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EL SHUNGO DEL EVANGELIO


febrero 24

En nuestra Amazonía el bote, la casita y tantas cosas de la vida cotidiana son de madera. Los árboles sustentan y acompañan al ser humano desde siempre. Cuando se hace una casa hay que elegir bien los shungos, que son las vigas maestras, capaces de resistir toneladas. Y esa madera hay que buscarla en el shungo de los árboles más duros, es decir, en su profundidad, en su meollo, en su corazón.

Amar a los enemigos es el shungo, el meollo del Evangelio, su originalidad más radical. Devolver bien a quien nos hace mal, simple pero muy difícil, un camino empinado o una surcada río arriba en un día bravo de tormenta tropical. “Yo soy amigo de mis amigos”, se escucha a menudo; pero Jesús dice con una pizca de humor: “eso lo hace cualquiera”. Lo que debería distinguir a sus seguidores es amar precisamente a quienes te fastidian, te critican o te serruchan el piso. El bien que regalemos volverá a nosotros como un boomerang. Lo ha cantado Jorge Drexler: “Cada uno da lo que recibe; luego recibe lo que da”. Gratuidad resistente y auténtica como el shungo.

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Fecha:
febrero 24