Eco Diario de la Palabra
 

MÁS ALLÁ DE LAS APARIENCIAS


El otro día, cuando subía a un autobús de larga distancia, mi compañera de viaje me comentó que no se había atrevido a preguntarle al conductor por el lugar donde tenía que meter la maleta porque tenía cara de “pocos amigos” y parecía enfadado. Me hizo recordar que hace algunos años se puso “de moda” un pequeño libro de esos que hacen pensar: “El caballero de la armadura oxidada”. Bajo la inocente apariencia de un cuento, se ponía sobre la mesa cómo con frecuencia las personas protegen su verdadero yo bajo una rígida armadura que espanta a quienes le rodean… como le pasaba al chófer de constante rostro enfadado.  

Seguro que hemos comprobado por experiencia como hay algunas personas que, detrás de un modo de ser áspero e incluso desagradable, esconden un corazón tan grande que no les cabe en el pecho. Está claro que las apariencias engañan y que, si nos dejamos llevar por ellas, podemos perder la oportunidad de atisbar el tesoro que todos escondemos en nuestro interior. Jesús sí que fue un maestro en esto de no dejarse llevar por las apariencias. Donde todos veían a un estafador que se enriquecía a costa de doblarles los impuestos a sus vecinos, Él descubrió un corazón inquieto y buscador que anhelaba ser acogido sin juicios. Por eso, cuando se auto-invitó a la casa de Zaqueo, esto no pudo sino rendirse ante el que había descubierto su verdad más verdadera (Lc 19,1-10).   

Pero el Evangelio también nos alerta frente a lo contrario porque, aunque nuestro modo de actuar dé la sensación de que somos “hijos modélicos” de esos que no se les puede reprochar nada, nos podría suceder como al hermano mayor que se quedó en casa mientras el menor se perdía: que compartamos con el Padre todo… menos sus entrañas misericordiosas (Lc 15,11-32).  

Aunque a veces nos preocupa el qué dirán quienes nos rodean, nos debería dar mucha tranquilidad que Dios se fija en el corazón del ser humano (1Sam 16,7) y salta por encima de las apariencias que, con frecuencia, nos ciegan tanto a nosotros. ¿Seremos capaces de no dejarnos confundir por el exterior? ¿Se nos “pegará” del Padre su mismo modo de mirar a quienes nos rodean desde unas entrañas llenas de misericordia?