Eco Diario de la Palabra
 

PRESENCIA

Cada persona se mueve y sustenta gracias a distintos apoyos. Sin embargo, estos apoyos pueden caerse por distintas experiencias y circunstancias de la vida, como podría ser una pérdida unida a una determinada manera de gestionarla. 

También pueden caerse por un encuentro con el verdadero fundamento de nuestro ser, dejando en entredicho cualquier otro apoyo: 

 

Ante Tu Presencia 

nada me interesa 

todo cae 

ni danza, 

ni estudios, 

ni religiones, 

ni buenos propósitos 

esfuerzos o penitencias… 

todo es vacío 

nada calma 

todo es despropósito 

Solo Tú colmas 

Solo Tú eres 

Solo Tú 

Presencia 

Presencia que llenas 

el ambiente, la vida 

la carencia 

Presencia que colmas 

Presencia que me hace presencia. 

Ser que me hace ser. 

Lo demás, nada. 

Victoria Hernández, Diario espiritual 

22 noviembre 2011 

 

¿Dónde me apoyo? 

Puedo disfrutar de todo, sabiendo que todo es nada al lado de la Presencia, de Dios. Sabiendo que todo es fugaz, efímero. Hoy lo disfruto y mañana puede que no. Lo acojo y lo entrego. Si mañana se me vuelve a regalar vuelvo a acogerlo y vuelvo a entregarlo en un círculo sin fin que me permite vivir en libertad y en la paz de quien no pretende acaparar y hacer suyo lo que es un regalo de la vida, de Dios.  

¿Vivo desde el agradecimiento por lo recibido? ¿Puedo entregarlo?  

Me acojo, pueda o no pueda entregar lo recibido. O quizá puedo entregar algunos aspectos de mi vida y otros no. Me escucho, tomo consciencia de mi realidad, la acojo y la presento ante el Señor de la Vida. 

Ésta es la invitación: vivir desde el agradecimiento por lo recibido, y a la vez, vivir entregándolo. 

LA IRA · VIRTUDES CAPITALES II

¿Qué tiene que contarnos nuestra pequeña bestia interior? 

 

La ira es una de las emociones más comunes y una de las consideradas “negativas” por la sensación de malestar que nos produce. Según su intensidad, la reconocemos como enfado, cólera, rabia… pero en todos los casos nos mueve a soltar esa pequeña bestia que llevamos dentro para atacar. Y cuando la contenemos, se nos escapa y ataca no sólo al que o lo que ha desatado nuestra ira, sino al primero que se nos pone por delante. Es curioso que siendo una emoción que nace en nosotros ante la injusticia, la frustración, las limitaciones…nos conduce a nosotros mismos a comportarnos de manera injusta o que resulte frustrante o limitante para los otros. Y es que la ira, llama a la ira. 

Además nos separa del resto ya que al atacar nosotros, los que tenemos cerca, que también están vivos, se defienden o se alejan. 

Así de entrada, no parece que nos sirva para mucho más que para desahogarnos (que tampoco está mal), o para hacernos sentir culpables por haber dicho o hecho algo que no deseábamos o que no pensábamos. A veces incluso generamos sin darnos cuenta situaciones incómodas o violentas que traen serias consecuencias. 

Sin embargo, si miramos cuáles son los motivos que nos llevan a enfadarnos tanto, podremos descubrir en nosotros rasgos que nos permitirán conocernos mejor y hacer que ese sentimiento de ira sea más fácilmente gestionable y que su utilidad vaya más allá de la defensa de lo que consideramos fundamental en un momento dado. 

Prestando atención, podemos ver que lo que desencadena en nosotros la ira tiene que ver con que las cosas no ocurran como esperábamos, con que no recibamos lo que creemos merecer, con que alguien nos toque en nuestros valores fundamentales, con nuestras limitaciones o con nuestras debilidades. Entonces, ¿qué dice mi ira de mí?. Comparto contigo lo que a mí me pasa que me lleva a dar rienda suelta a mi bestia interior y lo que ello me indica: 

 

