos los sentimientos que puede albergar un creyente a lo largo de su vida encuentran su reflejo entre las líneas de los Salmos… también la alegría.

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Aunque la mayoría de las veces no tenemos claro en qué momento se escriben los Salmos, éste es fácil de fechar pues se sitúa en el final del gran drama nacional: el destierro Babilónico. Ciro, el rey de Persia, permitió a los israelitas, desterrados a la fuerza por Babilonia, que regresaran a su tierra en el año 539 a.C. Tras más de cuarenta años fuera de su país, la experiencia se convierte para ellos en el gran “cambio de suerte” que Dios ha realizado en su favor. Ni en sueños se imaginaban lo que estaban viviendo, así que sus bocas no pueden sino gritar de alegría y cantar: “¡El Señor ha estado grande con nosotros!”. Esto que vivieron los desterrados nos ayuda a comprender qué celebramos con la Resurrección.

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Cuando se ha sufrido el dolor y la angustia, cuando parece que no hay salida… la experiencia de que Dios “da la vuelta” a nuestra suerte como si se tratara de un calcetín, saborear que Él salva y actúa asombrosamente en nuestro favor es tan radical e importante que configura toda la existencia y se asemeja bastante a lo que vivieron los discípulos ante la Resurrección de Jesús. Aquél en Quién creían haber encontrado la respuesta definitiva de Dios, su Mesías, había muerto de forma humillante ante sus ojos. Reconocerle vivo les hizo pasar de las lágrimas al júbilo, del llanto a la alegría.

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La resurrección de Jesús sigue siendo para nosotros el motivo fundamental para gritar de gozo: “¡El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres!”. La muerte no tiene la última palabra, Jesucristo es Señor de la vida y de la muerte y todo adquiere sentido en Él.

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Ianire Angulo Ordorika,  ESSE

 

BIBLIANDO: «La alegría de Dios» por Ianire Angulo, ESSE

La alegría de Dios

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Si os dais cuenta, siempre andamos fijándonos en nuestros motivos de gozo y en nuestra actitud ante la vida, pero no estaría mal que cambiáramos la perspectiva y prestáramos atención a qué es aquello que provoca la alegría al mismo Dios. Porque si Él hace reír, como nos contaba Sara el mes pasado, es que no le falta sentido del humor. Jesús es el que nos muestra lo que se “cuece” en el corazón del Padre y el que nos revela lo que le hace brotar una sonrisa bien ancha. Así lo cuenta Lucas en su evangelio:

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Lc 15, 4-7

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¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió, hasta que la encuentra? Cuando la encuentra, se la pone muy contento sobre los hombros y, llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos y les dice “Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido”. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.

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Como somos “urbanitas” y más de ciudad que una alfombra, lo que esta parábola nos cuenta nos resulta de lo más lógico y normal, pero cualquiera familiarizado con el cuidado del rebaño se sorprendería de que el pastor ponga en riesgo a noventa y nueve ovejas por buscar a una de ellas. Y este gesto resulta aún más ilógico si se conoce algo del relieve de Palestina y el peligro que supondría dejar solo a la mayoría del rebaño en medio del desierto. La respuesta espontánea a la pregunta que lanza Jesús a su público, “¿Quién de vosotros…?”,   es un “ninguno” rotundo.

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Pero este ejemplo asombroso y muy distinto de lo que dicta cualquier lógica racional le sirve a Jesús para permitirnos asomarnos al corazón del Padre. Después de la búsqueda desesperada del dueño, el encuentro le llena de un gozo que quiere compartirse y hacer fiesta. Da igual si la oveja se ha perdido por díscola, por torpe o por despistada… lo único importante es volver a ponerla cuidadosamente sobre sus hombros y regresar a casa con ella. Hallarla se convierte en un motivo más que suficiente para convocar a todos a festejar con él. Según la parábola, la alegría de Dios tiene todo que ver con “lo perdido”, con su empeño por salir a buscar y recuperar a quienes se sienten lejos, fuera, torpes para vivir, pecadores hasta la médula, incapaces de amar de forma gratuita…

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Estamos acostumbrados a que en cuaresma se nos recuerde que es tiempo de volver a lo importante de nuestra vida, de poner el corazón en el Señor de nuestra historia… de, en definitiva, reconocernos muy “perdidos” en lo que supone seguir a Jesucristo y conjugar el verbo amar en todos sus tiempos, modos y personas. Pero quizá nunca se nos ha ocurrido pensar que este sabernos despistados es, en realidad, la condición de posibilidad de que haya alegría en el cielo.

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Quien falsamente cree que nunca se ha extraviado, que está siempre en lo cierto y que, con sus más y sus menos, resulta intachable, está abortando la causa de gozo de Dios. Sólo cuando reconocemos que tenemos necesidad de convertirnos, de volver el corazón a Quien nos da vida, hacemos posible que el Padre salga a nuestro encuentro, nos busque por todos los rincones, nos cargue con amor en sus hombros y se llene de una alegría contagiosa.

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Ianire Angulo Ordorika,  ESSE