Eco Diario de la Palabra
 

ORAR EN CUARESMA #cuaresma #vivirdepie

La cuaresma comienza tradicionalmente con dos cosas de un matiz distinto: el carnaval y la invitación a adentrarnos en el desierto como Jesús, llevados por el Espíritu (Lc 4,1).

La oración en cuaresma podrá ser uno de los sustentos en esta nueva travesía por el desierto hacia la libertad, la Pascua. Un proceso purificador, como vivió el Pueblo de Israel, del que surge el más puro yo verdadero, sin agarraderos ni excusas.

Y es también una invitación a tocar mi realidad más profunda sin las máscaras del carnaval: mi debilidad y mi sed. Es la experiencia de mi existencia desnuda, pura y dura. Que busca un encuentro que me haga renacer, saque lo mejor de mí, me ponga de pie, me “estire…

Pero para este encuentro no tengo que ir “fuera” sino “dentro”, cada vez más adentro donde se puede escuchar una palabra de confianza que no tiene en mí su fuente, pero se pronuncia sobre mí: “eres mi hija amada… te basta mi gracia, mi poder se manifiesta en la debilidad” (2Cor 12,9). ¡Ahí puede haber vida!

Ir adentro no es encorvarme, porque ahí dentro brota inagotable el agua del Espíritu que sí sacia la sed (Jn 7, 38-39), que recompone y pone de pie porque es el mismo Amor de Dios (Rom 5,5) derramado en el corazón.

Sin esa experiencia de ahondar dentro, sin esa experiencia de lucha a muerte contra mis demonios, contra todo lo que me hunde y me mata… no habrá Pascua, no habrá Vida. Oremos desde lo que somos. Bebamos del agua de la Palabra de Vida. Comamos el Pan y bebamos el Vino. Ofrezcamos y recibamos un hombro amigo. Escuchemos el silencio. Practiquemos la misericordia. “Fijos los ojos en Jesús, nuestra Pascua”

 

¿QUIÉN SOY YO?

A lo largo de la vida de un ser humano se repite una pregunta como cantinela interior: “¿Quién soy yo?”. Esta pregunta nace inquieta en los primeros años de nuestra adolescencia e irá cobrando fuerza y empuje a medida que la vida avanza pujante por entre los aconteceres de cada uno/a.

Saber quién se es, es un deseo de todo ser humano. Muchas veces acallamos esa pregunta, otras la respondemos de manera superficial y rutinaria. En ocasiones, sucede que para responderla utilizamos tan solo los datos externos: “lo que dicen de mí”, otras veces nos refugiamos en nosotros mismos rechazando todo espejo exterior para crearnos una auto imagen que nos tranquilice, que nos complazca, que nos reafirme frente a críticas o frente a la propia inseguridad.

Sea como sea, la pregunta está ahí y hay muchos momentos en la vida de una persona en los que cobra fuerza y protagonismo. Durante la etapa personal, de formación de la propia identidad es necesario bucear una y mil veces en los fundamentos de tal identidad para construirla y darle consistencia. Sin embargo y paradójicamente, el siguiente paso será la “de-construcción” del “yo” que deje paso al verdadero Ser que se sitúa mucho más allá, en un Centro en el que somos todo con todo, uno con todos, parte del Todo, hijos e hijas de Dios y por lo tanto con esencia divina.

He escogido un poema de Dietrich Bonhoeffer titulado precisamente “¿Quién soy yo?”. Me llamó la atención encontrarlo entre sus cartas y apuntes durante su cautiverio. D. Bonhoeffer nació en 1906 en Breslau (Alemania). Fue pastor, teólogo y profesor. Miembro de la Iglesia confesante alemana, participó activamente en la resistencia contra Hitler. Fue encarcelado en 1943 y ejecutado el 9 de abril de 1945.

