Eco Diario de la Palabra
 

MAESTRO, ¿DÓNDE VIVES?

Existen lugares nacidos de guerras y guerras que se convierten en el único lugar de muchos. Hay países que no son de tierra porque son de metralla y nada puede germinar en su suelo. La hierba que crece en Yemen ha de marchitarse pronto, pero incluso en su leve espacio vital será un signo de esperanza para su pueblo. Ellos no conocen más cielo que ése que a menudo destila un humo gris, un hedor de pólvora y azufre que golpea sus pulmones y les recuerda su nombre: Yemen. En la década de los 90 comenzó a llamarse solo así, Yemen, cuando el sur y el norte renunciaron a su apellido y borraron las fronteras que los constituían en dos naciones. 

 La unificación prometía tiempos mejores que, sin embargo, aún están por llegar. Estalló de nuevo una cruda violencia que provocó el derrumbamiento de la débil estructura política. Los vacíos de poder fueron aprovechados por los hutíes, otro importante grupo étnico que se sumó al resto de agentes de guerra. Arabia Saudí e Irán juegan en el terreno, clave para la hegemonía de la península arábiga. Intervienen con bombardeos masivos, arman a los guerrilleros de bandos opuestos, bloquean la ayuda humanitaria en zonas enemigas, azuzan el fuego e ignoran el derecho internacional y los más elementales derechos humanos.  

Los yemeníes sufren hoy la “peor catástrofe humanitaria del planeta”, según la ONU. Perdidos en un tablero de rivalidades múltiples, tratan de sobrevivir a las bombas, el hambre y la epidemia de cólera provocada por la falta de acceso a asistencia sanitaria y a agua potable. Hasta ahora, más de 900. 000 personas se han contagiado de la enfermedad, más de 18 millones dependen de la ayuda humanitaria y casi 13. 000 han muerto en los últimos dos años. Las ciudades, demolidas, parecen escombreras. 

El símbolo de este infierno son los ojos hinchados de Buzaina al Rimi. Con sólo cinco años de edad, resistió milagrosamente al feroz bombardeo saudí que acabó con la vida de toda su familia. Su foto ha empapelado las calles de Sanaa, su barrio, e invade las redes sociales como un silencioso grito. Es la voz callada de millones de inocentes que, como ella, cargan con las injusticias de otros y no tienen fuerza ni poderes para exigir un ajuste de responsabilidades. Los inocentes litigan a diario con el horror y la muerte pero no llevan fusil, no alzan estandartes políticos, no persiguen al culpable.  Pocos conocen sus luchas, pues esta guerra ha sido olvidada por los medios de comunicación internacional y las sociedades “pacíficas” del norte. 

Nosotros, los del norte, miramos de lejos mientras apuramos las sobras de turrón y conseguimos guardar los últimos decorados navideños que han celebrado la venida del Dios niño, inocente, pequeño. A Él preguntamos en este tiempo ordinario: – Maestro, ¿dónde vives?  –  Venid y lo veréis, nos responderá (Jn 1, 35 -42). Ojalá entonces nuestros ojos viren en dirección a los suyos y descubramos al Dios con nosotros escondido en los últimos, los sufrientes, los pobres para los que Él ha venido. Sólo ellos, extenuados hasta el límite, pueden abrir completamente su existencia a la venida del Salvador. Él responderá a las súplicas que nadie escucha, cuando entregue su Reino a estos pequeños y vivan por fin en la paz que aquí les fue negada. Y si el Reino está ya entre nosotros es que Él habita ya con ellos, en el fondo de sus dolores, como Luz incandescente que les eleva a una Esperanza definitiva, vencedora del mal que les oprime.  

 Vayamos y veámosle. Desinstalemos nuestras rutinas y prioridades para mirar al rostro del Emmanuel que mora en los que a menudo ignoramos. Quizá así Él se vuelva más de carne ante nosotros, que con tanto afán le buscamos; y la carne nuestra se llene del Espíritu que nos configura con los rasgos de Jesús, para que también nosotros moremos, junto con Él, entre los olvidados.  

OCHI CHORNIE

Ochi chornie[1]

 

No se me quitan de la cabeza. Desde que salí esta mañana de la nevada Mülhberg hacia mi casa, no hago otra cosa que recordar sus ojos. Oscuros, inmensos. Como un mar sin luna. Nos veía y no nos veía. Su mirada nos traspasaba, como si fuéramos transparentes,  y en su fugaz paso, nos hendía como una flecha con otro rumbo. Su oído sólo escuchaba sonidos inteligibles. Sin embargo, sus jóvenes labios sonreían. Todo el rato. No era una risa abierta, de quien se sabe en casa. Era una sonrisa dolorosa, esforzadamente agradecida, inquieta. Omnisciente de su pasado, presente, ¿de su futuro? Acostumbrada a estar en guardia ante un posible nuevo golpe, rápido y brutal de la vida.

