Eco Diario de la Palabra
 

Brisas y huracanes

Resulta inevitable que el final de curso tenga cierto sentido de balance sobre lo que hemos llenado nuestro tiempo. En estos casos, siempre me acuerdo de Elías (1Re 19,1-14). El relato bíblico nos cuenta cómo este profeta llegó hasta el monte Horeb y se le pidió que esperara el paso de Dios. El caso es que, aunque hubo un terremoto, un viento huracanado y fuego, no era ahí donde tenía que encontrar al Señor. Solo cuando pasó una brisa suave, Elías reconoció que ahí estaba presente Aquel que le daba sentido. El Todopoderoso no se acercaba a él con la potencia de esas fuerzas de la naturaleza, sino en un suave viento que podría haber pasado desapercibido.

Y a mí me da la sensación de que también nos puede pasar a nosotros algo parecido a lo de Elías, porque si miramos hacia atrás en estos meses vividos es fácil que nos vengan a la cabeza los acontecimientos más llamativos. Las situaciones, personas y realidades que, por un motivo u otro, han hecho “mucho ruido” en nuestra vida. Y aunque esto es importante, no debería acallar otras circunstancias que, aunque han sido suaves y discretos como la brisa que envolvía al profeta, también manifiestan la presencia de un Dios que se acerca, que camina a nuestro lado y que no suele ser amigo de ruidos ni efectos especiales.

Quizá así, afinando la mirada a lo discreto de nuestra existencia, podremos descubrir rostros que, sin llamar la atención, se han hecho importantes para nosotros, o pequeños gestos cotidianos capaces de iluminar y dar color a lo gris que tiñe con frecuencia nuestro día a día. Suaves brisas que, si sabemos mirar como Elías, nos harán reconocer que nuestros están transidos de vida y de la compañía del Señor.

La vida de los otros

Muchas veces tengo la sensación de que hay dos modos muy distintos de ocuparnos por los demás. Hay veces que la vida de quienes nos rodean nos preocupa “desde fuera”. Nos fijamos en lo que hacen o dejan de hacer, en las decisiones que toman, la gente con la que va… en el fondo, nos interesa la superficie de su existencia y, con frecuencia, esto es caldo de cultivo de maledicencias y cotilleos. Es algo así como lo que parece que le sucede a Pedro con respecto al discípulo amado (Jn 21,20-22), pues le pregunta a Jesús: “Señor, y este ¿qué?”. La respuesta del Resucitado va a dejar claro que no es una cuestión de su incumbencia: “¿a ti qué? Tú sígueme”. Ante esa preocupación “de cáscara”, se nos invita a prestar atención a cómo andamos viviendo cada uno, interesándonos más por nuestro seguimiento de Jesucristo que por lo que les sucede a los demás.

Pero también nos podemos preocupar “desde dentro” por los otros. Si somos capaces de descubrir tras las acciones de quienes nos rodean sus sentimientos, sus luchas, sus dificultades, sus miedos o sus alegrías, no será difícil reconocer lo que nos une a ellos y comprender mejor lo que viven en su interior. Este era, sin duda, el modo en que Jesús miraba a quienes le rodeaban, pues solo de aquí puede nacer la compasión que le caracterizaba (cf. Mc 6,34). Y ¿cómo es nuestra preocupación por los demás: “desde dentro” o “desde fuera”?

JUEVES SANTO. Me levantaré e iré a la casa de mi padre

Hay un pasaje en la escritura en el que el personaje principal, después de tocar fondo, siente una irresistible necesidad de ponerse en pie. Se trata de la parábola del hijo pródigo (Lc 15). Después de tocar fondo en la miseria y el desatino, en la frustración y la locura humanas, el hijo pródigo se expresa con la voz de la determinación: me levantaré e iré a la casa de mi padre.

Levantarse, ponerse en pie, es ante todo un gesto de dignidad. Se levanta quien ha estado postrado, sometido a su propia miseria. El hijo pródigo ha vivido expatriado, lejos del centro de su existencia, lejos de su hogar. Y cuando todos los caminos están agotados, cuando todos los senderos conducen a un extravío insoportable, la nostalgia del hogar se alumbra como una invitación a recuperar la propia dignidad. La dignidad del hijo.

La casa perdida no es un lugar físico, sino la historia universal de la frustración humana. Cuando nos lanzamos a recorrer los senderos exteriores de nuestra vida, nuestras luchas, nuestra riqueza, nuestra fama, nuestras emociones, nunca suficientes, nunca del todo satisfechas, acabamos descubriendo que no pueden ofrecernos la plenitud. Que sólo las cosas baratas se compran con dinero.

Y, sin embargo, puede que la frustración alumbre en nosotros el sendero de la vuelta a casa, al propio corazón, donde la plenitud, la felicidad y el amor aguardan a que hallemos ahí nuestra morada, nuestra patria. La experiencia universal del hijo pródigo sucede cuando se frustran las esperanzas que hemos puesto en el exterior. Y al que resulta frustrado, Jesús le dice: bienaventurado tú. Feliz tú. Ahora, desnudo y vacío, estás en condiciones de regresar a tu hogar. Ponte en pie y regresa a casa. La noche es el sendero de la aurora.

Ser gerundio y no participio

Sabemos que vivimos en proceso y que siempre es tiempo para cambiar y crecer, pero no siempre lo aplicamos ni a los demás ni a nosotros mismos. Cuántas veces nos ha pasado lo mismo que les sucedió a los vecinos de Nazaret (Mc 6,1-6). El evangelio nos cuenta que Jesús, cuando volvió a su pueblo, no pudo hacer allí ninguno de los milagros que había realizado en otras aldeas. Y el motivo no es que Él fuera distinto o que en ese lugar no hubiera necesidad de mostrar con gestos que el Reino de Dios se hacía presente venciendo el mal. La razón fue que sus habitantes no pudieron acoger que el Galileo pudiera ser distinto al niño que habían conocido. Tampoco nosotros somos capaces de descubrir la novedad de quienes nos rodean y acabamos encerrándoles en el estrecho corsé de la idea que nos hemos hechos sobre ellos, sin dejar que sus palabras y sus gestos nos rompan esos esquemas.   

Cuando se trata de nosotros mismos también nos cuesta aceptar que podemos ser más de lo que somos. Y este potencial desconcertante que tenemos y que se esconde a nuestra propia mirada coincide con lo que Dios descubre en nuestro corazón. Por eso, cuando Él desvela nuestra vocación, nos surgen las pegas y dificultades de reconocernos pequeños a los que la llamada les queda demasiado grande. Eso sí, porque se nos olvida contar que no somos “participio” y que Él camina a nuestro lado. El sueño que el Señor alberga para nuestra vida desborda con mucho nuestras capacidades y habilidades, pero cuenta con nuestro “ser gerundio” y, sobre todo, con su poder para sacar a la luz nuestro mejor yo. ¿Le dejaremos que nos vaya cambiando?

Navidad: el SÍ en mayúsculas de Dios

En el momento en el que estamos, es fuerte la sensación de que las palabras se las lleva el viento y que solo lo escrito es firme y digno de confianza. Contra esta percepción nos sale al paso una breve expresión del evangelio: “sea vuestro lenguaje: sí, sí; no, no. Lo que pasa de aquí procede del Maligno” (Mt 5,37). Jesús nos anima a que cuanto digamos sea tan verdadero que no necesitemos jurar para convencer a nadie de su veracidad. Se trata de que nuestro modo de dirigirnos en el mundo convierta en fiable nuestras palabras. De este modo, ser creyente tendría que notarse en un discurso honesto y coherente.

No es pequeño el reto al que nos invita Jesús y del que Él mismo es modelo. Y no solo porque su modo de presentarse a los demás, sus palabras y sus gestos se merecían el reconocimiento de una autoridad desconcertante entre aquellos que le veían y escuchaban (cf. Mc 1,27). No, también se convierte en nuestro referente precisamente por lo que acabamos de celebrar un año más en Navidad: Él es la Palabra definitiva del Padre.

Dios, cuya Palabra es capaz de crear aquello que menciona (cf. Gn 1,3), se comprometió con la humanidad a fondo perdido. Y en ese empeño por tendernos la mano y el corazón, envió a su Hijo hecho uno de nosotros por puro amor (cf. Jn 3,16). Sí, Jesucristo es el SÍ con mayúsculas del Padre, la muestra encarnada de que sus promesas se realizan y de que su palabra es fiable.