Eco Diario de la Palabra
 

LA HISTORIA DEL BAMBÚ JAPONÉS: qué es realmente el éxito – cómo se consigue – cuál es su finalidad

¿Qué es realmente el éxito? ¿cómo se consigue triunfar en la vida? ¿cuál es la finalidad del éxito? o ¿acaso es él mismo éxito la finalidad en la vida?

¡Cuánto nos cuesta ser conscientes de que la formación interior e integral del ser humano -cimiento de todo triunfo personal- necesita tiempo, maduración, paciencia y dedicación!
“No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego. También es obvio que quien cultiva la tierra no se detiene impaciente frente a la semilla sembrada, y grita con todas sus fuerzas: ¡Crece, maldita seas!
Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo transforma en no apto para impacientes: Siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente.  Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto, que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles. Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de sólo seis semanas la planta de bambú crece ¡más de 30 metros! ¿Tardó sólo seis semanas en crecer? No, la verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años.  
Sin embargo, en la vida cotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que este requiere tiempo. Quizás por la misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados en corto plazo, abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta. Es tarea difícil convencer al impaciente que solo llegan al éxito aquellos que luchan en forma perseverante y saben esperar el momento adecuado. De igual manera es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a situaciones en las que creemos que nada está sucediendo. Y esto puede ser extremadamente frustrante. En esos momentos (que todos tenemos), recordar el ciclo de maduración del bambú japonés, y aceptar que -en tanto no bajemos los brazos -, ni abandonemos por no “ver” el resultado que esperamos-, sí está sucediendo algo dentro de nosotros: estamos creciendo, madurando. Quienes no se dan por vencidos, van gradual e imperceptiblemente creando los hábitos y el temple que les permitirá sostener el éxito cuando éste al fin se materialice. El triunfo no es más que un proceso que lleva tiempo y dedicación. Un proceso que exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar otros.
Un proceso que exige cambios, acción y formidables dotes de paciencia. Tiempo…
Cómo nos cuestan las esperas, qué poco ejercitamos la paciencia en este mundo agitado en el que vivimos… Apuramos a nuestros hijos en su crecimiento, apuramos al chófer del taxi…nosotros mismos hacemos las cosas apurados, no se sabe bien por qué… Perdemos la fe cuando los resultados no se dan en el plazo que esperábamos, abandonamos nuestros sueños, nos generamos patologías que provienen de la ansiedad, del estrés… ¿Para qué? Te propongo tratar de recuperar la perseverancia, la espera, la aceptación. Si no consigues lo que anhelas, no desesperes… quizá solo estés echando raíces….

HYPOMONÉ: LA PACIENCIA/PERSEVERANCIA EN LOS PADRES Y MADRES DE LA IGLESIA

Hablar de la paciencia/perseverancia (p2 a partir de ahora) en los tiempos que corren puede parecer un ejercicio de escapismo. Y sin embargo la necesitamos más que nunca, como brújula para guiar nuestros pasos.

A pesar de su riqueza, no tiene muy buena prensa, y parte de la culpa viene de su etimología, pues en el mundo clásico hay dos palabras para designarla: patientia, de origen latino (pati, “padecer”), con un carácter más pasivo que podríamos traducir por “calma, aguante”; y hypomoné (hypó = “bajo” y ménein = “permanecer”), de origen griego y con un significado más proactivo: “perseverancia”, “resiliencia”.  Por desgracia se ha impuesto la primera, con el olvido de la segunda.

Sin embargo, los Padres y Madres de la Iglesia tienen una idea mucho más rica y profunda de la p2 tanto por las fuentes de donde beben (pensamiento greco-romano y Biblia), como por la importancia que le conceden para la conformación del ser creyente.

Así, toman de la Antigüedad clásica el carácter de aguante y resistencia, de soportar de manera voluntaria y prolongada las dificultades de la vida, permaneciendo firmes en la opción que se ha elegido (Cicerón dixit): “Se trata de ser fuertes hasta el fin en la p2 de Cristo” dirá Ignacio de Antioquía en A los romanos 10,3. Pero liberan a la p2 pagana de su carácter egocéntrico, racionalista y triste, incapaz de aceptar ninguna ayuda exterior, como Ulises (“el que ha aguantado mucho”) o Hércules, el de los doce trabajos.

Porque la p2 cristiana se vive comunitariamente, en el seno de un pueblo, como expresa Clemente de Alejandría al identificar a la Iglesia con Rebeca, “que significa paciencia, que es solidez, sea porque ella es la única que dura por los siglos, siempre alegre, sea porque está constituida por la p2 de los creyentes, los miembros de Cristo”, Pedagogo I,5,21,3.

Además, la p2 cristiana no se queda en el presente, como la greco-romana, sino que permite contemplar la vida, tanto en sus acontecimientos más relevantes como en su lenta maduración (casi imperceptible), con los ojos del futuro (esperanza) y la fidelidad, pues “para que la fe y la esperanza puedan llegar a producir sus frutos tienen necesidad de la p2…, espera y p2 son necesarias para el cumplimiento de lo que hemos comenzado a ser y obtener, con la ayuda de Dios, lo que esperamos y creemos”, Cipriano, Sobre el bien de la paciencia 13. Y es que, “eliminada y abandonada la p2, desaparece y es eliminada la virtud que hay debajo, a la que sostiene y soporta, pues pierde sus raíces y su fuerza por completo”, ib. 15.

