Eco Diario de la Palabra
 

ME VOY A PONER MORADO · Miércoles de Ceniza 14 febrero

Pues sí: me voy a poner morado… bueno, morada… bueno, las dos cosas. Me voy a poner hasta arriba porque voy a entrar a saco, porque se me van a quedar cortos los refranes para expresar todo lo que quiero esta Cuaresma.

  • Me voy a poner morado… de Cuaresma. No es un mal color. ¡De la cabeza a los pies! Y sobre todo el corazón, por aquello de no rasgar las vestiduras sino los corazones (Joel 2,12-18)
  • Me voy a poner hasta arriba… porque no quiero dejar nada fuera, no quiero que sea un tiempo superficial, una conversión de escaparate, de rutina. De esas cuaresmas en las que al final no cambia nada de nada porque en el fondo no nos sale del alma gritar que hemos pecado y necesitamos un poquito de misericordia (Salmo 50)
  • Y voy a entrar a saco… porque no quiero echar en saco roto tanta gracia, tantas oportunidades, tanto bien recibido (2 Corintios 5,20–6,2)

Si te apetece el plan, estás invitado. Nos vamos a poner morados… morados de Cuaresma. Y este año vamos a pedir al refranero popular que nos ayude. Cada domingo de Cuaresma un refrán nos hará pensar, rezar, revolvernos, preguntarnos y … ojalá… ¡también gozar! Porque esto de convertirse, cuando va bien, es una fiesta y tiene más de danza que de luto.

Si hoy vas a dejar que marquen tu frente con ceniza, recuerda esto: nos vamos a poner morados. Nos encanta. Y, además, lo necesitamos:

  • Morado justicia, de esa verdadera que se pone en práctica y no necesita anunciarse a los cuatro vientos.
  • Morado oración, bien regado todo el día y todos los días, que cuando esto falta, nada de lo que comes te alimenta.
  • Morado ayuno, ese que se disfruta sólo si nace de la libertad y la mesura. Que un poquito de abnegación y de no estar mi “yo” de primer plato y de postre, siempre ayuda. Pruébalo y verás.

¿Te animas, entonces? Yo que tú lo probaría. Nos vamos a poner morados.

LA HIJA DE LA CRIADA

Me gustan las historias de vida y superación. Me gustan las historias donde el amor sana el dolor y las dificultades, y la sudafricana Barbara Mutch nos trae una de esas novelas que dejan un buen sabor y nos adentra en el pasado del Apartheid, una realidad social que muchos de nuestros jóvenes ignoran y ni siquiera imaginan. Vivimos en nuestra burbuja de bienestar occidental que la mayoría de las veces nos insensibiliza ante las graves necesidades que suceden en nuestro mundo. 

La hija de la criada es una historia de amor, sin lugar a dudas, entre la señora Cathleen y su criada Ada, una mujer inteligente, sensible y luchadora, pero con un defecto grave a comienzos del siglo XX en Sudáfrica: ser negra. Y ser negra no era poco, era ser una semi esclava, una segregada de la cultura y la civilización, con la certeza de que su vida sería dura e injusta. Sin embargo, la relación maternal con su ama le salvará su vida, aunque nunca podrá evitarle el sufrimiento. 

Ada, a quien Cathleen le enseña a tocar el piano, luchará con todos sus medios para que su música suavice aquel mundo racista. La autora aprovecha la novela para contarnos los comienzos de esa lucha legítima y justa que años después enarbolará Nelson Mandela, aunque la protagonista lo haga de una forma abnegada y silenciosa, pero siempre buscando un futuro mejor. 

Y al terminar la historia, al mirar hacia atrás en la vida, queda esa sensación de que hay hilos invisibles que nos unen a quienes queremos y que el amor acaba salvándonos de todo lo injusto y abriendo puertas a la esperanza.