Eco Diario de la Palabra
 

SOPHIE SCHOLL: LOS ÚLTIMOS DÍAS


SOPHIE SCHOLL: LOS ÚLTIMOS DÍAS

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Ficha técnica

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20062766Alemania, 2005.

Título Original: Sophie Scholl,  Die letzten Tage.

Producción: Christoph Müller, Sven Burgemeister, Fred Breinersdorfer y Marc Rothemund (Goldkind Film – Broth Film).

Guión: Fred Breinersdorfer.

Dirección: Marc Rothemund.

Montaje: Hans Funk.

Fotografía: Martín Langer.

Música: Reinhold Heil y Johnny Klimek.

Diseño de producción: Jana Karen-Brey.

Vestuario: Natascha Curtius-Noss.

Interpretación: Julia Jentsch (Sophie Scholl), Alexander Held (Robert Mohr), Fabian Hinrichs (Hans Scholl), Johanna Gastdorf (Else Gebel), André Hennicke (Dr. Roland Freisler), Florian Stetter (Christoph Probst), Johannes Suhm (Alexander Schmorell), Maximilian Brückner (Willi Graf), Jörg Hube (Robert Scholl), Petra Kelling (Magdalena Scholl).

Estreno en Alemania: 24 febrero 2005. Estreno en España: 24 febrero 2006.

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Argumento

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1944856Munich, 1943. Durante la ocupación de Europa por Hitler, un grupo de jóvenes, en su mayoría universitarios, recurre a la resistencia pacífica como única solución ante los desmanes del régimen nazi. Así nace “La Rosa Blanca”, un movimiento de resistencia cuyo propósito era la caída del Tercer Reich. Sophie Scholl es la única mujer del grupo, una joven antinazi convencida e intrépida. El 18 de febrero de 1943 la detienen junto a su hermano Hans mientras distribuyen panfletos subversivos en la universidad. Durante los días que siguen al arresto, el duro interrogatorio al que es sometida Sophie por parte de un oficial de la Gestapo, Robert Mohr, no tarda en convertirse en un intenso duelo psicológico. La joven miente y desmiente, maniobra y le reta, parece rendirse antes de atacar de nuevo con renovadas fuerzas, y casi consigue derrotar a su oponente. Por fin, ante unas pruebas aplastantes, Sophie confiesa, aunque hace un último y desesperado intento para proteger a su hermano y a los otros miembros de La Rosa Blanca. Conmovido por la infrecuente valentía de Sophie, Robert Mohr le ofrece una escapatoria a cambio de traicionar sus ideales. Pero ella rechaza la oferta, su suerte está echada…

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Por qué la recomendamos…

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  • Sophie Scholl es el retrato fiel de un testimonio de sinceridad y coherencia con los propios ideales. En un contexto cultural tan proclive a la pérdida de sentido y a la autenticidad, en aras del pragmatismo, el ejemplo de esta joven resistente antinazi no puede pasar desapercibido.
  • Su visionado nos ayuda a reflexionar, y a recordar el itinerario ejemplar de tantos hombres y mujeres que han sido fieles hasta dar la vida por las convicciones que les animaban.
  • Sophie muestra de forma vital y comprometida el valor de la conciencia como guía de la conducta aun en condiciones difíciles y arriesgadas y como garantía de libertad y responsabilidad.
  • La película es también una lección de historia, sin que esto sea sinónimo de aburrimiento. El guión, que bascula entre la ficción y el realismo documental, fue preparado a partir de documentos originales del proceso al que fueron sometidos los integrantes de “La Rosa Blanca”, con lo que se subrayan los hechos y las razones que condujeron a los acusados a actuar como lo hicieron.
  • Es digno de subrayar también cómo la fe religiosa de la protagonista actúa como motor de su vida y actitudes. Su testimonio creyente se mantiene firme ante el descreimiento del comisario que la interroga.

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Sugerencias

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Es ésta una de esas películas, cuya visión se justifica por sí misma. Es casi reverencial el modo de acercarnos a ella, por la sinceridad que transmite.

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“Quien quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mí y el evangelio la salvará”. El ejemplo de Sophie es una elocuente vivencia de estas palabras.

 

En dos momentos, la joven muestra su fe religiosa de modo sencillo, dirigiendo una oración a Dios. Su plegaria muestra su confianza y también su necesidad de apoyo y ayuda en momentos tan difíciles.

Tras haber sido sometida a un primer interrogatorio, de vuelta a la celda, antes de descansar eleva su plegaria a Dios:

“Mi Dios, ante ti no me surgen las palabras. Lo único que quiero hacer es tenderte el corazón. Nos creaste para dirigirnos a ti y nuestro corazón seguirá inquieto hasta que encuentre en ti la concordia. Amén.”

