Eco Diario de la Palabra
 

AL FINAL… TODO ACABA… BIEN. por Consuelo Ferrús


AL FINAL… TODO ACABA… BIEN. 

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La naturaleza es una gran maestra de contemplación. Para ejercitarnos en la evaluación de nuestro curso, no en clave de juicio y examen, sino de atención, de observación, de paseo gracioso (como gracia) por los acontecimientos, de superación, vamos a realizar previamente un ejercicio de pura contemplación de la naturaleza.

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  • Sal a la naturaleza y pasea. Por un jardín en la ciudad, un parque natural, un camino rural, una playa, un río, una montaña, un bosque… Simplemente pasea y observa. Puede que lo primero que te pongas a hacer sea… razonar. Que si quién habrá sembrado esta bella plantita, que cuántos años tendrá este árbol, de quién esta huella que veo en el suelo, que qué pena que la gente tire basura… No vayas por ahí. Observa solamente, y con atención. La creación lleva la huella de su Creador. Un Dios de vida, de armonía, de belleza.

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Vuelve una y otra vez a la pura percepción de lo que ves, hueles, sientes, oyes… escucha el pájaro cantar. Toca la tierra con tus manos. Abraza el árbol. Huele la flor. Prueba un fruto. Escucha el silencio. RESPIRA a pleno pulmón. No te dejes seducir por la razón. Si te distraes vuelve a recoger y centrar tu atención. Permanece en contacto también con tus sentimientos. No necesitas lograr nada, solo percibir, estar en contacto con la hermana naturaleza. No necesitas cambiar nada, todo está bien como es: el árbol anclado en sus raíces y moviéndose al ritmo del viento que sopla con total libertad, el agua cantando al manar y correr entre piedras, los animalitos trabajando, las flores haciéndose notar por su belleza y perfume… todo está bien. Es imposible observar algo, llegar a su corazón y hacerle daño…

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  • En otro momento busca un tiempo suficientemente largo como para evaluar el curso que termina. Para esta evaluación en clave de oración proponemos 4 momentos:

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  1. Repasa mentalmente el discurrir del curso. Pero sitúate no en plan analítico sino como cuando saliste a contemplar la naturaleza. No intentes razonar ni juzgar, solo deja que el curso discurra ante ti y contempla lo vivido. No razones todavía. Y si te distraes haciéndolo o juzgando tal o cual cosa, regresa a la observación. ¿Qué momentos, acontecimientos se te dibujan especialmente? Revive sentimientos, impactos afectivos. No tengas prisa en hacer este recorrido.
  1. Cuando hayas terminado, anota esas experiencias que se te han quedado en el recuerdo y que has revivido desde la observación, esas que han sobresalido sobre las demás.
  1. Míralas ahora con los ojos con que Dios contempla tu historia. Dios no observa sino que contempla su obra con amor, con bondad, con ternura, con alegría… Él sabe de qué barro estamos hechos (Salmo 103, 14), conoce bien nuestro corazón. “El mirar de Dios es amar” y porque te ama te hará sentir también alguna sugerencia de mejora. Al final todo está bien, y si no, no es el final… por eso podrás recomponer lo que Dios te haga sentir que no está bien, en etapas sucesivas de la vida.
  1. Escribe tu acción de gracias por lo vivido. Puede que pese más lo malo que lo bueno, y creas que no te sale nada que agradecer. El propio esfuerzo de tener que escribirlo hará que vaya surgiendo, e incluso caigas en cuenta de que es mucho más de lo que piensas lo que tienes que agradecer.

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