Este poema estremece por el contexto vital en el que fue escrito. Un hombre encarcelado, en medio de la Alemania nazi. Un ser humano que dentro de la cárcel, con coraje se enfrenta a las grandes cuestiones vitales. Agotado por la situación, aún ejercita una mirada auto crítica, reconoce con total franqueza y claridad los puntos débiles de su persona, lo que sólo uno mismo puede percibir de sí y el contraste que se genera con lo que los demás dicen de él. Surge la pregunta como surge en nosotros aun en circunstancias bien diferentes: ¿Soy realmente lo que los otros dicen de mí? / ¿O bien sólo soy lo que yo mismo sé de mí?”.

El contraste está ahí, nos puede llegar a inquietar, haciéndonos dudar de si no somos sino actores y nos lleva a ahondar en la pregunta. Bonhoeffer nos ofrece el lugar del descanso: la certeza de ser conocido por Dios expresado tan bellamente, con la imponente simplicidad de quien se abandona: “¿Quién soy yo? Las preguntas solitarias se burlan de mí. /Sea quien sea, Tú me conoces, tuyo soy, ¡oh, Dios”

¿Quién soy yo? Me dicen a menudo

que salgo de mi celda

sereno, risueño y seguro,

como un noble de su palacio.

¿Quién soy yo? Me dicen a menudo

cuando hablo con mis carceleros

libre, amistosa y francamente,

como si mandara yo.

¿Quién soy yo? Me dicen también

que soporto los días de infortunio

con amabilidad, sonrisa y orgullo,

como alguien acostumbrado a vencer.

¿Soy realmente lo que los otros dicen de mí?

¿O bien sólo soy lo que yo mismo sé de mí?

¿Intranquilo, ansioso, enfermo,

cual pajarillo enjaulado,

aspirando con dificultad la vida,

como si me oprimiera la garganta,

hambriento de colores, de flores, de cantos de aves,

sediento de cólera ante la arbitrariedad y el menor agravio,

agitado por la espera de grandes cosas,

impotente y temeroso por los amigos en la infinita lejanía,

cansado y vacío para orar, pensar, crear,

agotado y dispuesto a despedirme de todo?

¿Quién soy yo? ¿Éste o aquél?

¿Seré hoy éste, mañana otro?

¿Seré los dos a la vez? ¿Ante los hombres un hipócrita

y ante mí mismo un despreciable y quejumbroso débil?

¿O tal vez lo que aún queda en mí se asemeja al ejército derrotado

que se retira en desorden

sin la victoria que consideraba segura?

¿Quién soy yo? Las preguntas solitarias se burlan de mí.

Sea quien sea, Tú me conoces, tuyo soy, ¡oh, Dios!

Vivir la vida. Oración

Vivir la vida 

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Yo, naturalmente, no sé bien qué es la vida, pero me he determinado a vivirla.

De esa vida que se me ha dado, no quiero perderme nada:

no sólo no me opongo a que se me prive de las grandes experiencias,

sino también y sobre todo de las más pequeñas.

Quiero aprender cuanto pueda, quiero probar el sabor de lo que se me ofrezca.

No estoy dispuesto a cortarme las alas ni a que nadie me las corte.

Tengo más de cuarenta años y sigo pensando en volar

por cuantos cielos se me presenten,

surcar cuantos mares tenga ocasión de conocer

 y procrear en todos los nidos que quieran acogerme.

Deseo tener hijos, plantar árboles, escribir libros.

Deseo escalar las montañas y bucear en los océanos.

Oler las flores, amar a las mujeres, jugar con los niños, acariciar a los animales.

Estoy dispuesto a que la lluvia me moje y a que la brisa me acaricie,

a tener frío en invierno y calor en verano.

He aprendido que es bueno dar la mano a los ancianos,

mirar a los ojos de los moribundos, escuchar música y leer historias.

Apuesto por conversar con mis semejantes,

por recitar oraciones, por celebrar rituales.

Me levantaré por la mañana y me acostaré por la noche,

me pondré bajo los rayos del sol, admiraré las estrellas,

miraré la luna y me dejaré mirar por ella.

Quiero construir casas y partir hacia tierras extranjeras,

hablar lenguas, atravesar desiertos, recorrer senderos,

oler las flores y morder la fruta.

