Eco Diario de la Palabra
 

Contigo puedo ser, contigo soy

“Contigo crezco de modo muy singular, resultan más próximos mis sueños, más viables mis deseos, me atrevo más y me atrevo a más, soy capaz de desafíos y de riesgos, no apagas ni agostas mis proyectos, me propongo, persigo, no me resigno, no me rindo, me dispongo, me entrego, me doy. Crecer es no llegar nunca del todo, no alcanzar de modo definitivo, no darse por acabado o por vencido. Crecer es una acción, no una actividad ni un conjunto de actividades. Crecer de verdad no es sólo un cambio de tamaño. Implica un atrevimiento. Tal vez el de quererse, tal vez el de querer. Contigo es menos difícil. Creces conmigo”.

~Ángel Gabilondo (Contigo, 2011).

Absorbidos por el maremágnum del día a día, sin ser conscientes realmente de cuáles son nuestras obligaciones vitales y reales, olvidamos lo más importante: el crecimiento personal en valores morales y éticos.   

Necesitamos #vivirdepie, vivir desde los pies mirando hacia la luna, no vivir arraigados en una realidad concreta, sino abiertos a la vida. La vida que cabe vivirla desde uno mismo, para darla y enriquecerla en los demás. Solo así creceremos juntos.  

Creceremos con y desde el sostén de las personas con las que compartimos vida. Ellos nos proporcionan la confianza oportuna para atrevernos a querer sinceramente lo que cada uno se propone. Al fin y al cabo, mi compañero de vida también compartirá conmigo su crecimiento, y, en la mutua compañía, nos atreveremos a querernos y a querer cumplir nuestros sueños y deseos.

Contigo puedo ser, me ayudas a descubrirme y me permites descubrirte. Mejor dicho, contigo soy.

¿QUIÉN SOY YO?

A lo largo de la vida de un ser humano se repite una pregunta como cantinela interior: «¿Quién soy yo?». Esta pregunta nace inquieta en los primeros años de nuestra adolescencia e irá cobrando fuerza y empuje a medida que la vida avanza pujante por entre los aconteceres de cada uno/a.

Saber quién se es, es un deseo de todo ser humano. Muchas veces acallamos esa pregunta, otras la respondemos de manera superficial y rutinaria. En ocasiones, sucede que para responderla utilizamos tan solo los datos externos: «lo que dicen de mí», otras veces nos refugiamos en nosotros mismos rechazando todo espejo exterior para crearnos una auto imagen que nos tranquilice, que nos complazca, que nos reafirme frente a críticas o frente a la propia inseguridad.

Sea como sea, la pregunta está ahí y hay muchos momentos en la vida de una persona en los que cobra fuerza y protagonismo. Durante la etapa personal, de formación de la propia identidad es necesario bucear una y mil veces en los fundamentos de tal identidad para construirla y darle consistencia. Sin embargo y paradójicamente, el siguiente paso será la «de-construcción» del «yo» que deje paso al verdadero Ser que se sitúa mucho más allá, en un Centro en el que somos todo con todo, uno con todos, parte del Todo, hijos e hijas de Dios y por lo tanto con esencia divina.

He escogido un poema de Dietrich Bonhoeffer titulado precisamente «¿Quién soy yo?». Me llamó la atención encontrarlo entre sus cartas y apuntes durante su cautiverio. D. Bonhoeffer nació en 1906 en Breslau (Alemania). Fue pastor, teólogo y profesor. Miembro de la Iglesia confesante alemana, participó activamente en la resistencia contra Hitler. Fue encarcelado en 1943 y ejecutado el 9 de abril de 1945.

Este poema estremece por el contexto vital en el que fue escrito. Un hombre encarcelado, en medio de la Alemania nazi. Un ser humano que dentro de la cárcel, con coraje se enfrenta a las grandes cuestiones vitales. Agotado por la situación, aún ejercita una mirada auto crítica, reconoce con total franqueza y claridad los puntos débiles de su persona, lo que sólo uno mismo puede percibir de sí y el contraste que se genera con lo que los demás dicen de él. Surge la pregunta como surge en nosotros aun en circunstancias bien diferentes: «¿Soy realmente lo que los otros dicen de mí? / ¿O bien sólo soy lo que yo mismo sé de mí?».

