Eco Diario de la Palabra
 

8 HORAS DE TRABAJO, 8 HORAS DE RECREO, 8 HORAS DE DESCANSO


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Cada 1º de mayo celebramos el día del trabajo. Esta fiesta tiene su origen en la conmemoración de la huelga iniciada el 1º de mayo de 1886 en Estados Unidos y por la que fueron ejecutados varios sindicalistas: los «Mártires de Chicago», como consecuencia de su participación en las acciones de lucha que reclamaban una regulación de la jornada laboral en 8 horas. Entonces algunas industrias requerían de sus trabajadores jornadas de hasta 18 horas diarias seis días a la semana, a cambio de un salario insuficiente para el sustento familiar, lo que obligaba a mujeres y niños a trabajar en las fábricas para poder sobrevivir.

También para los católicos, el 1º de mayo es un día de especial celebración, desde que Pío XII, en 1955, ante un grupo de obreros reunidos en la Plaza de San Pedro, instituyó que la Iglesia celebrara en ese día la Fiesta de San José Obrero, pidiendo que «el humilde obrero de Nazaret, además de encarnar delante de Dios y de la Iglesia la dignidad del obrero manual, sea también guardián diligente vuestro y de vuestras familias».

El 1º de mayo, se ha consolidado en buena parte del mundo, como una jornada de reivindicación de la dignidad en el trabajo y de lucha por la mejora de las condiciones laborales. Sin embargo, a la vista del panorama laboral actual, el paso de los años no ha dejado superada la reclamación de “Ocho horas de trabajo, ocho horas de recreo, ocho horas de descanso” que se exigía en el siglo XIX.

Son muchas las personas que, a pesar de tener un empleo, trabajan en unas condiciones de precariedad y de abuso, falta de regulación, horarios extensos, salario injusto, temporalidad… que les impiden desarrollar una vida personal, laboral y familiar digna. En muchos puestos se exige que estemos permanentemente conectados y las llamadas al móvil, los correos electrónicos, los mensajes de Whatsapp… continúan tras finalizar la jornada laboral. Esta precariedad afecta también gravemente a pequeños empresarios y autónomos que han de prolongar indefinidamente el tiempo que dedican al trabajo para poder obtener unos ingresos de subsistencia.

No podemos dejar de recordar que persiste el tráfico de seres humanos, la trata de personas, el trabajo y la migración forzada y un elevado nivel de desempleo (especialmente en la población más joven). El trabajo no está al alcance de todos. En España, aunque la Constitución Española (art. 35) recoge, entre otros aspectos, «el derecho al trabajo y a la libre elección de profesión u oficio», los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) de abril de 2018, sitúan el número de parados en 3.796.100 personas. Se habla de recuperación del empleo, pero… ¿habrá trabajo para estos casi cuatro millones de personas?

Juzgar

La Biblia, desde sus primeras páginas, nos enseña que «El trabajo ha sido querido y bendecido por Dios. Creado a imagen suya, el hombre debe cooperar con el Creador en la perfección de la creación (…) Dios, que ha dotado al hombre de inteligencia, le ha dado también el modo de acabar de alguna manera su obra; ya sea el artista o artesano, patrono, obrero o campesino, todo trabajador es un creador. Aplicándose a una materia que se le resiste, el trabajador le imprime un sello, mientras que él adquiere tenacidad, ingenio y espíritu de invención. Más aún, viviendo en común, participando de una misma esperanza, de un sufrimiento, de una ambición y de una alegría, el trabajo une las voluntades, aproxima los espíritus y funde los corazones; al realizarlo, los hombres descubren que son hermanos» (beato Pablo VI, Populorum progressio, nº27)

Benedicto XVI añade, que el trabajo debe ser «un trabajo decente«, es decir, «un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación» (Caritas in veritate, nº63)

También el Papa Francisco en su carta al Cardenal Peter K.A. Turkson, Prefecto del Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral, con motivo de la Conferencia Internacional acerca del trabajo y el movimiento de los trabajadores, De Populorum progressio a Laudato si’ celebrada en noviembre de 2017, nos recuerda la advertencia de su antecesor Pablo VI: «La persona «no es sólo trabajo»; hay otras necesidades humanas que necesitamos cultivar y atender, como la familia, los amigos y el descanso. Es importante, pues, recordar que cualquier tarea debe estar al servicio de la persona, y no la persona al servicio de esta, lo cual implica que debemos cuestionar las estructuras que dañan o explotan a personas, familias, sociedades o a nuestra madre tierra.