  • Los demás no actúan como yo espero A mí esto me ocurre, por ejemplo, cuando grito a mis hijos (sí, soy de esas, aunque estoy en ello…). Veo que me enfurezco cuando no hacen lo que les digo, o de la manera que quiero o en el momento que yo elijo, ¡o todo a la vez!. Y si no ocurre así, suelto a la bestia. Y a partir de aquí puedo hacerme diferentes preguntas, ¿realmente es tan importante lo que les estoy pidiendo? ¿realmente es necesario que lo hagan de manera inmediata? ¿tiene que ser de esa manera?. ¿les he hecho saber lo que espero? Muchas veces hacer este ejercicio me ayuda a relativizar la gran mayoría de las cosas a las que doy demasiada importancia de manera cotidiana. Y en caso de que sea necesario que ocurra como yo digo, ¿lo voy a conseguir de esta manera? ¿qué les estoy enseñando con mi ira? A lo mejor a ti te ocurre también con tus hijos o con el jefe, con el profesor, con el entrenador o con quien sea que esperes que se comporte de determinada forma. 

 

  •  Creo que merezco un trato diferente al que recibo: Cuando alguien se dirige a mí de una manera despectiva, o con un tono de voz que considero inadecuado o realiza sobre mí un comentario que me parece inoportuno. Este trato me produce indignación, frustración. Pero, si soy yo la que sabe que soy merecedora de respeto, de cariño, de delicadeza ¿Qué es lo que dispara en mí esos sentimientos? ¿de verdad creo que merezco ser bien tratada? Entonces ¿qué me enfada tanto? ¿no será que espero del otro un trato del que no acabo creerme merecedora y veo confirmadas mis sospechas de que no soy digna de tal trato? Por ejemplo, si estando a mitad de embarazo alguien me decía “¡Madre mía, cómo estás ya con todo lo que te falta!”, o a los meses de dar a luz “¿de cuánto estás ya?” (comentarios bastante frecuentes), no me queda más remedio que admitir que la rabia que desataba a mi pequeña bestia salía a la luz porque estos eran los mismos comentarios y en el mismo tono que yo me hacía a mí misma. Entonces ¿qué trato creo realmente que merezco?  

 

  •  Algún hecho me resulta intolerable, indignante, injusto…: Si observo que se hacen diferencias injustificadas entre personas de manera que uno sale perjudicado, ver que se puede morir simplemente de sed, que se me acuse de algo que no he hecho, que se me responsabilice de algo de lo que no me considero responsable…. Cuando esto ocurre es porque está atentando contra mis valores fundamentales, que mi vara de medir está siendo quebrada… Entonces puedo analizar cuáles son los valores que están fundamentando mi vida, simplemente para tomar conciencia de ellos y cuidarlos; y elegir defenderlos sin atentar contra ellos (¡a veces nos da por defender la paz a palos!). O puedo aprovechar para revisarlos y caer en la cuenta de que tengo algún valor apolillado. A mí me ocurrió con el concepto de verdad; durante una época de mi vida llevaba la verdad como una lanza arrojadiza, que utilizaba muchas veces sin necesidad de que nadie me preguntara o siendo esa verdad innecesaria, inútil. Con el tiempo he redefinido mi valor de verdad y he preferido emplearlo como una herramienta para crecer, para ayudar, para dar luz… en lugar de como un arma. 

 

  • No estoy consiguiendo un objetivo determinado: Esto nos puede ocurrir haciendo cosas tan tontas como intentar abrir un bote de conservas o más relevantes como intentar aprobar un examen, dejar de fumar, emprender un proyecto… Lo bueno de dar rienda suelta a la bestia en estos casos es que nos empuja y nos da un bonus de fuerza para perseverar. Pero además nos da pistas: qué es tan importante en mi objetivo que me produce tanta rabia no conseguirlo?¿qué me estoy diciendo al no conseguirlo? (¿que soy una inútil, que no valgo para nada? ¿o simplemente que tengo que intentarlo de otra manera?¿quizá simplemente necesito pedir ayuda?¿qué me impide pedirla?) 

 Me parece que en general la mayoría de situaciones que desatan nuestra ira se relacionan con estos cuatro casos, y como ves dicen tanto, tanto de nosotros que sería una pena no escuchar lo que nos dice nuestra pequeña bestia cuando la soltamos. Siempre tendrá algo importante que decirnos, y nos dará una oportunidad para elegir qué queremos hacer a partir de ahora. 

Y a ti ¿qué te cuenta de ti tu minibestia? ¿la alimentas más de lo necesario? ¿en qué casos la sueltas?  

LA FALSA DICOTOMÍA “SER ESENCIAL-YO EXISTENCIAL”  

He aquí el “drama” humano o quizá la gran oportunidad de la vida humana. La mayoría de nosotros/as pasamos más de la mitad de nuestras vidas identificándonos casi al cien por cien con todo lo que se sitúa en la esfera del Yo existencial: árbol genealógico, herencia emocional familiar, tipo de educación, estudios, trabajo, cargos, pareja, comunidad o soltería, bienes materiales o falta de ellos, temperamento, etc. Es el “yo tengo”, “yo hago” que se resume tantas veces en “yo soy quien hace o tiene esto o aquello”. 

Una vez que sentimos que hemos adquirido las “destrezas” necesarias para movernos en el mundo, llega la tentación de detener la búsqueda, de quedarnos, volviendo al ejemplo de los girasoles, orientados hacia un “falso levante”: el del bienestar económico, o determinados logros sociales o el éxito de proyectos emprendidos o simplemente, cierta estabilidad en los ámbitos laborales y emocionales. Mientras, la Luz brilla, pero nosotros/as no podemos verla contentándonos con su reflejo en los demás, en las cosas… Una vaga insatisfacción comienza a rondarnos: algo nos intenta hablar, pero nos cuesta escuchar y, si lo hacemos, sentimos el vértigo de la potencia del Ser que nos llama a ir más allá, a salir de la cueva y ver la Realidad, como en el mito de Platón, en definitiva: la voz del Ser que nos llama a no detenernos en un falso paraíso.  

Sin embargo, no es raro que muchas personas sientan esa llamada interior a “algo más” como una molestia o como algo fuera de lugar. Se experimenta entonces una falsa tensión entre la esfera del Yo existencial y la del Ser esencial que nos parecen antagónicos: o el uno o el otro. Vamos entrando en la convicción de que vivir una espiritualidad profunda, vivir conectados a nuestros ser interior, a nuestro Ser Esencial nos apartará de nuestros logros o de nuestra familia, en definitiva, nos llevará a hacer “cosas raras”. De ahí la creencia de que caminar firmemente por la senda interior es patrimonio de pocas personas, de algunos “locos/as” o, depende de cómo se mire de algunos/a “privilegiados/as”.  

A este respecto dice K.G. Dürckheim en su libro Experimentar la trascendencia: 

El conocimiento y la integración de la tensión entre el Yo profano y el Ser esencial constituyen el tema fundamental de la existencia humana. Para resolver esta oposición es necesario, ciertamente, que ésta se haga evidente.  

Las experiencias por la cuales el Ser esencial penetra en la conciencia del hombre don de naturaleza muy diversa: entre el imperceptible toque del Ser, leve como un soplo y lleno de esa cualidad de lo divino que suele escapársele a quien no está revenido, y la poderosa irrupción de la trascendencia que libera instantáneamente al hombre de la cautividad de su Yo existencial, existen innumerables formas y grados de profundidad de contactos y experiencias del Ser.  

Muchas más personas de las que suponemos tienen la experiencia de esa cualidad de lo divino que invade de improviso todas sus vivencias y atrae su atención. Cuando, por obra de la gracia, tienen la fortuna de prestarle atención e interesarse en ella, una nueva vida puede comenzar o, al menos, puede despertarse en ellos una nostalgia que brinda una nueva orientación a su búsqueda del sentido de la vida.  

No siempre hay, en el inicio de una vida iniciática, una experiencia importante del Ser que transforme la existencia de manera espectacular. Además de la experiencia fulminante que arroja una nueva luz sobre la existencia, es posible una lenta emergencia al otro nivel producida por sucesivas experiencias menores. Pero, incluso en este caso, se trata de un salto y es necesario que el hombre adquiera conciencia de su nuevo estado. Muchos hombres han alcanzado este nivel, pero lo ignoran y, al ignorarlo, su conciencia continúa prisionera de su antiguo modo de ver y del antiguo orden de cosas, por lo que la nueva vida que se abre ante ellos permanece estéril. (…) El primer ejercicio de quien se interna en el camino es desarrollar el órgano que permite estar atento a los sucesos, considerar seriamente lo divino – signo eterno de la presencia tangible de lo “completamente otro” – y aceptarlo como algo real. Esta cualidad de lo divino, destinataria de las imágenes y conceptos transmitidos por las religiones – a los que legitima –, es más importante que el contenido de las religiones. 