El contraste está ahí, nos puede llegar a inquietar, haciéndonos dudar de si no somos sino actores y nos lleva a ahondar en la pregunta. Bonhoeffer nos ofrece el lugar del descanso: la certeza de ser conocido por Dios expresado tan bellamente, con la imponente simplicidad de quien se abandona: «¿Quién soy yo? Las preguntas solitarias se burlan de mí. /Sea quien sea, Tú me conoces, tuyo soy, ¡oh, Dios»

¿Quién soy yo? Me dicen a menudo

que salgo de mi celda

sereno, risueño y seguro,

como un noble de su palacio.

¿Quién soy yo? Me dicen a menudo

cuando hablo con mis carceleros

libre, amistosa y francamente,

como si mandara yo.

¿Quién soy yo? Me dicen también

que soporto los días de infortunio

con amabilidad, sonrisa y orgullo,

como alguien acostumbrado a vencer.

¿Soy realmente lo que los otros dicen de mí?

¿O bien sólo soy lo que yo mismo sé de mí?

¿Intranquilo, ansioso, enfermo,

cual pajarillo enjaulado,

aspirando con dificultad la vida,

como si me oprimiera la garganta,

hambriento de colores, de flores, de cantos de aves,

sediento de cólera ante la arbitrariedad y el menor agravio,

agitado por la espera de grandes cosas,

impotente y temeroso por los amigos en la infinita lejanía,

cansado y vacío para orar, pensar, crear,

agotado y dispuesto a despedirme de todo?

¿Quién soy yo? ¿Éste o aquél?

¿Seré hoy éste, mañana otro?

¿Seré los dos a la vez? ¿Ante los hombres un hipócrita

y ante mí mismo un despreciable y quejumbroso débil?

¿O tal vez lo que aún queda en mí se asemeja al ejército derrotado

que se retira en desorden

sin la victoria que consideraba segura?

¿Quién soy yo? Las preguntas solitarias se burlan de mí.

Sea quien sea, Tú me conoces, tuyo soy, ¡oh, Dios!

CREER, ESPERAR, AMAR

«La paradoja estriba en que hay una etapa en la historia personal, en que uno cree que el sentido de la vida se alimenta de proyectos, y otra (¡gracia fundante!) en la que se descubre que el sentido de la vida consiste en CREER, ESPERAR Y AMAR»

      (Javier Garrido: Releer la propia historia. Sobre los ciclos vitales y sus crisis. Frontera-Hegian 1997)

Creer, esperar, amar… Bien pudiera ser el título de una película «made in Hollywood»: el protagonista, tras una ruptura amorosa o tras el derrumbe de su gran empresa, decide dar un giro a su vida, se va a un exótico y sabio país y termina descubriendo las claves de la verdadera felicidad.

Este guión, un tanto manido, resulta que es el guión de la vida de no pocas personas. Antes o después, cada uno en su momento oportuno, experimentamos la emergencia de un dinamismo interior que nos hace sentir que lo de siempre y como siempre ya no vale. Se siente el peso de varias certezas: he de morir, mis seres amados morirán, soy falible, todo es relativo… ¡el sentido profundo no está en lo que hago! Se experimenta la intemperie de la pura existencia. La crisis de realismo, dirán algunos. Llega un momento en el que el Ser busca abrirse paso por entre las capas que hemos ido tejiendo en nuestra personalidad y que nos han servido para crear una identidad que  ahora debe morir.

Para un cristiano este es un momento clave. Momento del despertar a la vida teologal, despertar a la potencia inmensa de la FE, de la ESPERANZA y de la CARIDAD: Se aprende poco a poco a CREER, ESPERAR Y AMAR. Curiosamente ese es el momento del «no hacer haciendo». Tiempo de la Gracia.

Esa crisis existencial que nos atenaza a todos con más o menos virulencia, me parece que no es sino el estertor del hombre/mujer viejo/a que no quiere abandonarse en manos del Amor, que no quiere abandonar los esquemas conocidos y controlables.

La Vida nos invita a ir más allá. De uno depende secundar o no esa llamada. Quien vive como aprendiz del amor siempre podrá enseñar algo, simplemente su vida se hará lección viva.

