Eco Diario de la Palabra
 

Navidad: el SÍ en mayúsculas de Dios

En el momento en el que estamos, es fuerte la sensación de que las palabras se las lleva el viento y que solo lo escrito es firme y digno de confianza. Contra esta percepción nos sale al paso una breve expresión del evangelio: “sea vuestro lenguaje: sí, sí; no, no. Lo que pasa de aquí procede del Maligno” (Mt 5,37). Jesús nos anima a que cuanto digamos sea tan verdadero que no necesitemos jurar para convencer a nadie de su veracidad. Se trata de que nuestro modo de dirigirnos en el mundo convierta en fiable nuestras palabras. De este modo, ser creyente tendría que notarse en un discurso honesto y coherente.

No es pequeño el reto al que nos invita Jesús y del que Él mismo es modelo. Y no solo porque su modo de presentarse a los demás, sus palabras y sus gestos se merecían el reconocimiento de una autoridad desconcertante entre aquellos que le veían y escuchaban (cf. Mc 1,27). No, también se convierte en nuestro referente precisamente por lo que acabamos de celebrar un año más en Navidad: Él es la Palabra definitiva del Padre.

Dios, cuya Palabra es capaz de crear aquello que menciona (cf. Gn 1,3), se comprometió con la humanidad a fondo perdido. Y en ese empeño por tendernos la mano y el corazón, envió a su Hijo hecho uno de nosotros por puro amor (cf. Jn 3,16). Sí, Jesucristo es el SÍ con mayúsculas del Padre, la muestra encarnada de que sus promesas se realizan y de que su palabra es fiable.

MORIR PARA DAR VIDA

DISCÍPULOS DEL QUE MUERE PARA DAR VIDA 

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere… (Jn 12, 24) 

El mundo entero dictó sentencia cuando Eichmann fue condenado a la horca por crímenes contra la humanidad.  Fue uno de los responsables directos del genocidio nazi y, sin embargo, no sentía remordimiento. Sólo cumplía responsablemente con su trabajo. Padre de cinco hijos, trató de asegurar el bien y la prosperidad de los suyos.  No pensó más allá y “tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana”, como explicó Hanna Arendt en “La banalidad del mal”. 

Nacen héroes a veces que escapan a tal banalidad y se zambullen en la realidad que habitan. Recientemente hemos oído la noticia de un bombero, Ignacio Roblesii, que  durante un servicio de vigilancia de un barco de mercancía se atrevió a preguntar qué era aquello que con su trabajo estaba protegiendo. Al saber que se trataba de bombas vendidas a Arabia Saudí, Ignacio recordó las imágenes de la guerra que esa potencia libra en su país vecino, Yemen. No tardó ni un minuto en decidir no colaborar con la masacre que se está cobrando la vida de miles de personas. Alegó objeción de conciencia y abandonó su puesto. 

Le abrieron un expediente que podría suponer la suspensión de empleo y sueldo durante un tiempo de entre tres y seis años y, desde entonces, su vida se volvió un infierno, como él mismo asegura. Ha perdido peso, dinero, sueño y tiempo para estar con su mujer y sus hijos, pero no querría haber actuado de otro modo. Eligió perder para que otros vivan, asumir un dolor en carne propia para no ser cómplice del sufrimiento de tantos.   

En un mundo globalizado, cada minúscula acción nuestra repercute directamente en la existencia de muchos, los de cerca y los de lejos: el coltán de nuestros dispositivos electrónicos, la ropa que compramos en grandes multinacionales, los alimentos que consumimos,  las empresas en las que trabajamos, las noticias que no leemos, la sutil indiferencia cotidiana…   

 Abrir la conciencia a lo profundo de nuestros actos y hacernos responsables de ellos implicará, seguro, algunas renuncias. Pero de éstas, misteriosamente, germinará un amor nuevo, más pleno, más amplio y humano. Se dilatará la vida, pues “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”. Seremos así discípulos de Aquel que muere para dar Vida; y donde Él esté, estaremos también nosotros, humildes servidores suyos, liberados ya de la banalidad.