Entre aquello que podemos denominar nuestro Ser esencial y lo que podemos denominar nuestro Yo existencial es normal que exista cierta tensión, una tensión que nos permite “afinarnos”. Como en el caso de las cuerdas de una guitarra, nuestra persona, en todas sus dimensiones, precisa de un exacto punto de afinación para emitir ese sonido particular que cada uno/a de nosotros puede ofrecer a la creación entera. Nuestra “música y armonía personal” podríamos decir. Por ello, percibir esa tensión, que en quien camina firme y convencido por las sendas del Ser, se va haciendo más y más sutil y a la vez más aguda, es algo normal. Pero no quiere decir que cada uno de esos ámbitos sean opuestos o incluso enemigos el uno del otro, al contrario, se trata de que el Ser esencialen palabras de Enrique M. Lozano, tome forma en mi vida y a través de mí, según mi modo individual de percibir el mundo. En otros términos, ¿Cómo voy a percibir el mundo en su verdad profunda, para luego estructurar mi vida y ese mundo conforme a esa verdad?  

R-CONSTRUYE-T

“La cerámica y la vida pueden romperse en mil pedazos, pero no por ello tenemos que dejar de vivir la vida intensamente, de trabajarla intensamente y de depositar en ella todas nuestras esperanzas e ilusiones”

“Reconstruir tu vida es un proceso complejo que pasa por diferentes fases. Justo cuando has recibido el golpe que te ha sacudido y te ha roto en mil pedazos es difícil poder ver las cosas claras. Lo primero que ocurre ante una herida emocional es una especie de embotamiento afectivo que te nubla la razón y los sentidos. Incapaz de pensar con claridad, el dolor cubre toda tu vida y tu ser, y se expande hacia tu pasado y tu futuro. Tu atención se torna parcial y sesgada. Miras hacia delante, hacia el futuro, y no ves nada más que soledad, miedo, caos y tristeza. Echas la vista atrás y no entiendes nada. Y entre tanta desesperación te olvidas de mirar a tu lado para ver si hay alguien en quien confiar, alguien en quien apoyarte. Siempre hay alguien, pero no siempre lo puedes ver.”

Tomás Navarro en El arte de curar heridas emocionales Editorial Planeta, 2017

¿QUÉ APORTA LA ESPIRITUALIDAD A LA PLENITUD HUMANA? 

¿Qué aporta la espiritualidad y más en concreto la espiritualidad cristiana a la sensación de plenitud vital? La respuesta dependerá del contenido que le otorguemos al término espiritualidad, os propongo esta preciosa definición:  

Hablar de espiritualidad es hablar de la dimensión de profundidad el ser humano o, con más precisión, de toda la realidad. Implica reconocer que toda ella se encuentra impregnada de una dimensión de Misterio, de un “Más” inapresable por nuestros sentidos y por nuestro pensamiento, aunque admirablemente razonable. Significa afirmar, en definitiva, que lo real está habitado y constituido por el Espíritu de vida, a quien las religiones han llamado “Dios”.  

En este sentido preciso, la espiritualidad es abierta, flexible, pluralista, dialogante, incluyente, universal. No conoce el juicio, la condena ni la intolerancia. Nos coloca en el camino de la experiencia y la búsqueda. Es coherente con nuestra condición humana, respetuosa con los otros y humilde ante el Misterio inefable (Enrique Martínez Lozano: La botella en el océano. Ed. DDB. Bilbao 2009. Pág. 54). 

Es hacia esa dimensión de profundidad, hacia ese “Misterio inefable” hacia el que se orienta con total naturalidad esa parte de cada persona que vive en nuestra más íntima interioridad y que, en términos de Karlfried Graf Dürckheim podemos denominar Ser Esencial. Nos pasa como a los girasoles. El girasol es una planta cuya flor busca la luz (heliotropismo). Curiosamente es en la época joven de la planta donde se da ese heliotropismo positivo, al llegar a la etapa adulta, la planta permanece orientada hacia levante. Igual nosotros/as: en nuestra juventud emprendemos el camino en busca de nuestros ideales y sueños. Somos capaces de “salir de nuestra tierra”, de embarcarnos rumbo a Ítaca impelidos por algo que, más allá de razonamientos lógicos, nos dice que la vida es “algo más”. Ahí es donde muchos de nosotros/as hemos encontrado a Dios o hemos experimentado que Él nos salía al encuentro “en el camino”. Es cuando vamos llegando a nuestra etapa adulta que la emoción de la búsqueda va dando paso a la profundidad del encuentro o al encuentro profundo en el sí de la vida. El Ser esencial puede transparentarse y nuestra vida queda orientada, firme y serena, hacia el levante hagamos lo que hagamos, estemos donde estemos.  