Sería una gran idea crear proyectos «CEA»: Creer, Esperar, Amar. Dotar a nuestros niños y jóvenes de estrategias que hagan que crean en sí mismos, que crean en los demás dejando a un lado ese mar de sospechas que nos atenazan a todos. Guiarlos en el gusto por la Espera, por los tiempos dilatados, sin ADSL, los tiempos amplios y serenos del SER. Enseñándoles a Amar con nuestro propio ejemplo en la sencillez de la vida cotidiana.

Acaríciame

Vengo a Ti para que me acaricies
antes de comenzar el día.
Que tus ojos se posen
un momento sobre mis ojos.
Que acuda a mi trabajo sabiendo
que me acompañas, Amigo mío.
¡Pon tu música en mí
mientras atravieso el desierto del ruido!
Que el destello de tu Amor
bese las cumbres de mis pensamientos
y se detenga en el valle de la vida,
donde madura la cosecha.

BUSCANDO EL NORTE

Caminar por la vida como un robot sin saber quién soy, por qué hago esto o aquello, hacia dónde dirijo mi vida, con quién hago el camino, de quién me dejo acompañar.

Llenamos la mochila de mil cosas. ¿Por qué?  ¿Para qué?

Vivimos consumiendo hasta la indigestión: tecnología streaming (audio y vídeo por internet a la carta), productos ecológicos, cocina de autor, productos on line.

Vendemos imagen en las redes sociales como si fuéramos maniquís de un escaparate. No importa la verdad, nuestra verdad, sino que lo que damos a entender.

Mantenemos relaciones interpersonales enfocadas en un@ mism@, controlando, demandando, anteponiendo el propio beneficio.

Nos gusta anclarnos en la preocupación, por todo y por nada.

Y al final, nos damos cuenta de que todo lo que hacemos, lo que llena nuestra agenda, nos provoca insatisfacción personal así que nos anestesiamos con la química del alcohol para evadirnos unos minutos.  Para escapar del vacío que palpamos en nuestro interior.

No vivimos, sobrevivimos. Hemos dejado de actuar para limitarnos a reaccionar.

Caminamos por la vida sin mirar hacia el interior. Sin buscar el sentido a la vida. Sin llenar la vida de sentido.

Nos dejamos llevar por la multitud, por la superficialidad y acabamos llenándonos de insatisfacción, desánimo y apatía.

Y ahora ¿qué?

Precisamos de tiempo para nosotr@s. Para pensar, para sentir, para elegir. Para descubrir el sentido de la vida. Para responder a las preguntas ¿qué llena mi vida de sentido? ¿qué sentido tiene mi vida?

Francesc Torralba desvela el misterio en su libro El sentido de la vida. Para este filósofo y teólogo el sentido de la vida “no es en ningún caso un bien de consumo, ni un objeto que se pueda comprar, vender, alquilar o adquirir. No es una cosa material. Es el horizonte que proyectamos, el norte de nuestras vidas: el fin.”

Buscar el norte. Mirar hacia dentro. Responder a la pregunta del sentido de la vida y ser valiente. Orientar la brújula hacia el norte, hacia la meta, hacia el horizonte, pero disfrutando “de la brisa que sopla aquí y ahora”. Este es mi propósito pero ¿y tú, ya sabes cuál es el sentido de tu vida? ¿sabes dónde está tu norte?

LA SOBERBIA · VIRTUDES CAPITALES III

Enseñanzas de Clara I la Sabia:

 

La soberbia es un sentimiento de excesiva valoración de uno mismo, que me hace sobrevalorar mis ideas y acciones, despreciando las de los demás. Por tanto, para que exista en mí soberbia, es indispensable que haya alguien con quien poder compararme.

Curiosamente, la soberbia se dispara en mí cuando me veo inferior al otro, cuando me creo humillado; cuando estoy al lado de otro soberbio, alguien que se siente más o al que yo siento superior. Entonces yo me siento humillado y para contrarrestar este sentimiento disparo mi soberbia con la intención de humillar al otro. Es el famoso “Pues anda que tú…” que aprendemos ya de pequeños.