Es una p2 mesiánica, capaz de descubrir que las promesas del Señor se cumplen en el Mesías Jesús, fiel hasta la muerte por nosotros (cf Sant 5,7-8), pues “la p2 de la esperanza” (1Tim 2,13) nos permite trascender el aquí y el ahora y nos sustenta en el dinamismo hacia el más allá, hasta el punto de que vivir en la p2 es vivir ya en Cristo.

Sin embargo, es una p2 consciente de su vulnerabilidad. Por eso se apoya en la colaboración con Dios, de donde procede, pues “donde está Dios, allí está también su protegida [alumna], la p2, y cuando el Espíritu de Dios desciende le acompaña la inseparable p2”, Tertuliano, Sobre la paciencia 15,6.

Y es que la p2 cristiana constituye una pieza esencial en la espiritualidad del tiempo. De aquí las señas de su autenticidad:

  • alegre y sin prisas (“nuestra paciencia no es por un instante ni sin alegría”, Cipriano, A Demetriano 20): toda precipitación no solo es temeraria, sino contraria a Dios;
  • firme y pacífica, ya que los cristianos somos “el pueblo de la paciencia” (A Dem. 18) y la “religión debe defenderse no matando, sino muriendo, no por la violencia, sino por la p2” (Lactancio, Instituciones divinas 19,22).
  • Y, por último, una p2 que debe expresarse en “los actos, las palabras, el rostro y el corazón, que es la perfección”, Dichos de los Padres del desierto, Poimén

Aprender a estar presente. Por Carmen Jalón

Aprender a estar presente

para evitar la acumulación de bienes 

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Las herramientas que te propongo son la práctica de Atención plena (Mindulness) y de Compasión. Mindfulness no es algo nuevo, tratamos con algo realmente antiquísimo. No obstante, hace muy poco tiempo (apenas treinta años en Estados Unidos y actualmente en España) que mindfulness ha acaparado la atención no solo de la Psicología Clínica, sino de otros muchos ámbitos como son el educativo, empresarial, o deportivo. Mindfulness ha sido definido de múltiples maneras, para Kabat-Zinn, (2003) “es la consciencia que emerge a través de poner atención intencional, en el momento presente, de manera no condenatoria, del flujo de la experiencia momento a momento”. Y el inmenso potencial de estar presente nos lo recuerda el Papa: “Hacerse plenamente presente serenamente ante cada realidad por pequeña que sea nos abre muchas más posibilidades de realización personal y de comprensión. La experiencia cristiana propone un crecimiento con sobriedad y con capacidad de gozar con lo poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que nos ofrece la vida sin apegarnos a lo que no tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos.  Esto supone evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de bienes” (Sí n.222).

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Te propongo entrenar la capacidad de estar presente con una práctica sencilla:

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Se trata de que explores -cuando vayas de camino a tu casa- con exquisita atención, las hojas de los árboles o a los mismos árboles. Sin hacer nada especial, si no como si fueran unas hojas que no hubieras visto antes nunca. Como si no supieras que se trata de árboles y de hojas, como si fueras una persona de otro planeta y fuera la primera vez que los vieras. Te puedes fijar en los diferentes planos que podrás ver, en cómo se mecen las hojas aunque sea sutilmente, en los juegos de luces y sombras que se van componiendo a tu paso. Y hazte consciente de cómo te sientes cuando  termines ¡Y  ya sabes! ¡Con actitud amorosa y sin expectativas!

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Carmen Jalón

EL MIEDO AL CAMBIO. Por Víctor Vallejo

VALORAR EL SER: EL MEJOR ANTÍDOTO CONTRA EL MIEDO AL CAMBIO

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Los humanos, como cualquier animal, sentimos miedo. El temor cumple una función imprescindible para nuestra supervivencia y bienestar: gracias a él, en nuestro organismo se dispara una alerta que nos prepara para afrontar una posible amenaza. Gracias al miedo, por ejemplo,  puedo huir cuando veo que mi cocina se incendia y gracias al miedo no cojo una curva cerrada a 180 kilómetros por hora. Este es el tipo de miedo que nos hace prudentes. Pero lo mismo que existe un miedo que nos hace precavidos y nos ayuda a vivir, existe un miedo tóxico que nos impide alcanzar nuestras metas y lograr nuestro grado máximo de plenitud. Esta dificultad para avanzar hacia nuestras metas se identifica con el medio al cambio. ¿Por qué nos cuesta tanto el cambio?

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En primer lugar, nos cuesta cambiar porque los humanos desarrollamos hábitos de conducta que nos hacen más fácil llevar el día porque nos evitan estar tomando decisiones constantemente. Por ejemplo, tras levantarnos podemos tomar el hábito de desayunar café con leche y bollos y si alguien nos intenta convencer de que mejor sería tomar fruta, yogurt y muesli, nuestra primera reacción sería aferrarnos a nuestros viejos hábitos. Quizás sea más sano dejar atrás mis viejos hábitos pero éstos han generado una impronta en mi cerebro difícil de borrar. Parece que para conseguir que una nueva conducta decida se convierta de nuevo en un hábito, la debo repetir al menos durante sesenta y seis días. Es una estrategia que usa el poder de los hábitos para liberarnos de los que nos impiden nuestro desarrollo personal.

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En segundo lugar, nos da miedo el cambio porque intuimos que éste va a ir en contra de nuestras motivaciones más vitales y existenciales. Todos buscamos la seguridad material, el afecto, el éxito y el poder o influencia y, de forma paralela, vamos a sentir miedo a lo que amenace a mi vida, sentir miedo a ser rechazados, a fracasar y a perder poder o influencia. Uno puede desear estudiar historia pero por miedo a decepcionar al padre que espera que su hijo continúe con la tradición familiar, ese uno decide estudiar medicina. No sé muy bien por qué en España se tiene tanto miedo al fracaso, pero estoy seguro de que la educación escolar tiene parte de culpa. Y es que ya, desde la escuela, los profesores sacan a un alumno a la pizarra para castigar sus errores, no para valorar sus fracasos como medios de aprendizaje. Es por ello que en España cuesta tanto desarrollar un carácter emprendedor y nos aferramos tanto al trabajo fijo. Nos da miedo perder esta seguridad, si bien ahora, la crisis nos ha hecho espabilar.

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Como coach ayudo a mis clientes a establecer metas de acuerdo con su escala de valores más auténtica y a superar los miedos que van a surgir como reacción a su decisión al cambio. El miedo, en estas situaciones, nos nubla el juicio y nos impide poner los medios que están a nuestro alcance para conseguir acercarnos más y más a nuestras metas. Este tipo de miedo que nos perturba y nos quita claridad sólo se vence enfrentándose a él y descubriendo sus raíces: ¿mi miedo procede de mi deseo de perder seguridad económica o de no contrariar a nadie o de perder influencia o …? Cuando encontramos la raíz de este tipo de miedos y descubrimos que ellos no son amenazas tangibles (como la del incendio de la cocina), sino palos que se cuelan en los radios de la rueda que me conduce a mi plenitud, cuando descubrimos esto, el lobo se transforma en un aliado en mi camino hacia el verdadero éxito.

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Y, es que, para finalizar, este tipo de miedos se conectan con deseos-apegos que nos impiden vivir felices. Cuando mi vida se basa en el apego a la riqueza, al aprecio de los demás y al poder, en definitiva, cuando se basa en valores relacionados con el tener, surgirá en mí el miedo paralizante a perder aquello de lo que creo que depende mi felicidad. La misma Pilar Jericó, en un genial libro titulado “No miedo”, llega a la conclusión de que el miedo surge de la amenaza a perder lo que se tiene. “Por esto, el gran desafío para las personas y los profesionales que quieren ubicarse en la lógica del NoMiedo viene dado por el desarraigo. Cuando el valor que uno tiene de sí mismo radica en aquellas cosas que se poseen, el temor a perder los bienes materiales se convierte en el terror de que la existencia misma pierda sentido. Por el contrario, valorar el ser, antes que el tener, genera autoconfianza y constituye un escudo contra los miedos.”

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¡Qué sabias palabras: el antídoto contra el miedo al cambio es valorar el ser antes que el tener! ¡No tengas miedo, libérate de tus ataduras y, con sensatez, da el primer paso para cambiar tu vida a mejor!

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Víctor Vallejo

LA ESPIRITUALIDAD: FUENTE DE SENTIDO. Por Víctor Vallejo

 LA ESPIRITUALIDAD: FUENTE DE SENTIDO 

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Acabamos nuestro trayecto hablando de la espiritualidad. El coaching busca que las personas se desarrollen en plenitud y la plenitud sólo puede ser alcanzada si atendemos a todas las dimensiones de la persona. Somos cuerpo, mente, corazón y espíritu por lo que no podemos desatender ninguna de estas esferas. El cuerpo demanda que cubramos las necesidades ligadas a nuestra supervivencia (y por ello tenemos que trabajar); la mente nos abre a la realización personal desarrollando nuestras ganas de aprender (y por ello tenemos que estudiar); el corazón nos invita a amar a las personas (y por ello es recomendable relacionarnos con ellas en términos de ganar-ganar) y, por último, el espíritu nos llama a calmar nuestra sed de sentido y de aportación (por ello hemos de cultivar nuestra vida interior). 

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Cuando comencé mi formación como coach, pronto me di cuenta de la gran relación que existe entre el coaching y la espiritualidad. Para empezar, el coaching busca desarrollar el potencial de las personas para conseguir cambios coherentes y profundos. Es decir, el coach trabaja con la motivación de su cliente, con la energía que lo moviliza y le impulsa a salir de la mediocridad. Y si la espiritualidad es una fuente de energía tan válida como la emocional, la sexual o la intelectual, ¿por qué voy a dejar de contar con ella? San Francisco Javier recorrió a pie y en viejos barcos 100 mil kilómetros en poco más de 10 años. ¡Es impresionante! ¿Y de dónde sacaba fuerzas para ello? Fuera lo que fuera, provenía de su experiencia espiritual forjada en los Ejercicios Espirituales de san Ignacio, una experiencia de encuentro personal con Jesús que lo transformó y le llevó a dejarlo todo por seguirlo hasta los confines del Oriente lejano.

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¿Qué legado quiero dejar a la humanidad, a los que me rodean? ¿Qué sentido quiero dar a mi vida? 