Y después de haber comparecido ante el fiscal y haber sido informada de los cargos que pesan contra ella, vuelve a orar a Dios:

“Quiero dirigirme a ti desde mi corazón. Te estoy gritando, te grito para que escuches mis súplicas porque solo en ti está mi salvación. No me dejes, no me des la espalda en este momento, Padre bendito. Amén.”

Es especialmente digno de resaltar el segundo diálogo que Sophie mantiene con su interrogador (en la película ocupa diez minutos, a partir del minuto 61 34s). Podríamos considerarlo un acta ejemplar de su sacrificio, un alegato entusiasta de los valores que movieron su vida. A partir de sus palabras podemos subrayar esos valores fundamentales… y preguntarnos por la vigencia de la lección de esta joven alemana para nuestro tiempo.

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 Antonio Venceslá cmf

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Nuevo interrogatorio. Robert Mohr (R) y Sophie Scholl (S).

S.-          [En la celda Sophie reza a Dios]. Mi Dios, ante ti no me surgen las palabras. Lo único que quiero hacer es tenderte el corazón. Nos creaste para dirigirnos a ti y nuestro corazón seguirá inquieto hasta que encuentre en ti la concordia. Amén.

R.–          [Sirve una taza de café y se lo ofrece a Sophie]. Tenga. Tómeselo. [Título sobreimpresionado: 20 de febrero].

S.–          ¡Esto es café de verdad…!

R.–          ¿A usted también le importa el bienestar del pueblo alemán, señorita Scholl?

S.–          Sí.

R.–          Ustedes no pusieron ninguna bomba como hizo ese tal Elsser en el 39, aquí en Munich. Ustedes han usado ideas equivocadas, pero sin embargo, medios pacíficos.

S.–          Entonces, ¿por qué piensa castigarnos?

R.–          Porque la ley así lo dictamina. Sin ley no hay orden.

S.–          Esa ley de la que está hablando, defendía la libertad de opinión, antes de llegar al poder Hitler. Y ahora mismo él castiga esa libertad con el presidio o con la muerte. ¿Qué tiene eso que ver con el orden?

R.–          Pues, ¿a qué debe atenerse uno si no es a la ley, al margen de quien la dicte?

S.–          A su conciencia.

R.–          ¡Bobadas! (Toma un libro en su mano) Aquí está la ley. Y aquí, las personas. Y yo tengo el deber como criminalista de comprobar si ambos son congruentes y si no, encontrar lo que falla.

S.–          La ley cambia, la conciencia no.

R.–          ¿A dónde llegaríamos si cada persona decidiera según su conciencia lo que es bueno o malo? Sobre todo, si la decisión tiene que ver con derrocar al Führer. ¿Qué ocurriría? Sería el paraíso del delito, el caos. El llamado pensamiento libre, el federalismo, la democracia… Eso ya lo conocemos. Y sabemos a dónde nos lleva.

S.–          Sin Hitler y su partido habría por fin derechos para todos y orden. Y los ciudadanos estarían protegidos contra su arbitrariedad.

R.–          ¿Cómo? ¿Arbitrariedad? ¡No consiento que sea tan despectiva!

S.–          Usted es el despectivo… cuando nos califica de criminales por unas octavillas, aunque no hayamos hecho más que tratar de convencer con palabras…

R.–          Acomodada y con privilegios de los cuales se han aprovechado ustedes y toda esa gentuza… ¡Ustedes han podido estudiar en medio de una guerra! Durante la maldita democracia yo sólo pude ser sastre, y no se imagina quién me hizo policía, ¿verdad? Los franceses en el Palatinado, no los alemanes demócratas. Y si no hubiera existido el movimiento, yo aún sería gendarme. El vergonzoso tratado de Versalles, la inflación, el paro, el desastre económico… Con todo eso, ha acabado el Führer, Adolf Hitler, señorita.

S.–          Y nos ha llevado a una sangrienta guerra, en la que cada víctima es innecesaria.

R.–          A una heroica batalla… Ustedes tienen las mismas cartillas de racionamiento que nosotros, sus enemigos, pero les va mejor, no necesitan nada. No como nosotros. Entonces, ¿por qué razón protestan? ¡Les protege el Führer y el pueblo alemán!

S.–          ¿Por ese motivo estamos aquí, porque nos están protegiendo?

R.–          Nuestros soldados están liberando a Europa de la plutocracia y del bolchevismo. Y luchan por una Alemania grande y libre. Nunca habrá más ocupación de nuestra tierra. Eso se lo digo yo.

S.–          Nunca más, hasta que acabe esta guerra y vengan las tropas extranjeras y todos los pueblos nos digan que hemos soportado a Hitler sin resistencia.

R.–          ¿Y qué dice sobre que se llegue a la victoria y tras la sangre y el dolor se imponga el bienestar y la libertad con la que usted misma soñaba cuando pertenecía a la agrupación?