Iraquí. Refugiada. Mujer. Tan hermosa como una princesa sumeria. Rozando la veintena. Podría ser mi hija…  Sin hogar, sin niñez, sin juventud, sin familia salvo su hermano menor que la acompañaba. Con una obscenamente temprana experiencia de éxodo. Dos hermanos, cogidos de la mano, recorriendo Europa, huyendo de la oscuridad, hacia ninguna parte…

Estuvimos un rato con ella, su hermano y un tercer chico que ya sabía hablar algo de alemán y nos contó a todos sus historias. No sé adónde llegaba su mirada. No podía soportar el dolor que me infringía, pero tampoco podía dejar de mirarla, atrapado por su corta y larguísima vida.

Con pudor, me atreví a preguntarles a los tres a través de un complicado camino español-inglés-alemán, cuál era su sueño. El muchacho tradujo la pregunta al kurdo para los hermanos. Al escuchar sonidos familiares, salieron de su ensimismamiento cortés y hablaron ambos. El muchacho tradujo al alemán. No conozco el idioma, pero entendí perfectamente: ser otro más, ser chicos normales, tener una vida como la de todos…

Hace unos meses me borré de una de tantas listas de whastapp. Era de mi promoción del colegio y me gustaba conservar el contacto con aquellos con los que compartí la infancia. Pero saltó un mensaje cruel e injusto sobre los refugiados. “…No saben lo que hacen”, recordé. Pero no podía soportarlo y en un gesto quizás precipitado me salí del aquel grupo. Mi pillaba en un momento de “information overload” y mi espíritu reclamaba -reclama- un poco de silencio exterior e interior.

Anoche, sintiéndome traspasado por la mirada de aquella muchacha, recordé aquellos compañeros y me pregunté cómo se sentirían si a ellos también les hubieran mirado la noche. Yo no puedo dejar de recordarla…

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[1] “Ojos negros” es el título de una película soviético-italiana estrenada en 1987. Fue filmada por Nikita Mikhalkov basándose en varios relatos cortos de Antón Chéjov, incluyendo el famoso cuento de “La dama del perrito”, una historia de amores frustrados e ilusiones perdidas.

¡ESTO ES COMIDA, NO BASURA!

Ver

Cuando queremos celebrar algo: un cumpleaños, la celebración de la Navidad, nuestro fin de carrera, la victoria de nuestro equipo… organizamos una comida. El compartir la mesa siempre ha significado un momento de celebración, alegría y fiesta. ¿Pero qué pasa cuando terminamos de comer? Revisemos por ejemplo, las últimas fiestas de Navidad y Fin de año ¿Compramos cantidades apropiadas al número de comensales? ¿Tuvimos la sensación de haber comido más de lo necesario? ¿Qué hicimos con las sobras y con los restos que quedaron en los platos? ¿Tiramos comida a la basura?

Según el Informe del consumo de alimentación en España en 2016, realizado por el Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente, durante el periodo comprendido entre octubre de 2015 y septiembre de 2016, los hogares españoles tiraron a la basura 1.245,9 millones de kilos de alimentos en condiciones de ser consumidos (unos 24 millones de kilos semanales). De ellos, un total de 1.066 millones (85,6% del total) corresponden a productos sin elaborar desperdiciados tal como se compraron, y 179,8 millones (14,4%) son de recetas cocinadas por el propio hogar y desechadas directamente desde el plato o después de un tiempo guardadas en la nevera.

Es una cantidad muy considerable, aunque constata la concienciación de las familias en la lucha contra el desperdicio alimentario, ya que esta cifra supone una reducción del 6 por ciento con respecto al período anterior: se tiraron a la basura 80,1 millones de kilos menos.

La Comisión Europea estima que cada año se desaprovechan en el mundo, más de 1.300 millones de toneladas de alimentos, es decir, un tercio de la producción mundial, de los que 89 millones de toneladas de comida en buen estado corresponden a la Unión Europea.

Juzgar

El Papa Francisco, en junio de 2013, con motivo de la Jornada Mundial del Medioambiente, nos invitaba a recordar el relato del milagro de los panes y los peces: “Jesús da de comer a la multitud con cinco panes y dos peces. Y la conclusión del pasaje es importante: «Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos» (Lc 9, 17). Jesús pide a los discípulos que nada se pierda: ¡nada de descartar! Y está este hecho de los doce cestos: ¿por qué doce? ¿Qué significa? Doce es el número de las tribus de Israel; representa simbólicamente a todo el pueblo. Y esto nos dice que cuando el alimento se comparte de modo equitativo, con solidaridad, nadie carece de lo necesario, cada comunidad puede ir al encuentro de las necesidades de los más pobres.