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Robert Dilts, uno de los mayores expertos en coaching, dice que un coach puede llegar a trabajar en el nivel de las creencias y valores del cliente o, dando un paso más allá, en el plano de la identidad -que no es poco- pero, incluso yendo todavía más profundo, puede ascender a un nivel espiritual actuando como un “despertador” de la conciencia del cliente. Uno entra en el terreno del coaching espiritual cuando ayuda a las personas a responder a las grandes preguntas del “para quién” y “para qué”, o sea, las grandes preguntas del sentido: ¿Para quién vivo o hago lo que hago? ¿Para qué vivo o hago lo que hago? ¿Cuál es el sentido de vida y mi trabajo? San Ignacio de Loyola, por ejemplo, sin ser coach, llevó a este plano a san Francisco Javier que encontró en la espiritualidad cristiana el verdadero motor de su vida.

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¿Has sentido alguna vez la inmensidad? Yo mismo, cuando nació mi hija, la sentí claramente. Ella nació una tarde de verano…; el sol curioseaba por la ventana del paritorio y, al verla aparecer, sonrió luminosamente. Y cuando este mismo sol se marchó sonriente y ocupó su lugar la tranquila noche, ocurrió el milagro. En la habitación de la planta de maternidad, mientras su madre, agotada, dormía, tomé a Celia en mis brazos, me acomodé en el sillón y acerqué su diminuto cuerpo contra mi pecho. Entonces sentí que no sólo se henchía mi caja torácica, sino que una columna de amor subía desde ella hasta cielo, juntando lo divino y lo humano, traspasando mis costillas que abrazaban a una recién nacida que no era otra cosa que un regalo, un don del mismo cielo, allí presente, subiendo y bajando al son de mi respiración honda y serena. Por mucho que la ciencia avance y explique las vicisitudes de  la reproducción humana, en la habitación del hospital, experimenté que la vida es un regalo que nos brinda el Cielo, que el Cielo es todo y nosotros parte, una Parte que es todo porque es uno con Él… “Gracias, gracias Padre, por tan dulce regalo…” 

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Abrahan Maslow, psicólogo humanista famoso por su pirámide de las necesidades básicas, diría que lo que experimenté se llama “experiencia cumbre”. Este tipo de experiencias no son exclusivas de personas creyentes que profesan un credo religioso establecido, sino que cualquier persona puede experimentarlas; es más, Maslow sostiene que toda persona, de forma natural, porque somos seres espirituales, ha tenido este tipo de revelaciones, sólo que muchas veces las ignoramos, la olvidamos, las reprimimos o negamos por prejuicios culturales. Estas experiencias cumbre son el verdadero origen de la religión y ellas nos revelan la verdad sobre uno mismo, el mundo, el cosmos, la ética o Dios.

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Quienes tienen una experiencia cumbre -insisto, sean teístas o ateos-, entre otras cosas, sienten un acercamiento a la divinidad que les hace tener una visión positiva del mundo y despierta en ellos la piedad, la caridad y la bondad. Esa experiencia cumbre les reconcilia con la presencia del mal en el mundo y les hace alejarse de divisiones, conflictos y enfrentamientos. Además, tras una experiencia cumbre, la persona se siente más responsable y activa, justo la energía con la que un coach espera trabajar. Y Maslow concluye que estas características coinciden con la gente autorrealizada, aquellas que se sitúan en la cúspide de su pirámide de las necesidades.

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En definitiva, recogiendo los estudios de Maslow, la verdadera espiritualidad no puede sino conducirnos a nuestra autorrealización, plenitud, felicidad…, la meta última de la vida y el fin último del coaching espiritual.

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Con esta entrada ya me despido de todos aquellos que me habéis seguido a lo largo de este curso. Acabo lleno de agradecimiento hacia las Claretianas y el Equipo de Acompasando que tuvieron este sueño y día a día lo mantienen en la red (entiendo que con alegrías y desvelos). Y a vosotros, lectores, os deseo lo siguiente: encontrad un trabajo o una tarea que aproveche vuestro talento y alimente vuestra pasión y que dicha tarea o trabajo nazca para aliviar una necesidad noble del mundo a la que vuestra conciencia os haya impulsado a dar respuesta. O sea, que encontréis vuestro lugar en el mundo y seáis dichosos. ¡Confío en vosotr@s! ¡Confío en ti!

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Víctor Vallejo

¿ME ESCUCHAS? -escucha empática-. Por Víctor Vallejo

“Todo va bien si uno lo decide” supone pasar por la vida atento a lo que nos pasa. Tony de Mello, jesuita indio y maestro espiritual, en sus conferencias, nos recordaba un proverbio chino que afirma que cuando nuestros oídos no están obstruidos, el resultado es la audición, a lo cual añadía Tony de Mello: “cuando nuestro corazón no está obstruido el resultado es la dicha y el amor”. Pues bien, me gustaría dedicar esta entrada de Acompasando a limpiar nuestra capacidad de escucha para logar, de paso, mayor dosis de amor. Nadie nos ha enseñado a escuchar porque se supone que es que algo que adquirimos de forma espontánea, como la capacidad de andar. Pero una cosa es oír y otra escuchar. Pongamos un ejemplo:

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RELACIONES SANAS. Por Víctor Vallejo

¿JUGAMOS LA PARTIDA DEL GANAR-GANAR? 

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En la anterior entrada vimos cómo las relaciones sanas respetan la libertad y autonomía de nuestro prójimo. Una cosa es servir a los demás y otra vivir sometidos a los otros. Una cosa es liderar y otra dominar. Una cosa es amar y otra hipotecar tu valía personal. Ahora te propongo profundizar un poco más en el tema de cómo relacionarnos con los demás para alcanzar esa vida plena que buscamos.