Hacer amigos.

Enterrar a los muertos.

Acunar a los recién nacidos.

Quisiera conocer a cuantos maestros puedan enseñarme

y ser maestro yo mismo.

Trabajar en escuelas y hospitales en universidades, en talleres…

Y perderme en los bosques, y correr por las playas,

y mirar el horizonte desde los acantilados.

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En la meditación escucho que no debo privarme de nada, puesto que todo es bueno. La vida es un viaje espléndido, y para vivirla solo hay una cosa que debe evitarse: el miedo (…)

Se puede vivir sin pelear contra la vida.

¿Por qué ir en contra de la vida si se puede ir a su favor?

¿Por qué plantear la vida como un acto de combate en lugar de como un acto de amor?

CON MARÍA, TODO VA BIEN. por Consuelo Ferrús

TODO VA MEJOR CUANDO ESTÁ MARÍA 

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Para este mes propongo una pista de oración mariana. Ella no puede faltar en la vida de cualquier persona para que las cosas vayan bien como todos queremos.

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Una vez leí un comentario al texto de las Bodas de Caná que me dejó buena huella. El texto es Jn 2, 1-11. 

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Al tercer día se celebraba una boda en Caná de Galilea; allí estaba la madre de Jesús. También Jesús y sus discípulos estaban invitados a la boda. Se acabó el vino, y la madre de Jesús le dice: —No tienen vino. Le responde Jesús: —¿Qué quieres de mí, mujer? Aún no ha llegado mi hora. La madre dice a los que servían: —Haced lo que os diga. Había allí seis tinajas de piedra para las abluciones de los judíos, con una capacidad de setenta a cien litros cada una. Jesús les dice: —Llenad de agua las tinajas. Las llenaron hasta el borde. Les dice: —Ahora sacad un poco y llevádselo al maestresala. Se lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde procedía, aunque los sirvientes que habían sacado el agua lo sabían, se dirige al novio y le dice: —Todo el mundo sirve primero el mejor vino, y cuando los convidados están algo bebidos, saca el peor. Tú, en cambio, has guardado hasta ahora el vino mejor. En Caná de Galilea hizo Jesús esta primera señal, manifestó su gloria y creyeron en él los discípulos. 

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Ya es significativo que Juan presente los comienzos de la vida pública de Jesús asistiendo con sus discípulos a una boda, en la que también está María como invitada. Sabemos que el relato tiene una intención teológica y por eso interesa ofrecerla como pista de oración. Es un relato que refuerza la fe y la confianza de los discípulos, gracias a la mediación e intervención de María.

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Hay un cruce de miradas y palabras muy interesantes para nuestra vida:

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María mira a los novios, ve que se les acaba el vino y mira a Jesús: NO TIENEN VINO. María atenta a nuestras necesidades. Siempre. Nada se le escapa. María sigue mirando allí donde se le da entrada en la casa, en la familia, en la propia vida. Las cosas nos irían mejor con María en nuestra casa.

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  • ¿Cómo de presente está María en tu vida? 

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María mira a los sirvientes: no hace demasiado caso a lo que parece una negativa de Jesús, o discrepancia de intereses, confía en Él y por eso dice a los sirvientes: HACED LO QUE ÉL OS DIGA y ante la actitud obediencial de estos siervos Jesús no puede negarse.

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María sabe muy bien cuál es su lugar. No es Dios, por eso remite a su Hijo. Mucha gente hoy no sabe decir apenas nada de lo que Jesús dice, o lo dice vaga, difusa y confusamente… Conocer lo que Jesús dice es una buena decisión. Escucha el consejo de María, haz lo que Jesús te diga. Cuando tengas dudas de por dónde ir, pregunta a Jesús, y obedece. No te equivocarás.

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  • ¿sabes tú lo que Jesús dice? ¿qué palabra o palabras suyas te vienen espontáneamente a la mente y al corazón? ¿Quieres conocer más? 

