Eco Diario de la Palabra
 

ORAR EN VERANO: CUESTIÓN DE OÍDO


 El tiempo de verano, de vacaciones, lejos de las prisas es tiempo propicio para poner todos los sentidos en juego y también, por qué no, para escuchar a Dios que nos habla.

Con los oídos escuchamos, oímos. Pero escuchar es una cosa y oír es otra. La escucha necesita atención a lo que se oye. Para escuchar hay que saber callar, hacer silencio. A veces escuchar es sólo “cuestión de oído”…

Dos amigos andan juntos por una calle de Hamburgo. Pavimento de Alemania, tiendas, bancos, anuncios y tfico. Los envuelve el ruido multiforme de la ciudad moderna. 

Aunque los amigos son diferentes y se nota en su andar. Uno es alemán de la tierra, hijo de la ciudad, criatura del asfalto, ciudadano del marco. El otro es un yogui hindú. Está de visita. Lleva ropas anaranjadas y mirada inocente. Anda con pies descalzos que apresuran su ritmo normal para seguir a su amigo en la ciudad. Caminan juntos por la calle comercial

De repente el yogui se para, toma del brazo a su amigo el alemán y le dice: «Escucha, está cantando un pájaro”. El amigo alemán le contesta: «No digas tonterías. Aquí no hay pájaros. Vamos, no te detengas y sigue adelant

Al cabo de un rato el yogui disimuladamente deja caer una moneda sobre el pavimento. El amigo alemán se detiene y le dice: «Espera. Se ha caído algo«. Sí, claro. Allí estaba la moneda sobre el adoquín

El yogui sonríe. Tus oídos están afinados al dinero, y eso es lo que oyen. Basta la campanilla mínima de una moneda sobre el asfalto para que se llenen tus oídos, lo que ven tus ojos y lo que desea tu corazón. Oímos lo que queremos. En cambio estás desafinado ante los oídos de la naturaleza. Tienes muy buen oído pero estás sordo. Y no sólo de oído, sino de todo. Estás cerrado a la belleza y a la alegría y a los colores del día y a los sonidos del aire. 

¡El pájaro sí que había cantado! Estamos desafinados.

Lo sabemos, no es lo mismo oír que escuchar. Muchas veces estamos en la cocina, o estudiando, o en el trabajo, y está la radio, la tele, la música encendida. La oímos, pero no la escuchamos, porque estamos en nuestras cosas.

Otras veces pasa que nos acostumbramos a los ruidos y ya ni siquiera nos molestan: coches, trenes, charla de la gente…el reloj, o el tic-tac del despertador. Hay muchos sonidos que oímos “como quien oye llover”.

Sin embargo  cuando nuestro corazón está dispuesto escuchamos el silencio. Un día en la montaña, contemplando el mar, en la conversación con un amigo…

A veces, no escuchamos los ruidos, y otras, somos capaces de escuchar el silencio. Todo depende de nuestra actitud, de saber prestar atención, de tener el corazón abierto. Esta es la invitación para el verano: presta atención, afina tu oído y escucha en el silencio, en la naturaleza, en la música, en los amigos… a Dios que te habla al corazón. Verano es buen tiempo para orar con el oído:

 

  • Dedica cada día un rato a ejercitar tu oído en la oración. Busca aquello que te lleva a Dios. Tú manera “personal” de entrar en comunicación con El.
  • Abre tu corazón y mantente en actitud receptiva y atenta.
  • Al comenzar el día cae en la cuenta de la infinidad de cosas que oyes. Desde los ruidos más externos (los de tu casa, los de la calle, mientras caminas, en el autobús…) hasta los más cercanos a ti (tus pasos, cuando hablas con alguien…) Fíjate en la diferencia entre oír muchos ruidos y escuchar atentamente.
  • También tu fe en Dios tiene que ver con tu capacidad de escucha. La fe es escuchar entre la multitud de palabras, una Palabra especial: la Palabra de Dios.

¿Cuál es la Palabra que Dios te está dirigiendo a ti y sólo a ti? ¡Descúbrela!

Quizás te puedan ayudar estos textos del evangelio:

Mientras iban de camino, Jesús entró en una aldea, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Tenía Marta una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra (Lc 10, 38-39)

Jesús dijo: “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, es como aquel hombre sensato que edificó su casa sobre roca” (Mt 7, 24)

  • Al final del día, recuerda lo que has oído, ¿cómo te sientes ante lo que has oído, ¿te deja nervioso o en paz? ¿Has podido entrar dentro de ti y escuchar tu verdad más profunda? ¿Qué escuchas dentro de tu corazón? Te puede ayudar escribir lo que vas descubriendo.

Escuchar a Dios es sólo “cuestión de oído”. En este verano: ¡manos a la obra!, mantente en zona de cobertura, atento… Notarás que el oído se va afinando. Quizás nadie lo perciba pero tú, notarás la diferencia. ¡Feliz Verano! No lo olvides….Es sólo cuestión de oído.