Cuando aparece en mí la soberbia me convierto de inmediato en Clara I la sabia. Yo sé siempre. Lo sé todo. Sé qué es y no es correcto, necesario, útil, conveniente… Y es inconcebible para mí que la plebe no me escuche, me mire embobada desde abajo y me diga cuánta razón tengo, reconociendo que sus míseras vidas no serían nada sin mí.

Dice el refrán popular “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Y es que la soberbia aparece para ocupar el lugar que no estamos llenando con amor propio, con autoestima, con el reconocimiento de lo bueno y valioso que hay en nosotros independientemente de lo que haya en los demás. Pero también con la aceptación de lo que nos falta, siendo también capaces de amarlo, impidiendo así que nadie pueda humillarnos.

Cuando vamos bien servidos de amor propio, cuando nos queremos y reconocemos de una manera sana, sencilla y legítima, no hay necesidad de comparación con nadie. No necesitamos ser más. Ni es posible que nos sintamos menos.

Según esto, nuestra soberbia, puede hablarnos de aquello que no soportamos ver en nosotros pero sí vemos en los demás.

Si pensamos en un soberbio, podemos reconocer los rasgos que pueden delatarle: necesidad constante de que le digamos lo maravilloso que es y lo bien que lo hace, sostiene un discurso que sólo habla de sí mismo constantemente, habla muy alto o se presenta de alguna forma llamativa, no reconoce sus errores y por tanto le cuesta muchísimo pedir perdón y se siente profundamente molesto ante las críticas.

Según esto, si tenemos la capacidad de reconocer en nosotros estos comportamientos soberbios, podremos detectar aquella parte de nosotros que no estamos siendo capaces de aceptar, que intentamos tapar a base de inflarla para disfrazarla. Ese lugar dentro de nosotros en el que nos sentimos diminutos y que además ponemos a merced de otros soberbios para sentirnos absolutamente humillados y ultrajados cuando siquiera osen insinuar que quizá sea remotamente posible que haya algo en nosotros que sea pequeño o mejorable.

Entonces, ¿para qué puede servirme la soberbia? ¿qué dice de mí? ¿qué pistas me da Clara I la sabia?

  • Si casualmente me doy cuenta de que yo sé perfectamente lo que le conviene al otro y me parece un soberbio porque no me deja ayudarle. ¿Cómo se puede ser tan autosuficiente?. Posiblemente el otro no necesita ser ayudado. O simplemente quiere probar a hacerlo solo. ¿No seré yo el que necesita ayudar? Así podré obtener su agradecimiento (necesito al otro para sentirme útil), su cariño (como le ayudo recibo el amor que yo no soy capaz de darme). Me sentiré útil porque la otra persona me hará saber que lo soy (y yo no soy capaz de decírmelo).
  • Cuando pienso que sé perfectamente lo que hay que hacer pero el otro, que por supuesto es un soberbio, no me escucha y decide hacer algo distinto, obteniendo como resultado algo que, obviamente, no es todo lo perfecto que cabría esperar (según mi acertado criterio). Es un ignorante (Hay que ver cómo es la plebe…). No como yo que sí sé. Sé cómo hay que actuar, sé discernir qué es lo más adecuado. Sé perfectamente lo que le pasa al otro… ¿O más bien ando un poco perdida y necesito que el otro confíe en mi criterio para creerme que tengo un criterio?
  •  Cuando el otro no para de hablar de todos sus logros y lo bien que lo hace todo y yo pienso que lo que le ocurre es que no tiene ni idea de cuáles son mis logros ni lo bien que yo lo hago todo. Si lo supiera no me hablaría así. ¡Qué prepotencia! ¿Qué se habrá creído? ¿Cómo osa dirigirse así a la reina? ¿Cómo se le ocurre a nadie siquiera insinuar que es más que yo? Quizá sea más bien que me digo “Vaya por Dios, está viendo lo pequeñita que soy. ¿Cómo es posible que se haya dado cuenta? Tengo que hacer algo para que piense que se equivoca…” Seguramente necesito aceptar que hay cosas en las que efectivamente soy aún pequeñita; esta aceptación me permitirá decidir si me interesa hacer algo para crecer en ese ámbito, y en caso afirmativo decidir qué haré para conseguirlo. O simplemente reconocer que soy pequeñita porque está bien así y no necesito hacer nada al respecto.
  •  Cuando el otro no se acerca a mí para darme la enhorabuena por mi trabajo, por mis logros, por mis resultados…y yo siempre le felicito por los suyos. Miserable…no volverá a obtener la aprobación de la reina porque no sabe corresponderla. Nuevamente necesito el reconocimiento del otro para sentirme reconocida. Pero además aquí hay un juego más perverso. Doy mi aprobación, mi felicitación, esperando que a cambio me des tú la tuya y así llenar ese espacio vacío de amor propio que albergo en mi interior…y si no la recibo además me enfado, porque no has cumplido el pacto que nadie hizo pero yo firmé por los dos.