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María te mira a ti. Te conoce bien, como madre que es. Y presenta tus necesidades a Jesús. Pero te implica en el remedio a tus problemas y necesidades: haz lo que Jesús te diga, con total confianza.

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Hay muchas maneras de orar con María: meditar con sus palabras, con los textos que se refieren a ella en el NT, rezar alguna oración vocal, acudir a un santuario… haz lo que te guste, pero ten presente a María en tu vida. Es la última sugerencia que hizo Jesús desde la cruz: Ahí tienes a tu madre. Acógela como hizo Juan, en tu casa, entre tus cosas más queridas.

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Consuelo Ferrús,rmi

@consuelormi

ORAR CON EL CRISTO DE LA SONRISA. por Consuelo Ferrús

ORAR CON EL CRISTO DE LA SONRISA

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Proponemos en esta pista un ejercicio de contemplación. La del Cristo del Castillo de Javier, que nos lleva al acontecimiento pascual de Cristo muerto y resucitado, el centro de nuestra fe.

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El Cristo de Javier es un Cristo humano, con un cuerpo bonito, armonioso, digno. No es un Cristo de esos cargados de sangre, dramático y doliente. Guarda las huellas de la muerte, sobre todo esa herida en el pecho, directa al corazón, pero está vivo, porque sonríe y sus ojos están discretamente abiertos.

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Podríamos decir que es un Cristo joánico: un Cristo sereno y victorioso asentado en la cruz como en un trono de gloria. Su contemplación da paz y alegre serenidad. Es famoso por su sonrisa, con lo que parece que puede ilustrar bien el lema de que todo va bien… ¿incluso sobre una cruz?

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CRISTO-SONRISA-2El Cristo de Javier acoge y sonríe especialmente al que se acerca desde abajo a contemplarlo, lo cual ya es una invitación a la pequeñez, a situarnos como Él al comienzo de su pasión: a los pies de sus amigos, amando hasta el extremo. El Cristo de Javier sonriendo, en su serena  majestad parece decirnos el secreto de la vida pascual: el amor es más fuerte que la muerte. La alegría brota de la entrega, no en vano la contemplación de este cristo debió marcar la infancia de un gran misionero, S. Francisco Javier.

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La alegría brota de la certeza de que al final todo acaba bien, porque la última palabra la tiene el Dios de la vida, que no podía permitir que se perdiera la vida del ser humano que más amó, haciéndose obediente hasta la muerte y  muerte de cruz. Por eso, levantado en la cruz atrae a todos hacia sí (Jn 12, 32)

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  • Contempla la imagen entera en primer lugar. Fíjate en los detalles: la postura, las venas, la llaga… ¿Qué sentimientos provoca en ti?

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  • Enfoca tu atención en la cara, lo más llamativo de esta imagen. Contémplalo, como si estuvieras presente ante él, desde abajo y por el lado derecho de la imagen, desde donde más se percibe el semblante sonriente. Contempla en silencio. Es impresionante. Luego dialoga con tu Cristo: ¿por qué sonríes? ¿dónde está el secreto de tu alegría, de tu confianza? Deja que te responda con calma. VIVE LA PASCUA desde esas claves.

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Consuelo Ferrús,rmi

@consuelormi

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PONEOS EN PIE. Oración. Por Rosa Ruiz

PONEOS EN PIE, VOLVEOS A MÍ PARA SALVAROS. 

¿Quién os ha dicho que os quiero encorvados,

          agachados, encogidos?

¿De dónde sacáis que os quiero envueltos en lloros,

          golpes de pecho y sufrimientos artificiales?

¿Acaso no veis que el dolor es tan natural como la vida?

¿Acaso no habéis experimentado que las dificultades

          forman parte del camino

          y no hay que buscarlas ni construirlas de la nada?

PONEOS EN PIE, VOLVEOS A MÍ PARA SALVAROS.

¿Cómo podré convenceros de que mi corazón os quiere libres?

¿Cómo contaros que para volver a Mí

          siempre tendréis que estar vueltos hacia los demás

          y hacia la vida que bulle a vuestro alrededor?