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Covey, en su exposición de los siete hábitos de la gente altamente efectiva, explica que el paradigma de las relaciones basadas en la cooperación y en el equilibrio de dar y recibir se llama “ganar-ganar”. Un trato basado en ganar-ganar beneficia a ambas partes y reconoce que no se trata de excluir los intereses del otro, sino de reconocer que hay una solución que beneficia a ambos. El éxito personal no se consigue a costa de otros, sino gracias a otros. Sería ridículo que un matrimonio se preguntara: “¿quién gana en esta relación?” porque, como el mismo Covey aclara, si no están ganando los dos miembros de una pareja, no está ganando ninguno. Y si esto es así en un matrimonio, ¿por qué debería ser distinto en una relación de compañeros de clase o de trabajo?

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En un librito magnífico que os recomiendo leer (se titula La Buena Suerte, de A. Rovira y F. Trias de Bes), sus autores nos revelan que la buena suerte se crea, esto es, ella no te cae del cielo o es fruto de mero azar. Una cosa es que te toque la lotería y otra que trabajes para tener Buena Suerte en la consecución de tus metas. Pues bien, una de las reglas para crear Buena Suerte nos aclara que preparar las circunstancias para la Buena Suerte no significa buscar sólo el propio beneficio. Crear circunstancias para que otros también ganen atrae la Buena Suerte. Es decir, buscar “ganar-ganar” en nuestro trato con las personas supone allanar el camino para generar Buena Suerte en nuestras vidas.

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Este principio es algo que intento inculcar en mis alumnos: si ellos cooperan entre sí, dejan sus apuntes, explican al que más le cuesta, generan un clima de respeto en clase, favorecen la participación de otros…, en fin, esas circunstancias, beneficiaran a todos. Pensar en términos de “ganar-perder” es un engaño. ¿Voy a dejar de prestar unos apuntes a otro compañero para sacar mejor media que él? ¿No entiendo que cuanto mejor sea el nivel y el clima de compañerismo de una clase más contento estará el profesor y sacará lo mejor de él lo cual me beneficiará a mí mismo? Además, explicar lo que uno sabe a otro, no sólo me hace mejor persona (y mejor jefe en un futuro), sino que es la mejor manera de aprender.

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Algo de esto debería tener en la cabeza Nelson Mandela cuando, tras haber estado 27 años preso, fue elegido presidente y se esforzó por unir a negros y blancos en una misma causa. Es verdad que los blancos, con el régimen del apartheid jugaron a “ganar-perder”, pero dos errores no suman un acierto, y, ostentar el poder buscando la revancha era menos inteligente que usarlo para lograr la reconciliación social. Generar circunstancias para que negros y blancos ganaran mutuamente supuso invertir para que la nación de Suráfrica, a largo plazo, tuviera un futuro de Buena Suerte.

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Seguro que Nelson Mandela cumplía con los tres rasgos que definen el carácter de una persona que vive según el paradigma “ganar-ganar”. El primero de ellos, según Covey, es la integridad: el valor que nos atribuimos a nosotros mismos y que nos hace ser personas de principios y de palabra. El segundo es la madurez que para Covey es la capacidad de expresar las propias convicciones combinada con el respeto por las de los demás. Es el equilibrio entre la fuerza del yo y la empatía o entre la amabilidad y la valentía. Y, por último, tener un carácter propicio a la mentalidad “ganar-ganar” supone poseer una mentalidad de la abundancia, la creencia de que en el mundo hay lo bastante como para que nadie se quede sin su porción de éxito. Las personas con una mentalidad de la escasez se sienten mal si tienen que compartir sus capacidades, poder o beneficios porque cree que esto le restará oportunidades. De alguna manera, al empequeñecer el potencial creativo de la Realidad, se convierten en raquíticos morales y se pierden el don de la interdependencia.

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No se puede tratar a las personas en términos de ganar-ganar sin confiar en ellas. Es verdad que la vida no es tan idílica para que siempre podamos generar relaciones basadas en ganar-ganar, pero no por ello he de perder mi capacidad de confiar en las personas. La confianza es la base de toda relación que busque el crecimiento de la persona. Un coach, por ejemplo, no puede trabajar con un cliente si no ve en él una persona por naturaleza completa, creativa y llena de recursos.

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Estamos celebrando la Pascua, el acontecimiento espiritual que nos revela que ni la muerte ni la tiranía ni la sumisión tienen la última palabra. El futuro que Dios ha soñado para nosotros es un reino donde todos juguemos a ganar-ganar, un reino donde abunde la Buena Suerte. ¿Te apuntas a este juego?

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Víctor Vallejo

TE QUIERO PORQUE ME QUIERO Por Víctor Vallejo

TE QUIERO PORQUE ME QUIERO 

Ya hemos visto, al menos tres claves del éxito verdadero: uno, responsabilizarnos de nuestras acciones; dos, establecer un fin por el que merezca la pena luchar; y tres, gestionar eficazmente nuestro tiempo para ser dueños de lo que hacemos y no dejarnos atrapar por lo urgente, pero no importante. Pues bien, ahora tenemos que entrar en una nueva dimensión: la de nuestra relación con los demás. La plenitud no es un asunto privado, sino público ya que, como muy acertadamente dijo Aristóteles, somos animales políticos, o sea, sociales.