 La «cultura del descarte» tiende a convertirse en mentalidad común, que contagia a todos, (…) nos ha hecho insensibles también al derroche y al desperdicio de alimentos, cosa aún más deplorable cuando en cualquier lugar del mundo, lamentablemente, muchas personas y familias sufren hambre y malnutrición. En otro tiempo nuestros abuelos cuidaban mucho que no se tirara nada de comida sobrante. El consumismo nos ha inducido a acostumbrarnos a lo superfluo y al desperdicio cotidiano de alimento, al cual a veces ya no somos capaces de dar el justo valor, que va más allá de los meros parámetros económicos. ¡Pero recordemos bien que el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre, de quien tiene hambre! Invito a todos a reflexionar sobre el problema de la pérdida y del desperdicio del alimento a fin de identificar vías y modos que, afrontando seriamente tal problemática, sean vehículo de solidaridad y de compartición con los más necesitados.

Así que desearía que todos asumiéramos el grave compromiso de respetar y custodiar la creación, de estar atentos a cada persona, de contrarrestar la cultura del desperdicio y del descarte, para promover una cultura de la solidaridad y del encuentro.”

 

Actuar

¿Qué podemos hacer tú y yo: nosotros?

Aunque te parezca que pueda ser poca cosa, hay muchos gestos “pequeños” y concretos que nos pueden ayudar, con un poco de voluntad y algo de planificación, a que la comida nunca termine en la basura. Aquí tienes algunas ideas, que podrás ampliar en los enlaces que encontrarás al final de este artículo.

  • No compres más de lo que necesites. Elabora la lista de la compra en función de tus necesidades. Organiza tus compras y planifica lo que vas a cocinar según lo que calculas que vas consumir. Si tienes miedo de que pueda surgir algún comensal inesperado, es preferible tener previsto algunos alimentos “comodín” que puedas descongelar o recetas que puedas preparar con rapidez (como el arroz, o la pasta). Si optas por comprar de más, por si acaso, tenlo previsto y reorganiza tu menú, congelando si es preciso.
  • El orden previene el despilfarro. Organiza tu despensa y tu nevera de forma que te permita tener los alimentos agrupados y ordenados según la fecha de caducidad. Coloca los alimentos nuevos en el fondo y aprovecha para revisar la caducidad de lo que colocas delante.
  • Ojo con la fruta y la verdura. Son los más perecederos y los que más debes vigilar. Acostúmbrate a revisarlos todos los días y, si ves que no te dará tiempo a consumirlos, prepara compotas o mermeladas con la fruta o lava y trocea las verduras para congelarlas y consumirlas en otro momento.
  • Sírvete raciones más pequeñas, es preferible que sobre en el caldero que en tu plato y siempre podrás repetir si te ha resultado poco.
  • Guarda las sobras. Conservadas en la nevera, pueden servir para acompañar otra comida o ser la base para realizar nuevos platos, por ejemplo: con restos de pollo, puedes preparar unas croquetas o enriquecer una ensalada. Si crees que no vas a poder aprovecharla, siempre puedes congelarla.
  • Si comes en un restaurante, pide con mesura. Si no conoces el volumen de los platos, pide orientación al camarero. Si quedan sobras en la mesa, no te cortes y pide que te lo envasen. Si ves que te has pasado pidiendo, pregunta si es posible anular algún plato o que no te lo sirvan y te lo preparen para llevar.

Enlaces para más información

ROZALÉN Y LAS CAUSAS SOCIALES

Rozalén ha recibido ya varios premios por su compromiso con la sociedad, por hacer visible a todos los colectivos  y tenerlos a todos en cuenta, sin excepción. De hecho, frecuentemente, en sus conciertos lleva a una persona que traduce sus canciones a la lengua de signos, por ejemplo. Te invito a que observes varias de sus canciones y vídeos que, últimamente, están teniendo bastante repercusión tanto a nivel musical como a nivel social y, de paso, investigues qué canciones puede tener de causa social y a quién van dirigidas, por qué. Analízalas.  Aquí van tres ejemplos: 

  • Vivir 

Recientemente, en octubre de 2017, Rozalén a compuesto esta canción para recaudar fondos para la Asociación Española contra el Cáncer, para la lucha contra el cáncer de mama. La canta junto a Estopa, y perfectamente podría servirnos para “poner el contador a cero” en muchas situaciones de nuestra vida. ¿Se te ocurre a quién se la podrías regalar? Tus fondos irán destinados a buena causa… 

  • Girasoles 

Canción alegre para los valientes que llevan por bandera la verdad, para los que son capaces de sentirse en la piel de los demás, los que no miran a otro lado, los que riegan siempre su raíz, los que buscan la paz, los coherentes, los que cuidan de otros seres, los que luchan por nuestros derechos,  quienes no juzguen y estén dispuestos a compartir, quienes no juzguen y sepan compartir…. El mundo está lleno de mujeres y hombres buenos ¿Les conoces? ¿O eres uno de ellos? 

  • La puerta violeta  

“La liberación tras una represión, la venda que se cae, una puerta que se abre para entrar en otra dimensión por fin amable. Un portazo al maltrato. Es Feminismo. Es Igualdad. Una regresión consciente, unas imágenes que con el tiempo entendería… Un lugar al que no quiero volver”. Así presenta Rozalén esta canción. ¿Se te ocurre a quién se la canta? ¿De qué trata exactamente? ¿Qué mensajes podemos sacar para nosotros?