Eco Diario de la Palabra
 

EL CÁNTICO DE ANA (1ª parte): La pequeñez de Ana 


A lo largo de todo el Antiguo y el Nuevo Testamento, vemos cómo YHWH elige lo pequeño, incapaz, humilde, torpe, para salvar a su pueblo, para conducir a la humanidad hacia la plenitud. Además de elegir a mujeres estériles para dar a luz a sus guías, elige al pequeño de la familia como en el caso de David, al tartamudo Moisés, la humildad de María o la “necedad” de San Pablo. Ante la dureza de corazón y soberbia del ser humano, Dios interviene en la historia dejando claro qué humanidad quiere: no la perfecta, sino la que se sabe regalada y elegida cuando a los ojos del mundo a la persona no le correspondería semejante categoría. Precisamente ante esta incapacidad reconocida es cuando la persona se deja hacer, transformar, guiar, amar… por el Dios que lo sobrepasa todo. 

Así lo vemos en la esterilidad de Ana, que dará a luz a Samuel, que guiará a su pueblo. Salva a Ana, pero en su intervención hay toda una enseñanza, un mensaje que comunicar al mundo. Se comunica Dios mismo, y Él no es otro que el Dios misericordioso, el de los pequeños. Y nosotros nos pasamos la vida queriendo ser, aparentar, acumular conocimientos, prestigio, poder… Ahí no está Dios. Él nos da todas nuestras cualidades para poder llevar a cabo su misión, su voluntad, pero no nos ha escogido por dichas cualidades. Nos ha escogido por nuestra pequeñez, nuestra carencia, nuestra herida, se manifieste de una forma u otra, y una vez conscientes de ello ya puede hacer en nosotras, y a través nuestro, maravillas. Nos escoge para salvarnos y para salvar a la humanidad. 

Podemos imaginar el dolor de Ana ante el hecho de ser estéril, por no tener hijos y porque le quedaban pocas posibilidades de sentirse realizada. A esto hay que sumarle el sufrimiento por la creencia extendida de considerar la esterilidad como una maldición. Hubiera sobrellevado su dolor en silencio, pero la humillación a la que le sometía Feniná provocó un giro en la historia. Esto da mucho que pensar. Soportamos cierta cantidad de dolor y nos conformamos, nos resignamos a él. Es cuando ese dolor se hace tan grande que no cabe dentro cuando decimos: ¡basta!, y de alguna manera buscamos una salida. Me pregunto si lo que aparentemente puede parecer “obra del diablo”, puede ser en el fondo el empuje para cambiar la propia historia, contando con la ayuda de Dios. De manera, que aún habiendo querido hacer el mal, Peniná acabó haciendo el bien. No digo que sea ni querido ni bueno a los ojos de Dios el daño al otro, pero sí que a partir de la oscuridad puede nacer luz, de la muerte resurrección, por la acción de Dios, del Amor. Es un anuncio precursor más de la Muerte y Resurrección de Jesús. Y así lo voy leyendo en mi propia historia. Cuántas dificultades me han ayudado a crecer con la ayuda de un Dios manifestado de mil maneras diferentes. El ser humano no tiene la última palabra. Así Juliana de Norwich en el siglo XIV nos transmitía las palabras que Jesús le reveló: “Todo acabará bien”. 

Quiero también resaltar lo que a mí me parece un detalle que puede pasar desapercibido pero que a mi parecer es de gran importancia. Vemos a Ana desahogarse, poner su vida en presencia de Dios, de ese Dios que escucha, que es Todopoderoso y Misericordioso, que acompaña, que es fiel. Junto a esto debió ayudarla también, por qué no, oír de boca de otro ser humano el apoyo a su causa, la intercesión de Elí por ella: “que te sea concedido el favor de Dios”. El Dios que acompaña pero que no se ve, pone a su lado a una persona visible que le confirma en su petición. Podemos decir que el ser humano destroza y el ser humano restablece y sana, aunque sea parcialmente. Le nace la esperanza, las ganas de vivir, y come. Y ya no parecía la misma. La confianza se ha instalado en ella. El mundo ya no se ve igual. Nacen el sol y las estrellas, siempre hay algo que admirar. Alberga un secreto en su interior, una esperanza que se trasluce en un porte distinto, quizás hasta en una sonrisa y no sabemos si en un brillo en los ojos. Si fuéramos conscientes de lo importante que es el apoyo humano en las situaciones de dolor y sufrimiento… Cambia radicalmente la sensación y el propio sentimiento. La obra es culminada por Dios pero el ser humano comienza dicha obra con su súplica, su conciencia de que algo le falta y que no puede realizar por sí mismo. Va desarrollándose, gestándose gracias al apoyo de otras personas y finalmente es nuestro Dios el que hace el milagro. Pero el terreno ha sido preparado y abonado. Otras personas nos ayudan a ablandar el corazón, a abrirlo, para que luego el Señor pueda actuar. Así lo he sentido yo en mi propia historia de salvación. Dios no actúa sin el ser humano y quizá podríamos aventurarnos a decir que no actúa sin la comunión de los santos, sin la intercesión de unos por otros, sin la intervención en la historia de las demás personas. Quizá no somos conscientes de cuán en nuestra mano está la vida de los demás.