Cuando el modelo de desarrollo económico se basa solamente en el aspecto material de la persona, o cuando beneficia sólo a algunos, o cuando daña el medio ambiente, genera un clamor, tanto de los pobres como de la tierra, que nos reclama otro rumbo. Este rumbo, para ser sostenible, necesita colocar en el centro del desarrollo a la persona y al trabajo, pero integrando la problemática laboral con la ambiental. Todo está interconectado, y debemos responder de modo integral. (…) No queremos un sistema de desarrollo económico que fomente gente desempleada, ni sin techo, ni desterrada. Los frutos de la tierra y del trabajo son para todos, y deben llegar a todos de forma justa».

Finalmente quiero hacer mención de un aspecto que recoge el Cardenal Carlos Osoro, Arzobispo de Madrid, en la Carta «Iglesia, ¡anuncia a Jesucristo en el mundo del trabajo!» con motivo de la celebración de este 1º de mayo de 2018: «Distingamos entre trabajo y salario, para revalorizar el trabajo de cuidados. El trabajo así concebido se convierte en un don, que como tal no puede tener precio ni ser pagado. Nada puede pagar el valor del trabajo. El salario solo puede ser reconocimiento agradecido de una actividad, pero no puede medir el valor del trabajo. Con eso incluimos en la categoría de trabajo el cuidado de la familia, de los niños, de los ancianos y discapacitados, el que se despliega en el hogar o en tareas de voluntariado»

Actuar

¿Qué podemos hacer tú y yo: nosotros?

Aunque te parezca que pueda ser poca cosa, hay muchos gestos “pequeños” y concretos que nos pueden ayudar a tomar conciencia de que la falta de derechos laborales no son inevitables y que podemos ir articulando nuevos mecanismos y relaciones humanas que posibiliten una vida y un trabajo digno para todas las personas.

  • Ama

Toma conciencia de que eres creador. Cualquiera que sea tu actividad, no tendrá el mismo sentido si la vives como una oportunidad para continuar con la obra creadora de Dios. Proyecta ese amor creador de Dios en tus actividades y en tus relaciones.

  • Sirve

Trabajar es siempre trabajar por alguien, olvidarse de sí mismo para darse a los otros. No sólo porque en el marco de cualquier organización (empresa, familia, asociación…), cada persona cumple una función y presta un servicio al bien común, también porque cuando se obtiene un salario por el esfuerzo, este contribuye al bienestar de la persona y su familia.

  • Agradece

Mira con dignidad a quien te sirve con su trabajo. Respeta su persona, y valora y agradece su labor, incluso aunque su trabajo te pueda resultar molesto (como cuando te llaman de una empresa multinacional para ofrecerte un producto).

  • Enrédate

Los cambios sociales requieren acciones colectivas, enrédate con otras personas y organizaciones para exigir un trabajo decente para todas las personas, acorde con su dignidad.

  • Celebra

Cada vez que compartimos la Eucaristía presentamos en el altar el pan y el vino y con ellos, nos ofrecemos a nosotros mismos para que por la gracia de Dios, nos transformemos también en ofrenda permanente y así contribuir con nuestro trabajo en la construcción del Reino de Dios.

  • Ora

Da gracias cada día a Dios por el don del trabajo humano y pide a San José obrero, que guarde y proteja especialmente, a quienes sufren la deshumanización del trabajo.

 

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