Eco Diario de la Palabra
 

Que nada te turbe

Nada te turbe, nada te espante todo se pasa.

Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza,

quien a Dios tiene nada le falta sólo Dios basta.”

Santa Teresa de Jesús.

Nada te turbe.

¿Qué me puede hacer tambalear?

¿Qué o quién puede descolocar mi vida?

Nada te espante.

¿Qué me da miedo, me inquieta, me quita la paz interior?

¿Qué temo o a quién temo?

Dios no se muda.

Dios no cambia. No abandona. Permanece. ¿Está presente en mi vida?

¿Me he alejado de Dios? Mis metas ¿ya no son sus metas?

La paciencia todo lo alcanza.

La virtud que ayuda a afrontar la adversidad. La calma, el sosiego, la serenidad, el autocontrol, el equilibrio interior.

¿Afronto lo que me ocurre con serenidad o voy acelerado/a?

¿Me detengo que lo que importa o voy pasando página?

Quien a Dios tiene, nada le falta.

¿Qué llena mi vida? ¿Quién llena mi vida?

¿Me empeño en consumir, en llenar mi tiempo, en tener la agenda completa?

¿Siento un profundo vacío interior?

¿Qué es lo que da sentido a mi vida? ¿Quién?

La fe en Dios, la oración, da fuerza para avanzar.

¿Cultivo mi interior? ¿Fortalezco mi fe?

Nada más quiero, nada más Cristo

Mª Antonia París

https://www.youtube.com/watch?time_continue=3&v=mKRLw2zkc8s

EL AMIGO DEL DESIERTO, Pablo d’Ors

Pablo d’Ors, sacerdote y novelista, es un escritor con el que podemos disfrutar y meditar a la vez. El amigo del desierto es una obra tan sencilla como hermosa y, aunque no tiene la envergadura de sus hermanas – El olvido de sí y Biografía del silencio -, nos encontramos ante una novela que nos ayudará a reflexionar sobre la vida y la vocación. Las tres forman parte de una trilogía relacionada con la vida de Charles de Foucauld y su espiritualidad, donde la filosofía de aprender a ser felices desde el goce de lo sencillo y el desprendimiento lo impregna todo.

El amigo del desierto es la historia de un hombre que siente cierta curiosidad por el desierto. Un hombre maduro, con una vida cómoda y anodina, decide contactar con una asociación llamada Los amigos del desierto. Con ellos establecerá una relación singular, algo extraña, diría. No son una asociación al uso. Para ser miembro deberá ser aceptado y superar la desconfianza que les produce el común de los solicitantes que, al parecer, no aman el desierto, sino simplemente sienten curiosidad por él.

En el caso de nuestro protagonista probablemente era uno de ellos, pero a fuerza de ser rechazado, su interés fue en aumento. Al parecer, en un principio fue por curiosidad, luego por obstinación, hasta enamorarse de él. Al final del libro, el lector comprende que el único protagonista de esta sencilla historia estaba en búsqueda, aún sin saber lo que estaba buscando. Es como si el desierto lo hubiese encontrado a él, y no al revés.

Pablo d’Ors construye con esta novela la alegoría de una vocación. Nos está hablando de la búsqueda de diferentes desiertos argelinos y de la belleza desolada de Benni Abbès. Sin embargo, al mismo tiempo, no nos está hablando de esto. En el fondo, d’Ors trata el tema de la búsqueda, la de cada uno de nosotros. No todos nos atrevemos a hacerla, pero cuando iniciamos el camino vocacional algo se va resquebrajando en nuestro interior, como si nuestra vida pariera otra existencia dolorosamente, pero llena de lucidez y esperanza.  

Cada uno tiene una vocación. Cada uno de nosotros está llamado a algo y el saber descubrirlo es cuestión de insistencia e interés. A veces, nuestra búsqueda puede parecer errática, pero Dios se vale de señuelos que nos son útiles para atraernos al principio, como si fuéramos niños.

Y al final, cuando uno encuentra su desierto, ya no es visto como antes. Ya no es lejano, ni doloroso, ni extraordinario… Es, simplemente, su lugar.

