Eco Diario de la Palabra
 

RECORDANDO A FLORENTINA SAINGLER. RECORDANDO EL VALOR DE LA AMISTAD


No sé vosotros. Yo creo que hubiera muerto sin amigos. Incluso físicamente, quizá. Pero, desde luego, sería otra persona, no sería yo, que es tanto como morir. Porque buena parte de mis sueños, los mejores, no se hubieran llevado a la práctica. No digo que no se hubieran cumplido porque lo realmente trascendental no es tener éxito sino haber puesto todo lo que estaba de tu parte para que ese horizonte que te da ganas de vivir tome cuerpo y carne y concreción.  

“Las grandes cosas siempre empiezan por un sueño. Las grandes cosas suceden siempre por su lado más pequeño”, dice Bobin (El Bajísimoed. El Gallo de Oro, 1992). En ese lado pequeño pero fundamental, si la vida nos sonríe, Dios nos pone un amigo, una buena persona, un santo de a pie de los que reivindica Francisco. 

Cuento esto porque las Claretianas recordamos hoy a Florentina Saingler, amiga de Mª Antonia París y ese “lado pequeño” que dio suficiente calor y confianza a la Fundadora para aguantar las críticas, cruzar los mares, corregir los planes de quienes querían imponerse al querer de Dios… y sobre todo, tener la valentía de ser quienes sentían que Dios quería que fueran. 

Florentina Saingler, su amiga, “otro Moisés” que murió de fiebre amarilla en Cuba, sin llegar a la tierra prometida del nuevo Instituto en ciernes, pero tragó todo el polvo del camino (más bien del océano) e hizo posible -quizá- que hoy nosotras sigamos vivas. 

Florentina Saingler. Ni siquiera llegó a ser “Claretiana” propiamente, ¡no le dio tiempo! Pero la M París no dejó nunca de recordarla. Y el P. Claret –tan poco sospechoso de sentimentalismos personales- decidió que fuera enterrada en la misma catedral de Santiago de Cuba.

Amiga y compañera, hermana, mujer fuerte: Florentina, ¡ruega por nosotros!