Eco Diario de la Palabra
 

Sororidad y más sororidad

La sororidad, entendida como “hermanamiento femenino o entre mujeres” es más necesaria que nunca para las mujeres de Iglesia: jóvenes, viejas, consagradas, no consagradas, de derechas o de izquierdas, católicas o protestantes, cristianas, musulmanas o cualesquiera que sean nuestros atributos. Son los signos de los tiempos los que nos recuerdan a las creyentes que es necesario mirarnos las unas a las otras con solidaridad y con reciprocidad.

Es cierto que desde la mirada de la fe, que todas compartimos, esa que nos hace sensibles al mundo desde el sentirnos abrazadas por un Amor con mayúsculas, debemos aspirar a la hermandad, sin género. Pero también es cierto que el saber que Dios nos quiere libres, e iguales, implica reconocer la privación de libertad y  justicia en muchas personas por el mero hecho de ser mujeres.

Debe preocuparnos que las niñas y adolescentes que se acerquen a la fe descubran en las instituciones que hay movimiento para que sus posibilidades sean las mismas que las de sus amigos. Debemos dar a conocer el papel de sus mujeres trabajadoras, de las monjas, religiosas, postulantes, novicias. Debe ocuparnos el hecho de que podamos aspirar a la misma autoridad y visibilidad.

Hay mucho trabajo por delante, mucho desgaste, mucho cansancio, mucho desentendimiento, pero también confianza, esperanza, ganas y encuentro. La sororidad nos hace mejores a todas (también a todos), esa es la aspiración de esta cualidad que ya es ineludible en el mundo en el que vivimos, como nos hizo mejores la fraternidad en su momento al reconocernos como semejantes. Trabajemos la relación entre nosotras para hacer posible el Reino: con sororidad y más sororidad.  

La voz de las mujeres

¿Alguna vez has visto reflejados un montón de sentimientos en una sola persona?

Rosa Zaragoza es cantante, mujer, compositora… Pone su voz al servicio de música sefardí, así como al servicio de las mujeres, del crecimiento personal, de la feminidad como generadora de expresión del cuerpo y del alma, la maternidad, la muerte….

Con su voz y su polifacética música es capaz tanto de transportarnos a lo más hondo de nuestro ser en canciones judeo españolas como Ein Keloheinu, así como conectarnos entre las mujeres y con la tierra como parte de ella que somos en canciones como A la luz de la risa de las mujeres; o hacernos bailar con Rumba de las madres;  O sentir la espiritualidad del alma con Desde el niño interior.

Si quieres ir más allá de lo común, no dejes de descubrirla.

Los pueblos originarios tienen voz

Sí, has oído bien. Además de tener voz, tienen voto… Y talentos. Porque también existen voces como la de Sara Curruchich. Cantante guatemalteca, compositora y activista por los derechos de los pueblos indígenas.

Mujer joven y de familia campesina, ha tenido que luchar contra la discriminación que sufre en su país, Guatemala,  como mujer, mujer indígena y mujer indígena campesina.  Pero su potente voz y su personalidad para reivindicar su cultura luciendo con orgullo su vestimenta maya y cantando canciones en las que combina el castellano con su idioma maya natal (el kaqchiquel), han hecho de Sara una mujer de referencia en su país.

Aquí podéis escuchar alguno de sus temas con los que se popularizó, Resistir, Ch’uti’ xtän (Niña), o el último de sus temas Entre la gente.

El mundo necesita más mujeres que sean voz de quienes no tienen voz

¡HARAMBEE!

Harambee. Todas juntas con un mismo objetivo. En swajili se dice «harambee». Una mujer hace 20 años en pleno Kenya se atrevió a alzar la voz. Su nombre, algo difícil de pronunciar: Wangari Maathai. Le costó la cárcel («por tener demasiada educación», le espetó su entonces marido con la connivencia cómplice de las autoridades locales y estatales) y la consecuente denigración social. Pero no calló. «¡Harambee!», gritaba más fuerte todavía. La llamaron la mujer-árbol, por empeñarse en plantarlos donde las autoridades solo veían el beneficio de unas pocas empresas transnacionales ante la desolación de las comunidades y, especialmente, de las mujeres, que son las que en muchos casos dependían directamente del ecosistema para acceder a agua potable y a los alimentos necesarios para sus familias.

Harambee. ¿Nos atreveremos hoy a entonarlo con la misma fuerza que su precursora keniata o fosilizaremos y domesticaremos, más bien, su espíritu en la inofensiva vitrina de los premios Nobel de la paz, año 2006? Por si valen de algo los datos, el año pasado en el Estado español cada minuto se efectuó una denuncia por agresión sexista, en la práctica totalidad de los casos violencia machista. 49 muertas. Y eso, mientras Jason Devillo canta Wiggle («voy a aprovechar la ocasión en el callejón, voy a revolcarla») y Daddy Yankee hace millones con su Gasolina, con el aplauso casi unánime de la juventud de hoy. Se hace muy necesario gritar hoy más que nunca «Harambee» y no mirar hacia otro lado con las más de 100 denuncias (¡y los casos que jamás sabremos!) de jóvenes entre 14 y 20 años. «Harambee», y levantarnos de una vez ante el vergonzoso uso del cuerpo de la mujer en los medios de comunicación social (Cf. Papa Francisco, Amoris laetitia 54) a los que inconscientemente aplaudimos cuando las cadenas suman gracias a nosotras cotas de audiencia, y los periódicos y las páginas web clientes y usuarios.

Harambee, porque somos «carne de la misma carne y hueso del mismo hueso»(Gn 2,20). Harambee, por la búsqueda conjunta y sincera de ese Dios que está por descubrir (así lo demuestran nuestros actos una y otra vez) y que es lo que nos une junto con todo el planeta (cf. Wangari Maathai). Harambee, por que esto dejen de ser palabras bonitas, «hasta que no cavamos el agujero, hasta que no hemos plantado el árbol, hasta que no hemso regado y cuidado, no hemos hecho más que hablar», Ibid.). Harambee, simple y llanamente harambee.