Eco Diario de la Palabra
 

LA RELIGIÓN EN EL AULA


Con los cambios de leyes, y siempre en boca de todos, la clase de religión, como la más pobre de entre las asignaturas, pero, al parecer símbolo de algo que debe o no desaparecer de la vida pública, vuelve a ser zarandeada, puesta en cuestión. Bandera discutida entre unos y otros, y polarizadas las posturas con intereses sumergidos por todos intuidos, y sin ánimo de agotar el tema, expreso una reflexión que quisiera enriquecer el debate en torno al tema.

En cuanto a las objeciones respecto a la clase de religión, los argumentos son más bien escasos y repetidos, tan inmutables casi como la descripción escolástica de Dios en el tratado De Deo uno, por lo menos desde el s.XIX[1]. Las cinco más importantes son:

  • el supuesto privilegio que suponen los Acuerdos Iglesia-Estado, por parte de una España constitucionalmente aconfesional, a un colectivo religioso concreto;
  • ello obliga, a su vez, segunda objeción, a la totalidad del alumnado a contar con una asignatura más en el currículo, teniendo en cuenta la obligatoriedad de la alternativa a religión;
  • el estatuto académico de la religión es puesto en tela de juicio, además, habida cuenta de su naturaleza eminentemente vivencial, con las correspondiente dificultades: la dificultad de la evaluación, etc.;
  • la percepción de la religión como transmisión vivencial privada, siembra la duda en torno a la financiación pública de dicha materia lectiva.
  • Y, puestos a enseñar religión, ¿por qué la cristiana católica romana y no otras?

No debemos, sin embargo, caer en extremos tan connaturales como erróneos. Y es que la aconfesionalidad del Estado no implica necesariamente el laicismo del mismo. La apertura de tal espacio permitiría plantear el estudio del hecho religioso en tanto que saber que trata de sistematizar y armonizar el discurso coherente brotado de la experiencia religiosa.

¿Qué supone esto en el conjunto de las asignaturas que componen el currículo escolar? Lo primero de todo, la necesidad de distinguir entre asignaturas y asignaturas. Fue, si no recuerdo mal, Círculo de Viena y el movimiento cientifista contemporáneo el que impuso en la mentalidad occidental la percepción de que lo verdadero es lo verificable a través del método científico y, por tanto, expresable alfanuméricamente. Si bien los intentos por establecer un sistema lógico formal coherente y subsistente en sí mismo fueron un rotundo fracaso. De hecho, la afirmación discriminatoria inicial no es demostrable, sin un planteamiento metafísico (literalmente, «más allá de la Física») concreto. Y éste no es consistente, a su vez, si no se apela, de un modo u otro, por lo menos a la posibilidad de la referencia última al Absoluto como fundamento, sostenimiento y horizonte de la realidad, a su ausencia de tal referencia (nihilismo) o al análisis de las posturas intermedias. Estamos, en este último campo, en el ámbito de la enseñanza de la asignatura de Religión, bastante más, como desarrollo a continuación, que dedicarse a contar su historia, como algún político actual ha gustado de decir últimamente.

En efecto, con Gabriel Marcel, podemos distinguir entre materias dedicadas a problemas (Matemáticas, Física, Química, Ciencias Sociales…) y saberes concentrados en metaproblemas o misterios[2] (Metafísica, Teología, Epistemología…). En ambos casos se asume la estructura racional de cuanto es (algo que, por cierto, es interesante de analizar), pero se distingue entre el ámbito externo de la realidad y el ámbito interno del espíritu humano[3]. B. Pascal hablaba de las razones de la razón y de las razones del corazón[4]. Hoy día y gracias a H. Gardner y a los aportes posteriores de Zohar y Marshall y de otros autores, las dimensiones humanas quedan plasmadas en inteligencias a desarrollarse. Se habla en la actualidad por lo menos de diez inteligencias diferentes (lingüística, musical, lógico-matemática, corporal y quinestésica, espacial y visual, intrapersonal, interpersonal, naturista, pedagógica y espiritual)[5]. Se aprecian en estas investigaciones dos puntos importantes: la imposibilidad real de separación y mucho menos de supeditación (ancilla) en el ámbitos de los saberes, entre los referentes a la razón objetiva y a la razón subjetiva y la necesidad de diálogo entre todas ellas para garantizar el desarrollo integral del ser humano. Lo subjetivo no es menos verdadero que lo objetivo y viceversa, si bien el tratamiento en ambos caso reviste de dificultades y tratamientos diversos como se ve en el ámbito del conocimiento y de la praxis correspondiente.