 

Navidad: el SÍ en mayúsculas de Dios

En el momento en el que estamos, es fuerte la sensación de que las palabras se las lleva el viento y que solo lo escrito es firme y digno de confianza. Contra esta percepción nos sale al paso una breve expresión del evangelio: “sea vuestro lenguaje: sí, sí; no, no. Lo que pasa de aquí procede del Maligno” (Mt 5,37). Jesús nos anima a que cuanto digamos sea tan verdadero que no necesitemos jurar para convencer a nadie de su veracidad. Se trata de que nuestro modo de dirigirnos en el mundo convierta en fiable nuestras palabras. De este modo, ser creyente tendría que notarse en un discurso honesto y coherente.

No es pequeño el reto al que nos invita Jesús y del que Él mismo es modelo. Y no solo porque su modo de presentarse a los demás, sus palabras y sus gestos se merecían el reconocimiento de una autoridad desconcertante entre aquellos que le veían y escuchaban (cf. Mc 1,27). No, también se convierte en nuestro referente precisamente por lo que acabamos de celebrar un año más en Navidad: Él es la Palabra definitiva del Padre.

Dios, cuya Palabra es capaz de crear aquello que menciona (cf. Gn 1,3), se comprometió con la humanidad a fondo perdido. Y en ese empeño por tendernos la mano y el corazón, envió a su Hijo hecho uno de nosotros por puro amor (cf. Jn 3,16). Sí, Jesucristo es el SÍ con mayúsculas del Padre, la muestra encarnada de que sus promesas se realizan y de que su palabra es fiable.

Preparándonos para celebrar #Claret 2018

“Quien más y más me ha movido siempre es el contemplar a Jesucristo cómo va de una población a otra, predicando en todas partes; no sólo en las poblaciones grandes, sino también en las aldeas; hasta a una sola mujer, como hizo a la Samaritana, aunque se hallaba cansado del camino, molestado de la sed, en una hora muy intempestiva…” (Aut. Claret 221).

¿Y a ti qué es lo que más y más te mueve en la vida?

“SÓLO DIOS BASTA”

En la catequesis me impactaba siempre oír formular el primer Mandamiento: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Era como un imperativo grandioso, que retumbaba en mis orejas, y me dejaba con muchos interrogantes. Lo veía muy grande, no inalcanzable, pero sí peliagudo: “¿cómo se logra esto?”. La verdad, me pudo siempre la vergüenza, y nunca me atreví a formular esa pregunta a nadie: ni catequistas, ni familiares, ni profesores… A nadie. Pero rondaba en mi interior, como una música de fondo. Para nada inquietante, pero sí como algo de verdad importante. Quizás un reto interesante, o una cuestión que merecía la pena explorar, o un proyecto en el cual no me disgustaba invertir energía.
Te vas haciendo mayor, vives etapas de diferentes colores y sabores… Pero aquella Voz ha persistido, suave y delicada. Y es ahora cuando contemplo que fue ella la que me guió imperceptiblemente a tomar partido por unas opciones o por otras. A hablar de una determinada forma (incluso a callar), o de otra. Aquella Voz ha sido un guía, un maestro interior. En su misma escasez de realización (nunca se llega), el primer Mandamiento tiraba de mí y me ayudaba a construir mi vida de fe.
Hace poco, hojeando el Catecismo (nº 1807), me sorprendió encontrar asociada o asimilada la llamada “virtud de la religión” a la virtud cardinal de la justicia. Justicia considerada, no ya únicamente hacia nuestros hermanos más pobres y desheredados de la tierra…, sino justicia para con Dios: darle a Dios aquello que le pertenece. “Al Cesar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Darle lo que me ha dado, o sea, todo. Darle, en un movimiento de reciprocidad, libre y alegre, mi vida. “Aquello que habéis recibido gratis, dadlo gratis”.
El primer Mandamiento es el gran olvidado. Dios es “el Gran Olvidado”. Nuestra vida, tan breve, no nos pertenece: nos ha sido confiada, otorgada, regalada… Y te preguntas, mirando alrededor, si alguien piensa en Quién nos la confió, otorgó, regaló… Si alguien le musita un “gracias” desde lo más hondo del corazón… y al hacerlo, siente en carne viva, que sólo su Dios le colma, le sacia, le plenifica…
Creo que Santa Teresa sabía algo (o mucho) del primer Mandamiento… y de ahí su exclamación: “¡sólo Dios basta!”.

INTELIGENCIA ESPIRITUAL Y FE CRISTIANA

En el ámbito de las inteligencias múltiples hace tiempo que se habla de la “inteligencia espiritual” como una más de nuestras inteligencias, es más, como aquella que aporta a todas las demás mayor hondura. En ese sentido todo ser humano, participe o no de una creencia religiosa concreta, posee ese tipo de inteligencia.