Podría seguir escudriñando en ese vil comportamiento de mi reina sabia, soberbia, tirana. Pero lo cierto es que en resumen sólo trata de esconder aquello que soy tan incapaz de amar y aceptar en mí, que no puedo ni imaginarme lo que pensarían los demás si lo vieran.

¿Que te dice a ti ese rey sabio que te habita? ¿Frente a qué se crece y se eleva?¿Qué es aquello que considera mundano y mediocre? ¿A quién considera la plebe?

En realidad el juego ni es tan vil, ni tan maligno. Se juega simplemente para sobrevivir, para poder seguir tirando. Por eso es tan importante escuchar, contemplar. A solas. Sin nadie que opine. Sin nadie que juzgue. Sin nadie que evalúe. Solos tú y él. Y si  escuchamos desde el cariño, podremos darle un fuerte abrazo a nuestro soberano rey sabio y decirle al oído “Deja de sufrir, te quiero así, tal y como eres”.

SENTIRSE UNIDA AL TODO

¡Puedo sentirme unida!

Si  nosotros queremos experienciar a toda criatura como nuestra hermana, si queremos sentirla unida a nosotros con lazos de cariño -como hacia Francisco  de Asís- quizás tengamos que acceder a otras regiones tal vez inexploradas de nuestra interioridad y renovarnos. Son regiones que compartimos todos los seres humanos con independencia de razas, ideologías o religión. Podemos imaginar qué pasaría si en las aulas, ya en edad temprana,  desarrolláramos la cualidad de cuidado “desde dentro”. ¡Es posible! ¡Ya estamos en ello! ¿Estás tú dispuesto a hacerlo? Las herramientas que propongo son la práctica de Mindfulness  o Atención Plena y de Compasión, entendida esta como un constructo psicológico con una base biológica muy estudiada.

Te invito a una práctica sencilla de compasión. Simplemente tal como estés sentado, cierra los ojos. Haz dos respiraciones  lentas y placenteras y al terminarlas, explora cómo te sientes. Pasados unos segundos, continuando en silencio,  pronuncia tu nombre –interiormente- como  un susurro dulce  y delicado. Repítelo serenamente varias veces y  explora si se va transformando  la expresión de tu rostro. Explora pero sin expectativas, abierto a lo que surja. Para terminar puedes hacer una respiración a modo de suspiro y abrir los ojos. Esta breve y sencilla práctica  puedes hacerla con tu familia y si eres educador con tus alumnos. ¡Merece la pena! ¡Lo sé por experiencia!

LA FALSA DICOTOMÍA “SER ESENCIAL-YO EXISTENCIAL”  

He aquí el “drama” humano o quizá la gran oportunidad de la vida humana. La mayoría de nosotros/as pasamos más de la mitad de nuestras vidas identificándonos casi al cien por cien con todo lo que se sitúa en la esfera del Yo existencial: árbol genealógico, herencia emocional familiar, tipo de educación, estudios, trabajo, cargos, pareja, comunidad o soltería, bienes materiales o falta de ellos, temperamento, etc. Es el “yo tengo”, “yo hago” que se resume tantas veces en “yo soy quien hace o tiene esto o aquello”. 

Una vez que sentimos que hemos adquirido las “destrezas” necesarias para movernos en el mundo, llega la tentación de detener la búsqueda, de quedarnos, volviendo al ejemplo de los girasoles, orientados hacia un “falso levante”: el del bienestar económico, o determinados logros sociales o el éxito de proyectos emprendidos o simplemente, cierta estabilidad en los ámbitos laborales y emocionales. Mientras, la Luz brilla, pero nosotros/as no podemos verla contentándonos con su reflejo en los demás, en las cosas… Una vaga insatisfacción comienza a rondarnos: algo nos intenta hablar, pero nos cuesta escuchar y, si lo hacemos, sentimos el vértigo de la potencia del Ser que nos llama a ir más allá, a salir de la cueva y ver la Realidad, como en el mito de Platón, en definitiva: la voz del Ser que nos llama a no detenernos en un falso paraíso.  

Sin embargo, no es raro que muchas personas sientan esa llamada interior a “algo más” como una molestia o como algo fuera de lugar. Se experimenta entonces una falsa tensión entre la esfera del Yo existencial y la del Ser esencial que nos parecen antagónicos: o el uno o el otro. Vamos entrando en la convicción de que vivir una espiritualidad profunda, vivir conectados a nuestros ser interior, a nuestro Ser Esencial nos apartará de nuestros logros o de nuestra familia, en definitiva, nos llevará a hacer “cosas raras”. De ahí la creencia de que caminar firmemente por la senda interior es patrimonio de pocas personas, de algunos “locos/as” o, depende de cómo se mire de algunos/a “privilegiados/as”.  

A este respecto dice K.G. Dürckheim en su libro Experimentar la trascendencia: 

El conocimiento y la integración de la tensión entre el Yo profano y el Ser esencial constituyen el tema fundamental de la existencia humana. Para resolver esta oposición es necesario, ciertamente, que ésta se haga evidente.  

Las experiencias por la cuales el Ser esencial penetra en la conciencia del hombre don de naturaleza muy diversa: entre el imperceptible toque del Ser, leve como un soplo y lleno de esa cualidad de lo divino que suele escapársele a quien no está revenido, y la poderosa irrupción de la trascendencia que libera instantáneamente al hombre de la cautividad de su Yo existencial, existen innumerables formas y grados de profundidad de contactos y experiencias del Ser.  

Muchas más personas de las que suponemos tienen la experiencia de esa cualidad de lo divino que invade de improviso todas sus vivencias y atrae su atención. Cuando, por obra de la gracia, tienen la fortuna de prestarle atención e interesarse en ella, una nueva vida puede comenzar o, al menos, puede despertarse en ellos una nostalgia que brinda una nueva orientación a su búsqueda del sentido de la vida.  

No siempre hay, en el inicio de una vida iniciática, una experiencia importante del Ser que transforme la existencia de manera espectacular. Además de la experiencia fulminante que arroja una nueva luz sobre la existencia, es posible una lenta emergencia al otro nivel producida por sucesivas experiencias menores. Pero, incluso en este caso, se trata de un salto y es necesario que el hombre adquiera conciencia de su nuevo estado. Muchos hombres han alcanzado este nivel, pero lo ignoran y, al ignorarlo, su conciencia continúa prisionera de su antiguo modo de ver y del antiguo orden de cosas, por lo que la nueva vida que se abre ante ellos permanece estéril. (…) El primer ejercicio de quien se interna en el camino es desarrollar el órgano que permite estar atento a los sucesos, considerar seriamente lo divino – signo eterno de la presencia tangible de lo “completamente otro” – y aceptarlo como algo real. Esta cualidad de lo divino, destinataria de las imágenes y conceptos transmitidos por las religiones – a los que legitima –, es más importante que el contenido de las religiones. 

Entre aquello que podemos denominar nuestro Ser esencial y lo que podemos denominar nuestro Yo existencial es normal que exista cierta tensión, una tensión que nos permite “afinarnos”. Como en el caso de las cuerdas de una guitarra, nuestra persona, en todas sus dimensiones, precisa de un exacto punto de afinación para emitir ese sonido particular que cada uno/a de nosotros puede ofrecer a la creación entera. Nuestra “música y armonía personal” podríamos decir. Por ello, percibir esa tensión, que en quien camina firme y convencido por las sendas del Ser, se va haciendo más y más sutil y a la vez más aguda, es algo normal. Pero no quiere decir que cada uno de esos ámbitos sean opuestos o incluso enemigos el uno del otro, al contrario, se trata de que el Ser esencialen palabras de Enrique M. Lozano, tome forma en mi vida y a través de mí, según mi modo individual de percibir el mundo. En otros términos, ¿Cómo voy a percibir el mundo en su verdad profunda, para luego estructurar mi vida y ese mundo conforme a esa verdad?  