S.–          Los que piensen así, pueden darlo todo por perdido…

R.–          ¿Y si al final ocurre como yo digo?… ¿Aún es usted protestante?

S.–          Sí.

R.–          La Iglesia también exige que sus fieles la sigan, aun cuando tengan dudas.

S.–          En la Iglesia, todo el mundo es libre. Pero Hitler y los nacionalsocialistas niegan la libertad.

R.–          Con lo joven que es usted, ¿cómo es que corre tanto riesgo por esas erróneas ideas?

S.–          Por mi conciencia.

R.–          Con el talento que usted tiene, no puedo creer que no sienta el ideario nacionalsocialista. Libertad, bienestar, honor, responsabilidad y moral. Esa es nuestra ideología.

S.–          ¿Es que no ha despertado todavía tras la sangría en la que Hitler ha metido a todo el continente en nombre de la libertad y del honor? Nuestro país quedará deshonrado si la juventud no derroca a Hitler y ayuda a que se alcance una gran Europa intelectual.

R.–          La nueva Europa sólo puede ser nacionalsocialista.

S.–          ¿Y si el Führer fuera un loco? ¿Cree usted en el odio de raza? Yo tuve un profesor judío cuando estudiaba en Ulm, al que detuvo un grupo de los SA. Todos, cumpliendo órdenes, pasaron ante él y le escupieron. Esa noche desapareció. Como ha ocurrido con miles de ellos de los que no se ha vuelto a saber nada en absoluto.

R.–          ¿Cree usted esas tonterías? Los judíos emigran porque quieren.

S.–          Los soldados que vienen del este hablan de campos de concentración. Hitler quiere exterminar a los judíos de toda Europa. Él ya predicaba esa locura hace veinte años. ¿Qué les hace pensar que los judíos son distintos a nosotros?

R.–          Esa gente sólo ha traído el mal. Pero usted pertenece a una generación que no entiende nada. Los han enseñado mal y creo que es culpa nuestra. Yo habría educado a alguien como usted de un modo muy distinto.

S.–          No se imagina el horror que me causó enterarme de que los nacionalsocialistas asesinaron gaseándolos a miles de niños con deficiencias. Amigas de mi madre me contaron que los nazis aparecían por los centros de acogida en camionetas y se llevaban a los niños. Los que quedaban preguntaban que adónde llevaban a los otros. Al cielo los llevan, decían las cuidadoras. Así más tarde estos niños subían a las camionetas cantando. ¿Me han educado mal por compartir los sentimientos de esa gente?

R.–          ¡Son vidas que no tienen valor! Usted ha estudiado enfermería infantil. Seguro que se ha encontrado con deficientes…

S.–          Sí. Y por eso sé que ningún hombre, no importa bajo qué circunstancias tiene derecho a dictar un juicio para el que sólo está capacitado Dios… Nadie puede saber lo que sucede en el alma de un deficiente… Nadie sabe dónde empieza la madurez que te hace consciente del dolor. Todas las vidas son valiosas.

R.–          Tiene que hacerse a la idea de que se ha iniciado una nueva etapa, señorita. Lo que dice no tiene ninguna relación con la realidad.

S.–          Claro que la tiene. Tiene mucho que ver con la realidad. Además de… con la moral y con Dios.

R.–          (Estallando) ¿Dios? ¡Dios no existe!… Lo que ha ocurrido aquí, ¿no ha sido que ha confiado en su hermano creyendo que lo que hacía era lo correcto y que usted simplemente ha colaborado?. ¿No deberíamos escribir eso en el acta?

S.–                          No, señor Mohr. Esa no es la verdad.

R.–                          Sabe, yo también tengo un hijo que es un año más joven que usted y que también tuvo pájaros en la cabeza, pero ahora está en el frente este porque ha visto que tenía que cumplir con su deber.

S.–          ¿Cree usted en la victoria final, señor Mohr?

R.–          Señorita Scholl, si lo hubiera pensado todo antes, no se habría dejado llevar nunca por ese comportamiento. Se trata de su vida… Bien, le voy a proponer que acepte firmar esta declaración. “Tras nuestra última conversación, ha llegado finalmente al convencimiento de que su manera de actuar junto a su hermano precisamente en estos momentos tan delicados de la guerra es un grave delito contra nuestra comunidad, sobre todo contra nuestras valientes tropas desplazadas al este y por ello debe aplicársele la pena más severa”.

S.–          Desde mi punto de vista no es así.

R.–          Que acepte un error, no significa que esté traicionando a su gente.

S.–          No voy a aceptar nada. Lo haría todo de nuevo porque no soy yo sino usted quien tiene una visión errónea. Yo soy más bien de la opinión de que he hecho lo mejor para mi pueblo. Asumo lo ocurrido. No tengo nada de que arrepentirme.

R.–          (Habla por teléfono) Venga al despacho a redactar el acta… Sí… Dígale al jefe que ya estamos listos.