Sin embargo, para quien se adhiere a una determinada religión ésta confiere a esa dimensión espiritual unos acentos concretos. Así, en el caso del cristianismo, la vida de Jesús de Nazaret, es el referente último para el/la cristiano/a. En este sentido, el evangelio nos descubre que la espiritualidad cristiana es la espiritualidad del amor prójimo. El amor a Dios pasa por el amor al prójimo de una forma inseparable, tanto es así, que en el evangelio de Mateo Jesús define como “benditos de mi Padre” a todos/as aquellos/as que, aun no creyendo en Dios o no sabiendo de él, hacen el bien, ayudan a los demás, hacen de la caridad su “ethos” (Mt 25,31-46). Igualmente, en la parábola del buen samaritano una vez más, la fe en el Dios de Jesús se traduce en la capacidad para hacerse prójimo con un acto de voluntad. Si nos fijamos en esa parábola, Jesús deja muy claro que nos son precisamente las personas “objetivamente” religiosas (el sacerdote, el levita) quienes viven la auténtica espiritualidad, sino muchas veces aquellos/as a quienes la oficialidad religiosa rechaza. El samaritano es quien, en la parábola, tiene la verdadera actitud espiritual en la que la compasión es nuclear. Una compasión que no se traduce en una mirada conmiserativa, sino en una actitud “proactiva”: el samaritano detiene su camino, baja de su montura, se acerca al hombre herido y se asegura de que sus necesidades queden cubiertas y atendidas antes de proseguir su camino.

Es por ello que para un/a cristiano/a la vida vivida en plenitud jamás puede tratarse de una vida al margen del sufrimiento humano. Aquello que llamamos el “seguimiento de Jesús” se traduce tanto en la relación activa con Dios a través de la oración profunda como en una vida compasiva en la que el amor al prójimo contiene el matiz de una preferencia por los más débiles y sufrientes.

Podemos decir que la espiritualidad cristiana consiste en “dar a luz al Cristo interior”, llevando una vida regida por la ética del amor al prójimo; una “moral social samaritana”, como propone el profesor de Moral Social de la universidad  de Vitoria José Ignacio Calleja,  en la que el prójimo sufriente amplía el concepto o la traducción de la plenitud a un ámbito en el que lo que se busca no es sólo “mi” plenitud sino la construcción de unas redes sociales que favorezcan a todos/as poder vivir tal plenitud.

Es aquí donde se hace necesario señalar la necesaria “muerte del ego” que en términos paulinos consistiría en pasar de vivir en el “hombre-mujer viejo/a” a vivir como “hombres-mujeres nuevos/as”.

Un verdadero camino interior siempre lleva a quien lo recorre con sinceridad a la posibilidad de trascender el ego. No se trata tan sólo de “curar el ego”, primer paso irrenunciable e imprescindible, sino llegar a “ser curados/as del ego”, lo cual quiere decir entrar de lleno en la vivencia del “ser que somos” alejados del dualismo y, por lo tanto, de toda división. Es en esa vivencia de la “no-dualidad”, donde el “vasito” que somos percibe dentro de sí la plenitud del agua, aunque sea consciente de que no la puede contener toda. Poco a poco, la Conciencia gana terreno, se rompen los diques internos que impedían la transparencia del Dios que nos habita y acontece la unificación de cuerpo, mente y corazón.

Esta es la promesa que Dios nos hace, su afirmación: somos hijos e hijas suyos, llamados a hacer brillar la llama que Él ha encendido en nuestros corazones para que ilumine el mundo entero. Esta es la plenitud que llevamos dentro y que somos invitados continuamente a desplegar. Esta es nuestra tarea más importante. Todo lo demás se nos dará por añadidura.

¿QUÉ APORTA LA ESPIRITUALIDAD A LA PLENITUD HUMANA? 

¿Qué aporta la espiritualidad y más en concreto la espiritualidad cristiana a la sensación de plenitud vital? La respuesta dependerá del contenido que le otorguemos al término espiritualidad, os propongo esta preciosa definición:  

Hablar de espiritualidad es hablar de la dimensión de profundidad el ser humano o, con más precisión, de toda la realidad. Implica reconocer que toda ella se encuentra impregnada de una dimensión de Misterio, de un “Más” inapresable por nuestros sentidos y por nuestro pensamiento, aunque admirablemente razonable. Significa afirmar, en definitiva, que lo real está habitado y constituido por el Espíritu de vida, a quien las religiones han llamado “Dios”.  

