Eco Diario de la Palabra
 

BIBLIANDO: “SALMOS EN VACACIONES…” por Marifé Ramos


SALMOS EN VACACIONES 

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En verano, el calor, los viajes, el contacto con la naturaleza y los encuentros familiares nos ofrecen muchas experiencias que nos ayudan a comprender mejor la Palabra, especialmente los Salmos.

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“En Ti vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17, 28) Podemos cerrar los ojos al nadar y bucear, repitiendo esta frase. Dios es como el agua que nos envuelve, en la que nos movemos y nos abandonamos. En el mar percibimos su grandeza y su fuerza, junto con la cercanía y la caricia.

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También la experiencia de la sed nos ayuda a comprender la Palabra. Buscar a Dios es como tener sed, una sed que nos agobia, nos inquieta y nos pone en movimiento para buscar corrientes de agua fresca. Eso hacían los cervatillos y eso podemos hacer…, salvo que nos contentemos con dar pequeños sorbos en el agua sucia de cisternas agrietadas. Desde esta perspectiva de la sed podemos orar con los Salmos 42 y 63.

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Si hacemos senderismo y buscamos atentamente las señales del camino, podemos orar con el Salmo 25, diciendo: “Muéstrame tus caminos, oh Dios, enséñame tus sendas”. Y con el Salmo 116, conscientes de que, cada paso que damos, estamos   “Caminando en presencia del Señor…”

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Si nuestra condición física nos impide estar a la altura de quienes nos rodean, si no podemos realizar ciertas actividades, es el momento de orar el Salmo 71 (70): “Ahora que estoy viejo, encanecido, oh Dios, no me abandones. Nos ha protegido desde el seno materno”. 

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Tomamos conciencia, una vez más, de que la vejez se acerca, con todas sus pobrezas y fragilidades. Pero no es el momento de convertirnos en plañideras, sino de recordar esa preciosa historia de Salvación que el buen Dios ha ido entretejiendo conmigo, con la familia, la comunidad y la humanidad.

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En medio de la naturaleza, contemplando las montañas, no seamos plañideras que lamentan el deterioro físico, sino que cantemos al  Dios que se manifiesta como roca y refugio: “Tú eres mi padre, mi Dios y roca de salvación” (Salmo 89, 27 y 31, 3-4)

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Tendremos ratos de silencio y soledad, ratos en los que la paz exterior que nos ayude a disfrutar de la paz interior. Entonces podemos orar con el Salmo 131 (130): “No voy buscando cosas grandes, que me vienen anchas. No; en silencio y en paz guardo mi alma, como un niño en el regazo de su alma” 

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Es posible que al salir de las ciudades y pasear por el campo veamos rebaños. Es el momento de recordar que El Señor es mi pastor, nada me falta… y tomar conciencia  de las verdes praderas que hemos recibido y de las cañadas oscuras a las que nos hemos dirigido, de manera inconsciente o soberbia (Salmo 23)

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Y, sobre todo, en vacaciones podemos escribir nuestros propios salmos. Cantemos al buen Dios, desde las luces y sombras que vivimos. Expresemos el dolor que sentimos ante muchas noticias que nos ofrecen los medios de comunicación y la esperanza que nos despiertan la justicia y la solidaridad.

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Escribamos lo que vivimos y sentimos, entrelazando el sueño de Dios con nuestra incoherencia; sus llamadas con nuestra fidelidad e infidelidad.

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El salmo que recoge la alegría de los encuentros familiares se puede convertir en un recuerdo imborrable y una sencilla catequesis para los pequeños.

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Si entrelazamos con sencillez el verano, las experiencias y la Palabra… ¡Todo irá bien! 

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