Eco Diario de la Palabra
 

ORAR – A TODA HORA


A TODA HORA

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El otro día, caminando en oración, disfrutando de la brisa matinal, me venía el verso bíblico: “el Señor Dios se paseaba por el jardín a la hora de la brisa” (Gn 3, 8) buscaba entonces y sigue buscando la compañía de los seres humanos. Se me ocurrió que de cara al verano, ya estemos disfrutando de vacaciones o sigamos trabajando, las pistas para orar pueden ser sencillamente orar a toda hora, cada una con su característica peculiar: al amanecer estrenando esperanza, al mediodía con todo el calor, al atardecer cuando declina el día, invitando al descanso, a compartir en familia, al anochecer recogiendo los frutos del día, cuando todo entra en calma de nuevo… este tiempo de verano es más propicio para el encuentro con la naturaleza y podemos dejarnos contagiar por su ritmo, el ritmo de las horas, y acompasar nuestra oración con ella.

Toda hora es posibilidad de encuentro, de oración, si estamos con los ojos abiertos, el corazón deseoso y dispuesto, el amor ardiendo, como en Emaús. La hora de la brisa puede ser la mañana o la tarde  y ¡cómo se agradece! La brisa es el momento y la circunstancia en que Dios se deja oír (1Re 19, 9-13). La brisa es su voz. Pero como es tan suave, hay que estar alerta, atentos a ese susurro.

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Y todo lugar puede ser también ocasión de ese encuentro, pues Él se manifestó en el monte Tabor, en el Horeb, en el mar de Tiberíades, en la nube mientras atravesaban el desierto, hasta nuestros infiernos personales llega su presencia. “A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje” (Sal 19, 5) “Nada escapa de su mirada” (Sal 139)

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Vivir así, orando en todo tiempo y lugar, precisa una nueva sabiduría, la de la vigilancia, la de una vida en alabanza continua, de quien se sabe criatura amada y sostenida cada segundo por su Creador. Los Himnos de la Liturgia de las Horas son composiciones literarias preciosas que pueden ser también de gran ayuda para nuestra oración. Dice Thomas Merton en su “Libro de las Horas”:

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“Aprendamos a meditar sobre el papel. El dibujo y la escritura son formas de meditación. Aprendamos a contemplar las obras de arte. Aprendamos a orar en las calles o en el campo. Sepamos meditar no sólo cuando tenemos un libro en las manos, sino también mientras estamos esperando el autobús o viajamos en tren. Sobre todo, entremos en la liturgia de la Iglesia y hagamos que el ciclo litúrgico pase a formar parte de nuestra vida, dejando que su ritmo penetre en nuestro cuerpo y en nuestra alma.”

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El verano nos ofrecerá multitud de ocasiones para rezar, meditar, agradecer… quizá también sufrir algo. Vivámoslo en comunión con Él, en todo momento, con plena atención a su paso. Que no pase de largo (Gn 18, 3).

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Consuelo Ferrús, rmi

@consuelormi