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Si bien nuestra felicidad implica relacionarnos con otros, no debemos mal interpretar que nuestra felicidad dependa de otros. La interdependencia se establece desde la autonomía y libertad. Hubo un clásico entre los libros de autoayuda que se titulaba Tus zonas erróneas (W. Dyer, publicado en España en 1978) cuya tesis principal era que cada uno de nosotros somos libres y responsables de elegir entre un comportamiento autorealizante o uno autoderrotante. Y una buena manera de autoderrotarse es generar relaciones de dependencia con los demás. El doctor Dyer defiende que “el telón de fondo de casi todas las neurosis es dejar que el comportamiento de los demás sea más significativo, más importante que el tuyo propio”. Y una manera de depender de los demás de forma insana es buscar su aprobación por encima de todo.

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Dyer mete el dedo en la llaga cuando, hablando de la búsqueda de aprobación, aborda el tema de la enseñanza escolar. Parece ser que, en la escuela tradicional (gracias a Dios se están produciendo cambios esperanzadores) se nos ha educado para “triunfar” buscando la aprobación de los demás. “Los colegios no son eficaces para tratar con niños que dan muestras de un pensamiento independiente. En la mayoría de los colegios, la búsqueda-de-aprobación es el camino del éxito”. Nunca nadie se tendría que venir abajo por no haber recibido la aprobación de un superior o un profesor. Hemos de evitar el riesgo de formar una personalidad sumisa que se someta a los criterios de otro por el miedo de defraudarlo.

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¡Ojo con los falsos poetas! Que nadie te conquiste (o no caigas en el error de intentar conquistar a alguien) susurrándote al oído: “sin ti yo no soy nadie”. ¡Menuda responsabilidad! Estar atado a alguien sabiendo que si lo dejo,  dejaría de ser persona. O menuda tortura: amar a alguien sabiendo que si te deja, te conviertes en una persona sin valor. ¡No! Está bien que tú seas tú, que te importes a ti mismo lo suficiente para relacionarte o amar a otra persona de forma autónoma y libre. No sé si no será muy poético, pero estaría bien escribir una canción que dijera: “Qué bello es tenerte a mi lado, sintiendo que, si me dejas, tras el dolor de tu partida, seguiré siendo yo misma, portadora de una sana autoestima”. 

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Se me rompe el corazón cuando escucho a una joven relatar que los años más tristes de su vida fueron cuando estaba saliendo con un chico que sólo la quería por su aspecto físico y reconocer que tenía miedo de mostrarse tal como era, de decir lo que pensaba sobre ciertos aspectos, expresar sus gustos, verdaderas emociones…, por temor a defraudarle y que ya no la siguiera queriendo. No menos triste es cuando otra chica te cuenta que dejó de hacer lo que realmente le gustaba por entrar a formar parte de las populares de su clase hasta que, menos mal, se dio cuenta de que todo era una farsa y que nadie la quería por ser realmente ella.

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Pues bien, una vez aclarado que necesitar a los demás para ser felices no es lo mismo que depender de los demás para ser uno mismo, pasemos a analizar en qué se han de basar las relaciones constructivas. Dice Covey que, cuando nos volvemos independientes, podemos elegir la interdependencia y construir relaciones ricas, duraderas y altamente productivas con otras personas igualmente independientes.

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Cuanto más mayor me hago, más claro veo que toda relación fructífera se basa en un dar y recibir recíproco y equitativo. Una relación en que una parte siempre da y no recibe, no es una relación basada en la caridad cristiana, sino una relación basada en la dependencia. El mismo san Ignacio, en la contemplación para alcanzar amor, aclara con gran precisión este punto: “el amor consiste en comunicación de las dos partes”, o sea, que el amante dé al amado de lo que tiene o sabe y que reciba otro tanto del amado y viceversa. Es más, la relación de Dios con los hombres es igual: Él nos lo ha dado todo, pero espera que nosotros, agradecidos y santificados, se lo devolvamos en la medida de nuestras capacidades. ¡Qué necio aquél que, recibiendo tantos talentos de arriba, no se los devuelve a su Señor con los intereses generados!

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El amor y las relaciones constructivas no se basan ni en “yo gano, tú pierdes”, ni en “yo pierdo tú ganas” ni en “perdemos todos”. El éxito de la interdependencia, como veremos en la siguiente entrega, se basa en el principio: “yo gano, tú ganas”, el famoso “win-win”.

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¡Encantado de encontrarme contigo! ¡Hasta nuestro próximo encuentro!

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Víctor Vallejo

LA FELICIDAD ACOMPASADA Por Víctor Vallejo

LA FELICIDAD ACOMPASADA 

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En esta ocasión, con motivo del aniversario de Acompasando,  os voy a ofrecer distintas realidades o acciones que necesitamos acompasar para alcanzar mayores cotas de bienestar y felicidad. ¿Qué acciones o realidades personales han de estar acompasadas para que exista una armonía en mi vida?

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Antes de entrar en aspectos de desarrollo personal, siempre me ha llamado la atención que en nuestra sociedad capitalista e industrial hay un gran DESAJUSTE ENTRE EL TIEMPO NATURAL Y EL TIEMPO SOCIAL. Vivimos acelerados, sumidos en un ritmo cultural que no respeta el tiempo ecológico. Baste apuntar que si de nosotros dependiera, lo mismo que aceleramos el tiempo de descongelación de un alimento, acabaríamos acelerando el ritmo biológico del embarazo para incorporarnos cuanto antes al ritmo laboral.

