Eco Diario de la Palabra
 

¿Quo Vadis, Iglesia querida?


Es difícil vivir rodeados de mentiras. La primera puede ser incluso inocente, si es que alguna mentira lo es. Pero ya sabemos que ninguna mentira camina sola; enseguida pide otra y otra para cubrir la segunda y una más…

El ser humano no está hecho para las mentiras. Ni siquiera para las medias verdades. Estamos hechos para la verdad y para buscar la verdad. Quizá por eso algo en nosotros, si estamos medianamente sanos, se revuelve y encoge cuando intuye que la cosa no es clara.

Lo vivo en mi entorno más inmediato. Lo vivo en la situación sociopolítica. Y ahora arrecia fuerte en la Iglesia católica en torno a Francisco y los últimos y repetidos -desgraciadamente- abusos por parte de muchos de sus representantes.

¿Son dignas de credibilidad las acusaciones de encubrimiento contra el Papa?, ¿ha sido un gesto profético y valiente del exnuncio Vigano o más bien otra mentira más en la escalada por el poder y la propia imagen? Como dijo Francisco a los periodistas, mejor que cada cual lea de primera mano la carta de acusación, confronte datos, piense y tome su propia postura.

Desde la fe, pedimos por Francisco, como los primeros cristianos pedían por Pedro. Hay ocasiones en que la única forma de sacar claridad en medio del enredo es confrontar las acciones de cada cual. Antes o después, “nada hay oculto que no salga a la luz” (Mc 4,22). Y por nuestras obras, antes o después, nos conocerán (Mt 7,20). Pero mientras tanto, ya sabes, miente y difama, que algo siempre queda.

Rara vez podemos mantenernos al margen en las cuestiones decisivas que nos dividen. Casi siempre nos sentimos en tierra de nadie pero antes o después tenemos que tomar una opción. También aquí. ¿Quo vadis, Iglesia querida?, ¿quo vadis, Rosa? Quiero elegir ir con la Iglesia en salida; quiero ir con la Iglesia misionera; con la Iglesia que pide perdón con humildad, que renuncia al poder y al privilegio en cualquiera de sus formas; con la Iglesia de los sencillos; con la Iglesia de Jesús … y de Francisco. No por hacer escritos de apoyo (solamente); sino por vivirlo con dolor y esperanza en mi propia vida.