Eco Diario de la Palabra
 

ACEDÍA: parte 2 · TERAPIA

En la última entrega vimos los síntomas de esta enfermedad, algunas de las causas, así como sus consecuencias en el ámbito corporal, psíquico y espiritual. Gabriel Bunge la define así: “La acedía… estimula simultánea y permanentemente los dos poderes irracionales del alma: la concupiscencia y la violencia. Por eso es una mezcla de concupiscencia frustrada y agresividad… Descontenta del hoy, desea el mañana; se orienta hacia atrás y hacia delante… A causa de su duración, adopta una forma de depresión espiritual que, en los peores casos, aboca al suicidio, último y desesperado intento de evasión”, Akedia (1997).   

Ahora vamos a concluir con la terapia de la acedía. El primer paso es reconocer que se tiene esta enfermedad, porque produce tal oscuridad en nuestras tramas personales que no somos conscientes de su presencia, sino que nos habituamos a vivir con este parásito espiritual que nos va debilitando poco a poco, e incluso lo consideramos como algo “natural”, pasos hacia la madurez. 

En segundo lugar, no se debe hacer caso a las numerosas excusas que nos propone para vivir “en paz”, como merecido descanso por las luchas anteriores, mostrándonos que nuestros objetivos son irrealizables (utópicos), que mejor es disfrutar lo que nos queda de vida con los pequeños placeres, cuando no proponiendo fantasías adolescentes de recuperar los “años perdidos”. 

En tercer lugar, como la acedía es una enfermedad espiritual, no se puede buscar el remedio en los demás o en el cambio de lugar o estado, sino en nuestro yo más profundo. Esto no quita la conveniencia de acudir a personas experimentadas en esas lides, para que nos ayuden a discernir, pero siempre es la propia persona la que tiene que enfrentarse consigo misma. 

En cuarto lugar, la lucha contra esta enfermedad es laboriosa y puede llevar mucho tiempo (años incluso), por lo que hay que pertrecharse de una larga carga de paciencia y perseverancia, hasta tal punto que podemos decir que la cura de la acedía tiene como remedio principal el ajo y agua (apócope de a jod… y agua…..). Pero de una forma muy particular, porque ni se pueden aceptar las órdenes de la acedía ni oponerse radicalmente a ella, porque el voluntarismo engorda la pasión y el propio sujeto no está en condiciones de esta lucha. 

En el fondo se trata de una resistencia “pacífica”, de ocupación de posiciones, no de grandes batallas: perseverar en los proyectos personales y comunitarios (“aunque sea de noche”); pulir nuestras opciones de vida con las dificultades que vamos encontrando y dejarnos llevar por las invitaciones del Espíritu. 

Algunos remedios auxiliares son el recuerdo de los momentos de gracia y alegría profunda que hemos recibido en nuestra historia, la lectura y meditación de la Escritura (hay incluso algunos pasajes especialmente pertinentes para esta enfermedad, Evagrio Póntico los puso en su Antirretikós), la oración y trabajos que nos obliguen a la asiduidad, la presencia y la acción, como bien expresa este apotegma:  

“Un monje fue preso de la acedía. Pero encontró unas pequeñas palmas, las cortó y al día siguiente se puso a hacer con ellas una estera. Al sentir hambre se dijo: ‘Ya quedan pocas palmas, las terminaré de tejer y entones comeré’. Al terminar dijo: ‘Leeré un poco y luego comeré’. Y cuando terminó la lectura pensó: ‘Recitaré algunos salmos y después comeré’. Así, poco a poco, con ayuda de Dios… adquirió seguridad para vencer los malos pensamientos”, Sentencias de los Padres del desierto VII,28. 

En cualquier caso, la lucha contra la acedía supone un momento clave en nuestro recorrido creyente, marca un antes y un después (aunque la mayoría de las personas nos quedamos estancadas y no vamos más allá por culpa de la acedía), nos ayuda a descubrir nuestros propios límites y se adquiere una paz y gozo interior duraderos. THE END. 

LAS “VIRTUDES” CAPITALES

Todos somos capaces de reconocer que somos seres emocionales en mayor o menor medida, que pasamos por diferentes estados de ánimo y que tenemos sentimientos muy distintos en cada situación de nuestra vida. Sin embargo, hay sentimientos que no “visten” nada, tienen muy mala prensa y parecen no decir nada bueno de la persona que los siente. Somos capaces de decir en voz muy alta que somos muy optimistas, o muy alegres, serenos, empáticos… pero ¿cuántos de nosotros escribiríamos en nuestro currículum que sentimos envidia, rabia o pereza?; mejor que no se entere nadie ¿perezoso yo? ¿envidioso? ¿qué dices?.

Todos estos sentimientos que nos generan tal rechazo, en nosotros y en los demás, que llegamos a negarlos, son tan legítimos como cualquier otro, y tienen su misma función: darnos una información valiosísima sobre nosotros mismos, nuestras necesidades, nuestros deseos, nuestros sueños.

Nuestra emoción es una reacción ante un hecho. Bueno, en realidad, ante lo que nosotros observamos de un hecho. Puesto que en cada momento somos un observador diferente según en qué momento vital o en qué estado nos encontremos, analizando los mismos hechos de diferente manera, podemos juzgar la realidad de una manera diferente. Así nuestras emociones podrán ser otras ante los mismos hechos. Este cambio de visión, nos permitirá actuar de diferente manera.

Por ejemplo, siempre me ha hecho gracia cómo al ir por la calle y ver  algo oscuro, con volumen, de aspecto “crujiente” primero he pensado “¡Qué miedo una cucaracha!” y he modificado un poco mi trayectoria. Al ir acercándome y ver que no se movía, he pensado “Qué asco, está muerta”; finalmente al estar junto a ella la he mirado más de cerca y he visto claramente que era una hoja seca, para terminar pisándola asegurándome finalmente de mi percepción, disfrutar del crujiente sonido de las hojas secas y continuar en paz mi camino.

Por eso me resulta atractiva la idea de, en esta oportunidad de  colaboración que me brinda Acompasando, mirar con nuevos ojos a algunas emociones y sentimientos que en la fe cristiana se identifican además como pecados: los pecados capitales.  Me parece bonito buscar la manera hacernos cargo de ellos para que soplen a favor y no en contra. De esta manera podríamos incluso pensar que en lugar de ser algo que nos limita y nos aleja del lugar en que nos gustaría estar, nos indica el camino que debemos seguir para alcanzar dicho lugar. Transformar lo desagradable, lo vergonzoso, el “pecado” en “virtud”.

Se trata de ser capaces de legitimar, aceptar y amar todo aquello que sentimos, que forma parte de nosotros y habla de quien en cada momento estamos siendo. Si sabemos aprovechar lo que en un principio nos hace sentir mal, nos paraliza e incluso nos hace retroceder, podremos encontrar que puede ofrecernos una oportunidad para crecer, mejorar y avanzar.

Te propongo que a partir de ahora en lugar de negar, ocultar y controlar estas emociones y sentimientos, establezcas una alianza con ellos para explorar lo que te dicen de ti mismo, tomar el timón y decidir cómo y por dónde quieres continuar la aventura de tu vida.