Pero esa búsqueda de sentido, ese anhelo de plenitud, tiene lugar en personas que vivimos en un tiempo, en un lugar, que debemos construir una identidad que nos permita desenvolvernos en nuestro concreto contexto. Todo aquello de nosotros/as que hemos ido sintiendo como “identitario” y que nos permite vivir en este mundo es lo que, también en términos de Dürckheim, llamamos el Yo existencial.  

EXPLORA CON ATENCIÓN EXQUISITA

San Francisco de Asís es más que un santo de la Iglesia; es patrimonio de toda la humanidad, un hermano querido que nos sigue susurrando de muchas formas cómo cuidar del resto de nuestra familia. No sólo de las flores, de los pajarillos y de las ardillas, sino también de las manzanas y hasta de los spaghettis que comemos tantas veces, por poner algunos ejemplos. Aún más, de la silla en la que cómodamente me siento, del edredón que me cubre por las noches y hasta del tenedor con el que como la pasta. Porque todos, como seguro que le sucedió a Francisco, somos capaces de captar que “lo divino y lo humano se encuentran en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios, hasta en el último grano de polvo de nuestro planeta” (Sí n.9). Hemos sido creados con las cualidades neurobiológicas cultivables y entrenables para cuidar todo con apertura y sensibilidad.

Te propongo una práctica muy sencilla para cultivar una actitud sensible y atenta. Al menos una vez durante la comida, presta una atención exquisita al momento de coger la comida con el tenedor, a la forma en que coges el cubierto y a la suave presión que haces con él, también al movimiento del brazo acercándolo a la boca, al momento del contacto de la comida con tus labios, en cómo la tomas y la masticas. Todo ello puede durar medio minuto, un minuto a lo sumo. La clave está en hacerlo con actitud exploratoria, observando lo qué pasa y sin tener expectativas de ningún tipo ¡Hazte consciente de cómo te sientes cuando la termines! Y aprovecha para dar gracias por ella.

misionera en cataluña por consuelo ferrús

MISIONERA EN CATALUÑA 

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Cuando la gente sabe o se entera que vivo en Reus, siempre surge la pregunta: ¿cómo estáis viviendo la situación, este conflicto actual…? Me resulta muy difícil poder decir algo, porque es difícil poder decir-me algo a mí misma. La realidad es muy cambiante y de mucha complejidad. Cada día amanecemos con alguna “sorpresa”. Quizá estas reflexiones leídas dentro de unos días ya han perdido actualidad… Pero no es posible “pasar” del tema, no implicarse.

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Es mi segundo año viviendo en Reus. El curso pasado fue un curso muy feliz, de aterrizaje, de ir viendo, conociendo gente nueva, cultura, lengua, costumbres, comunidad, apostolados. Fue creciendo en mí el aprecio por Cataluña y su gente. Lo viví desde la sorpresa personal de lo que iba descubriendo y desde las sorpresas que Dios me iba preparando, pues Él me fue guiando y cuidando a través de las personas que ponía en mi camino.

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Este curso ha empezado con otras sorpresas, aunque la cosa viene de lejos. La misma gente cercana del curso pasado se iba manifestando, iba opinando y tomando opciones. Como persona no catalana hay decisiones que me costaba y me cuesta entender, quizá por falta de perspectiva histórica, pero sí he intentado escuchar, dialogar, comprender, preguntar, leer, informarme… como hace cualquier misionera cuando llega a una nueva realidad. No entendí posturas que van contra la legalidad, pero tampoco entiendo el uso de la fuerza para imponerla. Me duele la frustración por la falta y la dificultad del diálogo, la crispación, el no poder hablar con los más cercanos porque es un tema que se ha vuelto tabú, (mi comunidad por ejemplo…). Me duele la división, el vivir con etiquetas. Es dañino el clima de tensión, de inseguridad, de desconcierto… La fractura social que se ha creado será difícil de restaurar. 

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Y caigo en cuenta de lo realmente difícil que es el diálogo a todos los niveles. Muy difícil. Más cuando las posturas se radicalizan. Quizá por eso tiene tanto valor. 