¿QUÉ APORTA LA ESPIRITUALIDAD A LA PLENITUD HUMANA? 

¿Qué aporta la espiritualidad y más en concreto la espiritualidad cristiana a la sensación de plenitud vital? La respuesta dependerá del contenido que le otorguemos al término espiritualidad, os propongo esta preciosa definición:  

Hablar de espiritualidad es hablar de la dimensión de profundidad el ser humano o, con más precisión, de toda la realidad. Implica reconocer que toda ella se encuentra impregnada de una dimensión de Misterio, de un “Más” inapresable por nuestros sentidos y por nuestro pensamiento, aunque admirablemente razonable. Significa afirmar, en definitiva, que lo real está habitado y constituido por el Espíritu de vida, a quien las religiones han llamado “Dios”.  

En este sentido preciso, la espiritualidad es abierta, flexible, pluralista, dialogante, incluyente, universal. No conoce el juicio, la condena ni la intolerancia. Nos coloca en el camino de la experiencia y la búsqueda. Es coherente con nuestra condición humana, respetuosa con los otros y humilde ante el Misterio inefable (Enrique Martínez Lozano: La botella en el océano. Ed. DDB. Bilbao 2009. Pág. 54). 

Es hacia esa dimensión de profundidad, hacia ese “Misterio inefable” hacia el que se orienta con total naturalidad esa parte de cada persona que vive en nuestra más íntima interioridad y que, en términos de Karlfried Graf Dürckheim podemos denominar Ser Esencial. Nos pasa como a los girasoles. El girasol es una planta cuya flor busca la luz (heliotropismo). Curiosamente es en la época joven de la planta donde se da ese heliotropismo positivo, al llegar a la etapa adulta, la planta permanece orientada hacia levante. Igual nosotros/as: en nuestra juventud emprendemos el camino en busca de nuestros ideales y sueños. Somos capaces de “salir de nuestra tierra”, de embarcarnos rumbo a Ítaca impelidos por algo que, más allá de razonamientos lógicos, nos dice que la vida es “algo más”. Ahí es donde muchos de nosotros/as hemos encontrado a Dios o hemos experimentado que Él nos salía al encuentro “en el camino”. Es cuando vamos llegando a nuestra etapa adulta que la emoción de la búsqueda va dando paso a la profundidad del encuentro o al encuentro profundo en el sí de la vida. El Ser esencial puede transparentarse y nuestra vida queda orientada, firme y serena, hacia el levante hagamos lo que hagamos, estemos donde estemos.  

Pero esa búsqueda de sentido, ese anhelo de plenitud, tiene lugar en personas que vivimos en un tiempo, en un lugar, que debemos construir una identidad que nos permita desenvolvernos en nuestro concreto contexto. Todo aquello de nosotros/as que hemos ido sintiendo como “identitario” y que nos permite vivir en este mundo es lo que, también en términos de Dürckheim, llamamos el Yo existencial.  

SEXTA CANDELA · JANUKÁ (VI)

Sexta Candela

La oración parte de la aceptación de que hay una realidad que nos transciende y que en modo alguno podemos abarcar, una realidad a la que debemos nuestra existencia y a la que a su vez contribuimos.  

En palabras de rabi Nancy Flam: «la oración es una forma de transformar nuestra conciencia». No en vano la palabra hebrea que designa a la oración es TEFILÁ, relacionada con el verbo reflexivo L’HITPALEL, juzgarse a uno mismo. A través de la oración procedemos a alinearnos con lo divino. Por tanto, la oración es un medio, una búsqueda, no un fin en sí misma. Y como ya fue señalado la búsqueda ha de hacerse dentro de cada cual.  

Tradicionalmente la oración judía tiene tres formas: shevah o alabanza, bakasha o petición y hoda’ah o agradecimiento. ¿Qué es la bakashá más que una búsqueda de crecimiento espiritual, de perfeccionamiento y de autorrealización? 

Está escrito:
«Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda (Isaías 1:16-17). 

Encendamos la sexta candela.