Eco Diario de la Palabra
 

Navidad: el SÍ en mayúsculas de Dios

En el momento en el que estamos, es fuerte la sensación de que las palabras se las lleva el viento y que solo lo escrito es firme y digno de confianza. Contra esta percepción nos sale al paso una breve expresión del evangelio: “sea vuestro lenguaje: sí, sí; no, no. Lo que pasa de aquí procede del Maligno” (Mt 5,37). Jesús nos anima a que cuanto digamos sea tan verdadero que no necesitemos jurar para convencer a nadie de su veracidad. Se trata de que nuestro modo de dirigirnos en el mundo convierta en fiable nuestras palabras. De este modo, ser creyente tendría que notarse en un discurso honesto y coherente.

No es pequeño el reto al que nos invita Jesús y del que Él mismo es modelo. Y no solo porque su modo de presentarse a los demás, sus palabras y sus gestos se merecían el reconocimiento de una autoridad desconcertante entre aquellos que le veían y escuchaban (cf. Mc 1,27). No, también se convierte en nuestro referente precisamente por lo que acabamos de celebrar un año más en Navidad: Él es la Palabra definitiva del Padre.

Dios, cuya Palabra es capaz de crear aquello que menciona (cf. Gn 1,3), se comprometió con la humanidad a fondo perdido. Y en ese empeño por tendernos la mano y el corazón, envió a su Hijo hecho uno de nosotros por puro amor (cf. Jn 3,16). Sí, Jesucristo es el SÍ con mayúsculas del Padre, la muestra encarnada de que sus promesas se realizan y de que su palabra es fiable.

NO TENGÁIS MIEDO

No tengáis miedo.  

Vosotros buscad a Jesús Nazareno, 

no está aquí, ha resucitado. 

Mirad el lugar donde lo habían puesto. 

Id ahora a decir a sus discípulos y 

a Pedro que irá delante de ellos a Galilea. 

Allí lo verán, como les había dicho. 

Mc 16,6-7 

 

 

“¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?” He visto al Señor, mi amor y mi esperanza. 

Lo he visto, no lo conocía, pero Él pronunció  mi nombre, el mismo nombre que pronunció al crearme y que sigue pronunciando cada día. Me dijo “María”, me lo dijo como sólo Él sabe, y entonces supe que aquel forastero era Él. 

Había visto los testigos de su resurrección pero hasta este momento no entendía. Había visto los ángeles que me hablaron y me dieron la gran noticia, pero no entendía, mi tristeza era demasiado grande. Vi el sudario, los lienzos, la tumba vacía, abandonada. Pero sólo cuando Él me miró como nadie me ha mirado jamás, y me habló supe que era verdad, y  grité llena de alegría, gozosa, ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! 

 Fui a ver a mis amigos, sus amigos que estaban llenos de miedo y no se atrevían ni siquiera a asomarse a la ventana y menos salir a la calle. Y les di la gran noticia, que ellos al principio no creyeron. Y les  comuniqué el mensaje de los ángeles “vayan a Galilea allí lo verán.” 

 Sí regresen a Galilea, donde todo empezó, donde todos nosotros, sus amigos, nos  enamoramos de aquel joven galileo, el carpintero de Nazaret, que nos hablaba palabras de amor cuando nos describía como era su Padre, cómo es Yahvé, que no es un Dios temible, sino que es un Abba, un papá. Y nos entusiasmamos con su sueño, su proyecto de cambiar el mundo, cambiando a los seres humanos. Su proyecto de que cada ser humano pueda sentirse amado,  por Dios a través del amor cercano y bueno de sus hijos e hijas que ya lo han conocido. Proyecto sencillo pero que nos compromete a la conversión de nuestros egoísmos. Sí, solo el amor nos cambia y cambia el mundo, nuestra sociedad. Sociedad que decimos está perdida, y que tendríamos que decir, está falta de amor y de ternura.  

 Yo cuando lo encontré quise abrazarlo,  besarle los pies, pero Él me dijo que no lo hiciera pues todavía tenía que ver a su Padre.  En mi desilusión y tristeza por no poderlo abrazar, me acordé que un día nos dijo, que todo lo bueno o lo malo que hiciéramos a otro ser humano, se lo hacíamos a Él.  Y solo entonces comprendí que su proyecto, su sueño, era esto, hacer sentir amor, ayudar, consolar…. a quienes caminan por la vida con nosotros. Que haciendo esto podemos siempre abrazarlo, besarle los pies, las manos… sentir su presencia, su mirada en la mirada de tantos que nos buscan para consolarse, sentirse que no están solos.  

 Hoy he leído en un mensaje de una iglesia de Francia donde el Obispo les decía “sólo hay que amar”