Eco Diario de la Palabra
 

Ser gerundio y no participio


Sabemos que vivimos en proceso y que siempre es tiempo para cambiar y crecer, pero no siempre lo aplicamos ni a los demás ni a nosotros mismos. Cuántas veces nos ha pasado lo mismo que les sucedió a los vecinos de Nazaret (Mc 6,1-6). El evangelio nos cuenta que Jesús, cuando volvió a su pueblo, no pudo hacer allí ninguno de los milagros que había realizado en otras aldeas. Y el motivo no es que Él fuera distinto o que en ese lugar no hubiera necesidad de mostrar con gestos que el Reino de Dios se hacía presente venciendo el mal. La razón fue que sus habitantes no pudieron acoger que el Galileo pudiera ser distinto al niño que habían conocido. Tampoco nosotros somos capaces de descubrir la novedad de quienes nos rodean y acabamos encerrándoles en el estrecho corsé de la idea que nos hemos hechos sobre ellos, sin dejar que sus palabras y sus gestos nos rompan esos esquemas.   

Cuando se trata de nosotros mismos también nos cuesta aceptar que podemos ser más de lo que somos. Y este potencial desconcertante que tenemos y que se esconde a nuestra propia mirada coincide con lo que Dios descubre en nuestro corazón. Por eso, cuando Él desvela nuestra vocación, nos surgen las pegas y dificultades de reconocernos pequeños a los que la llamada les queda demasiado grande. Eso sí, porque se nos olvida contar que no somos “participio” y que Él camina a nuestro lado. El sueño que el Señor alberga para nuestra vida desborda con mucho nuestras capacidades y habilidades, pero cuenta con nuestro “ser gerundio” y, sobre todo, con su poder para sacar a la luz nuestro mejor yo. ¿Le dejaremos que nos vaya cambiando?