Eco Diario de la Palabra
 

«Educar en la esperanza ¿Se puede hacer lo contrario?» por Santiago Casanova


Educar en la esperanza…  ¿Se puede hacer lo contrario?

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Es curioso todo esto de ponerle a la palabra “educar” alguna coletilla detrás. “Educar para la paz”, “educar en el amor”, “educar la voluntad”… “educar en la esperanza”… Soy padre de tres hijos y, además, me he pasado la vida en grupos juveniles; siempre intentando sacar, de aquellos que tengo delante, lo mejor y, sobre todo, ayudándoles a descubrir quiénes son y a sentar las bases de su felicidad. ¡Y además soy creyente! Esto implica que, en todo lo anterior, Dios tiene algo que decir y nosotros mucho que escuchar.

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Voy a dejar clara mi opinión desde el principio: no es posible educar sin esperanza. Educar a alguien, a la postre, es ayudarlo en la difícil tarea de tomar las riendas de su vida, para que afronte todo el camino que le queda por delante con garantías. ¿Puede existir futuro sin meta? ¿Puede existir camino sin deseo? ¿Puede uno dirigirse a ninguna parte? Para mí, imposible. O hay esperanza o no hay educación posible.

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En la base, el amor

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Para educar en la esperanza hay que amar, amar incondicionalmente. Una persona que no se sabe amada, no será capaz de mirar al futuro con deseo. Y esto se transmite desde muy pequeñito. El niño, el joven, debe descubrir en sus padres, en sus educadores, a personas que lo aman como es, que confían en él, que le dejan hacer y que siempre están cuando decide “volver a casa” tras experimentar la libertad. El futuro sin amor es negro y oscuro y, realmente, no tiene motivos para existir.

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Y aquí, los que somos cristianos, todavía experimentamos algo mucho más fuerte. Dios es aquel que más ama, que siempre ama, que siempre perdona, que siempre nos espera, que siempre está, que no se cansa.

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Tener este horizonte permite vivir la vida de otra manera, sin duda. Uno encara su realidad de manera muy distinta, sabiendo que tiene “colchón”, que vale la pena, que hay calor, refugio, resguardo.

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La fe en el presente

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La vivencia de la esperanza, pese a tener un componente de futuro, se vive y se concreta en el presente. No es posible alimentar la esperanza en un futuro mejor cuando somos incapaces de experimentar “hoy” parte de lo deseado, de lo prometido. Desde el punto de vista cristiano, diremos que la fe (íntimamente unida a la esperanza) nos da algo ya de ese paraíso ansiado y es fundamento en el que apoyarse para afrontar lo que nos sucede cada día.

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Por eso, es importantísimo enseñar a ser agradecidos, a valorar lo pequeño, a frecuentar los gestos, los detalles… Enseñar a saber mirar, a descubrir la mano de Dios en nuestra monótona y sufriente realidad. Mirar en positivo el presente, sin caer en el ilusionismo fuera de la realidad, nos permitirá afrontar el futuro con esperanza. Es nuestra manera de posicionarnos, de mirar, de querer, la que nos permite esperar de una manera u otra. Siempre hay motivos. Siempre hay prueba del amor de Dios que, a la postre, adelanta la vivencia futura de su amor eterno.

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El sufrimiento, experiencia de calado

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El sufrimiento existe. Es parte de nuestra realidad. Cerrar los ojos ante esto nos hace sufrir aún más. Educar en la esperanza es también acompañar a nuestros hijos, a nuestros alumnos, a nuestros jóvenes, en sus experiencias de dolor y ayudarles a vivirlas con profundidad, madurando, creciendo y creyendo y confiando en un Dios compasivo.

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Es difícil afrontar el dolor, tantas veces inexplicable, sin la perspectiva de un Dios encarnado, sufriente, en la cruz, que acompaña nuestros desvelos y que nos ama y nos salva en ellos. Vivir la trascendencia de lo que se escapa de nuestro poder y nuestro entendimiento, conocer nuestras limitaciones… nos libera, al contrario de lo que pensamos. Dejarnos en manos de otro nos permite quitarnos el peso de la sinrazón, de la responsabilidad de entenderlo todo. Pensar que hay algo mejor que nos espera, al final, nos ayuda a sobrellevar la parte más dura del trayecto.

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La esperanza es para otros

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La esperanza se contagia. Un grupito de esperanzados puede cambiar una comunidad, un vecindario, un barrio… la perspectiva y el ánimo de sus amigos de facebook o sus seguidores de twitter. Nuestra esperanza es esperanza para otros. Debemos ser esperanza para aquellos que la han perdido.

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No sólo eso. Nuestros actos, nuestras buenas obras, nuestra manera de vivir, nuestras obras de misericordia, nuestro tiempo entregado, nuestro compromiso, nuestra preocupación por el prójimo… alimentan la esperanza del mundo. Son gotas en el océano, sí, pero imprescindibles. No nos podemos permitir el lujo de “desaparecer”.

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Algunas pistas…

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  • Orar en familia, en grupo… La oración es alimento de la esperanza.
  • Vivir el día a día con alegría y confianza.
  • Comentar en familia las situaciones de dolor y sufrimiento cercanas y conocidas. Acompañar, compartir y poner delante de Dios esas situaciones.
  • Fomentar lo bueno de la persona más que reprochar los errores.
  • Besarse, abrazarse, mirarse, escucharse… quererse.
  • Vivir uno mismo esa esperanza. Vivir dice más que hablar.
  • Vivir y experimentar el perdón. Perdonar y ser perdonado.
  • Compartir nuestras aspiraciones, deseos, nuestros motivos para “querer seguir”, para “vivir”. Animar a perseguir el sueño, la meta, a hacer camino…

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Santiago Casanova Miralles
@scasanovam

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