Eco Diario de la Palabra
 

EL RETO DE SER COMO NIÑOS


Seguro que hemos oído muchas veces la invitación y el reto que nos lanza el Evangelio de ser “como niños”. Vivimos en un momento histórico y en una cultura en la que se tiene muy en cuenta a los más pequeños. Ellos son los primeros a los que atendemos en situaciones de urgencia o de necesidad, y su bienestar se busca por encima de todo. Este es el motivo por el que no nos sorprende tanto que Jesús diga a sus discípulos que dejen que se le acerquen los niños (Mt 19,14-15). Pero no nos imaginamos siquiera el asombro que tuvieron que experimentar los que escuchaban al Maestro que debían cambiar para asemejarse a un niño y que recibir a estos era como recibirle a Él (Mt 18,2-6).

Y es que en la época de Jesús, y aún hoy en muchos lugares, quienes no habían llegado a la edad adulta no contaban para la sociedad. Los niños eran considerados los últimos, unos “adultos sin cuajar” a los que no se debía escuchar hasta que no tuvieran los años suficientes como para adquirir voz propia. Por eso, los seguidores de Jesús sólo hacían “lo normal” cuando reñían a los que acercaban niños para que el Galileo los bendijera (Mc 10,13).  

La llamada a hacernos como niños implica renovar la inocencia, el asombro y la capacidad de admirarnos ante la realidad. Cuando nos hacemos mayores parece que todo “es normal” y ya no nos dejamos sorprender con cosas habituales como la belleza de un amanecer. Además se nos “retuerce” el colmillo y damos demasiada credibilidad al refrán “piensa mal y acertarás”.  

Pero, además, desde ese contexto cultural e histórico en el que predicaba el Señor, “ser como niños” adquiere unas nuevas connotaciones, pues supone también asumir nuestra incapacidad, aprender a recibir, reconocer que dependemos de otros y aceptar ser considerados “menos” que los demás. Lo más importante de nuestra vida siempre es don que se nos regala de forma inmerecida y no podemos arrebatarlo. Ser “niños” nos enseña a no pretender ser “súper-hombres” ni “súper-mujeres” y reconocer sin complejos nuestros límites, a acoger esos regalos inmerecidos, a vivir una libre dependencia con el Dios que nos cuida y a no sentir que “valemos menos” simplemente porque otros no nos tengan en cuenta. ¿No es un reto maravilloso?