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“¡LO QUE NOS MATAN NUESTROS PREJUICIOS Y NUESTRAS PRECOMPRENSIONES!”


febrero 3

¡Qué demencial es, tanto el comienzo, como el final de este texto!

Somos capaces de reconocer la novedad maravillosa recién escuchada de algo que se ha mantenido velado para nosotros durante toda nuestra vida (¡y que se trata, ni más ni menos, de la apertura de un año de gracia para mí; de la presencia entre nosotros del Salvador anunciado y esperado por todos!) y, a la vez, amparándonos en la multitud —que bastante consuelo de tontos es… pero ¡que nos suele valer con frecuencia!— intentar destruir esa voz que la acaba de proclamar (… ¡a la voz junto al proclamador!).

¿Qué hay entre medias? Seguro que no necesitamos mucha imaginación para responder… ¿Cuántas veces nos hemos resguardado en la barrera del comentario tangencial, como pretendido desmontaje barato (“… ¡Pero si yo conozco a ése desde niño!”)? ¿O cuántas hemos tirado de envidia exigente (“Y si es así, ¿por qué no lo he sabido yo antes?”)? ¿O generado dudas que no acepta respuesta alguna (“… Pues no se comprende del todo a la primera y, además, prefiero creerme lo suficientemente sano como para decirme curarme o no curarme cuando quiera y con quien quiera”)?… Y tantas otras opciones de evasión que somos capaces de generarnos (como el clásico “si Él puede, ¿por qué no lo hace Él solo en mí?”, que nos arranca nuestra libertad y responsabilidad de cuajo, sin apenas darnos cuenta).

Yo apostaría a que, en el fondo, nos creemos los merecedores de toda la atención y de todos los premios existentes e imaginables; los destinatarios de la elección divina por lo mucho que sabemos que valemos —pues, además, le conocemos y le rezamos de toda la vida de Dios—, porque si hubiéramos sido cualquier otro lo hubiéramos hecho mucho mejor, etc., etc., etc…

Sin darnos cuenta, en nuestro vacío y desesperación, optamos por exigir estar en primera línea de reconocimiento cuando no mereceríamos estar ni en el último rincón. Tratamos de manipular a Dios de la forma más infantil posible, probablemente sin darnos cuenta, chantajeándole mientras le enseñamos el carnet de acceso a la cima del pódium que nos hemos falsificado en un momento con ansiedad y prisas…

Con esta reacción que mata tan irracionalmente a quien nos trae la Verdad nos matamos también a nosotros mismos y a nuestro futuro… ¡Seguimos prefiriendo convivir con esta barbaridad, como si fuera normal, con tal de creernos que tenemos la razón y que es a nuestra propia voz a la que tenemos que seguir si no nos prometen lo que queremos, si no se empina mucho el camino, si no quedo mal delante de mi gente, si…

Pidamos, mejor hoy, con fe ir ganando en humildad para poder reconocer la voz de la Verdad que vino a salvarnos.

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Fecha:
febrero 3
Eco Categoría: