Eco Diario de la Palabra
 

LAS “VIRTUDES” CAPITALES

Todos somos capaces de reconocer que somos seres emocionales en mayor o menor medida, que pasamos por diferentes estados de ánimo y que tenemos sentimientos muy distintos en cada situación de nuestra vida. Sin embargo, hay sentimientos que no “visten” nada, tienen muy mala prensa y parecen no decir nada bueno de la persona que los siente. Somos capaces de decir en voz muy alta que somos muy optimistas, o muy alegres, serenos, empáticos… pero ¿cuántos de nosotros escribiríamos en nuestro currículum que sentimos envidia, rabia o pereza?; mejor que no se entere nadie ¿perezoso yo? ¿envidioso? ¿qué dices?.

Todos estos sentimientos que nos generan tal rechazo, en nosotros y en los demás, que llegamos a negarlos, son tan legítimos como cualquier otro, y tienen su misma función: darnos una información valiosísima sobre nosotros mismos, nuestras necesidades, nuestros deseos, nuestros sueños.

Nuestra emoción es una reacción ante un hecho. Bueno, en realidad, ante lo que nosotros observamos de un hecho. Puesto que en cada momento somos un observador diferente según en qué momento vital o en qué estado nos encontremos, analizando los mismos hechos de diferente manera, podemos juzgar la realidad de una manera diferente. Así nuestras emociones podrán ser otras ante los mismos hechos. Este cambio de visión, nos permitirá actuar de diferente manera.

Por ejemplo, siempre me ha hecho gracia cómo al ir por la calle y ver  algo oscuro, con volumen, de aspecto “crujiente” primero he pensado “¡Qué miedo una cucaracha!” y he modificado un poco mi trayectoria. Al ir acercándome y ver que no se movía, he pensado “Qué asco, está muerta”; finalmente al estar junto a ella la he mirado más de cerca y he visto claramente que era una hoja seca, para terminar pisándola asegurándome finalmente de mi percepción, disfrutar del crujiente sonido de las hojas secas y continuar en paz mi camino.

Por eso me resulta atractiva la idea de, en esta oportunidad de  colaboración que me brinda Acompasando, mirar con nuevos ojos a algunas emociones y sentimientos que en la fe cristiana se identifican además como pecados: los pecados capitales.  Me parece bonito buscar la manera hacernos cargo de ellos para que soplen a favor y no en contra. De esta manera podríamos incluso pensar que en lugar de ser algo que nos limita y nos aleja del lugar en que nos gustaría estar, nos indica el camino que debemos seguir para alcanzar dicho lugar. Transformar lo desagradable, lo vergonzoso, el “pecado” en “virtud”.

Se trata de ser capaces de legitimar, aceptar y amar todo aquello que sentimos, que forma parte de nosotros y habla de quien en cada momento estamos siendo. Si sabemos aprovechar lo que en un principio nos hace sentir mal, nos paraliza e incluso nos hace retroceder, podremos encontrar que puede ofrecernos una oportunidad para crecer, mejorar y avanzar.

Te propongo que a partir de ahora en lugar de negar, ocultar y controlar estas emociones y sentimientos, establezcas una alianza con ellos para explorar lo que te dicen de ti mismo, tomar el timón y decidir cómo y por dónde quieres continuar la aventura de tu vida.