Eco Diario de la Palabra
 

FELICIDAD Y EVANGELIO


Me encanta pasar un tiempo tranquilo en una gran librería. Mirar con calma los libros expuestos, recorrer sus portadas y echar un vistazo a los pequeños resúmenes que aparecen en la parte de atrás. Una de las cosas que más me llama la atención es la cantidad de libros catalogados bajo el título de “autoayuda” que pueblan las estanterías de estos comercios. Se supone que la pretensión de todos ellos es hacer posible que los lectores “solucionen” un aspecto de su vida que no les permite ser felices. Y es que, si hay algo que todo ser humano anhela en lo más profundo de su corazón, eso es ser feliz. Nadie está “a salvo” de este deseo que brota de nuestro interior, pero seguro que la definición que damos de lo que significa “ser feliz” varía mucho según la persona que responda.

Para muchos, ser feliz tiene que ver con ser queridos, con mantener un trabajo estable y no tener problemas económicos, con tener buena salud y poder prescindir de atenciones médicas… pero, si le preguntamos al Evangelio por lo que da la felicidad ¿qué nos respondería? En distintos momentos, se afirma que hay gente feliz: es feliz María porque ha creído en la promesa dada por Dios a pesar de que ésta le haya complicado la vida (Lc 1,45). También se dice que son felices los pobres, los que tienen hambre y los que lloran porque el Señor no se desentiende de su suerte aunque las apariencias engañen (Lc 6,20-21). Todos nosotros podemos ser felices según el Evangelio cuando nos odien y maltraten a causa de Jesús (Lc 6,22), o cuando la vida y las palabras del Galileo no nos escandalicen (Lc 7,23). Pero, sobre todo, somos felices cuando acogemos la Palabra de Dios y la guardamos en el corazón (Lc 11,27-28).

Sí, es verdad que esta felicidad que nos promete Jesús es un poco paradójica y que es muy probable que estas promesas de dicha no se vendieran muy bien en ninguno de esos libros de “autoayuda”. Pero, en algún lugar de nuestro corazón, ya hemos saboreado que la verdadera bienaventuranza tiene que ver con saber que estamos en las Manos de Dios aunque las circunstancias no sean halagüeñas, que amar de modo incondicional y gratuito es mejor que empeñarnos sólo en recibir cariño y que haber conocido a Jesucristo y su Palabra es el mayor regalo que jamás hemos recibido. ¡Y esto nos hace extremadamente felices!