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Es situación compleja, que coge mucho el sentimiento. He podido comprobar que al final, lo que más duele a todos, es el sentimiento de que el “otro bando”, si es que podemos hablar así, no nos quiere, no nos entiende, no nos valora, no cuenta con nosotros, no nos permite ser lo que somos… este sentimiento dificulta la relación y el encuentro, la salida al conflicto, pero no se puede obviar, es la base desde donde hay que restablecer la reconciliación, y hay que atenderlo.

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Ya me gustaría poder aportar alguna solución. No la tengo y si alguien habla alegremente de una solución fácil al conflicto es que no es buena solución, o no sabe de qué va el tema en verdad… Pero sí me planteo, evidentemente cómo actuar, qué hacer, qué decir… como persona cristiana, y como misionera, desde el aprecio, la valoración y el reconocimiento, el cariño al pueblo que he sido enviada. Busco respuestas en el Evangelio, en el corazón y en la razón, en el sentido común, y también en el Magisterio ordinario de nuestros pastores que han aportado su palabra.

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Más allá de posicionamientos y opiniones políticas, que las tengo como es normal, vivo esta situación como una llamada, pues no se puede pedir a otros lo que yo no viva a pequeña escala, en lo cotidiano: 

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A escuchar a las personas y ponerme “en sus zapatos” cuando dicen u opinan. A la aceptación de la diversidad y valoración de lo que cada persona aporta. A ser cauce de reconciliación, de paz, de diálogo en donde estoy y vivo. A apoyar los derechos humanos, y rechazar toda violencia, toda. A confiar en el poder transformador de la oración. A aprender el uso de un lenguaje inclusivo, pacífico y siempre de respeto. A practicar la acogida al que piensa distinto. A no alimentar sentimientos de odio o rechazo, y aprender a gestionarlo. A mirar más allá de las etiquetas. A no perder la esperanza en el ser humano. A bucear dentro con calma, para opinar con fundamento más allá de respuestas instintivas y viscerales. Aunque suene a sabido todo esto, el reto es practicarlo sin demora, a todo nivel, y animar a otras personas a vivirlo también. No podemos esperar todo de las decisiones oficiales, creo que el pueblo tiene una palabra, un papel decisivo en la tarea de crear un tejido social libre de enfrentamientos y rencores.

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Personalmente, todo lo que sea dividir, separar, romper, excluir, violentar no me “huele” a Evangelio. Tampoco creo que vaya acorde con los signos de los tiempos que nos llevan por caminos de globalización, de pluralidad, de apertura, de sumar y multiplicar…

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El otro día participé en una reunión de religiosos y religiosas de Cataluña y evidentemente se tocó el tema. Agradezco el ambiente de la asamblea y que se pudiera abrir un espacio para escuchar y compartir nuestros sentimientos y visiones sobre la situación sociopolítica, un espacio de serenidad, de profundidad y libertad que favoreció la escucha y la comprensión. Creo que ése es el camino.

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Pido a Dios el don del discernimiento para todos, que posibilite el cambio interno y una praxis cada día más evangélica, aquí y ahora, especialmente lo pido para las personas que tienen responsabilidad en decisiones decisivas que no tendrán marcha atrás.

Maledicencia 3.0 Por Tino Rodríguez

Maledicencia 3.0 

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Recuerdo todavía alucinado el día que me cogió un atasco monumental y alguien demasiado impaciente se salió del coche y empezó a pegarle patadas al mio (aún tiene las huellas). Internet es como el coche. Una herramienta maravillosa, pero puede revelar con sorprendente facilidad el animal que llevamos dentro. La explosiva mezcla del anonimato y las redes sociales debe activar el sistema límbico igual que el acelerador y el volante de un coche.

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Bullying, exaltación de la violencia, abuso de menores, estafas, campañas de acoso y derribo, insultos, violaciones de intimidad, obscenidades… Asuntos muy graves. Basura que flota por los ríos del continente digital sin permitir que pase el oxígeno y la luz… Incluso delitos. Tremendo. Y nos escandalizamos. Esos es cosa de delincuentes, gamberros y depravados… ¿Sólo de ellos? A ver, hagamos un pequeño exámen de conciencia:

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¿Cuántas veces he reenviado un chiste buenísimo en el que se calumniaba, sí calumniaba, a un político famoso, simplemente porque no era de mi cuerda? ¿Cuántas la imagen falsa de una famosa desnuda? ¿Cuántas veces he distribuido un rumor escandaloso sin comprobar si era verdad? ¿Cuántas imágenes mofándose de fieles de cualquier religión? ¿Cuántas…?