Hemos de reivindicar, como una dimensión más, con su metodología y sus peculiaridades, la necesidad de desarrollo de la inteligencia espiritual y de su correlativa competencia académica. No es casualidad que se hable de un «desierto espiritual» en la actualidad occidental, cuyos frentes principales, entre otros, serían, según F. Torralba: la búsqueda de sentido, el preguntarse últimamente, la capacidad de adquirir distancia, la autotrascendencia, el asombro, el autoconocimiento, la capacidad de valorar, el gozo estético, el sentido de Misterio, la búsqueda existencial de la Verdad, el sentido de pertenencia al todo, la superación de la dualidad, la capacidad de los simbólico, el discernimiento de intenciones y de la propia vocación, la construcción de los propios ideales, la capacidad de religación, la ironía y el humor, etc[6].

Apreciamos, además, que en el planteamiento de la asignatura de religión resulta imposible la «desconfesionalización» de la religión sin desnaturalizar la misma. La idea de una especie de esperanto de lo espiritual que, a su vez, conserve una anonimia en aras de respetar la aconfesionalidad de un determinado Estado es, simplemente, usurpar la esencia del hecho religioso y su lógica interna. Es enseñar una nueva religión creada en el laboratorio y no en el encuentro con el Misterio Santo, con las concreciones diversas que de éste se derivan. Y ante la crítica de por qué enseñar una religión y no otra, la sucesión de leyes educativas ha entendido muy bien a lo largo de la historia, no solo con religión sino con otras materias, que se trata de la formación de las capacidades humanas, algo que va más allá de la propia materia muchas veces, como pasa, exempli gratia, con la enseñanza de la Primera Lengua Extranjera, que en tantos casos se traduce directamente en la enseñanza de Inglés, pero que no tendría por qué. La elección, por tanto, de la religión a enseñar quedaría en manos del centro, teniendo en cuenta, por supuesto, la realidad circundante, y estaría destinada al desarrollo de estas capacidades que antes describíamos asociadas a la inteligencia espiritual. De fondo se advierte la lucha de una cultura postmoderna derivada de una concepción fragmentaria del ser humano público-privado, objetivo-subjetivo, alma-cuerpo… contra todo lo que a ello se opone. Y, en este caso, la clase de religión significa claramente una apuesta en esta última dirección.

Ciertamente, y frente al positivismo impuesto desde principios del s.XX en todos los saberes, no todo lo que es, es reductible a números. La evolución de los métodos de evaluación de lo que atañe al sujeto últimamente[7] nos dará pistas para ir acertando en la calificación de la asignatura, pero su dificultad no exime de su necesaria incorporación al currículum en aras de la integralidad de la educación.

Terminaría, por resumir el mensaje que se quiere transmitir en estas líneas, con dos llamamientos a través de sendas citas. La primera es del concilio Vaticano II

«Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y de voluntad libre, y enriquecidos por tanto con una responsabilidad personal, están impulsados por su misma naturaleza y están obligados además moralmente a buscar la verdad, sobre todo la que se refiere a la religión. Están obligados, asimismo, a aceptar la verdad conocida y a disponer toda su vida según sus exigencias. Pero los hombres no pueden satisfacer esta obligación de forma adecuada a su propia naturaleza, si no gozan de libertad psicológica al mismo tiempo que de inmunidad de coacción externa. Por consiguiente, el derecho a la libertad religiosa no se funda en la disposición subjetiva de la persona, sino en su misma naturaleza. Por lo cual, el derecho a esta inmunidad permanece también en aquellos que no cumplen la obligación de buscar la verdad y de adherirse a ella, y su ejercicio, con tal de que se guarde el justo orden público, no puede ser impedido»[8].

Y la segunda, a modo de consejo para nuestro sistema educativo y nuestra cultura, la tomo prestada de F. Nietzsche:

«Ida, no abandones la idea de Dios.  Yo la he abandonado, quiero crear algo nuevo y no puedo ni quiero volverme atrás. Voy a perecer a causa de mis pasiones, que me he arrojado de acá para allá; me desmorono continuamente, pero eso nada me importa»[9].

 

[1] Cf Carlos Esteban Garcés, El área de Religión en el sistema educativo LOE, SM, Madrid 2007;

Id., «Controversia e historia de la ERE», Aula de Encuentro: 9, Escuela de Magisterio Sagrada Familia Universidad de Jaén, 149-198.

[2] Être et avoir, Aubier, Paris 1935, 144ss.

[3]Cf. P. Tillich, Teología Sistemática I. La razón y la revelación. El ser y Dios, Sígueme 2009,104ss.

[4] B. Pascal, Pensées, § 277.

[5] Cf. F. Torralba, Inteligencia espiritual, Plataforma, Barcelona 2012.

[6] Ibid., 30-42.

[7] Cf. P. Tillich, O. c., 27.

[8] Pablo VI, Dignitatis Humanae, Decreto del concilio Vaticano II sobre libertad religiosa, Roma 1965, 2.

[9] Citado en H. Küng, ¿Existe Dios?Respuesta al problema de Dios en nuestro tiempo, Cristiandad, Madrid 1979, 539-540, tomado de C. A. Bernoulli, Franz Overbeck und Friedrich Nietzsche, Eine Freundschaft I, Jena 1908, 208.