Eco Diario de la Palabra
 

TODOS UNO, COMO TÚ EN MÍ Y YO EN TI

“Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres” (E. Galeano).

Los nadies llenan las masas, las alimentan. Hijos de nadie, dueños de nada, aquellos que no son, aunque sean. Refugiados. Inmigrantes. Marginados. Nadies que perdieron el rostro tras los genéricos que los nombran. Se olvidan sus nombres porque no se ven sus ojos, diluidos en las aguas de miles como ellos. Producen noticias que arrojan frías cifras: Más de 30.000 personas pidieron asilo político en España en 2017. 20 inmigrantes muertos en el Mediterráneo a cuatro millas de Melilla … 

Cuando alguien es un número, se hace nadie y su sufrimiento se vuelve difuso para el resto. Es difícil empatizar con un dolor abstracto. Sólo en un tú con rostro, con nombre e historia, amores y sueños, es posible encontrar a alguien. 

Mehdi Kassou, belga descendiente de marroquíes, cruzó la línea de lo abstracto aquel día en que quiso conocer el parque Maximilien de Bruselas, famoso por ser el hogar de cientos de refugiados, y vio a un niño de tres años descansado sobre un plástico. El rostro de este pequeño cambió su vida para siempre. Dejó un exitoso trabajo en una multinacional para dedicarse a tiempo completo a estos “nadies” que, para él, de pronto, cobraron el valor infinito de las personas.  

Su acción inicial desencadenó una ola de solidaridad que, ahora, organizada a través de redes sociales, da alojamiento hasta 500 refugiados cada día. Los belgas abren las puertas de su casa, de persona a persona, mirando a los ojos del nuevo huésped y ofreciéndole, además de una cama, la escucha, el afecto y el diálogo. 

Esta generosidad no sólo ha traído calor a los que antes dormían en las aceras. Los que acogen han sentido cómo el corazón se ensancha al recibir a otros, especialmente a los más débiles.  

Se desvela un secreto al abrazar el rostro de un prójimo, pues el gesto despliega un significado existencial que responde al deseo humano más hondo: la comunión. Decir tú al otro le hace vivir. Sólo si somos nombrados, si alguien pronuncia sobre nosotros un “Tú eres”, nacemos como personas y acertamos a decir “yo soy”. Vivimos nutridos por estos vínculos que nos confieren un rostro.  

En la palabra de quien nos dice “tú”, percibimos el eco profundo de aquella Palabra del Padre: “Tú eres mi Hijo amado”, que hace existir al Hijo. Sellados por el fuego del amor del Espíritu, el Padre es donación total en el Hijo, y éste receptividad total y entrega absoluta al Padre. Los tres son uno, pues existen en relación a los otros. 

Nosotros, a imagen y semejanza de aquellos, vivimos gracias a tantos que nos dan de sí mismos. Y experimentamos que sólo al darla, nuestra vida crece y cobra sentido.  Con un plato caliente, una conversación sencilla o una simple mirada de respeto a los que se sienten “nadie”, es posible volver a ser, ellos y nosotros, personas de infinito valor. Se borran las diferencias y se estrechan los lazos en una novedosa unidad.  

Se abre entonces desde la tierra una grieta a lo infinito, a la Fe que Jesús pide al Padre: “que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21).