Eco Diario de la Palabra
 

Sororidad y más sororidad

La sororidad, entendida como “hermanamiento femenino o entre mujeres” es más necesaria que nunca para las mujeres de Iglesia: jóvenes, viejas, consagradas, no consagradas, de derechas o de izquierdas, católicas o protestantes, cristianas, musulmanas o cualesquiera que sean nuestros atributos. Son los signos de los tiempos los que nos recuerdan a las creyentes que es necesario mirarnos las unas a las otras con solidaridad y con reciprocidad.

Es cierto que desde la mirada de la fe, que todas compartimos, esa que nos hace sensibles al mundo desde el sentirnos abrazadas por un Amor con mayúsculas, debemos aspirar a la hermandad, sin género. Pero también es cierto que el saber que Dios nos quiere libres, e iguales, implica reconocer la privación de libertad y  justicia en muchas personas por el mero hecho de ser mujeres.

Debe preocuparnos que las niñas y adolescentes que se acerquen a la fe descubran en las instituciones que hay movimiento para que sus posibilidades sean las mismas que las de sus amigos. Debemos dar a conocer el papel de sus mujeres trabajadoras, de las monjas, religiosas, postulantes, novicias. Debe ocuparnos el hecho de que podamos aspirar a la misma autoridad y visibilidad.

Hay mucho trabajo por delante, mucho desgaste, mucho cansancio, mucho desentendimiento, pero también confianza, esperanza, ganas y encuentro. La sororidad nos hace mejores a todas (también a todos), esa es la aspiración de esta cualidad que ya es ineludible en el mundo en el que vivimos, como nos hizo mejores la fraternidad en su momento al reconocernos como semejantes. Trabajemos la relación entre nosotras para hacer posible el Reino: con sororidad y más sororidad.  

La vida con­sa­gra­da pre­sen­cia del amor de Dios

Jornada VC 2019

Los obis­pos es­pa­ño­les recuerdan  este año que “la vida con­sa­gra­da es pre­sen­cia del amor de Dios. Dice Papa Be­ne­dic­to XVI en el primer número de la Deus Caritas Est “Hemos creído en el amor de Dios […] No se co­mien­za a ser cris­tiano por una de­ci­sión éti­ca o una gran idea, sino por el en­cuen­tro con un acon­te­ci­mien­to, con una Per­so­na, que da un nue­vo ho­ri­zon­te a la vida…

 Me piden que, como laico, escriba sobre la vida consagrada. Para mí no existe la vida consagrada. No sé teorizar sobre ella. Para mí existen personas consagradas. Personas con las que he tenido muchos encuentros a lo largo de mi vida.

Hay quienes tuvieron ese encuentro con consagrados y les trajo oscuridad. A algunos esa oscuridad les acompañará y empañará el resto de su vida, no sólo de fe. Rezo por el ensombrecido y el que trajo la sombra…

No es mi caso. Consagrados y consagradas, amigos y hermanas, hermanos y amigas, han configurado en gran medida mi modo de creer en el amor de Dios. Decir eso es muy heavy, tanto o más que en el caso anterior, pero es completamente así. 

Recito el padrenuestro, poco a poco, y no leo teologías ni exégesis, veo encuentros, veo rostros:

Padre nuestro que estás en el cielo… y veo a quien me mostró que Dios no es mi padre, sino nuestro padre. Y que no es Padre, sino Papá… y Mamá.

Santificado sea tu nombre… y veo a quien, en su debilidad, se hace caridad, partiendo-se y repartiendo-se abandonandose en el nombre perfecto de Dios: el Amor.

Venga a nosotros tu Reino… y veo hombres y mujeres con fino olfato para casi pre-sentir las necesidades de quien tiene tiene frío, o hambre, o sed, o se siente solo, o desgraciada, o desplazado, o maltratada… y acudir al encuentro, dando vida, tiempo, silencio y palabra.

Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo… y veo consagradas castigadas, fatigadas, consagrados enjuiciados, envejecidos, pero que saben en Quién han confiado.

Danos hoy nuestro pan de cada día… y veo consagrados que, viviendo la Providencia, me enseñaron a CONFIAR.

Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…   y veo personas con hábito (de tela o de espíritu) a las que no se les caen los anillos por pedir perdón.

No nos dejes caer en la tentación… y veo hermanos y hermanas que, en situaciones muy concretas, han sido para mí rostro vivo de Dios Misericordia.

Y líbranos del mal… y veo amigos y amigas que se dejaron moldear, acrisolar, a veces por el fuego, a veces por silencio, a veces por las caídas, para vaciarse, para convertirse en puro recipiente.

Rostros de carne y hueso. Rostros débiles, algunas veces incongruentes y malhumorados. Otras, algo apáticos o un poco mandones. De barro al fin. Como nosotros… Pero ellos y ellas se fiaron. Dijeron sí. Fiat. Para toda la vida. Se nota. Y me gusta.

¿Por qué seguimos confiando en la Iglesia?

Todos nosotros tenemos una familia. Con sus defectos y sus virtudes,  reconocemos que es bueno amarla y construirla para que en ella podamos ser felices y aprendamos a crecer como personas.

No quisiera que sonara a “sermón” pero cuando me amenaza la desesperanza en la Iglesia recuerdo que el día de nuestro bautismo, el Espíritu Santo nos une a Jesucristo, haciéndonos hijos de Dios y hermanos entre nosotros. La Iglesia es una gran familia compuesta por personas, con virtudes y miserias, unidas en Dios. En ella buscamos la fuerza para ser más buenos, capaces de construir un mundo mejor.

Una sugerencia: reza el Salmo 42,11: ¿Por qué me voy a angustiar? En Dios pondré mi esperanza, y todavía lo alabaré.

En Dios, como familia, ponemos nuestra esperanza. Él nos hará más santos y sabios en nuestros gestos y palabras para poder cumplir con nuestra misión de anunciar la Buena Noticia del Amor de Dios a todos las personas.  #Yonopierdolaesperanza