Eco Diario de la Palabra
 

Ser buena noticia

Hay personas que resultan agradables nada más verlas. Sin ningún motivo especial, sus gestos, la sonrisa o simplemente la mirada parece que nos desarman. Son personas que nos devuelven la cara amable de la existencia de forma natural y nos recuerdan que hay más motivos por los que alegrarnos y sonreír a la vida que por los que recelar y desconfiar. Estas personas se camuflan entre multitudes de seres de gesto fruncido y rictus circunspecto para salir de su escondite cuando menos lo esperas. De repente y sin previo aviso, uno te sonríe mientras espera su turno en algún puesto de administración, otro te ofrece adelantarte en la cola del supermercado, y otros muchos caminan con cara de que todo va a ir bien.

El término griego evangelio significa buena noticia, pero quizá no siempre tengamos presente lo que implica que los primeros discípulos “bautizaran” así a los relatos sobre Jesucristo. Sin duda estos primeros creyentes tenían muy claro que lo que caracterizaba su experiencia del Galileo era, precisamente, que su pasar por la vida había sido una verdadera “buena noticia”. Estoy segura de que ellos vivieron con Él algo parecido a lo que supone para nosotros encontrarnos por el camino a una de estas personas con las que es fácil fijarnos en el lado bueno de las cosas y que se convierten también en buenas noticias allá por donde van.

A veces pienso que ser cristiano se podría traducir por adiestrar nuestra mirada para que se asemejara a la de estas “buenas noticias” andantes. Quitarnos de encima todos los recelos, desesperanzas y sospechas que oscurecen nuestro gesto para que nuestra actitud y nuestra sonrisa devuelvan a quienes nos miran un motivo para amar la vida.

RECUPERAR RUTINAS

La importancia de las rutinas

Por desgracia, el día a día tiene muy mala prensa. Por una parte, aquello extraordinario que no hacemos habitualmente encierra la atracción de la novedad. Por otro lado, la mala fama que tiene la rutina se debe a que la identificamos con llevar adelante la existencia de modo mecánico, con poner el “piloto automático” de la vida y dejarnos llevar por ella.

Cualquier maestro o padre sabe que los horarios fijos y las costumbres repetidas son fundamentales para los niños pequeños, pues nos estructuran por dentro. Pero, además de esta necesidad psicológica que todos tenemos de mantener unas rutinas, también el Evangelio rompe una lanza a favor de lo cotidiano. Es ahí, en el día a día, donde Jesús nos sale al encuentro, donde se nos pide caminar detrás de sus huellas y cargar con la cruz “de cada día” (Lc 9,23). Igual que en el Padre Nuestro pedimos recibir el pan necesario para la jornada que tenemos delante (cf. Mt 6,11; Lc 11,3), también tendríamos que solicitar la fe necesaria para vivir el día que tenemos delante descubriendo al Señor que nos sale al encuentro en los otros, especialmente en sus “hermanos más pequeños” (cf. Mt 25,34-40).

Se trata de adiestrar la mirada para reconocer el brillo del Evangelio entre los tonos grises del día a día, del mismo modo que Jesús era capaz de descubrir la dinámica del Reino de Dios en una mujer que pone levadura en la masa del pan (Mt 13,33). Somos invitados a seguir a Jesús en la calderilla de la vida, en lo gris y cotidiano que nunca escribiríamos en nuestra biografía. Entre las líneas de lo de “todos los días” se oculta el paso sigiloso del Señor.

Lo que hiciste a otro ser humano, me lo hiciste a Mi

Mateo 25, 25-34

Vengan benditos de mi Padre, porque tuve hambre, tuve sed…. Y me socorristes… ¿Cuándo? No recuerdo haberte visto hambriento, sediento… ¿ni siquiera recuerdo haberte visto? La verdad es que me paso la vida sin verte ni oírte, son tan pocas las veces que puedo percibir tu presencia y entonces la oscuridad de mi vida se ilumina con tu presencia, pero esto no sucede casi nunca… Siempre que lo hiciste para otro ser humano necesitado, me lo hiciste a Mi.  

Sí, podría recordar muchos rostros concretos, gente buena que da de lo suyo, se da  sí mismo a los más pequeños. Dios se lo pagará sobreabundantemente… siempre que lo hiciste a alguno de mis hermanos más pequeños… Son esas personas buenas que hacen realidad hoy la parábola del Evangelio.

Pensé también en la repercusión de cualquier obra buena en el corazón y en el recuerdo de quienes lo reciben. Tal vez a algunos les sirva para descubrir la presencia de Dios, a otros a despertar el deseo de hacer el bien cuando sean mayores, a otros cómo ser buenos y compasivos y acogedores con sus compañeros. El bien se propaga y nos invita a imitarlo. Gracias a todos los que os decidís a empezar una cadena de bondad y alegría en  nuestro mundo empezando siempre por los más pequeños.

 

FELICIDAD Y EVANGELIO

Me encanta pasar un tiempo tranquilo en una gran librería. Mirar con calma los libros expuestos, recorrer sus portadas y echar un vistazo a los pequeños resúmenes que aparecen en la parte de atrás. Una de las cosas que más me llama la atención es la cantidad de libros catalogados bajo el título de “autoayuda” que pueblan las estanterías de estos comercios. Se supone que la pretensión de todos ellos es hacer posible que los lectores “solucionen” un aspecto de su vida que no les permite ser felices. Y es que, si hay algo que todo ser humano anhela en lo más profundo de su corazón, eso es ser feliz. Nadie está “a salvo” de este deseo que brota de nuestro interior, pero seguro que la definición que damos de lo que significa “ser feliz” varía mucho según la persona que responda.

Para muchos, ser feliz tiene que ver con ser queridos, con mantener un trabajo estable y no tener problemas económicos, con tener buena salud y poder prescindir de atenciones médicas… pero, si le preguntamos al Evangelio por lo que da la felicidad ¿qué nos respondería? En distintos momentos, se afirma que hay gente feliz: es feliz María porque ha creído en la promesa dada por Dios a pesar de que ésta le haya complicado la vida (Lc 1,45). También se dice que son felices los pobres, los que tienen hambre y los que lloran porque el Señor no se desentiende de su suerte aunque las apariencias engañen (Lc 6,20-21). Todos nosotros podemos ser felices según el Evangelio cuando nos odien y maltraten a causa de Jesús (Lc 6,22), o cuando la vida y las palabras del Galileo no nos escandalicen (Lc 7,23). Pero, sobre todo, somos felices cuando acogemos la Palabra de Dios y la guardamos en el corazón (Lc 11,27-28).

Sí, es verdad que esta felicidad que nos promete Jesús es un poco paradójica y que es muy probable que estas promesas de dicha no se vendieran muy bien en ninguno de esos libros de “autoayuda”. Pero, en algún lugar de nuestro corazón, ya hemos saboreado que la verdadera bienaventuranza tiene que ver con saber que estamos en las Manos de Dios aunque las circunstancias no sean halagüeñas, que amar de modo incondicional y gratuito es mejor que empeñarnos sólo en recibir cariño y que haber conocido a Jesucristo y su Palabra es el mayor regalo que jamás hemos recibido. ¡Y esto nos hace extremadamente felices!