PONEOS EN PIE, VOLVEOS A MÍ PARA SALVAROS.

Y, por favor, cuando retoméis el camino y

          volváis a Mí -conversión que lo llamas-,

          no olvidéis sonreír

          y bailar

          y gozar -también en el dolor del pecado y del error y del fracaso-

          y confiar a corazón abierto.

Ayuna con el agradecimiento

          de quien puede elegir no comer porque podría hacerlo.

Da limosna con la humildad

          de quien sabe que él es otro pobre indigente de tantos otros

Ora con la sencillez

           de quien ama y se sabe amado:

           el hijo con su madre,

           el amigo con su amigo,

            el esposo con la esposa.

Y, entonces, verás cómo sin apenas intentarlo, vives en pie, vuelto a Mí y a la vida.

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Rosa Ruiz,Claretiana

@rosaruizarmi

ORACIÓN REPARADORA. Por Consuelo Ferrús.

ORACIÓN REPARADORA 

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Marzo va a coincidir con la CUARESMA. Se nos va a proponer desde muchos ámbitos un cierto clima, actividades, un camino a recorrer.

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Desde esta sección, y de nuevo en relación con el lema yo me preguntaba ¿Y si no todo va bien en mi vida? Por ejemplo, que no vaya bien porque hay una relación personal indigestada, alguien con quien estoy enfadada, disgustada, alguien a quien yo he hecho mal y algo me recome por dentro… no me siento tranquila, en paz. O un sentimiento de incomprensión, de haber sido injustos conmigo, sentimiento de rechazo hacia mí que me hunde, me lastima. Este es el tiempo de la misericordia, primero con una misma, y por eso también con los demás. Es el tiempo de reparar, de rehacer, de empezar de nuevo. ¿cómo podremos hacerlo?

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  1. Sitúate de pie, con las piernas ligeramente entreabiertas, a la altura de los hombros, bien enraizado en la tierra. Los brazos también abiertos, muy abiertos, estirados, en actitud de total receptividad a Dios, al universo. Como los brazos de Jesús abiertos siempre en la cruz…

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Cierra los ojos y respira profundamente, cogiendo aire desde tus entrañas. Imagina, siente que te llueve el amor misericordioso del Dios Padre Bueno, un gran abrazo que te acoge como el Padre de la parábola. Recibes Amor.

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Siente que se derrama sobre ti el perdón de Dios. Al expulsar el aire puedes cerrar lentamente los brazos sobre tu pecho y gozarte recibiendo ese perdón, ese amor tan grande del Padre Dios. Te das el amor de Dios. Si eres así perdonado, si así te empapa el amor de Dios, ¿cómo no perdonarte tú a ti mismo el mal que hayas podido hacer? Es de lo más difícil, perdonar el mal que hemos hecho, pero no imposible para Dios. Repite el ejercicio hasta que vayas sintiendo paz.

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  1. Otra variante de este ejercicio de oración puede ser el mismo pero ahora tomando conciencia y poniendo nombre a personas que te han hecho daño, que les debes tu perdón, aunque no te lo hayan pedido. Ese perdón lo necesitas tú.

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Sitúate en la misma postura de inicio. Coge aire desde las entrañas, inspira, recibe el amor y el perdón que nos vienen de Dios.

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Al expirar el aire extiende tus brazos hacia delante, con las palmas mirando hacia arriba, imaginando y pensando en las personas a quienes quieres perdonar y envíales el perdón que recibes de Dios. Puedes nombrarlas en alto si quieres y ofrecerles tu perdón.

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Es un ejercicio sanador y reparador.

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SEÑOR DEL TIEMPO Y DE LA VIDA. Oración

 

SEÑOR DEL TIEMPO Y DE LA VIDA 

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Él envía el rayo y él va, lo llama y le obedece temblando; a los astros, que brillan gozosos en sus puestos de guardia, los llama y responden: ¡Presentes!, y brillan gozosos para su Creador

(Bar 3,33-35) 

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Así eres Tú, Señor del tiempo y de la vida:

Tú, que llenas de ritmo y compás cada cosa

          Cada latido

Tú que conoces mis tiempos y mis pausas

          Mis idas y venidas

          Mis aciertos y atropellos

          Mi música y mi silencio.

