Eco Diario de la Palabra
 

Amar es darse por completo

La historia de una niña que pagó el precio más alto.

El hombre estaba tras el mostrador, mirando la calle distraídamente. 

Una niñita se aproximó al negocio y apretó la naricita contra el vidrio de la vitrina. Los ojos de color del cielo brillaban cuando vio un determinado objeto. Entró en el negocio y pidió para ver el collar de turquesa azul. 

-«Es para mi hermana. ¿Puede hacer un paquete bien bonito?». – dijo ella. 

El dueño del negocio miró desconfiado a la niñita y le preguntó: 

-¿Cuánto dinero tienes? 

Sin dudar, sacó del bolsillo de su ropa un pañuelo todo atadito y fue deshaciendo los nudos. Los colocó sobre el mostrador y dijo feliz: 

– «¿Esto alcanza?». 

Eran apenas algunas monedas las que exhibía orgullosa. 

-«¿Sabe?, quiero dar este regalo a mi hermana mayor. Desde que murió nuestra madre, ella cuida de nosotros y no tiene tiempo para ella. Es su cumpleaños y estoy segura que quedará feliz con el collar que es del color de sus ojos» 

El hombre fue para la trastienda, colocó el collar en un estuche, envolvió con un vistoso papel rojo e hizo un trabajado lazo con una cinta verde. 

-«Tome, dijo a la niña. Llévelo con cuidado». 

Ella salió feliz, corriendo y saltando calle abajo. Aún no acababa el día, cuando una linda joven entró en el negocio. Colocó sobre el mostrador el ya conocido envoltorio deshecho e indagó: 

-«¿Este collar fue comprado aquí? «¿Cuánto costó? 

– «¡Ah!», – habló el dueño del negocio. «El precio de cualquier producto de mi tienda es siempre un asunto confidencial entre el vendedor y el cliente». 

La joven exclamó: 

-«Pero mi hermana tenía solamente algunas monedas. El collar es verdadero, ¿no? Ella no tendría dinero para pagarlo». 

El hombre tomó el estuche, rehizo el envoltorio con extremo cariño, colocó la cinta y lo devolvió a la joven y le dijo: 

– «Ella pagó el precio más alto que cualquier persona puede pagar: ELLA DIO TODO LO QUE TENÍA». 

La vida con­sa­gra­da pre­sen­cia del amor de Dios

Jornada VC 2019

Los obis­pos es­pa­ño­les recuerdan  este año que “la vida con­sa­gra­da es pre­sen­cia del amor de Dios. Dice Papa Be­ne­dic­to XVI en el primer número de la Deus Caritas Est “Hemos creído en el amor de Dios […] No se co­mien­za a ser cris­tiano por una de­ci­sión éti­ca o una gran idea, sino por el en­cuen­tro con un acon­te­ci­mien­to, con una Per­so­na, que da un nue­vo ho­ri­zon­te a la vida…

 Me piden que, como laico, escriba sobre la vida consagrada. Para mí no existe la vida consagrada. No sé teorizar sobre ella. Para mí existen personas consagradas. Personas con las que he tenido muchos encuentros a lo largo de mi vida.

Hay quienes tuvieron ese encuentro con consagrados y les trajo oscuridad. A algunos esa oscuridad les acompañará y empañará el resto de su vida, no sólo de fe. Rezo por el ensombrecido y el que trajo la sombra…

No es mi caso. Consagrados y consagradas, amigos y hermanas, hermanos y amigas, han configurado en gran medida mi modo de creer en el amor de Dios. Decir eso es muy heavy, tanto o más que en el caso anterior, pero es completamente así. 

Recito el padrenuestro, poco a poco, y no leo teologías ni exégesis, veo encuentros, veo rostros:

Padre nuestro que estás en el cielo… y veo a quien me mostró que Dios no es mi padre, sino nuestro padre. Y que no es Padre, sino Papá… y Mamá.

Santificado sea tu nombre… y veo a quien, en su debilidad, se hace caridad, partiendo-se y repartiendo-se abandonandose en el nombre perfecto de Dios: el Amor.

Venga a nosotros tu Reino… y veo hombres y mujeres con fino olfato para casi pre-sentir las necesidades de quien tiene tiene frío, o hambre, o sed, o se siente solo, o desgraciada, o desplazado, o maltratada… y acudir al encuentro, dando vida, tiempo, silencio y palabra.

Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo… y veo consagradas castigadas, fatigadas, consagrados enjuiciados, envejecidos, pero que saben en Quién han confiado.

Danos hoy nuestro pan de cada día… y veo consagrados que, viviendo la Providencia, me enseñaron a CONFIAR.

Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…   y veo personas con hábito (de tela o de espíritu) a las que no se les caen los anillos por pedir perdón.

No nos dejes caer en la tentación… y veo hermanos y hermanas que, en situaciones muy concretas, han sido para mí rostro vivo de Dios Misericordia.

Y líbranos del mal… y veo amigos y amigas que se dejaron moldear, acrisolar, a veces por el fuego, a veces por silencio, a veces por las caídas, para vaciarse, para convertirse en puro recipiente.

Rostros de carne y hueso. Rostros débiles, algunas veces incongruentes y malhumorados. Otras, algo apáticos o un poco mandones. De barro al fin. Como nosotros… Pero ellos y ellas se fiaron. Dijeron sí. Fiat. Para toda la vida. Se nota. Y me gusta.