En este sentido preciso, la espiritualidad es abierta, flexible, pluralista, dialogante, incluyente, universal. No conoce el juicio, la condena ni la intolerancia. Nos coloca en el camino de la experiencia y la búsqueda. Es coherente con nuestra condición humana, respetuosa con los otros y humilde ante el Misterio inefable (Enrique Martínez Lozano: La botella en el océano. Ed. DDB. Bilbao 2009. Pág. 54). 

Es hacia esa dimensión de profundidad, hacia ese “Misterio inefable” hacia el que se orienta con total naturalidad esa parte de cada persona que vive en nuestra más íntima interioridad y que, en términos de Karlfried Graf Dürckheim podemos denominar Ser Esencial. Nos pasa como a los girasoles. El girasol es una planta cuya flor busca la luz (heliotropismo). Curiosamente es en la época joven de la planta donde se da ese heliotropismo positivo, al llegar a la etapa adulta, la planta permanece orientada hacia levante. Igual nosotros/as: en nuestra juventud emprendemos el camino en busca de nuestros ideales y sueños. Somos capaces de “salir de nuestra tierra”, de embarcarnos rumbo a Ítaca impelidos por algo que, más allá de razonamientos lógicos, nos dice que la vida es “algo más”. Ahí es donde muchos de nosotros/as hemos encontrado a Dios o hemos experimentado que Él nos salía al encuentro “en el camino”. Es cuando vamos llegando a nuestra etapa adulta que la emoción de la búsqueda va dando paso a la profundidad del encuentro o al encuentro profundo en el sí de la vida. El Ser esencial puede transparentarse y nuestra vida queda orientada, firme y serena, hacia el levante hagamos lo que hagamos, estemos donde estemos.  

Pero esa búsqueda de sentido, ese anhelo de plenitud, tiene lugar en personas que vivimos en un tiempo, en un lugar, que debemos construir una identidad que nos permita desenvolvernos en nuestro concreto contexto. Todo aquello de nosotros/as que hemos ido sintiendo como “identitario” y que nos permite vivir en este mundo es lo que, también en términos de Dürckheim, llamamos el Yo existencial.  

LA ESPIRITUALIDAD: FUENTE DE SENTIDO. Por Víctor Vallejo

 LA ESPIRITUALIDAD: FUENTE DE SENTIDO 

.

Acabamos nuestro trayecto hablando de la espiritualidad. El coaching busca que las personas se desarrollen en plenitud y la plenitud sólo puede ser alcanzada si atendemos a todas las dimensiones de la persona. Somos cuerpo, mente, corazón y espíritu por lo que no podemos desatender ninguna de estas esferas. El cuerpo demanda que cubramos las necesidades ligadas a nuestra supervivencia (y por ello tenemos que trabajar); la mente nos abre a la realización personal desarrollando nuestras ganas de aprender (y por ello tenemos que estudiar); el corazón nos invita a amar a las personas (y por ello es recomendable relacionarnos con ellas en términos de ganar-ganar) y, por último, el espíritu nos llama a calmar nuestra sed de sentido y de aportación (por ello hemos de cultivar nuestra vida interior). 

.

Cuando comencé mi formación como coach, pronto me di cuenta de la gran relación que existe entre el coaching y la espiritualidad. Para empezar, el coaching busca desarrollar el potencial de las personas para conseguir cambios coherentes y profundos. Es decir, el coach trabaja con la motivación de su cliente, con la energía que lo moviliza y le impulsa a salir de la mediocridad. Y si la espiritualidad es una fuente de energía tan válida como la emocional, la sexual o la intelectual, ¿por qué voy a dejar de contar con ella? San Francisco Javier recorrió a pie y en viejos barcos 100 mil kilómetros en poco más de 10 años. ¡Es impresionante! ¿Y de dónde sacaba fuerzas para ello? Fuera lo que fuera, provenía de su experiencia espiritual forjada en los Ejercicios Espirituales de san Ignacio, una experiencia de encuentro personal con Jesús que lo transformó y le llevó a dejarlo todo por seguirlo hasta los confines del Oriente lejano.

.

¿Qué legado quiero dejar a la humanidad, a los que me rodean? ¿Qué sentido quiero dar a mi vida? 