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Confieso que yo no salgo indemne del test. Qué fácil resulta hacer un like inoportuno, un retuit infame. La maledicencia digital es como el petróleo en el océano. Basta un poco para producir una mancha gigantesca. Da igual que sea verdad o mentira, la mancha digital permanece más que la física incluso. ¿Has intentado alguna vez borrar una “huella digital”? Ojalá nunca necesites hacerlo…

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Claret en el tiempo de las redes. por Tino Rodríguez

Claret en el tiempo de las redes 

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Vivimos un tiempo muy singular. Algún día los libros de historia (o lo que sea que conserve el siglo XXII las crónicas de este tiempo), considerarán esta una revolución cultural sin precedentes. Ni la imprenta ni el vapor se pueden siquiera asomar a lo que está significando y significará la transformación digital de  la aldea global.

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Una de las cosa que trajo consigo este nuevo continente digital fue lo de las redes sociales. Ha pasado ya mucho, mucho tiempo desde las primeras comunidades digitales. Casi dos décadas. Una eternidad donde el smartphone del año pasado está ya obsoleto. Las redes son ahora el aire que respiramos: facebook, youtube, twitter, instagram… Es imposible no estar. Desde los tiernos párvulos (a punto de nacer la segunda generación de nativos digitales) hasta las abuelas tienen al menos un avatar que les identifica en el universo binario. Incluso el más reacio de los tecnófobos deja huella digital en el Big Brother Google. Se puede estar en contra de que el agua moje o que llegue el solsticio de verano, pero poco se puede hacer para impedirlo.

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Me llama la atención que estos nuevos canales de comunicación utilicen una palabra tan evocadoramente evangélica: redes. Las redes del evangelio también son redes de personas. “Remad mar adentro, y echad las redes” les decía a los primeros Doce el Maestro. ¿En qué mar tiene que que adentrarse en el segundo milenio los discípulos de Jesús? Pienso en San Antonio María Claret y me pregunto: si hubiera nacido en nuestros días, ¿cómo habría actuado con respecto a estas “nuevas redes”?

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Algo que caracterizó a Claret fue su afán por usar cuantos medios fueran necesarios para multiplicar los efectos de su misión apostólica. Que un libro, una estampa o una hoja volandera llegaban mucho más lejos que un sermón.

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Si fue capaz de dar hasta 14 sermones en un día, ¡adónde hubiera no hubiera llegado de vivir en el tiempo del trending topic!

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¿Empezaría por facebook? Ahí tengo mis dudas. Es el canal de los cotilleos, el “mentidero digital” por antonomasia. A Claret no le gustaban nada los chismes. No creo que empezase por ahí. Yo lo veo más como un tuitero desenfrenado, con palabra tiernamente aguda, capaz de encender corazones en 140 caracteres. Y a cada tuit, una ilustración, por supuesto, pues sabría (ya lo sabía en su tiempo) del poder de la imagen. Así que también tendría perfil en Instagram, e inundaría el ciberespacio de ilustraciones hechas por él mismo con su tablet. E incluso se colaría en LinkedIn para atraer a los mejores profesionales a su Academia de San Miguel.

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Con la labia que decían que tenía, pillaría una webcam y se convertiría en poco tiempo en uno de los mayores influencers con su canal de  youtube. ¿Os imagináis el impacto de cada uno de sus sermones pudiendo llegar a cualquier smartphone, smartwatch, smart tv de todo el mundo?

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No creo que dedicase esfuerzo alguno en portales institucionales. Evangelizar, evangelizar, evangelizar. No querría perder ni un minuto en la world wide web que no fuera en difundir la buena noticia.

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En mi ciudad natal, Sevilla, hasta el siglo pasado, no era infrecuente que el río Guadalquivir se desbordara e inundase la ciudad.  A veces, el nivel del agua podía llegar hasta las trancas, los palos gruesos que se colocaban en ventana o puerta para asegurarlas. De ahí el dicho “meterse hasta las trancas” para quien se mete de lleno en algún asunto o problema.

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No me cabe ni asomo de duda: Claret se metería “hasta las trancas” para evangelizar el “continente digital”. Con todo lo que conlleva salir de la seguridad, y embarrarse para ir al encuentro del que no conoce aún el Amor de Dios.

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Y también sospecho el nick que elegiría: @A_Maria. 

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Tino Rodríguez

@tynitoon