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Las empresas requieren un ritmo tan exageradamente rápido que favorecen el estrés y la pérdida de sentido ¿Cómo acompasar el tiempo de trabajo con las necesidades afectivas de mi pareja, hijos o compañeros de comunidad o con mis necesidades de ocio y tiempo libre?

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David Allen, autor del libro Organízate con eficacia, nos confiesa que la gestión eficaz del tiempo es para sacar momentos para “saborear la vida de una forma que parece más difícil de alcanzar cuando uno trabaja demasiado.”

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MEDITAR es sin duda una actividad que nos va ayudar a ser más conscientes y a saborear la vida dejando de lado tanta prisa. La meditación nos lleva al terreno del Ser (frente al del hacer) y nos posibilita algo tan básico y maravilloso como ser conscientes de nuestra respiración.

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Algo tan sencillo como repetir “recibo” y “doy” al son de nuestra respiración nos puede ayudar a ser mucho más felices. Este ejercicio espiritual nos recuerda, como dice Pablo D`Ors, que la vida consiste en un equilibrio entre “dar” y “recibir”. Lo mismo que no podemos vivir bien sin recibir el aire y soltarlo, tampoco podemos ser felices si no aprendemos a acompasar el dar y el recibir. Nadie te ama si no da ni si se niega a recibir.

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Por último, me gustaría dar otra pista que nos ayudará a nuestra salud psicológica. Se trata de adquirir LA ACTITUD DE LA AUTENTICIDAD tal y como la entendía Rogers: la capacidad de ser conscientes de lo que sentimos y de manifestarlo. Se trata de ser uno mismo, sin esconderse detrás de una fachada.

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La salud psicológica se resiente cuando, de forma inconsciente, nos negamos a aceptar ciertas emociones por resultarnos demasiado incómodas o difíciles de digerir. Esta es la primera manera de no ser auténticos. En unas convivencias una chica de 16 años relató al grupo de clase cómo había vivido dos años de su vida saliendo con un novio que sólo la quería por su aspecto físico. Ella cayó en la trampa de agradar y adaptar su conducta a esa demanda hasta tal punto que no decía lo que realmente pensaba o sentía por no defraudar a su novio. Hasta que un buen día se dio cuenta de que, en sus palabras, ya no era yo. “Somos yo” cuando somos capaces de acompasar mis vivencias emocionales con la sana aceptación de ellas al nivel de la consciencia.

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En el terreno de las relaciones sociales, la autenticidad supone la integración entre el mensaje que expreso y los propios sentimientos. No hay autenticidad cuando se esconde un sentimiento bajo expresiones que digan lo contrario de lo que se siente. Con este ejemplo, se entenderá estupendamente. Imaginemos una esposa y ama de casa que, tras un ajetreado día lleno de actividades difíciles de cuadrar (hacer la casa, compra, recoger niños del colegio, llevar a uno al dentista y conseguir los materiales de plástica al otro en el último momento…), llega a casa, molida y estresada, y se encuentra a su marido plácidamente recostado en el salón, con los pies sobre la mesilla, viendo la tele. “Vale, él está tranquilo cuando yo no he tenido un momento”, piensa mientras cierra la puerta, deja las bolsas, quita los abrigos a los niños que ya protestan por no querer ir al baño, cuando, de repente, tras darte cuenta de que se te ha olvidado comprar ajo, su marido le espeta desde el salón: “¿Qué? ¿Hoy no se cena?”.

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Es entonces cuando la mujer siente un enfado que le recorre todo el aparato digestivo de abajo a arriba, pero, inesperadamente, lo que le suelta a su marido es un lacónico “lo siento, no he tenido tiempo, ahora te la preparo”. Y acto seguido, en vez de saltarle a la yugular, se sume en una tristeza insospechada que hace pensar a su marido que no hay quién entienda a su mujer.

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¿Qué ha pasado en este ejemplo? Que la buena mujer, tal vez por condicionamientos sociales o tal vez porque confunde sumisión con amor (recordemos el dar y el recibir), ha escondido su enfado bajo la pena. Es decir, no ha integrado su enfado en la respuesta con su marido. O en otras palabras, no ha acompasado su emoción con su respuesta.

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RECAPITULANDO, nuestra paz interior y nuestra salud espiritual dependen, entre otras cosas, de que seamos capaces de dedicar unos minutos al día a rezar al compás de nuestra respiración. Hay que saber dar (ser independientes) y aprender a recibir (ser dependientes). Y, por último, nuestro desarrollo personal pasa por salir de situaciones de que destruyen nuestra verdadera identidad por incapacidad de integrar emoción y conciencia, por un lado,  y emoción y respuesta, por otro.

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Víctor Vallejo

NO TENGO TIEMPO, ¿PARA QUÉ? Por Víctor Vallejo

NO TENGO TIEMPO,¿PARA QUÉ? 

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Hasta ahora,en nuestras reflexiones acerca de cómo vivir una vida más plena,nos hemos movido en un plano “teórico”. Hemos definido el verdadero éxito basándonos en el “ser” y no en el “tener”,hemos explicado qué es ser proactivo y os hemos invitado a aclarar los principios realmente importantes que deben regir vuestras elecciones del día a día. Ahora os toca dar el paso al terreno de la práctica: organizar vuestra agenda,establecer prioridades de acciones diarias y semanales centrándoos en realizar tareas que os hagan más personas.