.

Robert Dilts, uno de los mayores expertos en coaching, dice que un coach puede llegar a trabajar en el nivel de las creencias y valores del cliente o, dando un paso más allá, en el plano de la identidad -que no es poco- pero, incluso yendo todavía más profundo, puede ascender a un nivel espiritual actuando como un “despertador” de la conciencia del cliente. Uno entra en el terreno del coaching espiritual cuando ayuda a las personas a responder a las grandes preguntas del “para quién” y “para qué”, o sea, las grandes preguntas del sentido: ¿Para quién vivo o hago lo que hago? ¿Para qué vivo o hago lo que hago? ¿Cuál es el sentido de vida y mi trabajo? San Ignacio de Loyola, por ejemplo, sin ser coach, llevó a este plano a san Francisco Javier que encontró en la espiritualidad cristiana el verdadero motor de su vida.

.

¿Has sentido alguna vez la inmensidad? Yo mismo, cuando nació mi hija, la sentí claramente. Ella nació una tarde de verano…; el sol curioseaba por la ventana del paritorio y, al verla aparecer, sonrió luminosamente. Y cuando este mismo sol se marchó sonriente y ocupó su lugar la tranquila noche, ocurrió el milagro. En la habitación de la planta de maternidad, mientras su madre, agotada, dormía, tomé a Celia en mis brazos, me acomodé en el sillón y acerqué su diminuto cuerpo contra mi pecho. Entonces sentí que no sólo se henchía mi caja torácica, sino que una columna de amor subía desde ella hasta cielo, juntando lo divino y lo humano, traspasando mis costillas que abrazaban a una recién nacida que no era otra cosa que un regalo, un don del mismo cielo, allí presente, subiendo y bajando al son de mi respiración honda y serena. Por mucho que la ciencia avance y explique las vicisitudes de  la reproducción humana, en la habitación del hospital, experimenté que la vida es un regalo que nos brinda el Cielo, que el Cielo es todo y nosotros parte, una Parte que es todo porque es uno con Él… “Gracias, gracias Padre, por tan dulce regalo…” 

.

Abrahan Maslow, psicólogo humanista famoso por su pirámide de las necesidades básicas, diría que lo que experimenté se llama “experiencia cumbre”. Este tipo de experiencias no son exclusivas de personas creyentes que profesan un credo religioso establecido, sino que cualquier persona puede experimentarlas; es más, Maslow sostiene que toda persona, de forma natural, porque somos seres espirituales, ha tenido este tipo de revelaciones, sólo que muchas veces las ignoramos, la olvidamos, las reprimimos o negamos por prejuicios culturales. Estas experiencias cumbre son el verdadero origen de la religión y ellas nos revelan la verdad sobre uno mismo, el mundo, el cosmos, la ética o Dios.

.

Quienes tienen una experiencia cumbre -insisto, sean teístas o ateos-, entre otras cosas, sienten un acercamiento a la divinidad que les hace tener una visión positiva del mundo y despierta en ellos la piedad, la caridad y la bondad. Esa experiencia cumbre les reconcilia con la presencia del mal en el mundo y les hace alejarse de divisiones, conflictos y enfrentamientos. Además, tras una experiencia cumbre, la persona se siente más responsable y activa, justo la energía con la que un coach espera trabajar. Y Maslow concluye que estas características coinciden con la gente autorrealizada, aquellas que se sitúan en la cúspide de su pirámide de las necesidades.

.

En definitiva, recogiendo los estudios de Maslow, la verdadera espiritualidad no puede sino conducirnos a nuestra autorrealización, plenitud, felicidad…, la meta última de la vida y el fin último del coaching espiritual.

.

Con esta entrada ya me despido de todos aquellos que me habéis seguido a lo largo de este curso. Acabo lleno de agradecimiento hacia las Claretianas y el Equipo de Acompasando que tuvieron este sueño y día a día lo mantienen en la red (entiendo que con alegrías y desvelos). Y a vosotros, lectores, os deseo lo siguiente: encontrad un trabajo o una tarea que aproveche vuestro talento y alimente vuestra pasión y que dicha tarea o trabajo nazca para aliviar una necesidad noble del mundo a la que vuestra conciencia os haya impulsado a dar respuesta. O sea, que encontréis vuestro lugar en el mundo y seáis dichosos. ¡Confío en vosotr@s! ¡Confío en ti!

.

.

Víctor Vallejo