Eco Diario de la Palabra
 

RECUPERAR RUTINAS


La importancia de las rutinas

Por desgracia, el día a día tiene muy mala prensa. Por una parte, aquello extraordinario que no hacemos habitualmente encierra la atracción de la novedad. Por otro lado, la mala fama que tiene la rutina se debe a que la identificamos con llevar adelante la existencia de modo mecánico, con poner el “piloto automático” de la vida y dejarnos llevar por ella.

Cualquier maestro o padre sabe que los horarios fijos y las costumbres repetidas son fundamentales para los niños pequeños, pues nos estructuran por dentro. Pero, además de esta necesidad psicológica que todos tenemos de mantener unas rutinas, también el Evangelio rompe una lanza a favor de lo cotidiano. Es ahí, en el día a día, donde Jesús nos sale al encuentro, donde se nos pide caminar detrás de sus huellas y cargar con la cruz “de cada día” (Lc 9,23). Igual que en el Padre Nuestro pedimos recibir el pan necesario para la jornada que tenemos delante (cf. Mt 6,11; Lc 11,3), también tendríamos que solicitar la fe necesaria para vivir el día que tenemos delante descubriendo al Señor que nos sale al encuentro en los otros, especialmente en sus “hermanos más pequeños” (cf. Mt 25,34-40).

Se trata de adiestrar la mirada para reconocer el brillo del Evangelio entre los tonos grises del día a día, del mismo modo que Jesús era capaz de descubrir la dinámica del Reino de Dios en una mujer que pone levadura en la masa del pan (Mt 13,33). Somos invitados a seguir a Jesús en la calderilla de la vida, en lo gris y cotidiano que nunca escribiríamos en nuestra biografía. Entre las líneas de lo de “todos los días” se oculta el paso sigiloso del Señor.