Acompásame, Señor, contigo

          Que respire con tu aliento

          Que camine con tus pasos

          Que mire con tus ojos

          Que responda con tu voz

          Que escuche con tu amor

          Que ame con tu libertad

Y mi corazón, pobre y gastado,

se llene de Espíritu

soplando agradecido:

Tú, mi ritmo.

Tú, mi compás.

Tú, mi silencio.

Tú, primer y último latido.

Tú, Señor de mi tiempo y de mi vida.

ORAR AL COMPÁS. Por Consuelo Ferrús.

ORAR AL COMPÁS. ORACIÓN 10 ANIVERSARIO 

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Proponemos este mes como pista la misma oración que realizamos en la celebración del pasado día 14 de enero.

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Las distintas intervenciones en la celebración tenían un denominador común. ¿cuál creéis?… pues la palabra ACOMPASANDO: con qué palabra se “traduce” en la Biblia, en la búsqueda diaria del querer de Dios, de felicidad, acompasando en la música, en la poesía y JPIC…

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Al tratar de sugerir una pista de oración caemos en cuenta de que la vida, la naturaleza, el cosmos tiene un ritmo inscrito, un compás. Se van sucediendo los días, estaciones, el año, también en la liturgia… En esta sección de acompasando habrá quedado ya claro que se puede orar de muchísimas maneras, en todo tiempo y lugar. Si se trata de acompasar nuestra vida con Dios, de caminar a su ritmo, vamos a realizar una sencillísima oración que es también una pista para cualquier momento.

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Todo en la naturaleza es ritmo, pero ¡no lo sabe!, simplemente lo vive. La grandeza del ser humano está en poder hacerse consciente de ello. Vamos a tomar consciencia de nuestro ritmo vital.

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En sus palabras de felicitación a la web, Miguel ángel Vázquez afirmaba lo siguiente: “Dicen que si dos personas se miran fijamente a los ojos durante el suficiente tiempo (no es necesario demasiado) los latidos del corazón de ambas se acompasan de forma automática”… ¿no os parece impresionante?

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Este texto nos da algunas pistas para la oración: Mirar y Acompasar latidos. 

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  • ImagenVamos a cerrar los ojos y concentramos la mirada del corazón en el corazón de Dios, que es todo amor“El mirar de Dios es amar” (S.Juan de la Cruz). “Mire que le mira. Y le acompañe y le hable y pida y se humille y regale con Él-” (Sta. Teresa de Jesús. V13). Mírale. Los ojos son el espejo del alma, transmiten diáfanamente lo que llevamos por dentro, lo que somos. Y así, con esta transparencia miramos a Dios y nos dejamos mirar por Él, que nos conoce bien, muy bien (Sal 138) y vamos alimentando nuestra mirada de fe.

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  • Puedes acompañar la mirada del corazón con un ejercicio de imaginación con los sentidos… métete en la escena de la última Cena en la que Juan apoya su cabeza en el pecho de Jesús. Lo más seguro es que escuchara su latido… descansa tú también tu cabeza en su corazón. Y escucha. Y acompasa.

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  • Por último escuchamos el latido de nuestro corazón, y concentramos la atención en la respiración. Un tiempo suficientemente largo, hasta ir percibiendo el sosiego y la paz de todo nuestro ser… hasta poder llegar a sentir que somos seres habitados, por Aquel que nos mira, nos cuida, nos sustenta.

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Orar sería eso: una mirada a los ojos, ¡durante el suficiente tiempo! Para que nuestro latido vital se vaya acompasando cada momento al de Dios, sin disonancias ni estridencias… suavemente, libremente, consentidamente. Es lo mejor que nos puede pasar. ¡Y podemos hacer prácticas en cualquier momento!

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