Eco Diario de la Palabra
 

HYPOMONÉ: LA PACIENCIA/PERSEVERANCIA EN LOS PADRES Y MADRES DE LA IGLESIA

Hablar de la paciencia/perseverancia (p2 a partir de ahora) en los tiempos que corren puede parecer un ejercicio de escapismo. Y sin embargo la necesitamos más que nunca, como brújula para guiar nuestros pasos.

A pesar de su riqueza, no tiene muy buena prensa, y parte de la culpa viene de su etimología, pues en el mundo clásico hay dos palabras para designarla: patientia, de origen latino (pati, “padecer”), con un carácter más pasivo que podríamos traducir por “calma, aguante”; y hypomoné (hypó = “bajo” y ménein = “permanecer”), de origen griego y con un significado más proactivo: “perseverancia”, “resiliencia”.  Por desgracia se ha impuesto la primera, con el olvido de la segunda.

Sin embargo, los Padres y Madres de la Iglesia tienen una idea mucho más rica y profunda de la p2 tanto por las fuentes de donde beben (pensamiento greco-romano y Biblia), como por la importancia que le conceden para la conformación del ser creyente.

Así, toman de la Antigüedad clásica el carácter de aguante y resistencia, de soportar de manera voluntaria y prolongada las dificultades de la vida, permaneciendo firmes en la opción que se ha elegido (Cicerón dixit): “Se trata de ser fuertes hasta el fin en la p2 de Cristo” dirá Ignacio de Antioquía en A los romanos 10,3. Pero liberan a la p2 pagana de su carácter egocéntrico, racionalista y triste, incapaz de aceptar ninguna ayuda exterior, como Ulises (“el que ha aguantado mucho”) o Hércules, el de los doce trabajos.

Porque la p2 cristiana se vive comunitariamente, en el seno de un pueblo, como expresa Clemente de Alejandría al identificar a la Iglesia con Rebeca, “que significa paciencia, que es solidez, sea porque ella es la única que dura por los siglos, siempre alegre, sea porque está constituida por la p2 de los creyentes, los miembros de Cristo”, Pedagogo I,5,21,3.

Además, la p2 cristiana no se queda en el presente, como la greco-romana, sino que permite contemplar la vida, tanto en sus acontecimientos más relevantes como en su lenta maduración (casi imperceptible), con los ojos del futuro (esperanza) y la fidelidad, pues “para que la fe y la esperanza puedan llegar a producir sus frutos tienen necesidad de la p2…, espera y p2 son necesarias para el cumplimiento de lo que hemos comenzado a ser y obtener, con la ayuda de Dios, lo que esperamos y creemos”, Cipriano, Sobre el bien de la paciencia 13. Y es que, “eliminada y abandonada la p2, desaparece y es eliminada la virtud que hay debajo, a la que sostiene y soporta, pues pierde sus raíces y su fuerza por completo”, ib. 15.

Es una p2 mesiánica, capaz de descubrir que las promesas del Señor se cumplen en el Mesías Jesús, fiel hasta la muerte por nosotros (cf Sant 5,7-8), pues “la p2 de la esperanza” (1Tim 2,13) nos permite trascender el aquí y el ahora y nos sustenta en el dinamismo hacia el más allá, hasta el punto de que vivir en la p2 es vivir ya en Cristo.

Sin embargo, es una p2 consciente de su vulnerabilidad. Por eso se apoya en la colaboración con Dios, de donde procede, pues “donde está Dios, allí está también su protegida [alumna], la p2, y cuando el Espíritu de Dios desciende le acompaña la inseparable p2”, Tertuliano, Sobre la paciencia 15,6.

Y es que la p2 cristiana constituye una pieza esencial en la espiritualidad del tiempo. De aquí las señas de su autenticidad:

  • alegre y sin prisas (“nuestra paciencia no es por un instante ni sin alegría”, Cipriano, A Demetriano 20): toda precipitación no solo es temeraria, sino contraria a Dios;
  • firme y pacífica, ya que los cristianos somos “el pueblo de la paciencia” (A Dem. 18) y la “religión debe defenderse no matando, sino muriendo, no por la violencia, sino por la p2” (Lactancio, Instituciones divinas 19,22).
  • Y, por último, una p2 que debe expresarse en “los actos, las palabras, el rostro y el corazón, que es la perfección”, Dichos de los Padres del desierto, Poimén