Eco Diario de la Palabra
 

ORAR – ALEGRÍA


ORACIÓN Y ALEGRÍA

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¿Qué tiene que ver la oración con la alegría?

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En la Escritura se nos dice que cuando Moisés salía de hablar con Dios, salía con el rostro resplandeciente, tanto que se lo tenía que cubrir con un velo porque no podían mirarle a la cara… me valgo de esta imagen para plantear las pistas de este curso, en relación con el lema: ¿de qué manera el encuentro con Dios en la oración me hace salir alegre? ¿Es posible que la oración me ayude a ir dibujando una sonrisa en mi rostro, y que ésta perdure?

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Los salmos expresan repetidamente el ansía de estar con Dios, de ver su rostro:

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-Buscad mi rostro. -Mi corazón dice: Yo busco tu rostro, Señor, no me ocultes tu rostro. No apartes con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me rechaces, no me abandones, Dios de mi salvación. (Sal 27, 8-9)

No me apartes de tu presencia ni me quites tu santo espíritu. (Sal 51, 11)

«Escondes tu rostro, se turban; si retiras tu soplo, expiran y vuelven al polvo. Envías tu espíritu, los creas, y renuevas la faz de la tierra» (Sal 104, 29s).

Buscar y estar ante el rostro de Dios, en su presencia, tiene que ver con la comunicación del Espíritu Santo y sabemos que es el Espíritu el que nos ayuda a orar como conviene (Rom 8, 26)

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Oímos decir que el rostro, los ojos, son el espejo del alma, pues hablando simbólicamente, cuando el rostro de Dios se vuelve hacia sus criaturas, y los mira con amor, hace que su Espíritu se desborde y se derrame su Vida, su Bendición, su Paz. Los frutos del Espíritu. He ahí la fuente de la alegría.

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Pero a Dios nadie le ha visto jamás, el Hijo es el que nos lo ha dado a conocer (Jn 1, 18). Jesús es el rostro cercano y visible del Dios invisible y es él quien envía el Espíritu desde el Padre.

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Busca una imagen de Jesús que te diga mucho, por su mirada, por su gesto bondadoso, pacífico… o sufriente. «Solo te pido que lo mires y que te dejes mirar por Él» como nos dice Santa Teresa de Jesús.

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Fijando en él tu mirada, trata de penetrar serenamente en el Espíritu que le habita: el creador que da vida, el que ungió a los profetas, a los reyes, a Jesús en su bautismo, el que hablaba, curaba, ponía en pie, expulsaba el mal, resucitaba a los muertos… y deja que actúe en ti, sin forzar nada… ese viento impetuoso que vence todo miedo, ese fuego abrasador que derrite lo más frío, el que pone orden en el caos… ese Espíritu se te comunica a ti. Y produce frutos (Gal 5, 22-23), la alegría entre otros.

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Mírale y déjate mirar. A fuerza de mirar uno se convierte en lo que mira. El rostro de Jesús resplandecía como el sol en la Transfiguración (Mt 17, 1-9) y Pedro ante aquel espectáculo quería fijar allí su morada, para que no acabara nunca esa belleza, ese asombro, esa alegría… más tarde, esos mismos amigos, contemplarán el rostro angustiado de Jesús en Getsemaní y no sabrán qué hacer con eso… quedarán dormidos. En todo caso, el rostro de Jesús es fuente de amorosa entrega filial, y nos enseñará también que hay alegrías poco sonoras que manan de la aceptación serena de las circunstancias, abandonados en las manos del Padre y acompañados por su Espíritu, fuente del mayor consuelo.

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi

Consuelo Ferrús