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EL PODER DEL NOMBRE


abril 23

A veces no está muy claro cuáles son los criterios que llevan a los padres a poner un nombre u otro a sus hijos. A veces es cuestión de tradiciones familiares, otras simplemente de gustos o, incluso, de modas. El caso es que se trata del modo en que se nos va a llamar el resto de nuestra vida y la forma en la que nos vamos a sentir “dichos” por otros.

En la mentalidad bíblica el nombre adquiere un valor fundamental, pues el nombre encierra la vocación más profunda de un ser humano, todo lo que es y lo que está llamado a ser. Esto explica que en algunas ocasiones el mismo Dios cambie el nombre de alguien en un momento importante de su vida. Así sucede, por ejemplo, con Abrahán o con el mismo Pedro que, aunque casi se nos olvide, antes de que Jesús le llamara así se le denomina “Simón”.

En el texto de hoy, la Magdalena está un poco “despistada”. Como nos sucede a nosotros, también a ella le cuesta reconocer al Resucitado a nuestro lado. Pero hay algo que cambia todo: en el momento en que el Maestro pronuncia su nombre, se da cuenta de Quién es Él y qué es lo que ha pasado. Oír nuestro nombre de labios del Señor cambia todo, aunque todo parezca igual, y nos mantiene en pie ante la vida. Él no se cansa de pronunciarlo expresando en él todo lo que somos y lo que estamos llamados a ser. ¿Afinaremos el oído para escucharlo?

Detalles

Fecha:
abril 23
Eco Categoría: