Eco Diario de la Palabra
 

LA IRA · VIRTUDES CAPITALES II

¿Qué tiene que contarnos nuestra pequeña bestia interior? 

 

La ira es una de las emociones más comunes y una de las consideradas “negativas” por la sensación de malestar que nos produce. Según su intensidad, la reconocemos como enfado, cólera, rabia… pero en todos los casos nos mueve a soltar esa pequeña bestia que llevamos dentro para atacar. Y cuando la contenemos, se nos escapa y ataca no sólo al que o lo que ha desatado nuestra ira, sino al primero que se nos pone por delante. Es curioso que siendo una emoción que nace en nosotros ante la injusticia, la frustración, las limitaciones…nos conduce a nosotros mismos a comportarnos de manera injusta o que resulte frustrante o limitante para los otros. Y es que la ira, llama a la ira. 

Además nos separa del resto ya que al atacar nosotros, los que tenemos cerca, que también están vivos, se defienden o se alejan. 

Así de entrada, no parece que nos sirva para mucho más que para desahogarnos (que tampoco está mal), o para hacernos sentir culpables por haber dicho o hecho algo que no deseábamos o que no pensábamos. A veces incluso generamos sin darnos cuenta situaciones incómodas o violentas que traen serias consecuencias. 

Sin embargo, si miramos cuáles son los motivos que nos llevan a enfadarnos tanto, podremos descubrir en nosotros rasgos que nos permitirán conocernos mejor y hacer que ese sentimiento de ira sea más fácilmente gestionable y que su utilidad vaya más allá de la defensa de lo que consideramos fundamental en un momento dado. 

Prestando atención, podemos ver que lo que desencadena en nosotros la ira tiene que ver con que las cosas no ocurran como esperábamos, con que no recibamos lo que creemos merecer, con que alguien nos toque en nuestros valores fundamentales, con nuestras limitaciones o con nuestras debilidades. Entonces, ¿qué dice mi ira de mí?. Comparto contigo lo que a mí me pasa que me lleva a dar rienda suelta a mi bestia interior y lo que ello me indica: 

 

  • Los demás no actúan como yo espero A mí esto me ocurre, por ejemplo, cuando grito a mis hijos (sí, soy de esas, aunque estoy en ello…). Veo que me enfurezco cuando no hacen lo que les digo, o de la manera que quiero o en el momento que yo elijo, ¡o todo a la vez!. Y si no ocurre así, suelto a la bestia. Y a partir de aquí puedo hacerme diferentes preguntas, ¿realmente es tan importante lo que les estoy pidiendo? ¿realmente es necesario que lo hagan de manera inmediata? ¿tiene que ser de esa manera?. ¿les he hecho saber lo que espero? Muchas veces hacer este ejercicio me ayuda a relativizar la gran mayoría de las cosas a las que doy demasiada importancia de manera cotidiana. Y en caso de que sea necesario que ocurra como yo digo, ¿lo voy a conseguir de esta manera? ¿qué les estoy enseñando con mi ira? A lo mejor a ti te ocurre también con tus hijos o con el jefe, con el profesor, con el entrenador o con quien sea que esperes que se comporte de determinada forma. 

 

  •  Creo que merezco un trato diferente al que recibo: Cuando alguien se dirige a mí de una manera despectiva, o con un tono de voz que considero inadecuado o realiza sobre mí un comentario que me parece inoportuno. Este trato me produce indignación, frustración. Pero, si soy yo la que sabe que soy merecedora de respeto, de cariño, de delicadeza ¿Qué es lo que dispara en mí esos sentimientos? ¿de verdad creo que merezco ser bien tratada? Entonces ¿qué me enfada tanto? ¿no será que espero del otro un trato del que no acabo creerme merecedora y veo confirmadas mis sospechas de que no soy digna de tal trato? Por ejemplo, si estando a mitad de embarazo alguien me decía “¡Madre mía, cómo estás ya con todo lo que te falta!”, o a los meses de dar a luz “¿de cuánto estás ya?” (comentarios bastante frecuentes), no me queda más remedio que admitir que la rabia que desataba a mi pequeña bestia salía a la luz porque estos eran los mismos comentarios y en el mismo tono que yo me hacía a mí misma. Entonces ¿qué trato creo realmente que merezco?  

 

  •  Algún hecho me resulta intolerable, indignante, injusto…: Si observo que se hacen diferencias injustificadas entre personas de manera que uno sale perjudicado, ver que se puede morir simplemente de sed, que se me acuse de algo que no he hecho, que se me responsabilice de algo de lo que no me considero responsable…. Cuando esto ocurre es porque está atentando contra mis valores fundamentales, que mi vara de medir está siendo quebrada… Entonces puedo analizar cuáles son los valores que están fundamentando mi vida, simplemente para tomar conciencia de ellos y cuidarlos; y elegir defenderlos sin atentar contra ellos (¡a veces nos da por defender la paz a palos!). O puedo aprovechar para revisarlos y caer en la cuenta de que tengo algún valor apolillado. A mí me ocurrió con el concepto de verdad; durante una época de mi vida llevaba la verdad como una lanza arrojadiza, que utilizaba muchas veces sin necesidad de que nadie me preguntara o siendo esa verdad innecesaria, inútil. Con el tiempo he redefinido mi valor de verdad y he preferido emplearlo como una herramienta para crecer, para ayudar, para dar luz… en lugar de como un arma. 

 

  • No estoy consiguiendo un objetivo determinado: Esto nos puede ocurrir haciendo cosas tan tontas como intentar abrir un bote de conservas o más relevantes como intentar aprobar un examen, dejar de fumar, emprender un proyecto… Lo bueno de dar rienda suelta a la bestia en estos casos es que nos empuja y nos da un bonus de fuerza para perseverar. Pero además nos da pistas: qué es tan importante en mi objetivo que me produce tanta rabia no conseguirlo?¿qué me estoy diciendo al no conseguirlo? (¿que soy una inútil, que no valgo para nada? ¿o simplemente que tengo que intentarlo de otra manera?¿quizá simplemente necesito pedir ayuda?¿qué me impide pedirla?) 

 Me parece que en general la mayoría de situaciones que desatan nuestra ira se relacionan con estos cuatro casos, y como ves dicen tanto, tanto de nosotros que sería una pena no escuchar lo que nos dice nuestra pequeña bestia cuando la soltamos. Siempre tendrá algo importante que decirnos, y nos dará una oportunidad para elegir qué queremos hacer a partir de ahora. 

Y a ti ¿qué te cuenta de ti tu minibestia? ¿la alimentas más de lo necesario? ¿en qué casos la sueltas?  

LA FALSA DICOTOMÍA “SER ESENCIAL-YO EXISTENCIAL”  

He aquí el “drama” humano o quizá la gran oportunidad de la vida humana. La mayoría de nosotros/as pasamos más de la mitad de nuestras vidas identificándonos casi al cien por cien con todo lo que se sitúa en la esfera del Yo existencial: árbol genealógico, herencia emocional familiar, tipo de educación, estudios, trabajo, cargos, pareja, comunidad o soltería, bienes materiales o falta de ellos, temperamento, etc. Es el “yo tengo”, “yo hago” que se resume tantas veces en “yo soy quien hace o tiene esto o aquello”. 

Una vez que sentimos que hemos adquirido las “destrezas” necesarias para movernos en el mundo, llega la tentación de detener la búsqueda, de quedarnos, volviendo al ejemplo de los girasoles, orientados hacia un “falso levante”: el del bienestar económico, o determinados logros sociales o el éxito de proyectos emprendidos o simplemente, cierta estabilidad en los ámbitos laborales y emocionales. Mientras, la Luz brilla, pero nosotros/as no podemos verla contentándonos con su reflejo en los demás, en las cosas… Una vaga insatisfacción comienza a rondarnos: algo nos intenta hablar, pero nos cuesta escuchar y, si lo hacemos, sentimos el vértigo de la potencia del Ser que nos llama a ir más allá, a salir de la cueva y ver la Realidad, como en el mito de Platón, en definitiva: la voz del Ser que nos llama a no detenernos en un falso paraíso.  

Sin embargo, no es raro que muchas personas sientan esa llamada interior a “algo más” como una molestia o como algo fuera de lugar. Se experimenta entonces una falsa tensión entre la esfera del Yo existencial y la del Ser esencial que nos parecen antagónicos: o el uno o el otro. Vamos entrando en la convicción de que vivir una espiritualidad profunda, vivir conectados a nuestros ser interior, a nuestro Ser Esencial nos apartará de nuestros logros o de nuestra familia, en definitiva, nos llevará a hacer “cosas raras”. De ahí la creencia de que caminar firmemente por la senda interior es patrimonio de pocas personas, de algunos “locos/as” o, depende de cómo se mire de algunos/a “privilegiados/as”.  

A este respecto dice K.G. Dürckheim en su libro Experimentar la trascendencia: 

El conocimiento y la integración de la tensión entre el Yo profano y el Ser esencial constituyen el tema fundamental de la existencia humana. Para resolver esta oposición es necesario, ciertamente, que ésta se haga evidente.  

Las experiencias por la cuales el Ser esencial penetra en la conciencia del hombre don de naturaleza muy diversa: entre el imperceptible toque del Ser, leve como un soplo y lleno de esa cualidad de lo divino que suele escapársele a quien no está revenido, y la poderosa irrupción de la trascendencia que libera instantáneamente al hombre de la cautividad de su Yo existencial, existen innumerables formas y grados de profundidad de contactos y experiencias del Ser.  

Muchas más personas de las que suponemos tienen la experiencia de esa cualidad de lo divino que invade de improviso todas sus vivencias y atrae su atención. Cuando, por obra de la gracia, tienen la fortuna de prestarle atención e interesarse en ella, una nueva vida puede comenzar o, al menos, puede despertarse en ellos una nostalgia que brinda una nueva orientación a su búsqueda del sentido de la vida.  

No siempre hay, en el inicio de una vida iniciática, una experiencia importante del Ser que transforme la existencia de manera espectacular. Además de la experiencia fulminante que arroja una nueva luz sobre la existencia, es posible una lenta emergencia al otro nivel producida por sucesivas experiencias menores. Pero, incluso en este caso, se trata de un salto y es necesario que el hombre adquiera conciencia de su nuevo estado. Muchos hombres han alcanzado este nivel, pero lo ignoran y, al ignorarlo, su conciencia continúa prisionera de su antiguo modo de ver y del antiguo orden de cosas, por lo que la nueva vida que se abre ante ellos permanece estéril. (…) El primer ejercicio de quien se interna en el camino es desarrollar el órgano que permite estar atento a los sucesos, considerar seriamente lo divino – signo eterno de la presencia tangible de lo “completamente otro” – y aceptarlo como algo real. Esta cualidad de lo divino, destinataria de las imágenes y conceptos transmitidos por las religiones – a los que legitima –, es más importante que el contenido de las religiones. 

Entre aquello que podemos denominar nuestro Ser esencial y lo que podemos denominar nuestro Yo existencial es normal que exista cierta tensión, una tensión que nos permite “afinarnos”. Como en el caso de las cuerdas de una guitarra, nuestra persona, en todas sus dimensiones, precisa de un exacto punto de afinación para emitir ese sonido particular que cada uno/a de nosotros puede ofrecer a la creación entera. Nuestra “música y armonía personal” podríamos decir. Por ello, percibir esa tensión, que en quien camina firme y convencido por las sendas del Ser, se va haciendo más y más sutil y a la vez más aguda, es algo normal. Pero no quiere decir que cada uno de esos ámbitos sean opuestos o incluso enemigos el uno del otro, al contrario, se trata de que el Ser esencialen palabras de Enrique M. Lozano, tome forma en mi vida y a través de mí, según mi modo individual de percibir el mundo. En otros términos, ¿Cómo voy a percibir el mundo en su verdad profunda, para luego estructurar mi vida y ese mundo conforme a esa verdad?  

R-CONSTRUYE-T

“La cerámica y la vida pueden romperse en mil pedazos, pero no por ello tenemos que dejar de vivir la vida intensamente, de trabajarla intensamente y de depositar en ella todas nuestras esperanzas e ilusiones”

“Reconstruir tu vida es un proceso complejo que pasa por diferentes fases. Justo cuando has recibido el golpe que te ha sacudido y te ha roto en mil pedazos es difícil poder ver las cosas claras. Lo primero que ocurre ante una herida emocional es una especie de embotamiento afectivo que te nubla la razón y los sentidos. Incapaz de pensar con claridad, el dolor cubre toda tu vida y tu ser, y se expande hacia tu pasado y tu futuro. Tu atención se torna parcial y sesgada. Miras hacia delante, hacia el futuro, y no ves nada más que soledad, miedo, caos y tristeza. Echas la vista atrás y no entiendes nada. Y entre tanta desesperación te olvidas de mirar a tu lado para ver si hay alguien en quien confiar, alguien en quien apoyarte. Siempre hay alguien, pero no siempre lo puedes ver.”

Tomás Navarro en El arte de curar heridas emocionales Editorial Planeta, 2017

¿QUÉ APORTA LA ESPIRITUALIDAD A LA PLENITUD HUMANA? 

¿Qué aporta la espiritualidad y más en concreto la espiritualidad cristiana a la sensación de plenitud vital? La respuesta dependerá del contenido que le otorguemos al término espiritualidad, os propongo esta preciosa definición:  

Hablar de espiritualidad es hablar de la dimensión de profundidad el ser humano o, con más precisión, de toda la realidad. Implica reconocer que toda ella se encuentra impregnada de una dimensión de Misterio, de un “Más” inapresable por nuestros sentidos y por nuestro pensamiento, aunque admirablemente razonable. Significa afirmar, en definitiva, que lo real está habitado y constituido por el Espíritu de vida, a quien las religiones han llamado “Dios”.  

En este sentido preciso, la espiritualidad es abierta, flexible, pluralista, dialogante, incluyente, universal. No conoce el juicio, la condena ni la intolerancia. Nos coloca en el camino de la experiencia y la búsqueda. Es coherente con nuestra condición humana, respetuosa con los otros y humilde ante el Misterio inefable (Enrique Martínez Lozano: La botella en el océano. Ed. DDB. Bilbao 2009. Pág. 54). 

Es hacia esa dimensión de profundidad, hacia ese “Misterio inefable” hacia el que se orienta con total naturalidad esa parte de cada persona que vive en nuestra más íntima interioridad y que, en términos de Karlfried Graf Dürckheim podemos denominar Ser Esencial. Nos pasa como a los girasoles. El girasol es una planta cuya flor busca la luz (heliotropismo). Curiosamente es en la época joven de la planta donde se da ese heliotropismo positivo, al llegar a la etapa adulta, la planta permanece orientada hacia levante. Igual nosotros/as: en nuestra juventud emprendemos el camino en busca de nuestros ideales y sueños. Somos capaces de “salir de nuestra tierra”, de embarcarnos rumbo a Ítaca impelidos por algo que, más allá de razonamientos lógicos, nos dice que la vida es “algo más”. Ahí es donde muchos de nosotros/as hemos encontrado a Dios o hemos experimentado que Él nos salía al encuentro “en el camino”. Es cuando vamos llegando a nuestra etapa adulta que la emoción de la búsqueda va dando paso a la profundidad del encuentro o al encuentro profundo en el sí de la vida. El Ser esencial puede transparentarse y nuestra vida queda orientada, firme y serena, hacia el levante hagamos lo que hagamos, estemos donde estemos.  

Pero esa búsqueda de sentido, ese anhelo de plenitud, tiene lugar en personas que vivimos en un tiempo, en un lugar, que debemos construir una identidad que nos permita desenvolvernos en nuestro concreto contexto. Todo aquello de nosotros/as que hemos ido sintiendo como “identitario” y que nos permite vivir en este mundo es lo que, también en términos de Dürckheim, llamamos el Yo existencial.  

EXPLORA CON ATENCIÓN EXQUISITA

San Francisco de Asís es más que un santo de la Iglesia; es patrimonio de toda la humanidad, un hermano querido que nos sigue susurrando de muchas formas cómo cuidar del resto de nuestra familia. No sólo de las flores, de los pajarillos y de las ardillas, sino también de las manzanas y hasta de los spaghettis que comemos tantas veces, por poner algunos ejemplos. Aún más, de la silla en la que cómodamente me siento, del edredón que me cubre por las noches y hasta del tenedor con el que como la pasta. Porque todos, como seguro que le sucedió a Francisco, somos capaces de captar que “lo divino y lo humano se encuentran en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios, hasta en el último grano de polvo de nuestro planeta” (Sí n.9). Hemos sido creados con las cualidades neurobiológicas cultivables y entrenables para cuidar todo con apertura y sensibilidad.

Te propongo una práctica muy sencilla para cultivar una actitud sensible y atenta. Al menos una vez durante la comida, presta una atención exquisita al momento de coger la comida con el tenedor, a la forma en que coges el cubierto y a la suave presión que haces con él, también al movimiento del brazo acercándolo a la boca, al momento del contacto de la comida con tus labios, en cómo la tomas y la masticas. Todo ello puede durar medio minuto, un minuto a lo sumo. La clave está en hacerlo con actitud exploratoria, observando lo qué pasa y sin tener expectativas de ningún tipo ¡Hazte consciente de cómo te sientes cuando la termines! Y aprovecha para dar gracias por ella.

Educar para la COMPASión

Proyecto de Educación social (PES) 2013-2014

 

Durante el curso 2013-2014, desde nuestro Proyecto de Educación Social queremos profundizar en un aspecto que quizá no es demasiado conocido ni aceptado en nuestro ambiente: EDUCAR PARA LA COMPASIÓN. Puesto que, además, la compasión es un término que se puede prestar a muchas interpretaciones, nos parece fundamental clarificar de qué estamos hablando y cómo vamos a orientar este tema en nuestro trabajo con los alumnos y alumnas.

Además, en nuestro caso, cualquier tema que provenga del ámbito filosófico-ético se enmarca en un planteamiento evangélico. Este año, nos ayudó a profundizar en el tema y consensuar una misma mirada sobre la compasión, Pablo Guerrero SJ. Desde lo trabajado con él, ofrecemos estas sugerencias para que también nosotros, educadores y adultos, podamos hacer vida un poco más la invitación del PES de este año: educar para la compasión.

 

 

¿QUÉ ENTENDEMOS POR “COMPASIÓN”?

 

 

Al desembarcar, vio un gran gentío y se compadeció, porque eran como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles muchas cosas. Como se hacía tarde, los discípulos fueron a decirle: —El lugar es despoblado y la hora está avanzada,  despídelos para que vayan a los campos y a las aldeas vecinas a comprar algo para comer. Él les respondió: —Dadles vosotros de comer (Mt 6, 34-37)

 

Este pasaje del evangelio muestra con mucha claridad qué entiende un cristiano (o al menos, qué entendía Jesús) por compasión. Estremecerse ante el dolor ajeno (el hambre, la injusticia, la necesidad…) no es suficiente. De hecho, la respuesta de los discípulos es que los despida… La respuesta de Jesús, la acción que el sentimiento despierta en Él, es bien distinta: dadles de comer.

Imaginaos a Jesús diciendo: “Tuve hambre, y me pedisteis marchar de vuestra vista; tuve sed, y os lamentasteis; fui forastero,   y te cruzaste de brazos apenado; estuve desnudo, y llorabas al mirarme”. El texto evangélico es bastante distinto:

 

Venid, benditos de mi Padre, a heredar el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era inmigrante y me acogisteis,  estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y vinisteis a verme (Mt 25, 34-36)

 

“Jesús empieza “compadeciéndose” de la multitud y termina “compartiendo”, que es la terminación normal a donde no llega casi nadie. Compadecerse, todos, sí. Todos tenemos un alma finísima y lloramos mucho por poca cosa. En seguida compadecemos a cualquiera. ¿Y compartir? ¡Hombre, eso ya es cosa de los elegidos! Pues no. Quien compadece y no comparte, ni compadece ni nada. Hace teatro. ¿Compartir qué? Todo, lo que se tenga, nada, cualquier cosa, unos panes y unos peces, dos pesetas, lo que sea. Verá usted cómo la cosa se multiplica. Compartir es multiplicar” (Bernardino Hernando, Dabar 1987)

En nuestra tradición claretiana esto también se hace evidente:

 

“Como yo, según he dicho, soy de corazón tan tierno y compasivo, que no puedo ver una desgracia, una miseria que no la socorra, me quitaré el pan de la boca para dárselo al pobrecito y aún me abstendré de ponérmelo en a boca para tenerlo y darlo cuando me lo pidan y me da escrúpulo gastar para mí, recordando que hay necesidades para remediar…” (Aut Claret 10) 

 

En educación, muchos hablan de “las 4Cs” para definir qué alumnos nos gustaría formar: competentes, conscientes, comprometidos y compasivos. Las tres primeras cualidades no parecen demasiado “extrañas” en la misión y objetivos de nuestro proyecto educativo claretiano, pero incluir la compasión no es ni común ni tan evidente, verdad?

En su libro “Aprender a vivir”, José Antonio Marina plantea la necesidad de educar en la compasión, de educar la compasión como parte de una educación que capacite a las nuevas generaciones para construir su proyecto de felicidad sobre bases sólidas. Puesto que aunque parezca paradójico –puesto que la lógica simple diría, como señala este autor que “si sufro no sólo por lo que me sucede a mí, sino también por lo que les sucede a los demás, mis probabilidades de felicidad disminuyen”- la educación de la compasión genera personas más felices, puesto que los capacita para sumarse a “una lucha mancomunada contra el dolor” y hace crecer en una dinámica positiva la relación dialógica entre lo íntimo y lo social, que son los dos ámbitos fundamentales e inseparables en los que se desarrolla toda educación y toda vida humana.

Educar la compasión, educar la capacidad de “sentirse afectado por el dolor de los demás” es un desafío importante para todos en este “cambio de época”. Enfrentarlo con éxito implica asumir que la compasión no es simplemente un sentimiento sino un “hábito operativo”, un talante o estilo de ser persona, lo cual significa el desarrollo de un horizonte afectivo e intelectual completamente distinto al que está desarrollando actualmente nuestra educación orientada hacia el éxito individual, que se sustenta muchas veces en el fracaso social.

La compasión es la capacidad de nuestro corazón mediante la cual nos afecta la debilidad, el sufrimiento y la vulnerabilidad de otras personas, y nos lleva a actuar. La compasión es también conmoción[1].

Como William Bennett señala en su The Book of Virtues, compasión  incluye sensibilidad hacia quien es débil o está herido, vulnerabilidad para sentirnos afectados por el otro pero, finalmente, demanda de nosotros acciones para aliviar el sufrimiento y el dolor. Dicho de otra manera, la compasión es una moneda de dos caras, si somos lo suficientemente sensibles y vulnerables para ser movidos por el sufrimiento, simultáneamente estaremos motivados para lidiar con las personas y condiciones responsables de dicho sufrimiento[2]. Conmoverse ante el sufrimiento y llorar de emoción pero no actuar de ninguna manera, no es compasión. Es sensiblería.

 

 

RAÍCES DE LA COMPASIÓN EN LA BIBLIA

 

 

La raíz hebrea de la compasión es “Rahamin” = regazo materno. Con frecuencia se ha traducido por misericordia (misero-corde = llevar al corazón la miseria, lo mísero) pero pierde la fuerza de la acción.

 

Está mejor traducido cuando en griego se utiliza “splagmizomai”, que implica una conmoción tan fuerte que te pones en acción inmediatamente. Podríamos decir que es lo que siente una madre cuando ve que un coche va a atropellar a su hijo. Sin duda, no se queda quieta llorando… Salta hacia él! Implica un segundo momento de decisión y acción que se compromete para que la situación que produce dolor no se repita más.

 

El profeta Oseas al hablar de la compasión de Dios lo compara con una osa defendiendo a sus oseznos (Os 13). Es la capacidad que tiene nuestro corazón para que nos conmueva el sufrimiento y la vulnerabilidad de otros, hasta el punto de que genere en nosotros actuación. Por eso, los axiólogos dicen que la compasión no es una emoción sino una con-moción. La sensibilidad es necesaria pero no suficiente. La lástima es compasión frustrada. No es compasión auténtica.

Ya hemos recordado que Jesús hizo realidad esta forma de vivirlo. Otros pasajes del evangelio donde poder contemplarlo:

 

  1. Saliendo JESUS, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos. Mateo 14:14
  2. Salió JESUS y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas. Marcos 6:34
  3. Llamando a sus discípulos, dijo: Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer. Y tomando los 7 panes y los peces, dio gracias, los partió y dio a sus discípulos, y los discípulos a la multitud. Y comieron todos y se saciaron…  Mt 15:32, 36-37
  4. …He aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad.  Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores.  Y acercándose tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a tí te digo, levántate. Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre. Lucas 7:12-15

 

Ciertamente, no es suficiente la capacidad intelectual o los conocimientos por sí solos. No basta “saber” que Jesús era así… A modo de ejemplo, recordemos la llamada “Reunión de Balsé”: 15 intelectuales nazis se reúnen para ver qué hacen con los judíos de Europa y su conocida “decisión final” es planificar el exterminio de 8 millones de personas. De los 15, 8 eran doctores universitarios, de gran altura intelectual. Al parecer, no toda educación académica humaniza por sí sola, verdad? Por esto en todo proyecto de acción social y pastoral es clave ENSEÑAR A MIRAR mi realidad personal y la realidad que me rodea. Y para mirar bien hay que EXPONERNOS al dolor ajeno, a la pobreza, a la injusticia… no en abstracto (de aquí la insistencia del proyecto PES de Claretianas en que nuestros alumnos no abandonen el colegio sin haber tenido al menos una vez un contacto serio y sistemático con alguna realidad de dolor ajena a ellos). Necesitamos visitar e invitar a los alumnos a visitar las periferias físicas y sociales. Es la única manera de educar a nuestros alumnos en  la capacidad para ponerse en el lugar del otro. Si antes no les exponemos, no se comprometerán. Si no les ayudamos a mirar su entorno y no pasar de largo, nada les afectará.

 

Entendiendo así la compasión (un sentimiento que nos hace sentir afectados por el dolor de los otros, e intentar evitarlo) se convierte también en un gran antídoto contra la violencia, porque si comprendemos y sentimos el dolor ajeno, intentaremos no causarlo.

 

Es bueno ser conscientes de que hay tipos diversos de sentimientos y que no siempre son buenos los sentimientos agradables. Por ej: sentir remordimiento es bueno cuando hemos hecho algo malo y nos ayude a cambiar. No debemos dejarnos guiar sólo por los sentimientos agradables. A veces, los desagradables también tienen una función positiva Son sentimientos buenos los que facilitan la convivencia, el entendimiento, la ayuda mutua, la colaboración, el modo adecuado de resolver los conflictos. Y la compasión entra en este ámbito.

 

QUÉ ALUMNOS (personas) QUEREMOS FORMAR…

 

 

Dice José Antonio Marina, “creo que deberíamos educar afectivamente a los niños para promover en ellos seis sentimientos estables, seis hábitos del corazón. En primer lugar, una confianza fundamental. Esto lo adquiere el niño en los primeros años, al sentirse querido, protegido y en un entorno de estabilidad emocional. En segundo lugar, un sentimiento de la propia eficacia, de su capacidad para resolver sus pequeños problemas, un sentimiento que me parece más claro que la mera autoestima, aunque va en esa misma dirección. En tercer lugar, debemos fomentar la compasión, que va a hacer que se sienta afectado por el dolor ajeno. También hay que fomentar un sentimiento de indignación ante las injusticias cometidas con otros o con él mismo. En quinto lugar, el sentimiento de respeto hacia todo lo valioso, que implica una actitud de cuidado hacia las personas y cosas. Por último, un sentimiento de deber. Todos estos hábitos del corazón se adquieren en los primeros diez años de vida, y sobre ellos se van construyendo otros más elaborados y tardíos”.

 

DIMENSIÓN  / CUALIDAD

 

ÉTICA  /  Capaz de tomar decisiones libres, responsables y autónomas. 

ESPIRITUAL  /  Capaz de un compromiso cristiano en su opción de vida. 

COGNITIVA  /  Capaz de comprender y aplicar creativamente los saberes en la interacción consigo mismo, los demás y el entorno. 

COMUNICATIVA  /  Capaz de interactuar significativamente e interpretar mensajes con sentido crítico. 

AFECTIVA  /  Capaz de amar-se y expresar el amor en sus relaciones interpersonales. 

ESTÉTICA  /  Capaz de desarrollar y expresar creativamente su sensibilidad para apreciar y transformar el entorno. 

CORPORAL  /  Capaz de valorar, desarrollar y expresar armónicamente su corporalidad. 

SOCIO-POLÍTICA  /  Capaz de asumir un compromiso solidario y comunitario en la construcción de una sociedad más justa y participativa.

 

Desde otra perspectiva, ver vídeo “D. Goleman habla sobre la compasión”


PARA EDUCAR LA COMPASIÓN[3]

1.- Enemigos de la compasión, es decir, temas en los que hay que trabajar en la educación:

  • La privatización de la vida: “entre tú y yo me elijo a mí”. ¿Cómo recuperar la idea de “bien común”, cómo salir del espejismo del “sálvese quien pueda”? En el fondo queremos hacer un mundo más humano, justo, acabando con las diferencias. Todos/as somos iguales. Y la forma de hacerlo es escuchando, entendiendo, viviendo y compartiendo una misma realidad, que lo “tuyo” sea parte de lo  mío. Tu problema es mi problema, no es algo externo.
  • La sensación de impotencia ante las tragedias y el dolor ajeno: “no puedo hacer nada”. Dentro de cada pregunta ya hay proyecto de respuesta. Lo malo es cuando ni siquiera hay preguntas.  Tenemos que ayudarles a no impermeabilizar el corazón porque hay olvidos que son culpables.
  • La distancia mediática: como todo nos llega por  imágenes y técnica, podemos alejarnos de la realidad. Lo mediático puede convertirse en un cajón de sastre. Y así lo virtual acaba siendo entretenimiento y  sucedáneo de realidad. ¿Educamos para ver la realidad desde los medios? Nunca hemos estado más informados y menos afectados.
  • La distancia física: en mi barrio, en mi cole, en mi familia… eso no pasa. Generamos esa defensa… Nos engañamos para no afrontar lo que ocurre. Lo hacemos noticia (número de parados, prostitución infantil, violencia…) y nos convencemos de que no hay personas concretas detrás.
  • La incomunicación. El 90% de nuestra vida se basa en relaciones. Un equipo funciona si hay buena relación. Necesitamos hacer de nuestros centros, lugares de encuentro donde poder expresarnos con seguridad, con respeto, con libertad.
  • La falta de motivación. ¿Por qué tengo que dejar que el otro entre en mi vida y me afecte o inquiete? Momentáneamente el dolor nos estremece pero somos como fotógrafos de National Geographic. ¿Qué queremos de nuestros alumnos? ¿y de nosotros como comunidad educativa? ¿Fotografían y se van o tiran la cámara y van a por el niño? Sin motivación la conmoción es fugaz e inútil. Con motivación, la conmoción se convierte en compromiso.
  • La dificultad para comprender la diferencia. Quizá hoy es una época de menos prejuicios pero mucho más aséptica: que el diferente no entre en mi vida… no me interesa. Tenemos que educar para que los alumnos se acerquen al diferente. ¿Han aprendido que siempre ha habido clases o que todos somos hermanos?

 

2.- Caminos para educar la compasión:

  • La reflexión y la formación sobre los problemas, huyendo de los tópicos.
  • Algo en lo que creer. No da igual una creencias que otras, unas religiones que otras y esto no está reñido con una sana pluralidad o con una apuesta por el diálogo. Desde nuestra fe, ¿les transmitimos que no se puede hacer nada o que Dios lo ha querido así o que Dios se conmueve ante el sufrimiento humano o que…?
  • El tiempo dedicado a los «otros» extraños y distantes, en calidad y en cantidad… (escucha, presencia, cariño, acogida…)
  • La actitud de apertura y la disposición a una comunicación honda, atreviéndonos a una escucha vulnerable.

Finalmente, necesitamos educar valores instrumentales y no solo finales. Los valores finales son los grandes ideales y los instrumentales es todo aquello que necesitamos para poner en práctica el ideal. Sin embargo, solemos trabajarlo mucho menos. Es educar “con luz indirecta” (Manuel Segura). ¿Cuáles son las habilidades sociales que necesitamos?

a)    Existe la escucha acrítica aquella que no cuestiona: “lo que tú digas” y que no genera vida a tu alrededor; luego está la escucha dogmática o fundamentalista “yo tengo razón y escucho por educación” que nos impermeabiliza de los demás; la escucha “ideológica” es la que no escucha si no que cuando parece que escucha en realidad ya está pensando en cómo rebatir lo que escuchas…pero el cuarto modo es la escucha vulnerable que permite que te afecte lo que escuchas, permite preguntar con honradez y tener pre-ocupación por el otro; sin etiquetar, interpretar o culpar. Hay que escuchar historias con nuestros alumnos/as y acompañar sus inquietudes.

b)    La asertividad. La capacidad de saber decir que NO y decir que SI cuando quiero y debo. Elegir siempre lo mejor y lo más justo. Crecer en la capacidad de elegir el bien.

c)     Saber pedir ayuda es importante y es difícil (timidez, orgullo). Distinguir cuando necesitan ayuda y aprender a decir cosas verdaderas sobre uno mismo.

d)    La disculpa como herramienta de “reconstrucción” del futuro desde nuestros errores del pasado. Potente herramienta de comunicación. Alejar el concepto de la humillación y fomentar que en realidad una disculpa busca volver a tener una relación igual o mejor con alguien con el que estábamos mal. El perdón no cambia el pasado pero sí el futuro.

e)    Saber quejarse sin ser quejica. Una queja buena y eficaz. Si alguien nos ofende o nos hace mal tenemos que quejarnos. Quien no lo hace termina furioso, frustrado o pisoteado.

f)   Ponerse de acuerdo. Buscar un territorio común es ser capaces de ir en búsqueda de los intereses auténticos y no aparentes. Se reduce la violencia, el resentimiento, las relaciones desiguales.

g)  Fomentar el agradecimiento. Es la fuerza más poderosa. Si conseguimos que en una persona brote la gratuidad y la compasión, cualquier cosa que se le pida, lo dará. En negativo, el miedo es la fuerza que más nos cierra. Podemos educar en el miedo o en la gratuidad, el agradecimiento y la compasión.

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