Eco Diario de la Palabra
 

Lo que se oculta


Cuando llega la primavera es como si la tierra hubiera permanecido “muerta” y, de repente, volviera a la vida llenándolo todo de colores. Quizá no siempre tengamos presente que hay una continuidad innegable entre el frío de enero y el calor de mayo. Debajo de la lluvia, la nieve y las bajas temperaturas se ha estado gestando silenciosamente lo que después veremos. Es como si la primavera solo hubiera permanecido escondida bajo el abrigo del agua, las hojas secas y la escarcha. Estaba oculta, esperando su momento para salir y llenarlo todo. Así son también las cosas importantes de nuestra vida: necesitan un tiempo para estar ocultas, para hacerse fuertes y madurar escondidas de la mirada de cualquiera.

También vamos creciendo como personas y como cristianos gracias a todo aquello que se cuece en el escondido horno de nuestro corazón, y eso lleva su tiempo. No siempre tenemos la paciencia necesaria para dar tiempo a que los sentimientos, experiencias, inquietudes, deseos o intuiciones vayan adquiriendo solidez y puedan brotar en nuestra existencia con la energía de la primavera. Pero como Jesús conoce muy bien nuestras prisas, ya nos alertó de que nos guardáramos de exhibir demasiado pronto aquello que todavía tenía que ser mantenido solo ante la mirada del Padre (cf. Mt 6,4.6).

No se trata de retener para nosotros aquello que llevamos dentro, sino de esperar el momento adecuado para que brote hacia el exterior de modo natural, como sucede con la primavera tras el invierno, porque “nada hay oculto si no es para ser manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto” (Mc 4,22). María, que es una experta en “guardar en el corazón” (cf. Lc 2,19.51), nos enseñará cómo hacerlo.