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¿Cómo organizas tu tiempo? ¿Eres de los que no hacen nada al respecto? ¿O de los que hacen listas de tareas y llenan su lugar de trabajo o la nevera de Post-it? A lo mejor,eres de los que dan un paso más y no sólo hacen una lista de cosas pendientes,sino que,además,las priorizas. Todo esto resulta útil,pero Covey,tras haber realizado un concienzudo estudio sobre los modelos de organización del tiempo,ha llegado a la conclusión de que “el desafío no consiste en administrar el tiempo,sino en administrarnos a nosotros mismos.” 

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Vamos a ver: todos tenemos la misma cantidad de tiempo,lo que nos distingue es la cantidad y calidad de cosas que tenemos que hacer en ese tiempo. Gestionar el tiempo consiste en la gestión de uno mismo,porque la clave reside en cómo actuamos cada uno ante las distintas cosas que van apareciendo en nuestra vida diaria y cómo vamos organizando nuestras tareas elegidas. Ya hemos adelantado en entradas anteriores que,para empezar,de nosotros depende no dejarnos atrapar por el activismo y,de vez en cuando,tomar distancia de nuestras actividades para preguntarnos: ¿a dónde voy y a qué? ¿Esta actividad me conduce a lo que considero mi propósito de vida o a una meta libremente elegida?

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En nuestro día a día sólo hay cuatro tipo de actividades: lo urgente e importante,lo urgente y no importante,lo que no es ni urgente ni importante y,por último,lo que es importante pero no urgente. Expliquemos rápidamente cada una de ellas.

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sin-tiempo.

Lo urgente e importante es todo aquello que requiere una atención inmediata y cuyos resultados son decisivos para nuestros intereses. Si estoy en mi casa y mi mujer me dice que se está quemando la cocina,dejo todo y me pongo a apagar el fuego. En nuestra vida hay fuegos que descuadran nuestra agenda porque requieren una atención y acción inmediata. Los fuegos hay que apagarlos,pero no podemos pasarnos el día apagando fuegos (también podemos,prevenirlos,por ejemplo).

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Lo urgente y no importante es todo aquello que llama nuestra atención (porque proviene de una demanda externa) pero cuya realización no contribuye a nuestro plan de realización personal y profesional. Para entender este tipo de actividades sólo hay que ver cómo hoy en día pasamos mucho tiempo mirando al móvil para atender multitud de mensajes. Abrir el Whasap,el Facebook,Instagram…, por no hablar del correo en el trabajo, porque nos ha saltado un aviso,nos puede llevar a perder el tiempo miserablemente o,al menos,a perder la concentración en aquello que estábamos realizando. Esto desgasta,pero más grave resulta dedicar muchas energías a todas aquellas tareas que realizamos por no haber sabido decir que no. Aquellas personas que viven centradas en cumplir las expectativas de los demás acaban por hacer lo que otros le demandan olvidándose de sus prioridades y de sus propias metas de desarrollo personal. En la siguiente entrega hablaremos más de este tema.

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Lo no urgente y no importante es lo que directamente tendríamos que enviar a la papelera de reciclaje. Centrarnos en este tipo de tareas nos convierte directamente en unos irresponsables. Y ojo,aquí no entrarían las actividades que ocupan nuestro ocio,siempre que ese ocio (no urgente) sea importante (nos construye como personas y nos capacita para seguir con nuestras tareas).

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Pues bien, todo esto es para afirmar que las personas efectivas dan prioridad a lo NO URGENTE,PERO SÍ IMPORTANTE. Este tipo de tareas no son urgentes porque no surgen de una demanda externa que requiere nuestra atención inmediata y son importantes porque el realizarlas me acerca al tipo de vida que realmente deseo llevar y me realizan a nivel personal. Entre este tipo de actividades nos encontramos,por ejemplo,construir relaciones; elaborar un plan de vida personal,familiar o laboral; rezar; dedicar tiempo a la formación; hacer deporte; visitar a tu abuela que vive en una residencia…

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Stephen R. Covey nos propone una manera de saber qué es importante,pero no urgente. Es muy simple,escucha esta pregunta y tómate un tiempo para responderla: ¿qué puedes hacer en tu vida personal o profesional que,de hacerlo regularmente,representaría una tremenda diferencia positiva en tu vida?  

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relojEn estos días he visto un vídeo que pulula en las redes sociales que realiza un experimento social. A distintas personas se les pregunta,en primer lugar,quiénes son sus seres más queridos; en segundo lugar,qué les regalarían si no tuvieran límites económicos y,finalmente,se les lanza la pregunta de qué les regalarían si fuera la última Navidad para ese ser querido. Aquí es donde llega la parte emocionante del vídeo y las personas dan respuestas de este tipo: estar más tiempo con ella,organizar una cena donde estemos toda la familia junta,llevarla al pueblo donde nació,etc.

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¿Qué harías tú si fuera el último mes de tu vida? ¿Qué harías por los demás si fueran a morir en una semana? ¿Qué no dejarías de hacer para ser más feliz contigo mismo,con los demás y ante el mismo Dios?

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Estamos inaugurando un año nuevo y están de moda las listas de buenos deseos. En coaching decimos que una meta es un sueño con fecha de caducidad. El infierno está lleno de buenos deseos. Si quieres ser efectivo y responsable con tus sueños,pon en tu agenda semanal acciones concretas que te lleven a acercarte a tus buenos deseos y responsabilízate de llevarlas a término.

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Víctor Vallejo